Resumen

HOLA

El objetivo de este artículo es analizar las transformaciones en la proveeduría laboral de los hogares familiares suscitadas entre 2005 y 2017, es decir cuántos y cuáles miembros están colaborando, y sus relaciones con el cambio de la estructura por edad de la población. La fuente de datos es la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, para el segundo trimestre de esos años. Los principales resultados muestran que ha aumentado el número de proveedores laborales por hogar, principalmente en las parejas sin hijos. Por otro lado, aunque la participación económica del jefe de hogar sigue siendo importante, se incrementó sustantivamente la presencia de hogares en los que las cónyuges colaboran con su sostenimiento económico. Para ambos años, la participación de hijos y otros miembros se encuentra en mayor medida en los hogares monoparentales con hijos y en los ampliados.

Introducción

De forma conjunta, los cambios socioeconómicos y demográficos han implicado retos y oportunidades para las familias en el país. Dentro del primer aspecto, la implementación de las reformas estructurales en México desde hace más de tres décadas tuvo como una de sus consecuencias la precarización del empleo, con una pronunciada pérdida del poder adquisitivo de las remuneraciones que condujo a una mayor movilización de la fuerza de trabajo de los hogares, principalmente de las cónyuges (Cerruti y Zenteno Quintero, 2000; García y Pacheco, 2000). Por otro lado, la reducción de los niveles de fecundidad y del tamaño de las unidades domésticas así como el cambio en la estructura de la población han resultado en modificaciones en la estructura de los hogares.

Este estudio tiene como objetivo analizar los cambios en la proveeduría laboral de los hogares suscitados entre 2005 y 2017, es decir, sobre quiénes y en cuántas personas está recayendo la manutención de los hogares familiares en las zonas más urbanizadas de México. Lo anterior, considerando los cambios demográficos por los que está atravesando el país, principalmente la disminución de la tasa de dependencia poblacional, que en principio pudiera dotar de una mayor cantidad de fuerza de trabajo a los hogares para hacer frente a la caída continua en el ingreso laboral. El estudio tiene la intención de aproximarse al uso que han hecho los hogares de su fuerza laboral ante una posible mayor disponibilidad de integrantes en edad de trabajar como consecuencia del cambio en la estructura por edad de la población.

La característica de los hogares que se tomó como eje de análisis es la composición de parentesco, ya que permite dar cuenta de la ruptura con el modelo tradicional de familia y de organización del trabajo. Según García y Oliveira (2001), la composición de parentesco puede establecer diferencias relevantes en cuanto a la organización económica familiar.

El documento está organizado en cuatro secciones más un apartado de conclusiones. En primer lugar, se presenta la relación entre el cambio demográfico, específicamente el cambio de estructura por edad y su relación con la evolución generacional de los hogares en México. Posteriormente, en la segunda sección se analiza la participación económica de los hogares de las zonas más urbanizadas de México y en la tercera sección se analizan las características sociodemográficas de estos hogares, principalmente de los que participan laboralmente con la finalidad de obtener elementos que permitan establecer relaciones con el parentesco de los miembros de las familias que los proveen por medio de su trabajo, tema del cuarto apartado.

Los datos analizados provienen de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), en sus levantamientos del segundo trimestre de 2005 y 2017 (), y se usan con la finalidad de hacer un análisis cuantitativo de tipo comparativo que permita observar los cambios en la proveeduría laboral de los hogares familiares según la composición de parentesco. Se consideraron las zonas más urbanizadas del país, es decir, las que tienen más de 15.000 habitantes.

Cambios demográficos y transformaciones en las características de los hogares en México 4

A lo largo del siglo XX, la población mexicana ha presentado distintos cambios, entre ellos el cambio en su estructura, derivado de la transición demográfica. Dicho proceso se caracteriza por el paso de altos a bajos niveles de natalidad y mortalidad y ha sido experimentado por distintos países con características, intensidad y duración propias, tal como lo señaló María Eugenia Zavala (2014). En el caso de México, Virgilio Partida (2005) muestra que la transición comenzó al finalizar la Revolución Mexicana con un marcado descenso de las tasas de mortalidad y con tasas de natalidad crecientes entre 1945 y 1960. La implementación de políticas de planificación familiar en la década del setenta dio paso a la segunda etapa, que tuvo como consecuencia una fuerte reducción en las tasas de fecundidad. Finalmente, Partida prevé que a mitad del siglo XXI ocurra la tercera fase de la transición con una convergencia en los niveles de natalidad y mortalidad.

