Resumen

HOLA

Reseña de: Domingo, A. (Ed.). (2018). Demografía y posverdad. Estereotipos, distorsiones y falsedades sobre la evolución de la población. Barcelona: Icaria, 229 pp.

El libro corresponde a una colección de ensayos breves, elaborados por demógrafos/as de España y, en su mayoría, enfocados en este país. Es un texto atractivo y pertinente. Cada capítulo aporta argumentos y evidencia sólida a debates de la mayor transcendencia técnica y política, con lo cual su foco en España no obsta para que sus mensajes tengan eco en otras latitudes.

Los capítulos abordan los siguientes asuntos: el crecimiento demográfico; mitos en materia de mortalidad, fecundidad y nupcialidad; la fecundidad muy baja, sus determinantes y consecuencias; las familias, sus cambios y la (des)igualdad de género; la migración internacional, incluyendo el refugio; el envejecimiento, la seguridad social y las relaciones intergeneracionales; y, finalmente, las proyecciones de la población española. Los temas son objeto de debate público, y en estos debates abunda la imputación de consecuencias, normalmente adversas, directas e indiscutibles, sin fundamento científico y con evidentes sesgos ideológicos. Esto último es lo que unifica los diferentes capítulos, específicamente: encarar estas miradas sesgadas, que corresponderían a posverdades.

El prólogo ofrece un posicionamiento teórico, además de precisiones y distinciones conceptuales claves. Una de ellas corresponde al entendimiento de la “posverdad” como algo sistémico e intrínseco del actual neoliberalismo. La posverdad se afirma en sentimientos y percepciones anclados en la forma en que “funcionan las cosas” dentro de este modelo de sociedad y economía. Se entiende que la posverdad no se fundamenta en la religión, el pensamiento mágico, la predestinación o las leyes de la historia. Se fundamenta más bien en experiencias directas o transmitidas por diversos medios relativas a fenómenos reales que, sin embargo, son distorsionados o envilecidos mediante operaciones comunicativas de manipulación, proyección o racionalización que resultan coherentes para una parte de la población en un contexto social e histórico determinado.

Ahora bien, cabe mencionar una nota de cautela respecto de esta asociación entre posverdad y neoliberalismo. La posverdad tiene bastante de “vino viejo en nuevos odres” más allá de ser un neologismo. El vino viejo corresponde a las innumerables argumentaciones legitimadoras con pretensiones de verdad irrefutable, o incluso de validez científica, de órdenes establecidos y, en particular, de modelos de dominación de distinto tipo—de clases sociales, de territorios, de culturas, de géneros, de generaciones, entre otros—. La posverdad no es exclusiva del neoliberalismo. Los nuevos odres tampoco lo son, a menos que se suponga que solo bajo este modelo económico y social se pueden desarrollar los medios de comunicación masivos del siglo XX, o los medios virtuales y las redes sociales característicos de lo que va del siglo XXI.

El primer capítulo se concentra en la culpabilización, desde Malthus, del crecimiento demográfico por ser causa de catástrofes de todo tipo. El desenmascaramiento de la posverdad, en este caso, se basa tanto en la evidencia —sucintamente: las catástrofes imputadas al crecimiento demográfico no se materializaron—, como en la lógica argumental —concretamente: focalizarse en el crecimiento demográfico invisibiliza muchos otros factores disruptivos tan o más importantes, y desconoce factores intervinientes que matizan los efectos del crecimiento demográfico—. Como corolario, se cuestionan sus derivaciones de política, en particular, su obsesión por el crecimiento demográfico y el descuido de otros factores clave para el desarrollo económico y social. Con todo, demostrar y denunciar esta posverdad no significa dar la razón a argumentos opuestos. De hecho, el texto dista de tener una visión positiva del crecimiento demográfico del tipo planteado por Ester Boserup o Julian Simon, como se deduce de la siguiente afirmación en su acápite final: “El mundo contemporáneo se enfrenta a retos globales de gran envergadura, y el hecho de añadir 4000 millones de habitantes a los que ya existen actualmente no facilitará para nada su resolución” (p. 34). De esta manera, luego de leer este capítulo del libro, estamos lejos de desechar los riesgos del crecimiento demográfico, pero sí quedamos más alertas frente a predicciones catastrofistas con fundamentos conceptuales débiles y conclusiones de política simplistas.

