Resumen

HOLA

En este artículo presentamos los resultados de un estudio sobre el inicio de la vida sexual en México, con la finalidad de detectar posibles cambios en su calendario y, en las circunstancias en las que se lleva a cabo, identificar distintos patrones de ocurrencia por cohortes para dar cuenta de los factores sociodemográficos que pueden ser predictores de esta experiencia. Con datos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva (EDER) 2017 y mediante diversas técnicas estadísticas, obtuvimos resultados que confirman que en las cohortes más jóvenes estudiadas se registra un ligero adelanto en la edad de iniciación sexual. Observamos además notorias diferencias en las circunstancias en las que hombres y mujeres experimentan esta transición al considerar el tipo de localidad de residencia y el estrato social de origen. Constatamos también que en México sigue vigente un doble estándar de iniciación sexual marcado por el género. Finalmente, encontramos que la corresidencia en el hogar de los padres es un factor protector para hombres y mujeres, mientras que la asistencia a la escuela lo es para el caso femenino. En contraste, dejar la escuela, estar trabajando y haberse unido son fuertes predictores del riesgo de iniciarse sexualmente.

Introducción

La investigación social desarrollada desde la perspectiva de género ha contribuido a evidenciar que las prácticas sexuales se encuentran normadas por las concepciones culturales de lo que se considera masculino o femenino. La sexualidad adopta distintos significados para las personas en cada contexto social; por ello, debe estudiarse tomando en cuenta las características de grupos sociales particulares, considerando además que las relaciones sexuales están inmersas en inequidades orientadas por las diferencias de edad, raza, estrato social, condición ocupacional y el género. Por lo general, las mujeres se encuentran más limitadas que los hombres para decidir sobre su vida sexual y reproductiva (Dixon-Mueller, 1996).

Las inequidades de género en el ejercicio de la sexualidad se expresan en diferencias evidentes en el tiempo de la iniciación, así como en el número de parejas que se tienen, cuestiones que revelan la existencia de un doble estándar sexual en casi todas las sociedades, el cual involucra relaciones de poder (Rivas, 1997). El tránsito al inicio de la vida sexual implica la conclusión de la niñez y la entrada a la etapa adulta en diversas culturas. El sentido otorgado por hombres y mujeres a esta importante experiencia se ubica en un ámbito cultural particular, que provee determinados marcos de interpretación (Amuchástegui, 2001). Las percepciones y las prácticas sexuales están profundamente moldeadas por el ámbito social y cultural en el cual las vidas de los jóvenes se desenvuelven. Por ello, en el estudio de esta transición es importante considerar, además del momento de ocurrencia, las características del contexto en el que ocurre esta experiencia (Zhu y Bosma, 2019).

Cuando se analiza la influencia de distintos factores sociales como marcadores de las experiencias sexuales de los jóvenes, se ha observado de manera sistemática que el nivel de escolaridad tiene fuertes efectos sobre la posibilidad de postergar o adelantar el inicio de la vida sexual. En particular, alcanzar un mayor nivel educativo, asistir a la escuela y tener mejores condiciones de vida se relacionan con un inicio más tardío de la vida sexual (Binstock y Gogna, 2015; Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Nigatu, Seme, Fituma y Segni, 2018; Solís, Gayet y Juárez, 2008).

Se ha observado que cuando los jóvenes tienen mayor autonomía respecto a sus padres al haberse incorporado al mercado de trabajo y haber dejado la escuela, es mayor la probabilidad de que se inicien sexualmente de manera más temprana (Binstock y Gogna, 2015; Kassahun, Gelagay, Muche, Dessie y Kassie, 2019; Nigatu et al., 2018; Solís, Gayet y Juárez, 2008; Young, Burke y Gabhainn, 2018). En cambio, cuando son más dependientes económicamente de sus padres—quienes ejercen mayor control y supervisión sobre los comportamientos juveniles— y se encuentran asistiendo a la escuela, es más probable que retrasen su entrada a la vida sexual (Binstock y Gogna, 2015; Nigatu et al., 2018; Vargas, Martínez y Potter, 2010; Zhu y Bosma, 2019).

La investigación sobre la práctica anticonceptiva durante el debut sexual de los jóvenes en diversos contextos reporta sistemáticamente que a medida que mejoran las condiciones de vida de los jóvenes es mayor la probabilidad de que usen anticoncepción durante sus primeras experiencias sexuales, sobre todo en los ámbitos urbanos, entre la población más escolarizada y entre aquellos que se inician sexualmente a edades más tardías (Binstock y Gogna, 2015; Martes, 2015; Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Menkes y Suárez, 2004; Stern y Menkes, 2008; Szasz, 2001).

Es interesante destacar que, en los países europeos, desde finales del siglo XX se han registrado cambios importantes en la vida sexual y amorosa de la población juvenil. Aunque con diferencias entre los países, hombres y mujeres jóvenes inician su vida sexual a edades cada vez más semejantes y marcadamente desvinculada de las uniones conyugales. En términos del calendario de ocurrencia, se observa que el comienzo de esta transición está en declive desde hace tiempo. Sin embargo, aunque ha ido desapareciendo el inicio tardío, posterior a los 20 años, los porcentajes de los jóvenes que se inician tempranamente, antes de los 16 años, no se han modificado de manera significativa (Bozon, 2003; Gayet y Gutiérrez, 2014; Zhu y Bosma, 2019).

Por otro lado, América Latina, en general, registra un inicio de la vida sexual más temprano que otras regiones, como la asiática, pero más tardío que los países africanos (Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Nigatu et al., 2018). Sin embargo, conviene señalar que al interior de la región pueden distinguirse diversos calendarios de inicio sexual, puesto que se han observado edades más tempranas en países como Haití, República Dominicana, Guatemala, Bolivia, Colombia y Argentina, al compararlos con otros países como México, en donde se registra un calendario un poco más tardío (Binstock y Gogna, 2015; Gayet y Gutiérrez, 2014; Martes, 2015).

Para el caso mexicano, la investigación social de corte cualitativo ha evidenciado la existencia de un doble patrón, marcado por el género, para la iniciación sexual de las personas, que se expresa mediante normas internalizadas, vigilancia social y presión del grupo de pares. De acuerdo con esta doble normativa de género, los hombres requieren tener actividad sexual y dar prueba de ella, y de este modo, confirmar la identidad masculina. En ese marco, la virginidad de los varones después de cierta edad despierta sospechas porque representa un signo de dudosa masculinidad (Amuchástegui, 2001; De Jesús, 2011; Szasz, 1998).