Las reducciones presentadas en las variables mencionadas trajeron consigo cambios importantes en la esperanza de vida al nacimiento que, entre 1930 y 2010, para las mujeres pasó de 34.70 a 78.61 años mientras que para los hombres aumentó de 33 a 73.7 años (Zavala, 2014). Asimismo, uno de los principales efectos de la reducción de la fecundidad es el cambio en la estructura por edad de la población, que en el largo plazo conducirá al envejecimiento demográfico. En un inicio, la reducción de la mortalidad resultó en un incremento en la participación del grupo de cero a 14 años. Después, la caída en los niveles de fecundidad redujo rápidamente la presencia de este grupo de edad y aumentó la presencia en términos relativos y absolutos de los grupos de 15 a 64 años. A lo anterior se le ha denominado bono demográfico, que es una etapa transitoria de una duración limitada en la que la proporción de la población que se considera dependiente es menor que aquella que se encuentra en edades productivas. Finalmente, se dará inicio a un proceso de envejecimiento, en el que aumentará la presencia de personas de 65 años y más (Zavala, 2014). En la actualidad México se encuentra en la etapa del bono demográfico, con 65,4% de su población con edades entre 15 y 64 años. En cambio, para 2050 se estima que una de cada cinco personas se encuentre en el grupo de 65 y más años, con lo que se estará de lleno en la etapa final de la transición demográfica.

A nivel poblacional, las consecuencias de dicho proceso pueden observarse claramente, situación que se dibuja distinto al considerarse a los hogares, dado que los efectos de la transición demográfica sobre sus características y estructura también se encuentran relacionados con transformaciones de índole social, económica y cultural, cuestiones que han sido documentadas en diversas investigaciones (Ariza y Oliveira, 2006; Pacheco y Blanco, 2011). Como ejemplo de estos cambios, entre 1970 y 2010 se observó una disminución del tamaño promedio de la unidad doméstica de 5,3 a 3,9 personas y los hogares nucleares biparentales redujeron su presencia al pasar de 58,7 a 45,5%, en tanto que aquellos con jefatura femenina tuvieron un crecimiento de más de diez puntos porcentuales al pasar de 14,2% a 24,6% (Rabell y Gutiérrez, 2014).

Ahora bien, una dimensión de los hogares que ha sido menos analizada es la de los cambios que han tenido en cuanto a su composición por edad conforme ha avanzado la transición demográfica. Para este fin, Heidi Ullman, Carlos Maldonado Valera y María Nieves Rico (2014) propusieron una tipología generacional con la finalidad de clasificar a los hogares según los grupos etarios a los que pertenecen sus miembros, a partir de los ciclos de vida individuales marcados por la probabilidad de trabajar y de participar en actividades económicas, por lo que el primer grupo es de cero a 14 años, el segundo de 15 a 64 años y el tercero contiene a la población de 65 años y más. El grupo intermedio incluye a la población que tiene una mayor probabilidad de entrar al mercado de trabajo; en contraste, los otros dos grupos etarios representan a la población que se supone como dependiente. De esta forma, la tipología presentada muestra la convivencia que existe en los hogares entre personas de diferentes generaciones y permite observar los recursos disponibles y las necesidades materiales y de cuidados (Gráfico 1).

Entre 1990 y 2010, en América Latina, los hogares sin adultos mayores disminuyeron de 63,1% a 50,8%, mientras que aquellos sin niños aumentaron de 6,5% a 8,6% y aquellos en los que solo hay una generación incrementaron su presencia en once puntos porcentuales, al pasar de 23,2 a 34,2% (Ullman, Maldonado y Rico, 2014).

Para el caso de las zonas más urbanizadas de México, se observa que tanto para 2005 como para 2017 hay un predominio de los hogares sin adultos mayores y de aquellos de una generación en edades productivas (EP). No obstante, estos tipos muestran los cambios más importantes entre ambos años de estudio (Tabla 1). Para los primeros se nota una disminución de casi diez puntos porcentuales, mientras que en los segundos hay un aumento de 4,5. Entre otras situaciones que vale la pena señalar, se encuentran el incremento de la proporción de hogares sin niños y los conformados únicamente por adultos mayores. Además, la proporción de hogares en los que habita al menos un adulto mayor aumentó de 18% a 22,1%. Estos datos coinciden con las tendencias observadas para América Latina que se mencionaron anteriormente.

En términos generales, la información contenida en la Tabla 1 permite advertir de forma preliminar cómo la reducción de la fecundidad junto con el cambio en la estructura de la población está incidiendo en la composición etaria de los hogares y modificando la convivencia entre generaciones. Los datos proporcionan elementos para señalar que se está dando paso del predominio de hogares con la presencia de dos generaciones (niños y personas en edades productivas) a una fuerte presencia de aquellos conformados únicamente por personas de 15 a 64 años, y de estos conviviendo con adultos mayores. Asimismo, en el futuro se esperaría que aumenten los hogares en el que alguno de sus miembros tiene 65 años o más. Cabe recordar que se están estudiando únicamente los hogares de las zonas más urbanizadas del país, lo que les imprime características distintivas a los cambios. Las transformaciones socioculturales se encuentran ligadas a los propios procesos de urbanización con la consecuente expansión de la educación, de los servicios de salud e, incluso, con la mayor participación de la mujer en el mercado de trabajo (Pacheco y Blanco, 2011).

Es importante resaltar el aumento de la proporción de unidades domésticas en las que todos sus miembros se encuentran en edad de trabajar que, en principio, podría implicar una menor necesidad de trabajo de cuidados, así como una mayor cantidad de fuerza de trabajo potencial que podría ser utilizada por las unidades domésticas para hacer frente a los bajos ingresos que tienen, cuestión que ha sido una constante en el país en tiempos recientes. En los apartados siguientes se ahondará en el análisis de la relación entre hogares y trabajo.