El segundo capítulo refiere a posverdades sobre el pasado, que la demografía histórica ha esclarecido en virtud de la investigación científica metódica, pero que aún persisten como imágenes válidas para muchas personas y actores sociales. Se trata de “quimeras” relativas a las tasas altas de mortalidad y fecundidad del pasado, las que obviamente no son posverdades, pero la narrativa que confunde los promedios con la realidad sí clasifica como tal; de allí que invisibilice la diversidad y también las desigualdades detrás de los promedios. También refiere a planteamientos parciales que concentran su atención en una sola causa —como la peste en el caso de la alta mortalidad y la unión universal y temprana en el caso de la alta fecundidad—, y que, por ello, escamotean otras causas relevantes. En este caso, la posverdad no conlleva consignas ideológicas de actores contemporáneos, sino más bien visiones distorsionadas del pasado que no deberían existir, al menos en medios académicos, por la evidencia ya proporcionada por la demografía histórica. Esto se debe al conocimiento insuficiente de los “sistemas demográficos” entre los historiadores, pues “la población como objeto historiográfico mantiene un bajo nivel académico” (p. 54).

El tercer capítulo del libro refiere a la fecundidad baja —eventualmente, muy baja (o lowest low), de acuerdo a la definición vigente (Goldstein, Sobotka y Jasilioniene, 2009, p. 663)— y lo que la autora denomina “medias verdades”, marcando una distinción, que no es solo semántica, con el título del libro. Luego de exponer un hecho demográfico irrefutable —como la baja significativa de la fecundidad en España—, la autora pasa a rebatir explicaciones para tal tendencia que no se ajustan a los datos, que tienen debilidades teóricas y que conducen a recomendaciones de política ineficientes e incluso impertinentes. También objeta la visión catastrófica que los medios de comunicación y numerosos políticos profesan respecto de la fecundidad baja. Se critica, en particular, a las políticas pronatalistas, que eluden los factores clave del cambio de la fecundidad y transfieren la responsabilidad exclusivamente a las personas, como si las decisiones de estas fueran independientes de los marcos económicos y socioculturales en los que viven. De forma metódica se muestra cómo las medidas pronatalistas tradicionales, por ejemplo, la apelación al futuro de la nación y el deber patrio, han resultado infructuosas y, en ocasiones, hasta ridículas. Se plantea que las transferencias monetarias por tener hijos tienen efectos acotados en el calendario y casi imperceptibles en la intensidad. Además, pueden ser retrógradas si operan con una lógica de mantener o reestablecer relaciones de género asimétricas, basadas en la responsabilidad femenina exclusiva, o prioritaria de la reproducción y la crianza. El listado de factores estructurales de la fecundidad muy baja que presenta y examina el capítulo incluye la creciente inestabilidad laboral, el insuficiente reconocimiento y protección de las nuevas formas de familia, la debilidad de las políticas sociales y la persistente concentración de las tareas de cuidado y crianza en la familia a causa de la omisión o insuficiencia de la acción del Estado y la comunidad. Se añaden las desigualdades de género, que, como se ha demostrado, en los países desarrollados desincentivan la reproducción entre las mujeres que, con justa razón, se resisten a la doble carga de trabajo y crianza en ausencia de un mayor involucramiento masculino en esta última.