En contraste, las normas de género imprimen para las mujeres una connotación negativa al deseo y al placer sexual. Se espera que muestren recato y seriedad, que no hayan tenido experiencia sexual antes del matrimonio y que manifiesten no tener conocimiento o deseos sexuales. Por eso, es común que el inicio sexual entre ellas esté vinculado a una relación afectiva y al comienzo de su vida en pareja, así como de su actividad procreativa. Estas valoraciones en torno a la sexualidad femenina constituyen un fuerte obstáculo para el uso de anticoncepción, sobre todo cuando las jóvenes comienzan su actividad sexual (Amuchástegui, 1998; Menkes y Suárez, 2004; Szasz, 1997, 2001).

Es necesario tomar en cuenta, sin embargo, que la sociedad mexicana se ha transformado de manera significativa durante las recientes décadas como resultado de los cambios económicos y socioculturales promovidos por los procesos de modernización y globalización. Estas transformaciones pueden estar contribuyendo a modificar —sobre todo entre la población juvenil de las urbes y de grupos sociales más favorecidos— los significados de la sexualidad y a comenzar a cuestionar su vinculación con la reproducción. En ello ha tenido que ver la extendida difusión de la anticoncepción mediante las masivas campañas de planificación familiar, así como la educación sexual impartida en la escuela secundaria (Amuchástegui, 2001; Rivas, 1997; Szasz, 1997, 2008).

Tomando en cuenta estas premisas, realizamos un estudio sobre el inicio de la vida sexual, heterosexual y coital entre la población mexicana, con los datos provenientes de una fuente de información longitudinal como la Encuesta Demográfica Retrospectiva (EDER) 2017. Con este análisis queremos actualizar y ampliar los hallazgos aportados por investigaciones precedentes en el país sobre esta experiencia. Estamos particularmente interesados en detectar posibles cambios en su temporalidad y en las circunstancias en las que ocurre, para lo cual comparamos las experiencias de distintas generaciones de hombres y mujeres, considerando sus diferencias según el tipo de localidad de residencia y la pertenencia a distintos estratos sociales. Nuestros objetivos particulares son detectar posibles cambios en el calendario y en las circunstancias en las que se lleva a cabo el inicio de la vida sexual a través del tiempo, identificar distintos patrones de ocurrencia y dar cuenta de los factores sociodemográficos que pueden ser predictores de la iniciación sexual.

Algunas limitaciones de este estudio tienen que ver con los retos que enfrentan las fuentes de información como las encuestas, que, al tratar de dar cuenta de los comportamientos sexuales de las personas, enfrentan dificultades en la elaboración de las preguntas, en las declaraciones de los entrevistados y en la recolección de la información. Consideramos que las respuestas que aportan los entrevistados sobre este tema pueden tener algunas imprecisiones debido a que pueden experimentar cierta incomodidad o porque puede haber dificultades para recordar experiencias ocurridas en el pasado. En ese sentido, consideramos que los datos provenientes de encuestas por muestreo sobre la sexualidad de las personas y su análisis deben ser considerados como indicios más que verdades o certezas en torno a esas prácticas (Ericksen y Steffen, 1999).

Antecedentes de investigación

La información proveniente de diversas encuestas en el país permite constatar que, en efecto, los hombres tienen comportamientos sexuales marcadamente diferentes con respecto a las mujeres. Entre ellos, la actividad coital heterosexual ocurre a una edad más temprana que las mujeres y, por lo general, señalan haber tenido diversas experiencias sexuales alejadas de vínculos afectivos antes de unirse. Para ellos, el comienzo de la vida sexual y la unión conyugal son eventos claramente distanciados en el tiempo (Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Szasz, 1998).

En cambio, entre las mujeres se ha observado un inicio sexual más tardío que los hombres, además de que la distancia respecto a la unión conyugal es mucho menor. En su experiencia hay una fuerte relación entre su iniciación sexual y su entrada en unión. Es todavía muy común que comiencen la vida sexual con su cónyuge, al comenzar la unión o poco tiempo antes, cuando todavía son novios. Por ello, no es extraño que continúe prevaleciendo una escasa distancia entre el inicio de la vida sexual y el inicio de la procreación entre ellas (Menkes y Suárez, 2003, 2004; Szasz, 2001, 2008).

Cambios en el comienzo de la vida sexual

Aunque entre la población masculina mexicana todavía prevalece una iniciación sexual fuera de una relación amorosa, comienza a observarse entre los hombres más jóvenes la disminución paulatina de experimentarla con una desconocida, mientras, se incrementa la preferencia de tenerla con una amiga y, en ocasiones, con la novia. En el caso de las mujeres continúa vigente el debut sexual como parte de una relación amorosa, puesto que tienen esta experiencia de manera generalizada con el esposo o el novio. Sin embargo, si se observa con detenimiento, se pueden detectar diferencias por generaciones, puesto que entre las de mayor edad prevalece la iniciación con el cónyuge, mientras que en las jóvenes se incrementa la experiencia con el novio (Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Stern y Menkes, 2008; Szasz, 2008).

Estos cambios posiblemente tengan relación con las modificaciones que las diferentes generaciones de mujeres atribuyen a sus prácticas heterosexuales. Mientras que las generaciones más antiguas asocian su sexualidad con el cumplimiento de un deber conyugal, las generaciones más jóvenes están comenzando a relacionar la experiencia sexual con sus parejas en el contexto de concepciones más modernas, relacionadas con el amor romántico (Núñez, 2007; Rivas, 1997).

En ese contexto, conviene destacar que en el país se han registrado algunos cambios respecto a la edad de la primera unión. En los años setenta los hombres se unían en promedio a los 24 años y las mujeres a los 21 años, en tanto que en 1990 los hombres incrementaron paulatinamente su edad a la unión a los 24.5 años y las mujeres a los 22 años. Estas edades alcanzaron hacia el año 2000 los 26 años para los hombres y los 24 años para las mujeres (Conapo, 2002). Estos importantes cambios aumentan entre la población juvenil la posibilidad de comenzar la actividad sexual antes de unirse. Por ello, no es extraño que comiencen a observarse, de manera más notoria en los estratos sociales más acomodados, incrementos en las proporciones de personas solteras que informan que son sexualmente activas (Solís, Gayet y Juárez, 2008; Stern y Menkes, 2008; Szasz, 2008).

Estos datos estarían indicando que el retraso en la edad a la primera unión puede estar contribuyendo al incremento de la distancia entre la edad del debut sexual y la edad de entrada en unión. Sin embargo, en el caso de las mujeres, aunque en su gran mayoría siguen la pauta normativa de iniciarse sexualmente en el marco de su primera unión conyugal, ya se ha detectado que aproximadamente un tercio de ellas comienza a tener actividad sexual antes de unirse, disociando claramente su actividad sexual de la vida conyugal (Menkes y Suárez, 2004; Solís, Gayet y Juárez, 2008). Este abandono de la secuencia normativa del inicio sexual y la entrada en unión conyugal es más notorio entre las mujeres de generaciones más jóvenes y con elevados niveles de escolaridad (Gayet y Szasz, 2014).