Participación económica de los hogares en las zonas más urbanizadas de México

En México existe una larga tradición de investigaciones que se han interesado por la relación entre familia y trabajo, que han cambiado según se han presentado las transformaciones en el modelo de acumulación y sus efectos sobre el mercado laboral. De esta forma, se tienen trabajos clásicos como el realizado por García, Muñoz y Oliveira (1982), que tuvo como uno de sus objetivos observar la influencia de las características familiares sobre la participación de sus miembros en el mercado de trabajo para el contexto específico de la Ciudad de México en la década del setenta. Por otro lado, Tuirán (1993) analizó las estrategias de sobrevivencia que aplicaron los hogares en la década del ochenta para hacer frente al deterioro en sus condiciones de vida como consecuencia de las políticas de ajuste estructural implementadas en esa época. En la actualidad, una parte importante de la investigación se ha abocado al análisis del trabajo no remunerado.

La importancia del tema que aborda este estudio radica en que el trabajo es una actividad fundamental para los hogares, ya que les permite satisfacer distintos tipos de necesidades. En específico, el trabajo remunerado representa la principal fuente de ingresos familiares, sobre todo en las zonas urbanas en las que no son comunes las actividades productivas de autoconsumo. De esta forma, es de esperarse que la mayoría de las unidades domésticas participen en el mercado de trabajo con la finalidad de asegurar su reproducción cotidiana.

En la actualidad, los hogares mexicanos están enfrentando dificultades para satisfacer sus necesidades esenciales como consecuencia de la precarización del empleo y de la contención salarial que tiene más de cuarenta años de vigencia y que ha provocado que las remuneraciones laborales hayan perdido gran parte de su poder adquisitivo. Como ejemplo, el salario mínimo real en la actualidad representa una cuarta parte del registrado en 1976. De esta forma, para 2010, alrededor del 63% de los hogares urbanos que participaban en el mercado de trabajo no pudieron asegurar la reproducción cotidiana con sus ingresos laborales (Montoya García, 2017).

Ante los eventos adversos que se presentan a partir de la situación económica, los cambios demográficos podrían plantear oportunidades para los hogares al reducir los niveles de dependencia (Ariza y Oliveira, 2006), tanto por la disminución del tamaño como por la mayor presencia de integrantes en edad de trabajar. De esta forma se plantea la cuestión del cómo podría observarse la relación entre cambio demográfico, hogares y trabajo.

En el apartado anterior se mencionó que en la actualidad el país se encuentra en la etapa del bono demográfico, pero que también se puede observar un incipiente proceso de envejecimiento. Estos sucesos, junto con procesos sociales más amplios, pueden explicar los cambios en la configuración de los hogares en cuanto a la composición de parentesco. En las zonas más urbanizadas existe aún un predominio de las principales formas familiares como la nuclear biparental con hijos y la ampliada.Sin embargo, entre 2005 y 2017 el primer tipo perdió presencia relativa al pasar de 49,6 a 40,3%, en tanto que el resto de los tipos de hogares la ganaron, principalmente los ampliados, al aumentar de 22,2 a 25,1% (Tabla A1 en anexo). Lo anterior es en parte un reflejo de la pérdida del predominio del modelo de familia nuclear que, al parecer, ha sido más profundo en las zonas más urbanizadas del país.

Para observar la magnitud de la inserción de los hogares en el mercado laboral se los clasificó en económicamente activos (EA) y en no económicamente activos (NEA). Los primeros representaron casi el 92% en 2005, y para 2017 tuvieron una reducción mayor a los dos puntos porcentuales. Las parejas sin hijos y los hogares unipersonales fueron los que mostraron los mayores cambios en lo que a actividad económica refiere, al aumentarse el porcentaje de hogares que no participaban en el mercado de trabajo. Mientras que el primero pasó de 23 a 25,4%, el segundo pasó de 36,9 a 39,4%.

Los hogares nucleares —ya sean biparentales o monoparentales con hijos— y los ampliados se encuentran en el caso contrario, dado que la mayor parte de estos se clasificaron como EA y su participación no se modificó entre 2005 y 2017. Este comportamiento se debe, en parte, a las exigencias que impone el tipo de hogar, dado que en cada uno hay necesidades materiales que atender, ya sea por el tamaño o por la cantidad de dependientes según la etapa del ciclo de vida familiar en el que se encuentren. Es así que deben mantener su presencia en el mercado de trabajo para asegurar algún tipo de ingresos monetarios. En el siguiente apartado se ahondará en el análisis de las características sociodemográficas de las unidades domésticas según la composición de parentesco.

Por otro lado, al clasificar a los hogares de esta manera es posible inferir algunas relaciones con los cambios demográficos, principalmente con el envejecimiento. Como ya se señaló, se observó un aumento en la proporción de los hogares NEA, debido a que estos en su mayoría estarían conformados por adultos mayores que se han retirado de la actividad económica. Asimismo, se encontró que, en gran medida, están conformados por hogares unipersonales y parejas sin hijos, lo que estaría relacionado con el avance del ciclo de vida familiar y con el estadio de dichos hogares en la etapa del nido vacío. Es decir, hogares que se encuentran en la penúltima etapa del ciclo de vida familiar en la que la pareja conyugal permanece sola, dado que los hijos han abandonado el hogar paterno.