El cuarto y el quinto capítulo abordan los temas de nupcialidad y relaciones de género. El cuarto discute a dos bandas, aunque ninguna de ellas es calificada de posverdad. A partir de la evidencia irrefutable de cambios significativos en la formación y el tipo de uniones en España, se concluye que el país se ha incorporado de manera indiscutible en los procesos asociados a lo que denomina “ultramodernidad”, y que se asocian a la segunda transición demográfica. Esta conclusión rebate “miradas orientalistas” que dudan de la factibilidad de estos procesos en el país habida cuenta la cultura “familiarista” histórica en la península ibérica y otras regiones del sur de Europa. Estas miradas escépticas también sugieren que tras los aparentes cambios de las uniones, persistiría el tradicional “machismo” latino-ibérico. Respecto de este último punto, el texto subraya que las uniones actuales presentan condiciones más favorables a la igualdad de género —introduce la expresión “potencial igualitario”—, sobre todo por el aumento de la homogamia educativa y etaria, y la generalización de valores y actitudes diferentes a los tradicionales entre los jóvenes. Se trata, eso sí, de avances y probabilidades, y no de logros finales garantizados, por lo cual aún hay mucho espacio para cambios sociales y políticas públicas en favor de la igualdad de género

El quinto capítulo aborda el debate entre dos posiciones sobre la tuición o custodia de los hijos en el caso de ruptura de la unión. Una que, sobre la base de la creciente igualdad de género, plantea la custodia compartida como escenario automático, y otra que se opone a la primera, habida cuenta del todavía distinto compromiso con la crianza que se observa entre hombres y mujeres en un marco de desigualdad de género aún no superada. La primera es tratada como una posverdad, pues se basa en una narrativa sobre el aparente logro de la igualdad de género y de la dedicación igualitaria a la crianza por parte de padres y madres, que no son tales. Se presenta evidencia y argumentos legales para desacreditar esta posición, que no por casualidad es defendida por agrupaciones representativas de los intereses de los progenitores hombres. De esta forma, aunque el aumento de la tuición compartida pudiera tener varios aspectos positivos, su imposición —descuidando la realidad de la crianza y de las relaciones de género— solo significa favorecer a quienes todavía tienen una posición dominante en la sociedad y en las uniones.

Los capítulos sexto y séptimo abordan la migración internacional, uno de los asuntos álgidos en materia de población y desarrollo, y respecto del cual abundan las afirmaciones sin fundamento, los prejuicios y las consignas dirigidas a obtener réditos políticos y electorales.

En el capítulo sexto, en el marco de un país como España, que experimentó un aumento significativo de la inmigración internacional —la que contribuyó a diversificar su población—, se rebaten varias posverdades o mitos sobre la inmigración internacional, a saber: 1) los inmigrantes reemplazan y desplazan masivamente la mano de obra local, aumentando el desempleo entre esta última; 2) los inmigrantes se benefician excesivamente o incluso abusan del Estado de Bienestar; y 3) los inmigrantes construyen sociedad paralelas, y por ello no se integran y suelen agruparse en comunidades en las que el imperio de la ley no puede ejercerse, además que se trasgreden principios y reglas básicos de la cultura nacional. Estos 3 mitos son discutidos conceptualmente y luego evaluados a la luz de datos y resultados de investigaciones específicas. Sus conclusiones destacan las aportaciones de la migración y matizan sus eventuales efectos disruptivos, sin desconocer, en todo caso, que la integración de flujos masivos de inmigración conlleva retos y desafíos en los países de acogida. Se añade que, de manera sugerente, parte importante de estos retos se expresan a escala local, por lo cual las políticas nacionales y sectoriales en la materia son insuficientes y deben ser complementadas por programas y acciones a escala municipal.