En cuanto a la posible existencia de cambios en la edad de iniciación sexual, la investigación en el país aporta diferentes hallazgos. Los datos de algunas fuentes de información estarían señalando que entre las cohortes más jóvenes se estaría incrementando la actividad sexual entre las personas solteras, además de que estarían experimentando esta transición de manera más temprana (Conapo, 2004; Menkes y Suárez, 2003).

En este sentido, al comparar los datos de diversas encuestas se reporta que, en efecto, el calendario de esta transición se está adelantando, pero no a edades muy tempranas. Se señala que el calendario de inicio sexual en realidad muestra leves modificaciones, puesto que el inicio más temprano entre las cohortes más jóvenes de hombres y mujeres puede estar asociado a una tendencia al adelanto del calendario previo a los 20 años, pero no antes de los 16 años, que se consideraría un inicio muy temprano (Gayet y Gutiérrez, 2014; Gayet y Szasz, 2014).

Hay que considerar que el comienzo más temprano de la vida sexual puede estar relacionado con uniones igualmente tempranas, todavía vigentes en las comunidades indígenas y rurales, así como en las zonas populares urbanas. Además de ello, algunas investigaciones señalan que el inicio sexual precoz entre la población urbana mejor posicionada socialmente puede estar asociado a nuevas concepciones sobre la sexualidad, a mayores niveles de libertad —en parte debido a la influencia estadunidense— y a la postergación de la unión conyugal (Menkes y Suárez, 2003).

Diferencias sociales en el comienzo de la vida sexual

En México se ha constatado, en el caso de las mujeres, que la edad de inicio sexual es menor entre aquellas que tienen los niveles de escolaridad más bajos, y que se incrementa sistemáticamente conforme alcanzan niveles superiores. En particular, las mujeres pertenecientes a las cohortes más jóvenes con niveles escolares elevados están postergando de manera notoria el comienzo de su vida sexual, conyugal y reproductiva después de los 20 años, al compararlas con las mujeres de generaciones anteriores. Entre ellas es común el uso de anticoncepción durante los primeros años de su actividad sexual y en mayor proporción que las del medio rural y menos escolarizadas. El caso de las mujeres quehan alcanzado el nivel profesional en sus estudios es notable, dado que han logrado establecer una clara disociación entre la entrada a la actividad sexual, el inicio de la vida en pareja y el comienzo de su reproducción (Gayet y Szasz, 2014; Solís, Gayet y Juárez, 2008).

En contraste, se ha documentado que entre las mujeres con escasa escolaridad es común que se inicien de manera precoz las relaciones sexuales y la unión marital. Estas mujeres experimentan trayectorias de vida muy tradicionales, marcadas por la simultaneidad de esas transiciones (Gayet y Szasz, 2014; Solís, Gayet y Juárez, 2008; Szasz, 2001, 2008; Welti, 2005).

Cuando se toma en consideración el ámbito de residencia, se ha observado que la población juvenil de contextos urbanos cuenta con acceso a mejores niveles de escolaridad, mayor diversidad en sus opciones de vida y más amplias posibilidades de movilidad espacial, además de que se encuentran en contacto con nuevos repertorios y normativas en torno a la sexualidad. En estos contextos urbanos existe mayor aceptación respecto a los deseos y las vivencias sexuales de las mujeres previas a la entrada a la vida matrimonial (Esteinou, 2008; Szasz, 2001). Es probablemente por ello que, entre la población femenina de cohortes más jóvenes, se observa una posposición de su iniciación sexual, que estaría más relacionada con sus deseos y no tanto con la entrada en unión. Además, también se ha detectado que la joven población masculina está postergando el inicio de su vida sexual y su entrada en unión; decisiones que estarían relacionadas con una selección más cuidadosa de la pareja con quien desean iniciarse sexualmente (Amuchástegui, 2001; Szasz, 2001).

Esta situación contrasta con la que se experimenta en las áreas rurales y en las comunidades indígenas, sobre todo entre las mujeres, quienes se inician sexualmente a edades más tempranas que en las ciudades —en ocasiones cuando todavía son púberes— y de manera simultánea con el comienzo de su vida marital y procreativa. En estas condiciones resulta prácticamente imposible para las muchachas poder usar algún método anticonceptivo, puesto que la práctica anticonceptiva femenina en estos ámbitos es fuertemente rechazada, ya sea antes o durante la unión (Amuchástegui, 2001; Bellato, 2001; Szasz, 2001, 2008).

Por otra parte, la estratificación social de la población también es un factor que se encuentra vinculado a las diferencias observadas en las experiencias sexuales iniciales de la población juvenil, ya que los jóvenes de estratos más favorecidos prefieren dejar pasar algún tiempo entre su iniciación sexual y el comienzo de su vida en unión. Además, en virtud de que estos grupos sociales se encuentran vinculados con nuevos significados y valoraciones sobre la sexualidad y la virginidad, se ha documentado que las primeras experiencias sexuales masculinas comienzan a estar inmersas con mayor frecuencia en relaciones afectivas y las experiencias sexuales femeninas en soltería tienen mayor aceptación que en otros grupos sociales (Amuchástegui, 2001; Stern, 1997; Szasz, 2001).

En estos grupos sociales, la posibilidad de permanecer en el sistema educativo de manera más prolongada con miras a la obtención de un empleo está contribuyendo a ampliar las opciones de vida para los jóvenes y, en particular, para las mujeres más allá del matrimonio y la maternidad. Son estas posibilidades vitales las que influyen en un uso más frecuente de anticoncepción antes del matrimonio. Algunos estudios han dado cuenta de la existencia de un grupo de mujeres de estratos medios y altos que señalan que han permanecido solteras algunos años después de haber comenzado su actividad sexual (Solís, Gayet y Juárez, 2008; Stern, 1997; Szasz, 2001, 2008).

Sin embargo, conviene señalar que en estos estratos sociales acomodados persisten todavía inequidades entre las experiencias sexuales masculinas y femeninas. La prerrogativa social de iniciarse sexualmente antes de la unión todavía es más restringida para las mujeres, puesto que entre ellas la iniciación sexual se experimenta generalmente en el contexto del noviazgo y de manera más tardía que los varones. Es probable que esto contribuya a explicar una mayor diferencia en la edad media del inicio de la vida sexual entre hombres y mujeres de estos grupos sociales, que la observada en los estratos bajos (Szasz, 2008).