Características sociodemográficas de los hogares familiares que participan en el mercado de trabajo

Las particularidades sociodemográficas de las familias, como el sexo y edad del jefe, así como su tamaño promedio pueden dar elementos para entender la forma en que se da su participación en el mercado de trabajo, ya que permiten conocer su estructura y, de cierta forma, las posibilidades que tienen de usar extensivamente la fuerza de trabajo familiar ante situaciones dadas. Además, se requiere considerar las transformaciones de largo plazo de los hogares que se mencionaron anteriormente y que pueden haber modificado la división intrafamiliar del trabajo en el período de estudio. En este sentido, interesa analizar cómo ha cambiado la proveeduría laboral de los hogares familiares, por lo que a partir de esta sección el análisis se abocará a aquellos que tengan lazos de parentesco, ya sea por vínculos de sangre, adopción o matrimonio. Asimismo, solo se analizarán las características de los hogares en los que al menos uno de sus miembros participa en el mercado de trabajo, es decir, los que se consideran económicamente activos.

La tradicional división sexual del trabajo se basa en los roles socialmente establecidos para hombres y para mujeres. Mientras que los primeros son los encargados de proveer económicamente a la familia, las segundas son responsables de las actividades domésticas y del cuidado de los hijos. Minor Mora Salas (2004) señala que esta idea estuvo sustentada por una realidad histórica concreta en la que dominó la familia nuclear —aunque no fue la única— de un solo jefe varón proveedor que tenía una situación privilegiada en la toma de decisiones.

Especialistas en el tema referencian que la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha sido un elemento central que permite explicar las transformaciones posteriores que sufrirían los hogares, tanto en sus características como en la organización del trabajo (Pacheco y Blanco, 2011). De esta forma, se ha mostrado un quiebre del esquema anterior y se ha dado paso a nuevos arreglos familiares en los que las mujeres asumen la jefatura y son reconocidas como tales, tendencia que ha ido en aumento. Es así que, entre 2005 y 2017, la proporción de hogares EA encabezados por mujeres aumentó de 19,2 a 26,8%. A excepción de los nucleares monoparentales, el resto de los hogares mostraron dicho incremento, e incluso aquellos que se consideraban como «tradicionales», es decir, los nucleares biparentales con hijos (Tabla 3).

Las unidades domésticas consideradas como EA pueden tener un comportamiento distinto que aquellas NEA. Desde la década del noventa se ha observado que la participación económica femenina es mayor entre los hogares con jefas mujeres (Acosta Díaz, 1995), lo que podría explicar un aumento en la presencia de dichos hogares y su incremento relativo. También es posible que la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral y su aportación económica para la manutención del hogar se encuentre relacionada con un mayor reconocimiento hacia la autoridad de ellas en la esfera doméstica. En las zonas más urbanizadas del país se observó que desde 2005 hasta 2017 aumentaron de 8,6 a 16,5% las jefas mujeres que tienen cónyuge, lo que estaría indicando que en sus hogares son observadas como figura de autoridad a pesar de la presencia de una pareja.

Por su parte, las unidades domésticas nucleares monoparentales con jefatura femenina han permanecido casi sin variaciones, es decir, con una presencia de alrededor del 87% entre 2005 y 2017. Este dato muestra que, debido a los fuertes vínculos sociales entre la madre y los hijos, son ellas las que principalmente se quedan a cargo de ellos, cuestión que ha tenido pocos cambios. Oliveira y García (2005) mencionan que hay distintos factores que han motivado una mayor presencia de jefaturas femeninas, como el incremento de separaciones y divorcios, los abandonos masculinos y los embarazos en mujeres jóvenes en los cuales los varones se desvinculan de las responsabilidades paternas, pero también señalan que el incremento en los años de escolaridad así como la participación laboral de las mujeres posibilitan, más que en el pasado, la ruptura de situaciones conyugales no satisfactorias o violentas.

Otra de las características sociodemográficas básicas de los hogares es la edad promedio del jefe del hogar, que ha aumentado en cerca de tres años entre 2005 y 2017 y que, para este último año, fue de 48,2 años: 46,9 para hombres y 51,5 para mujeres. Para todos los tipos de hogar se observó dicha tendencia y la edad promedio del jefe aumentó dos años. A partir de lo anterior se puede afirmar que los cambios en la estructura de la población también se han reflejado en un envejecimiento de la edad promedio de los jefes de hogar.

En términos generales, el aumento de dicho indicador se encuentra relacionado con el paso a etapas más avanzadas del ciclo de vida familiar y, por lo tanto, con una reducción en los niveles de dependencia. Lo anterior implica que, para el conjunto de los hogares incluidos, habría una mayor cantidad de miembros en edades laborables que podrían ingresar al mercado de trabajo con la finalidad de obtener mayores ingresos, cuestión que será analizada en el siguiente apartado.