El séptimo capítulo cuestiona la idea, considerada posverdad, de que la grieta demográfica entre las dos orillas del Mediterráneo sea la causa principal del flujo migratorio desde la orilla sur a la norte. Esta primacía de lo demográfico se descarta de plano por invisibilizar el factor clave, que son las desigualdades sociales, económicas y hasta políticas entre ambas orillas del Mediterráneo. De hecho, eso se verifica con América Latina, protagonista de la inmigración a España, que se explica poco por las brechas demográficas y mucho más por las socioeconómicas, y las de estabilidad y gobernabilidad políticas. Luego, la argumentación se concentra en la denominada “crisis del refugio”, respecto de la cual se hace una cronología desde el inicio del proyecto europeo de la posguerra. Para esto se usa una noción clave: “Europa fortaleza”, la que deriva del abatimiento de las fronteras internas entre los países miembro de la Unión, concomitante con el reforzamiento de las fronteras externas —de ahí el vocablo fortaleza—. Con esto se esperaba forjar un mercado laboral europeo integrado, cuyo objetivo consistiría en la autosuficiencia en el caso de la mano de obra no calificada, y una Europa atractiva, a nivel mundial, para la mano de obra calificada. Esta dicotomía, entre apertura interna y cierre externo, tuvo varios efectos como desidia y ambigüedad en materia de refugio, emergencia de industrias de la migración desde fuera de la UE y de la protección fronteriza, y, finalmente, el quiebre de la acción concertada entre países de la UE para enfrentar la denominada “crisis migratoria” acaecida desde 2015. A esto se sumaron intentos más bien vanos de actuar en los orígenes de los flujos mediante acuerdos de cooperación y de compensación con gobiernos con bajas credenciales en materia de derechos humanos, protección de migrantes y uso efectivo de la cooperación internacional. Europa dejó de ser una fortaleza y pasó a ser una barca en aguas turbulentas, algunos de cuyos capitanes azuzan a su tripulación, en un juego de retroalimentación, con el temor al naufragio en caso de que la barca reciba nuevos pasajeros de las pateras provenientes del sur.

Los capítulos octavo y noveno tratan, principalmente, el proceso de envejecimiento y encaran posverdades diferentes. El primero confronta las visiones distópicas del futuro que anticipan una “crisis” estructural por el decrecimiento poblacional y, en particular, el envejecimiento. El segundo rebate los planteamientos que achacan al envejecimiento la condición de factor causal de los riesgos y problemas financieros de los sistemas de pensiones, en particular los de reparto.

El capítulo octavo ofrece una detallada discusión sobre la noción de “crisis demográfica”. El autor subraya que esta noción no tiene definición técnica conocida, y que aun así suele ser usada por otras disciplinas o por ideologías de distinto tipo. La “crisis del envejecimiento” se ha usado, sin éxito hasta ahora, para intentar revivir narrativas del pasado, como el pronatalismo, y, con éxito, para promover la erosión del Estado de Bienestar por la vía de la privatización de servicios y pensiones, además de los recortes en materia social. Estas manipulaciones debieran ser resistidas y contestadas desde la demografía, ya que culpar al envejecimiento es, paradojalmente, incriminar al resultado de un enorme progreso social y, al mismo tiempo, invisibilizar a los verdaderos responsables de la crisis, que son más bien actores económicos, quienes pretenden reforzar y extender su ganancia a los ámbitos todavía cubiertos por la seguridad social pública.

Ahora bien, esta manipulación no debe invisibilizar el hecho que el envejecimiento efectivamente se vincula a desafíos en materia de protección social y funcionamiento de la sociedad, así como a retos relativos a la “justicia intergeneracional”. Entonces, para hacer cara a ambos frentes, por un lado, desenmascarar las posverdades pronatalistas y privatizadoras, y, por el otro, enfrentar adecuadamente los desafíos del envejecimiento, se propone una “teoría de la revolución reproductiva”, que vincula reproducción con longevidad haciendo patente que la extensión de vida de las personas, debido al notable aumento de la “eficiencia reproductiva” —cada niño/a que nace tiene una alta probabilidad de llegar a edades avanzadas— implica una menor necesidad de reemplazo y también mayor y mejor tiempo dedicado por las personas a la producción económica y a otras actividades socialmente valiosas. Se deduce de lo anterior una hipótesis mucho más benigna respecto del envejecimiento y conclusiones de política básicamente adaptativas y no correctivas. Las personas mayores actuales y del futuro serán crecientemente productivas. El desafío es como canalizar y usar ese potencial sin menoscabar los derechos adquiridos en materia de protección social y descanso durante la vejez.