En contraste, para las mujeres de estratos sociales más empobrecidos, sigue vigente el estereotipo femenino conformado alrededor de fuertes restricciones y vigilancia social en torno a la sexualidad y la negación de su deseo. Esta estricta normativa de género establece como obligación para las mujeres la estrecha cercanía entre la iniciación sexual y el comienzo de la vida en pareja, puesto que la sexualidad femenina solo tiene sentido en el contexto de la unión conyugal y de la maternidad. Ambos elementos continúan definiendo la vida y la valoración social de las mujeres de estos grupos sociales (Szasz, 2008). La permanenciade esta norma social permite entender la persistencia del embarazo adolescente como parte de la trayectoria de vida de las mujeres de estos estratos sociales, marcada por una unión muy temprana y seguida de —o incluso precedida por— un embarazo (Menkes y Suárez, 2003, 2004; Stern, 1997, 2007; Stern y Menkes, 2008).

El uso de anticoncepción en el comienzo de la actividad sexual

En México, como resultado de las campañas de prevención del VIH-Sida y de la educación sexual obligatoria, impartida en la escuela secundaria desde los años noventa, se ha incrementado el uso del condón entre la población juvenil. Sin embargo, se observa que cuando los jóvenes se inician sexualmente de manera precoz hay un menor uso de anticonceptivos durante la primera relación sexual (Vargas, Martínez y Potter, 2010).

Las posibilidades de usar condón durante la primera relación sexual son más escasas para las mujeres que para los hombres. Los varones usan con mayor frecuencia que las jovencitas algún anticonceptivo, en particular el condón, sobre todo si se inician con la novia. En cambio, la probabilidad de usar anticoncepción cuando los jóvenes se inician con la esposa o con el esposo, es muy escasa. En particular, son las mujeres indígenas quienes emplean muy escasamente algún método durante esta experiencia (Stern y Menkes, 2008; Szasz, 2001).

Puede decirse entonces que el uso del condón durante la iniciación sexual es menor entre las mujeres, entre la población de estratos sociales desfavorecidos, en las zonas rurales, en las generaciones mayores, entre quienes se inician a edades muy tempranas y entre quienes tienen esta experiencia con su cónyuge (Menkes, De Jesús y Sosa, 2019).

Aspectos metodológicos

La fuente de información, las variables y los métodos de investigación

Considerando estos antecedentes de investigación, en este estudio queremos actualizar y ampliar, en la medida de lo posible, el conocimiento sobre la iniciación sexual de la población mexicana con la finalidad de observar posibles cambios en su calendario y en las circunstancias en las que se lleva a cabo, además de detectar distintos patrones de ocurrencia entre generaciones y dar cuenta de los factores sociodemográficos que pueden ser predictores de esta transición. Para ello, comparamos las experiencias de distintas generaciones de hombres y mujeres, tomando en consideración el tipo de localidad en la que residen y su pertenencia a distintos estratos sociales.

Utilizamos los datos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva 2017, una fuente de información longitudinal con representatividad a nivel nacional, que provee datos relevantes sobre la historia de vida de la población entrevistada. En particular, sobre las trayectorias residencial, escolar, laboral, anticonceptiva, conyugal y reproductiva, con las cuales se pueden establecer vinculaciones analíticas, como es nuestro caso. La muestra total es de 23,831 personas, de las cuales el 45.1 % son hombres y el 54.9 % mujeres. Considerando el enfoque de curso de vida, la base de datos de los años-persona proporciona información de un total de 886,976 registros (INEGI, 2018). Es importante señalar que para la pregunta sobre la edad de iniciación sexual se observó una tasa de no respuesta de 12.3 % para toda la población entrevistada, resultando mayor entre la población masculina (15.7 %) que entre la femenina (9.5 por ciento).

Para observar la existencia de posibles cambios en esta transición, analizamos la experiencia de tres cohortes o generaciones, aquellas nacidas en 1965-1969, 1975-1979 y 1985-1989. La muestra total de las tres cohortes consideradas es de 8,833 personas, de las cuales 2,390 pertenecen a la generación 1965-1969; 3,184 a la de 1975-1979 y 3,259 a la de 1985-1989. La selección de estas cohortes se debió a la ubicación en el tiempo histórico y social en el que se desenvolvieron sus vidas como adolescentes y jóvenes, y en el cual tuvo lugar su iniciación sexual. Estas tres cohortes han vivido en un contexto de masificación de la escolaridad, de amplia difusión y legitimación de la práctica anticonceptiva y, en particular, las cohortes intermedia y más joven recibieron educación sexual en la enseñanza secundaria. Con la finalidad de observar la existencia de posibles cambios en la experiencia de esta transición, hemos elegido una separación de diez años entre las cohortes seleccionadas para su estudio.

Para analizar las diferencias sociales y su influencia en las circunstancias en las que ocurre la iniciación sexual, consideramos el tipo de localidad de residencia y el estrato social de origen de los entrevistados. En cuanto al tipo de localidad, distinguimos tres: a) indígena, si la persona habita en una localidad rural (menor de 2,500 habitantes) y habla alguna lengua indígena; b) rural, si reside en una población rural (menor de 2,500 habitantes) y no habla una lengua indígena, y c) urbana, si habita en una localidad de 2,500 habitantes o más.

La variable de estrato social de origen retoma el índice de origen social (IOS) construido a partir de las características de la familia de origen del entrevistado, cuando tenía 15 años de edad. Las variables que conforman este índice incluyen el nivel de educación y la ocupación de los padres, además de la posesión de bienes y la disponibilidad de servicios en la vivienda (Solís, 2016). La consideración de este índice nos permitió distribuir a los individuos en tres estratos sociales de origen: muy bajo, bajo y medio/alto.

Para analizar las circunstancias en las que ocurre la iniciación sexual, estudiamos la asociación entre el tipo de localidad de residencia y el estrato social de origen con diversas variables sociodemográficas al momento de la iniciación sexual: corresidencia en casa de los padres; permanencia en el sistema educativo; incorporación al mercado de trabajo; uso de anticoncepción; estado civil, y nivel de escolaridad al momento de iniciarse sexualmente. Respecto al estado civil, es conveniente señalar que estamos particularmente interesados en la vinculación entre el inicio de la vida sexual y la primera unión. Entre las mujeres fue relativamente frecuente encontrar casos en los que la entrada en unión y la iniciación sexual ocurrieron en el mismo año, sin saber exactamente cuál evento ocurrió primero. Por ello, en nuestros análisis señalamos que en estos casos el comienzo de la vida sexual ocurrió en el marco de su primera unión.