Por su parte, la reducción de la fecundidad junto con el aumento en la escolaridad y en los niveles de urbanización han presionado a la baja el tamaño promedio del hogar (García y Rojas, 2002). Para el período estudiado, el tamaño promedio del total de los hogares EA se redujo de 4,2 a 4 personas y se observó la misma tendencia para todos los hogares, independientemente del sexo del jefe y de la composición de parentesco. En promedio, las unidades domésticas más grandes son las ampliadas, mismas que redujeron su tamaño de 5,3 a 5 integrantes. Se debe recordar que en muchas de estas conviven personas de diferentes generaciones y con distintos parentescos lo que explicaría su mayor tamaño.

La proveeduría laboral en los hogares familiares

Una de las principales funciones de las familias es asegurar el bienestar de sus miembros por medio de la provisión de recursos materiales o inmateriales como educación, alimentación, vestimenta, etc. Se ha observado que el abasto está principalmente a cargo de las personas que están en edad de desarrollar alguna actividad económica. Durante algún tiempo se cuestionó la posibilidad que tienen los hogares de hacerle frente a sus necesidades cuando tienen un mayor número de integrantes (Oliveira, 1999). Sin embargo, investigaciones más recientes mostraron que, más allá del tamaño, la provisión que puedan tener las familias va a depender de su composición por sexo y edad y también del uso extensivo que se le dé a la fuerza de trabajo potencial (Montoya García, 2017).

Para este fin, la relación de dependencia demográfica por hogar (RDDH) puede proporcionar información aproximada acerca de sobre cuántas personas podría recaer la provisión económica del hogar, al tomar en cuenta el número de los integrantes económicamente dependientes como el número de los no dependientes, a partir de la edad establecida para trabajar. Además, una comparación temporal permite observar cómo el cambio en la estructura por edad de la población se expresa en los hogares.

En este sentido, para el total de las familias analizadas se observó que desde 2005 hasta 2017 la RDDH promedio disminuyó de 0,67 a 0,58, lo que sugiere que los hogares de las zonas más urbanizadas del país han reducido el número de dependientes, principalmente por una menor presencia de niños (Tabla 4). En casi todos los hogares se dio una disminución en este indicador, aunque la caída más abrupta se observó en los nucleares biparentales con hijos, que pasó de 0,72 a 0,61, lo que mostraría que una gran parte de estos transitó a etapas intermedias del ciclo de vida familiar durante el período de estudio, lo que aumentó la disponibilidad de fuerza de trabajo. En cuanto a las parejas sin hijos, estos hogares presentan la menor RDDH, que permaneció sin cambios: 0,13, entre ambos años.

Aunque la RDHH muestre que, en promedio, para el general de los hogares hay una mayor disponibilidad de fuerza de trabajo a partir del cambio en la estructura por edad de la población, no todos los miembros de los hogares en edad de trabajar están disponibles para hacerlo de forma remunerada, debido a que se encuentran estudiando, a que pueden tener alguna discapacidad o a que se dedican de forma exclusiva a las actividades domésticas y de cuidados, necesarias para la reproducción social de la población. Por dichos motivos se requiere el análisis de otros indicadores para observar cómo se ha dado la incorporación de los miembros de los hogares al mercado de trabajo.

Una de las cuestiones que más han cambiado en cuanto a la configuración de las familias, al menos en el caso mexicano, es la proveeduría económica debido a la creciente incorporación de distintos integrantes de los hogares al mercado de trabajo, principalmente las cónyuges, teniendo como uno de sus factores explicativos las dificultades que presentan las familias para sostenerse con los ingresos de un proveedor exclusivo (García y Pacheco, 2000).

La división intrafamiliar del trabajo remunerado ha mostrado cambios a través del tiempo a causa principalmente de la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo como resultado de distintos factores. Pacheco y Blanco (2011) mencionan que los dos más importantes son el aumento en los años de escolaridad, principalmente en la década del setenta y, posteriormente, la difícil situación económica vivida en el país en los años ochenta que impulsó la entrada de las mujeres al mercado de trabajo con la finalidad de asegurar la sobrevivencia familiar, lo que volvió fundamentales los ingresos que ellas aportan. Otro de los factores es el cambio en la estructura económica y ocupacional hacia cierto tipo de manufacturas y servicios, lo que ha favorecido el incremento del empleo femenino desde entonces.

En el presente se observa que las bajas remuneraciones hacen imposible la manutención del hogar con las aportaciones de una sola persona, lo que ha dado paso a un mayor número de integrantes que colaboran con esta tarea. Para el caso de las zonas más urbanizadas del país, en el período de estudio se redujo la presencia de aquellos con un único miembro que participa en el mercado de trabajo, de 44,6 a 41,9%, en tanto que los hogares con dos proveedores registraron un aumento de 36,3 a 39,1% y aquellos con tres integrantes permanecieron en alrededor del 19% (Tabla 5). La situación presenta matices al considerar la composición de parentesco de las familias: la mayor parte de las nucleares monoparentales con hijos y las parejas sin hijos se sostienen con los ingresos de una sola persona, en tanto que los hogares ampliados, por su mayor tamaño, tienen la posibilidad de ampliar la utilización de la fuerza de trabajo, lo que les permite, en mayor medida, tener dos o tres proveedores, aunque esto depende de las condiciones físicas y de salud de las personas en edad de trabajar.

Para 2017, en todos los tipos de hogar disminuyó la proporción de aquellos con un solo trabajador para dar paso a una mayor presencia a los arreglos con dos trabajadores, cuestión que se observó con más fuerza en las parejas sin hijos, que aumentaron de 39,7 a 46,5%. Los hogares nucleares monoparentales mostraron un comportamiento distinto del resto, ya que aumentó más de cinco puntos porcentuales la proporción de aquellos con un solo proveedor en detrimento de aquellos que tenían dos o tres. Para la mayoría de hogares se están observando cambios en la proveeduría laboral en la que se está aprovechando en mayor medida la fuerza de trabajo, es decir que un mayor número de miembros de las familias están presentes en el mercado laboral.

En consonancia, interesa observar cómo han cambiado las pautas en la organización económica familiar, es decir, quiénes son los que están participando laboralmente y si la actual situación demográfica en la que se encuentra el país está dotando de alguna oportunidad para que los hogares puedan tener una mejor posición en términos materiales por medio de un mayor posicionamiento de los distintos integrantes en el mercado de trabajo. Aunque es innegable que la participación de los miembros de los hogares va a depender de su sexo, edad y posición en el hogar.

Uno de los intereses en la investigación sobre familia y trabajo ha sido observar las transformaciones suscitadas en el modelo de varón único proveedor y se ha encontrado con mayor frecuencia que además del jefe del hogar participan otros miembros de los hogares (Oliveira y García, 2017). Aunque para el total de los hogares aquí considerados es mayor la presencia de aquellos con un jefe como único proveedor, en el período estudiado hay un cambio importante, ya que para las zonas más urbanizadas del país se observó que se redujeron de 36,3 a 31,3% las unidades familiares de este tipo (Gráfico 2).

El jefe como único proveedor es más frecuente para las parejas sin hijos y para los nucleares biparentales con hijos que para los extensos en los que tiene una pequeña participación. No obstante, entre 2005 y 2017 para casi todos los tipos de hogar hubo un decremento en la proporción de familias con jefe proveedor único; por ejemplo, en los nucleares biparentales con hijos cayó de 42,6% a 36,6%. Así, se estaría observando que la organización económica de las familias varía según la composición de parentesco, lo que coincide con lo observado por García y Oliveira (2001).

La reducción mostrada es resultado de una participación más amplia de otros integrantes en el sostenimiento económico de las familias, principalmente de las cónyuges. Entonces, la manutención por parte de ambos cónyuges para el caso de los nucleares biparentales con hijos aumentó de 27,3 a 30,5%, y para las parejas sin hijos pasó de 39,6% a 46,3%. Se ha observado un incremento de parejas de doble ingreso —es decir, en las que ambos trabajan—, como consecuencia de una creciente entrada de las mujeres al mercado de trabajo desde la década del setenta que se acentúo en las épocas de crisis aun para aquellas que tenían hijos pequeños, como lo documentaron Cerruti y Zenteno Quintero (2000). De esta forma, se ha dado una reorganización del trabajo al interior de las familias, lo que incluye el trabajo doméstico, aunque dependerá del tipo de unión que tengan las parejas.

Los hogares ampliados se encuentran más distanciados del modelo «tradicional», puesto que muestra una mayor diversidad en cuanto a los integrantes que los proveen laboralmente y con cambios pequeños entre un año y otro. El más relevante es la disminución en dos puntos porcentuales en la proporción de hogares sostenidos únicamente con el ingreso laboral del jefe del hogar, que pasó de 15,3 a 13,6%. Un elemento que juega a favor de esta diversidad es el propio tamaño de las unidades extensas que suele ser más grande que el resto, como se observó en el apartado anterior, lo que permitiría ampliar su capacidad laboral. Por otro lado, su mayor tamaño implica una mayor cantidad de necesidades materiales, lo que llevaría a que participen más miembros para obtener los ingresos laborales suficientes que permitieran suplirlas.

Un elemento a considerar sobre los hogares extensos es su alta proporción con jefatura femenina. Se ha observado que las mujeres asumen el papel de jefas de hogar ante la ausencia de un cónyuge varón, ya sea por muerte o por separación. Asimismo, presentan una edad promedio mayor, como se observó en la Tabla 3. Entonces, estos factores ayudarían a explicar, junto con el mayor tamaño, la alta proporción de hogares ampliados en los que su sostenimiento depende de la combinación jefe-otros miembros y la baja proporción de jefe como único pilar económico, lo que marcaría una distinción con el resto de los tipos familiares. En la literatura sobre estrategias familiares de sobrevivencia se hace mención a que una de las razones para la conformación de hogares ampliados es optimizar el uso de los recursos agregando integrantes que generen ingresos y compartan un mismo techo.

El caso que llama la atención por su comportamiento contrario al del resto es el de los hogares monoparentales con hijos, en los que se incrementó la presencia de aquellos en los que solo interviene la jefa para su manutención de 40 a 42,5%, en tanto que disminuyó la presencia de las unidades familiares con la combinación hijos-jefa de hogar.