Para realizar este estudio llevamos a cabo un análisis estadístico en cuatro fases. En la primera calculamos las edades medianas y los intervalos de confianza de la iniciación sexual para hombres y mujeres por cohorte, tipo de localidad de residencia y estrato social de origen. En la segunda parte realizamos un análisis estadístico bivariado (prueba de Chi-cuadrada X) para analizar la asociación entre el tipo de localidad de residencia y el estrato social de origen con diversas características sociodemográficas para cada una de las tres cohortes estudiadas. En la tercera parte utilizamos el análisis de correspondencias múltiples para detectar en cada cohorte la existencia de diferentes patrones de iniciación sexual. Finalmente, a partir de un enfoque de curso de vida, estimamos varios modelos de regresión de Cox con la intención de dar cuenta de los factores sociodemográficos que pueden ser predictores del riesgo de experimentar la primera relación sexual. Dos de ellos consideran a la cohorte como variable explicativa, para el caso masculino y el femenino. Y otros seis modelos, uno para cada una de las tres cohortes estudiadas, para el caso de los hombres y de las mujeres.

Resultados de la investigación

Edades medianas a la iniciación sexual

De acuerdo con la información del Cuadro 1, en términos generales, la edad mediana a la iniciación sexual de hombres y mujeres ha ido disminuyendo a través de las cohortes. Sin embargo, este rejuvenecimiento ha sido paulatino y no ha implicado grandes cambios, en términos de una iniciación precoz (antes de los 16 años). Si en la cohorte más antigua (1965-1969) los varones registraban un inicio sexual alrededor de los 18 años, en la cohorte más joven (1985-1989) esta edad era de 17 años. Las mujeres han registrado una disminución semejante, pues en la cohorte intermedia (1975-1979) sus edades medianas rondaban los 19 años, en tanto que para la cohorte más joven es de 18 años.

Llama la atención que en la cohorte más joven se observen edades medianas uniformes entre los hombres como entre las mujeres. Al respecto, consideramos que estos datos pueden estar reflejando importantes cambios en los comportamientos sexuales de las generaciones más jóvenes y que probablemente estén propiciando una disminución de las desigualdades sociales en el calendario de ocurrencia de esta experiencia. De cualquier manera, estos hallazgos sugieren la importancia de continuar investigando sobre este particular, desde aproximaciones cuantitativas como cualitativas.

Al interior de cada cohorte no encontramos diferencias significativas entre hombres y mujeres indígenas, ni entre la población rural de la cohorte más antigua (1965-1969). En todos los demás grupos sociales, definidos por el tipo de localidad y el estrato social de origen, se observa una edad mediana de inicio sexual más temprana en los hombres respecto a las mujeres.

Cuadro 1. Edades medianas a la iniciación sexual por cohorte, sexo y grupos sociales

Al comparar en detalle la experiencia entre los hombres y entre las mujeres por tipo de localidad de residencia y estrato social de origen, solo encontramos diferencias significativas en las cohortes femeninas de 1965-1969 y 1975-1979. En ambas cohortes se observa que las mujeres indígenas se iniciaron sexualmente a una edad más temprana que las rurales, en tanto que las mujeres que habitan en zonas urbanas experimentaron esta transición a una edad más tardía. También se observa para el caso de estas cohortes una relación directa entre el estrato social de origen y la edad de la primera relación sexual, es decir, a mejores condiciones de vida, las mujeres tienen una iniciación sexual más tardía respecto a las mujeres de los estratos sociales menos favorecidos.

Las circunstancias en las que ocurre la iniciación sexual por tipo de localidad de residencia

Al analizar la asociación entre el tipo de localidad de residencia y las características sociodemográficas de la población masculina en las trescohortes estudiadas (Cuadro 2), observamos que, en los ámbitos urbanos, la iniciación sexual masculina ocurrió de manera preponderante en la cohorte más joven cuando los varones todavía vivían con sus padres (80 %). Y, en las tres cohortes estudiadas, fue más común que estos hombres urbanos comenzaran su vida sexual mientras se encontraban estudiando y se encontraban solteros. Por ello, son elevadas las proporciones de los que se iniciaron sexualmente contando con una escolaridad de secundaria o bachillerato. Estos porcentajes se incrementan de manera importante en la cohorte más joven.

En cambio, la población masculina de contextos rurales y comunidades indígenas tuvo su primera relación sexual de manera mayoritaria cuando habían dejado la escuela —en los niveles de primaria y secundaria— y se habían incorporado al mercado de trabajo. Proporciones importantes de ellos comenzaron su vida sexual en el marco de su primera unión.

Es notorio que, a través de las generaciones, en todos los tipos de localidad de residencia, se registre una importante disminución en las proporciones de los hombres que se iniciaron sexualmente en el contexto de su entrada en unión.

Cuadro 2. Hombres. Asociación entre tipo de localidad de residencia y características sociodemográficas al momento de la primera relación sexual. Porcentajes por tipo de localidad de residencia

Cuadro 3. Mujeres. Asociación entre tipo de localidad de residencia y características sociodemográficas al momento de la primera relación sexual. Porcentajes por tipo de localidad de residencia

En el caso de las mujeres (Cuadro 3)— de manera similar a la experiencia de los hombres— , en las tres cohortes estudiadas, aquellas que residían en las ciudades se iniciaron sexualmente de manera preponderante cuando se encontraban corresidiendo con sus padres y estaban estudiando. Probablemente esta condición esté relacionada con las mayores proporciones de mujeres urbanas que habían alcanzado el bachillerato o el nivel superior de escolaridad cuando tuvieron esta experiencia. A pesar de ello, es notorio que importantes porcentajes de estas mujeres se iniciaron sexualmente en el marco de su primera unión, aunque a través de las generaciones esta circunstancia disminuye paulatinamente, al tiempo que se incrementa entre ellas el uso de anticoncepción durante esta experiencia, sobre todo en la cohorte intermedia respecto a la más antigua.

Las mujeres de las tres cohortes en estudio que residían en contextos rurales o indígenas se iniciaron sexualmente de manera preponderante cuando ya habían dejado la escuela —con muy escasos niveles de escolaridad, cuando mucho de primaria— y en el contexto de su entrada en unión. Proporciones importantes de ellas ya estaban insertas en el mercado laboral cuando experimentaron esta transición.

Queremos llamar la atención sobre la importante disminución a través del tiempo y en los tres tipos de localidad de residencia, de los porcentajes de mujeres que comenzaron su vida sexual en el marco de su primera unión. Destaca el caso de la cohorte más joven (1985-1989) en la que se incrementaron notablemente las proporciones de aquellas que tuvieron esta experiencia cuando todavía corresidían con sus padres y estaban en el sistema escolar.

Las circunstancias en las que ocurre la iniciación sexual por estrato social de origen

Al analizar las circunstancias en las que los hombres experimentaron su primera relación sexual de acuerdo con su estrato social de origen (Cuadro 4), notamos que la corresidencia con los padres y la asistencia a la escuela generalmente se incrementan en cada cohorte, y entre cohortes, cuanto mejor es su situación social.