Para explicar este comportamiento deberían tomarse en cuenta el retraso en la edad a la primera maternidad y la reducción del tiempo en las uniones, aspectos que podrían implicar que al separarse las parejas los hijos no tengan aún edad para incorporarse al mercado laboral. Asimismo, dada la reducción en el tiempo de la unión, se tendrían menos hijos. Ambas situaciones serían congruentes con lo analizado en la Tabla 3, en la que se observa un aumento en la edad promedio de la jefa del hogar y una reducción en el tamaño promedio de las unidades domésticas monoparentales con hijos. Otras posibles explicaciones son: primero, que en este tipo de hogares pudiera haber aumentado la preferencia por la permanencia de los hijos en el sistema educativo y su dedicación exclusiva al estudio, y, segundo, que hubiera una mayor colaboración en el cuidado de los hijos por parte de parientes que no forman parte de la familia residencial, lo que posibilitaría a la jefa del hogar participar en el mercado de trabajo.

Los cambios generales en las configuraciones familiares han dado lugar a una mayor presencia de distintos tipos de hogares, como son los hogares de parejas sin hijos. Este tipo de hogar puede ser resultado del estadio en la etapa de formación o de nido vacío si se piensa en el ciclo de vida familiar. También puede ser resultado de parejas que han decidido no tener hijos, situación cada vez más común en las zonas más urbanizadas del país. Lo anterior muestra una heterogeneidad al interior del grupo de parejas sin hijos que debe ser considerada para analizar los cambios en su organización económica.

Al igual que para el total de los hogares que participan en el mercado de trabajo, en las parejas sin hijos se redujo la presencia relativa en casi diez puntos porcentuales de los hogares con el jefe como único sostén, y aumentó la presencia de las cónyuges, fuera como único proveedor o en compañía del jefe. En este tipo de hogares la ausencia de hijos puede tener una mayor incidencia en los cambios mostrados, puesto que esto se encuentra relacionado con una mayor participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Diversos estudios muestran que la reducción de la fecundidad liberó tiempo para que las mujeres se pudieran incorporar al mercado de trabajo en dos sentidos: primero, porque se redujo el período de crianza de la prole y, segundo, debido a que disminuyó el tiempo que debían dedicar al trabajo doméstico y de cuidados (Mier y Terán, 1992; Oliveira y García, 1990). Por otro lado, Rabell y Gutiérrez (2014) señalaron que este tipo de cambios sugieren una modificación en los valores y costumbres asociados a la ideología patriarcal, ya que se trata de arreglos familiares que se pueden considerar tradicionales, pero que no siguen las normas sociales establecidas. En este sentido, los rápidos cambios en la organización de los hogares nucleares biparentales sin hijos podrían ser resultados de transformaciones sociales y culturales en cuanto a las relaciones de género y en la división sexual del trabajo.

A partir de la información mostrada, se sugieren algunas posibles explicaciones acerca de la relación entre los cambios mostrados en la provisión laboral de los hogares y los cambios demográficos. El avance de la transición demográfica en los 12 años considerados adentra al país en la etapa conocida como bono demográfico, caracterizada por una reducción en la relación de dependencia poblacional. En más de la tercera parte de los hogares se mostró que todos sus miembros se encuentran en edades productivas, a pesar de lo cual en una gran parte aún hay presencia de niños, proporción que se redujo para 2017.

Estos cambios implican que hay familias que transitaron a etapas más avanzadas en el ciclo de vida familiar y, por lo tanto, que ha aumentado la edad de los integrantes, principalmente de los hijos y de los menores presentes en el hogar. Para 2017, muchos de estos han alcanzado edades en las que pueden ser independientes en dos sentidos: primero, porque requieren menos atenciones y cuidados por parte de los padres, principalmente de las madres, y, segundo, porque están en capacidad de generar ingresos laborales al alcanzar la edad para trabajar. Sin embargo, los datos presentados en esta sección apuntan que el cambio más importante es el primero, dado que eso liberaría tiempo para que las mujeres, cónyuges específicamente, pudieran entrar al mercado de trabajo y dedicarse a actividades remuneradas. En cuanto al segundo aspecto, no se mostró evidencia suficiente de que en una gran cantidad de hogares los hijos u otros parientes en edades laborales hayan aumentado su presencia en el mercado de trabajo y que, por lo tanto, sean parte de la manutención económica de las familias. Es posible que estos integrantes estén colaborando de otras formas, realizando trabajo doméstico y cuidando de adultos mayores o niños. Asimismo, es posible que las familias prefieran que los miembros más jóvenes permanezcan en el sistema educativo por más tiempo ante la promesa de obtener mayores ingresos cuando se integren al mercado laboral.

Conclusiones

Los datos mostrados en el presente artículo han permitido profundizar en ciertas relaciones entre el cambio demográfico y las características generales de los hogares, principalmente de aquellos que se encuentran insertos en el mercado de trabajo. Sin embargo, el análisis presenta ciertas limitaciones, dado que dichas transformaciones no se pueden separar de forma tajante de la influencia que han tenido aquellos de tipo socioeconómico y cultural, por lo que se trata de una aproximación al análisis del cambio de la estructura por edad de la población y la proveeduría laboral de los hogares.

En primer lugar, se observó que entre los años estudiados se incrementó la presencia de los hogares integrados únicamente por personas en edades productivas y de aquellos conformados solo por adultos mayores en detrimento de las unidades domésticas en las que se combinan niños y personas en etapa productiva, aunque estos últimos siguen siendo mayoría. Por otro lado, se redujo levemente la proporción de hogares EA, lo que estaría indicando entonces que aumentó la proporción de hogares NEA, es decir, de aquellos conformados principalmente por personas que han abandonado la actividad económica puesto que han alcanzado la edad del retiro. Es posible que la proporción de este tipo de familias no sea mayor, a razón de que el trabajo es la principal fuente de ingresos de los hogares, por lo que muchos adultos mayores se encuentran en la necesidad de seguir insertos en el mercado laboral.

Al mismo tiempo, las propias características de los hogares EA dan muestras del cambio en la estructura por edad de la población en el período de 12 años incluidos, con una reducción del tamaño de las familias y un envejecimiento en la edad promedio de los jefes. Un dato relevante que da muestra de transformaciones de diferente índole es el incremento de la presencia de mujeres que son reconocidas como jefas de sus hogares, lo que es posible que esté relacionado con el papel de proveedora económica, pero también con un papel más preponderante en la toma de decisiones al interior de las familias.

A lo anterior, cabe preguntarse cómo inciden los cambios analizados en la transformación de las pautas de la organización económica familiar. En la literatura sociodemográfica se ha enfatizado en la posibilidad de los hogares de hacerse de mayores recursos monetarios al incorporar un mayor número de integrantes al mercado de trabajo, principalmente en tiempos de crisis. Sin embargo, las propias características de los hogares —que han ido en consonancia con los cambios demográficos de más largo plazo— impondrían límites a esta posibilidad. Por ejemplo, la reducción de la fecundidad y el envejecimiento poblacional han incidido en una reducción en el número de los posibles perceptores laborales de los hogares.

Sobre los cambios en la proveeduría laboral del hogar, en la introducción del presente documento se planteó la hipótesis de que los cambios derivados de la transición demográfica, principalmente del cambio en la estructura por edad de la población, dotarían a los hogares de una mayor fuerza de trabajo disponible representada principalmente por los miembros más jóvenes que habrían alcanzado las edades productivas. De esta forma, los hogares podrían hacer frente de mejor manera el deterioro de largo plazo en sus condiciones de vida, dados los factores macroeconómicos adversos que ha sufrido México desde hace varias décadas.

Los datos analizados permitieron advertir que en la proveeduría laboral de los hogares familiares se combinan dos cuestiones sociodemográficas que no se ven a primera vista: la composición de parentesco, que se encuentra asociada con el ciclo de vida familiar y a la composición generacional y con el tamaño, lo que va a tener un efecto sobre los integrantes de los hogares que participan en el mercado de trabajo. A partir de esto, el cambio más importante entre 2005 y 2017 es el aumento de la presencia de las cónyuges como proveedoras laborales de los hogares, principalmente en combinación con el jefe del hogar. De esta forma se puede afirmar que el cambio en la estructura por edad de la población ha tenido como principal resultado que, en ciertos hogares, las hijas e hijos así como otros integrantes alcancen edades más adultas, lo que implica para estos mayor autonomía en sus actividades cotidianas, lo que permitiría a las cónyuges incorporarse al mercado de trabajo dado que tendrían menos responsabilidades al interior del hogar. Asimismo, es posible que las familias tengan una preferencia mayor por la permanencia de los integrantes más jóvenes en el sistema educativo como una forma de asegurar mayores ingresos futuros y que estos también estén desarrollando actividades domésticas.

Por otro lado, es necesario aclarar que la proporción de los hogares que registraron la participación económica de otros miembros, además del jefe de hogar, ha permanecido constante y está concentrada en ciertos tipos familiares como los nucleares monoparentales y los ampliados, lo que estaría relacionado con la presencia de adultos mayores, posiblemente en su mayoría mujeres, que son sostenidos por sus hijos y otros parientes.

Dichos hallazgos no pueden ser desligados de las tendencias socioeconómicas de México, como el aumento en la participación económica de las mujeres por cuestiones que se mencionaron anteriormente. Es probable que la mayor presencia de las mujeres en el mercado de trabajo esté contribuyendo a que los cambios en la organización familiar se den de una forma más acelerada, principalmente en las zonas más urbanizadas del país en las que es mayor la participación económica femenina. Asimismo, esto incidiría en las actividades que realiza el resto de los miembros de las familias, principalmente aquellos que no realizan trabajo remunerado.

Finalmente, aunque ha habido avance en el involucramiento de los hombres en las labores domésticas y de cuidados, este no ha sido suficiente para compensar el esfuerzo de las mujeres, muchas ellas cónyuges, que se dedican al trabajo remunerado y al no remunerado. Los resultados obtenidos apuntan a que la fuerza de trabajo femenina sigue siendo esencial para la reproducción económica y social de los hogares.

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