Cuadro 4. Hombres. Asociación entre estrato social de origen y características sociodemográficas al momento de la primera relación sexual. Porcentajes por estrato social de origen

En las tres cohortes estudiadas, encontramos en el estrato social medio/alto importantes proporciones de hombres que alcanzaron elevados niveles de escolaridad —como el bachillerato o educación superior— cuando tuvieron esta experiencia. En cambio, los porcentajes de quienes tuvieron su debut sexual en el marco de su entrada en unión o se encontraban insertos en el mercado de trabajo, disminuyen en este mismo estrato social.

La experiencia sexual inicial de los varones de estratos más precarios (muy bajo y bajo), en las tres cohortes, tuvo lugar mayoritariamente entre los que no estudiaban en ese momento, los que se habían incorporado al mercado de trabajo y, en las cohortes más antigua e intermedia, entre los que únicamente habían alcanzado niveles primarios y secundarios de escolaridad. Estas condiciones se vinculan a las proporciones importantes de quienes tuvieron esta experiencia en el contexto de su primera unión.

El uso de anticoncepción durante esta experiencia fue realmente escaso a través de las cohortes masculinas estudiadas, aunque llama la atención que el empleo de algún método fue siempre más frecuente en el estrato social medio/alto, incrementándose de manera importante en la cohorte más joven (16 por ciento).

Entre la población femenina (Cuadro 5), se observa que a través de las generaciones se ha incrementado la posibilidad de iniciarse sexualmente cuando todavía vivían con sus padres y se encontraban estudiando. Es notorio que en el estrato social medio/alto, esta situación siempre ha sido más común que en los otros estratos sociales. De manera preponderante, las mujeres de este estrato tuvieron su debut sexual cuando habían alcanzado estudios de nivel bachillerato o superior, además de que importantes porcentajes de ellas ya se encontraban insertas en el mercado de trabajo.

En cambio, entre las mujeres de estratos sociales más desfavorecidos (muy bajo y bajo), de las tres cohortes, ha sido más frecuente iniciarse sexualmente cuando ya no estaban asistiendo a la escuela y en el contexto de su primera unión. En concordancia, las mujeres del estrato social muy bajo contaban mayoritariamente con estudios de primaria cuando tuvieron su primera relación sexual, mientras que las del estrato bajo alcanzaron niveles de secundaria.

Cuadro 5.Mujeres. Asociación entre estrato social de origen y características sociodemográficas al momento de la primera relación sexual. Porcentajes por estrato social de origen

En los tres estratos sociales de la cohorte femenina más joven ha disminuido de manera notoria la iniciación sexual en el contexto de la unión marital. A pesar de que en las tres cohortes de mujeres se reportan bajos porcentajes de uso de métodos anticonceptivos durante esta experiencia, llama la atención que entre aquellas del estrato social medio/alto —al igual que en el caso masculino— ha habido un mayor uso de anticoncepción respecto a las mujeres de los otros estratos sociales, que se ha ido incrementando a través del tiempo.

Patrones de iniciación sexual por cohortes

Con el objetivo de detectar distintos patrones de iniciación sexual para cada una de las tres cohortes estudiadas, 1965-1969, 1975-1979 y 1985-1989, hemos considerado de manera simultánea o multivariada, mediante el análisis de correspondencias múltiple, el tipo de localidad de residencia, el estrato social de origen y el sexo, junto con las variables que caracterizan las circunstancias en las que se tuvo dicha experiencia. Los resultados se muestran en las Gráficas 1, 2 y 3, en las que se representan en dos dimensiones la cercanía o lejanía de las categorías de las variables estudiadas a partir de las relaciones existentes entre ellas.

Gráfica 1. Diferentes patrones de iniciación sexual en México, cohorte 1965-1969

Gráfica 2. Diferentes patrones de iniciación sexual en México, cohorte 1975-1979

Gráfica 3. Diferentes patrones de iniciación sexual en México, cohorte 1985-1989

En el caso de la cohorte 1965-1969 (Gráfica 1), se puede observar en el cuadrante superior derecho una agrupación en la que se encontrarían los hombres de estrato bajo que tuvieron su primera relación sexual cuando corresidían con sus padres, estaban en la escuela (con nivel de secundaria), no se habían incorporado al mercado laboral y no estaban unidos, además de que no usaron ningún método anticonceptivo al momento de tener esta experiencia. En el cuadrante superior izquierdo se observa un patrón de iniciación sexual que correspondería a las personas que residían en localidades rurales e indígenas, de estrato social muy bajo y con escasa escolaridad.

Por su parte, las mujeres de estrato bajo se agruparon en otro patrón de iniciación sexual, en el cuadrante inferior izquierdo, que ocurrió de manera preponderante en el contexto de su primera unión, cuando ya no corresidían con sus padres, habían dejado la escuela y se encontraban trabajando. Es muy probable que no hayan utilizado algún método anticonceptivo durante esta experiencia. Finalmente, en el cuadrante inferior derecho se agruparon aquellas personas de ámbitos urbanos, que pertenecían al estrato social medio/alto y que tenían una escolaridad de bachillerato o nivel superior.

Para la cohorte 1975-1979 (Gráfica 2), se puede observar en el cuadrante superior derecho un patrón de iniciación sexual que corresponde a las mujeres de estrato bajo, quienes en su mayoría ya no corresidían con sus padres ni estaban estudiando, se encontraban trabajando y probablemente estaban unidas cuando tuvieron su primera relación sexual, seguramente sin haber utilizado anticoncepción.

En el cuadrante superior izquierdo, se encontrarían agrupadas aquellas personas de localidades urbanas, de estrato social medio/alto y que tenían estudios de bachillerato o nivel superior cuando se iniciaron sexualmente.

Los hombres de estrato bajo tienden a agruparse, en el cuadrante inferior izquierdo, en un patrón de iniciación sexual caracterizado por la corresidencia con sus padres, la permanencia en el sistema escolar (con un nivel de escolaridad de secundaria), sin estar unidos, ni incorporados al mercado laboral y sin haber usado anticoncepción.

Finalmente, en el cuadrante inferior derecho se observa nuevamente el patrón estructural que corresponde a las personas que residían en localidades rurales e indígenas, de estrato social muy bajo y con muy precarios niveles de escolaridad.

En la cohorte más joven (1985-1989) (Gráfica 3), se observan patrones semejantes a los detectados en las cohortes anteriores. En el cuadrante superior derecho se agrupan las mujeres, quienes se iniciaron sexualmente en el marco de su primera unión, cuando ya habían dejado de corresidir en el hogar de sus padres y ya no asistían a la escuela, muy probablemente porque se encontraban trabajando. Es probable que no hayan usado algún método anticonceptivo en su primera relación sexual.

En el cuadrante superior izquierdo, se agrupan aquellas personas que habitaban en contextos urbanos, de estrato medio/alto, con elevados niveles de escolaridad y que probablemente utilizaron anticoncepción durante su iniciación sexual.

En el cuadrante inferior izquierdo se aprecia otro patrón que agrupa a los hombres de estrato bajo, que corresidían con sus padres, que estaban estudiando y no estaban trabajando. Estos varones no se encontraban unidos y tampoco utilizaron algún método anticonceptivo al momento de tener su primera relación sexual.

Finalmente, en el cuadrante inferior derecho existe una asociación entre las personas que residían en localidades rurales e indígenas, de estrato social muy bajo y con niveles bajos de escolaridad.

Modelos de regresión de Cox

Considerando el enfoque de curso de vida, en el cual cada caso representa un año-persona, se construyeron ocho modelos de regresión de Cox con la intención de estimar las razones de riesgo de tener la primera relación sexual. Los dos primeros, uno para cada sexo, consideran a la cohorte como un factor explicativo, en tanto que los restantes se han hecho para cada una de las tres cohortes estudiadas, separándolos para el caso masculino y el femenino.

Los resultados de los ajustes de los dos primeros modelos que se presentan en el Cuadro 6, permiten observar que el riesgo de iniciar la vida sexual a una edad más temprana se ha incrementado significativamente, tanto en el caso masculino como en el femenino, en la cohorte más joven al compararla con la cohorte más antigua. Este riesgo es de 21 % entre los hombres y se incrementa en 26 % para las mujeres.

En cuanto al estrato social, se aprecia que para los hombres el riesgo de iniciarse sexualmente a una edad más temprana se incrementa significativamente en un 30 % en el estrato social medio/alto respecto al muy bajo. Entre las mujeres el riesgo de iniciarse más temprano en el estrato bajo es 11 % mayor respecto al estrato muy bajo y se incrementa a 18 % en el estrato medio/alto. El tipo de localidad de residencia solo permite inferir riesgos significativamente mayores (16 %) de iniciarse sexualmente más temprano para las mujeres urbanas respecto a las que habitan localidades indígenas.

El ingreso al mercado de trabajo incrementa el riesgo de iniciar la vida sexual para ambos sexos, pues entre los hombres es de 1 %, y de 2 % para las mujeres. Encontrarse unido incrementa en 3 % el riesgo de iniciarse sexualmente para los hombres, mientras que para las mujeres este riesgo es todavía mayor (8 por ciento).

En cambio, estar todavía en el sistema educativo disminuye solamente para las mujeres el riesgo de tener la primera relación sexual en 1 %. La corresidencia con los padres también disminuye el riesgo de comenzar la vida sexual en 1 % para los hombres y en 2 % para las mujeres.

Por otro lado, para indagar sobre las particularidades en cada una de las tres cohortes estudiadas, se ajustó un modelo para cada una y para cada sexo (Cuadros 7 y 8). En cuanto al estrato social de origen, se observa en la cohorte más avanzada (1965-1969) e intermedia (1975-1979), un incremento en el riesgo de iniciarse sexualmente entre los hombres y las mujeres del estrato social medio/alto respecto a aquellos del estrato muy bajo. Además, las mujeres de estas mismas cohortes y del estrato social bajo también registran un mayor riesgo de comenzar su vida sexual de manera más temprana que aquellas del estrato muy bajo.

Cuadro 6. Factores asociados al riesgo de ocurrencia de la primera relación sexual obtenidos por el modelo de regresión de Cox

Es interesante constatar que, en la cohorte más joven, el riesgo de que las mujeres urbanas tengan su primera relación más tempranoque aquellas que residen en localidades indígenas se incrementa significativamente en un 40 por ciento.

La incorporación al mercado de trabajo incrementa en 1 % entre los hombres de la cohorte intermedia (1975-1979) y más joven (1985-1989) el riesgo de un debut sexual más temprano respecto a aquellos que no se encontraban trabajando. En el caso de las mujeres este riesgo se incrementa en las tres cohortes estudiadas entre 2 y 1 por ciento.

Cuadro 7. Hombres. Factores asociados al riesgo de ocurrencia de la primera relación sexual obtenidos por los modelos de regresión de Cox, por cohorte

Asistir a la escuela entre los hombres de la cohorte más joven incrementa el riesgo de que se inicien sexualmente más temprano en 1 % respecto a los que no asistían a la escuela. En contraste, entre las mujeres de las cohortes más antigua e intermedia que se encontraban estudiando, el riesgo de tener la primera relación sexual disminuyó en 3 % y 1 % respectivamente.

Cuando los hombres de las cohortes intermedia y más joven vivían en casa de sus padres, el riesgo de que se iniciaran sexualmente disminuyó 1 %. En el caso de las mujeres de las tres cohortes estudiadas, la corresidencia con sus padres disminuyó en 2 % el riesgo de que tuvieran su debut sexual más temprano.

Para los hombres y las mujeres de las tres cohortes en estudio, estar en unión incrementa de manera significativa el riesgo de iniciarse sexualmente. Se observa además que en el caso femenino estos riesgos son siempre mayores que en el caso masculino, al tiempo que se aprecia, en ambos casos, una disminución gradual de estos riesgos a través del tiempo.

Cuadro 8. Mujeres. Factores asociados al riesgo de ocurrencia de la primera relación sexual obtenidos por los modelos de regresión de Cox, por cohorte

Discusión y consideraciones finales

Para llevar a cabo este estudio tomamos en cuenta los hallazgos de diversas investigaciones precedentes sobre la iniciación sexual, en particular aquellos relativos al caso mexicano. Las diversas etapas de análisis y las distintas técnicas estadísticas empleadas en este trabajo nos permitieron observar el fenómeno desde distintas perspectivas.

Con el análisis de las edades medianas a la iniciación sexual por cohortes, obtuvimos resultados consistentes con lo reportado por estudios previos (Gayet y Gutiérrez, 2014; Gayet y Szasz, 2014; Menkes y Suárez, 2003), en el sentido de que entre las jóvenes generaciones de hombres y mujeres se está registrando un ligero adelanto en la edad de iniciación sexual antes de los 20 años, pero no antes de los 16 años. La edad mediana del debut sexual en la cohorte más joven en los hombres es 17 años, en tanto que entre las mujeres es 18 años. Además, advertimos que la brecha entre hombres y mujeres ha ido disminuyendo a través de las cohortes y que los mayores cambios, respecto al rejuvenecimiento de la edad al comienzo de la vida sexual, se han registrado entre las poblaciones masculina y femenina de ámbitos urbanos y de estrato social medio/alto.

Sin embargo, al analizar las diferencias de estas edades entre hombres y mujeres, nuestros hallazgos permiten constatar que en el país persiste todavía un patrón de iniciación sexual fuertemente marcado por el género (Amuchástegui, 2001; De Jesús, 2011; Menkes y Suárez, 2004; Szasz, 1998, 2001). Los varones mexicanos continúan iniciando su actividad sexual de manera más temprana que las mujeres, en todos los grupos sociales considerados. Es importante destacar también que las mujeres de localidades indígenas y rurales de las cohortes más avanzadas (mayor e intermedia) experimentaron un inicio sexual más temprano que las mujeres urbanas, como lo han señalado otros estudios (Amuchástegui, 2001; Szasz, 1997, 2001).

Con respecto a las diferencias por grupos sociales, constatamos que, en las tres cohortes estudiadas, la iniciación sexual en ámbitos urbanos y en el estrato social medio/alto, ocurrió de manera preponderante cuando todavía vivían en el hogar de sus padres, se encontraban estudiando —y alcanzaron niveles de escolaridad de bachillerato o superior—, y no estaban unidos. Sin embargo, al analizar las diferencias por sexo en estos mismos grupos sociales, observamos que los hombres se encontraban solteros en su mayoría cuando se iniciaron sexualmente, en tanto que las mujeres tuvieron esta experiencia, de manera importante, en el marco de su primera unión y cuando se encontraban insertas en el mercado de trabajo.

En contraste, los hombres y mujeres de las tres cohortes estudiadas, de comunidades indígenas y rurales, así como de estratos sociales muy bajo y bajo, en su mayoría tuvieron su debut sexual en el marco de su entrada en unión, cuando ya habían dejado de asistir a la escuela (con niveles de primaria o secundaria) y se encontraban trabajando.

Nuestros resultados confirman, por otro lado, que existe una clara asociación entre mejores condiciones de vida y el uso de métodos anticonceptivos cuando hombres y mujeres de las tres cohortes estudiadas inician su vida sexual. Y, al contrario, pertenecer a estratos sociales empobrecidos se asocia a un menor uso de anticoncepción durante esta experiencia, tal y como diversas investigaciones lo han indicado (Binstock y Gogna, 2015; Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Menkes y Suárez, 2004; Stern y Menkes, 2008).

Observamos a través de las generaciones estudiadas —en todos los tipos de localidad y estratos sociales— una tendencia a la disminución en las proporciones de hombres y mujeres que se inician sexualmente en el marco de su entrada en unión y un incremento de quienes comienzan su vida sexual mientras viven en casa de sus padres y permanecen en el sistema educativo. Estos cambios son más notorios en la cohorte más joven.

En este interesante proceso de cambio, nos parece importante destacar el caso de hombres y mujeres de la cohorte más joven, urbanos y de estrato medio/alto, entre quienes se observa una clara disociación entre la primera relación sexual y el comienzo de la vida en unión, así como un notable incremento en el uso de algún método anticonceptivo durante esta experiencia, al compararlos con las otras cohortes y grupos sociales. Estos hallazgos confirman y actualizan aquellos reportados previamente (Gayet y Szasz, 2014; Menkes y Suárez, 2003, 2004; Solís, Gayet y Juárez, 2008).

Los resultados del análisis de correspondencias múltiples nos permitieron constatar que en las tres cohortes analizadas persisten, a través del tiempo, patrones de iniciación sexual claramente diferenciados por sexo y por estrato social. Destacan en particular, por ubicarse en cuadrantes opuestos en las tres gráficas presentadas, los distintos patrones de iniciación sexual masculina y femenina en el país. El comienzo de la vida sexual entre los hombres sigue teniendo lugar, de manera preponderante, cuando aún son solteros, viven en el hogar de sus padres, se encuentran estudiando y no se han incorporado al mercado laboral. En contraste, la iniciación sexual femenina continúa fuertemente asociada a su entrada en unión, a su actividad laboral, así como a la salida de la escuela y del hogar de sus padres. Hay que destacar que, en esta experiencia, hombres y mujeres utilizan escasamente anticoncepción. Estas evidencias fortalecen el argumento de que en el país se encuentra fuertemente arraigado, y persistiendo a través de las generaciones, un doble estándar en el comienzo de la vida sexual marcado por el género (Amuchástegui, 1998, 2001; Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Menkes y Suárez, 2003, 2004; Szasz, 1998, 2001, 2008).

El estudio de los riesgos de iniciar la vida sexual con los dos primeros modelos de regresión de Cox nos permitió observar que dichos riesgos se han incrementado significativamente, tanto en el caso masculino como femenino, en la cohorte más joven y en el estrato social medio/alto, al compararlos con la cohorte más antigua y con el estrato muy bajo. Las mujeres urbanas también muestran un incremento significativo en el riesgo de tener su primera relación sexual más temprano que las mujeres de comunidades indígenas. La corresidencia con los padres es un factor protector del inicio sexual para hombres y mujeres, como lo es la asistencia a la escuela, pero solamente para el caso femenino. En cambio, estar en unión o estar trabajando, son importantes predictores del riesgo de iniciarse sexualmente.

Al analizar el comportamiento particular de cada una de las tres cohortes estudiadas, observamos que en la más antigua e intermedia, los hombres y las mujeres del estrato social medio/alto muestran un incremento significativo en el riesgo de iniciarse sexualmente más temprano respecto a las personas del estrato muy bajo. Este hallazgo resulta de particular importancia porque refuerza los planteamientos relativos a la existencia de mayores niveles de libertad entre los jóvenes de estratos sociales más favorecidos (Menkes y Suárez, 2003). Y, por otro lado, pone en cuestionamiento lo planteado por otros estudios que señalan que mejores condiciones de vida se relacionan con un inicio más tardío de la vida sexual (Binstock y Gogna, 2015; Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Nigatu et al., 2018; Solís, Gayet y Juárez, 2008).

Llama la atención, por otro lado, el caso particular de las mujeres urbanas de la cohorte más joven, entre quienes se observa un riesgo 40 % mayor de tener su primera relación sexual respecto a las mujeres de localidades indígenas. También constatamos que la corresidencia con los padres es un factor que se relaciona con un inicio más tardío de la vida sexual en las cohortes masculinas intermedia y más joven, así como en las tres cohortes femeninas. Otro factor protector es la asistencia a la escuela, pero solamente para las mujeres de las cohortes más antigua e intermedia. En contraste, en la cohorte masculina más joven, la permanencia en el sistema escolar es un factor que incrementa el riesgo de iniciarse sexualmente.

Son factores fuertemente predictivos para la iniciación sexual en las tres cohortes estudiadas de hombres y mujeres, haberse incorporado al mercado de trabajo y, sobre todo, haber transitado a la primera unión. Sin embargo, es importante señalar que se observa una disminución gradual de estos riesgos a través del tiempo. Con estos hallazgos, ampliamos y actualizamos la información que sobre estos predictores habían reportado otras investigaciones (Binstock y Gogna, 2015; Kassahun et al., 2019; Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Nigatu et al., 2018; Vargas, Martínez y Potter, 2010; Young, Burke y Gabhainn, 2018; Zhu y Bosma, 2019).

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