El capítulo noveno es, básicamente, un alegato contra una posverdad que se viene esgrimiendo mucho antes de que se acuñara el concepto, la cual ha tenido evidente impacto público, en particular en América Latina. Se trata del planteamiento sobre una inescapable bancarrota de los sistemas de pensiones basados en la solidaridad intergeneracional a causa del envejecimiento. Esto porque el envejecimiento invierte las relaciones cuantitativas entre las generaciones que aportan dinero al sistema y las que reciben dinero del sistema —porque aportaron previamente— y con ello resulta imposible que los menos mantengan a los más. Para desenmascarar esta posverdad se ofrecen conclusiones contundentes basadas en datos demográficos y socioeconómicos. En términos demográficos, se concluye que el indicador tradicional para evaluar la relación cuantitativa intergeneracional, la relación de dependencia demográfica —en rigor, de vejez—, efectivamente ha aumentado, pero de manera gradual —de 0,20 en de la década de 1980 a 0,28 en 2017— y que “aún está muy lejos de constituir un problema demográfico”.

Desechado el argumento que apunta a la demografía (envejecimiento) como el principal peligro para la sostenibilidad financiera de los sistemas de pensiones de reparto, se examinan otras variables que han incidido más en la evolución de la relación entre cotizantes y beneficiarios, entre ellas la tendencia de la participación en la actividad económica y el empleo. Se concluye que en un escenario hipotético, sin el fuerte aumento del desempleo registrado desde la década de 1980, la relación entre cotizantes y beneficiarios habría mejorado —es decir, aumentado—. A continuación, el capítulo repasa otros factores que han mejorado la relación entre cotizantes y beneficiarios, como el aumento de la educación —que eleva la empleabilidad y los salarios— y la masiva incorporación de la mujer al trabajo remunerado. Y, finalmente, se critican las proyecciones de población económicamente activa, que alimentan la preocupación por la reducción de la relación entre activos e inactivos que prevén, por usar supuestos de evolución de la participación laboral considerados conservadores.

El último capítulo del libro aborda el futuro de la población de España, efectuando un análisis crítico de las proyecciones oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) del país, las elaboradas en 2016. Se anticipa un alto margen de incertidumbre para estas proyecciones, por la dificultad para prever el curso de la migración internacional, que durante el siglo XXI devino protagonista del crecimiento demográfico. Para ilustrar esto último, se comparan los principales resultados en materia de cantidad y estructura de la población de España a largo plazo (2066) de la proyección del INE con la proyección “central” —baseline— de Eurostat.

Las diferencias son significativas. Por ejemplo: 41,1 millones contra 49,7 millones de personas, y relación de vejez de 64,9 contra 49,6 en 2066, respectivamente. Por otro lado, se destaca que las relaciones entre población y economía son complejas y cambiantes, por lo cual derivar efectos económicos directos e inmutables de las proyecciones demográficas es errado. Emblemático es el caso de la población mayor, que actualmente sigue marcada por la inserción doméstica y la menor educación de las mujeres durante buena parte del siglo XX, pero que en 2066 estará signada por el aumento de la educación y la participación laboral desde la década de 1980, generando relaciones diferentes entre la población mayor, la sociedad y la economía en este último año. Una crítica especial se hace al análisis de las proyecciones, que realiza inicialmente el INE en su lanzamiento mediático y luego elaboran más otras instituciones y actores siguiendo la línea del INE. Estos mensajes mediáticos aíslan la demografía y conducen siempre a la misma conclusión relativa a la amenaza casi inminente, inevitable y fatal que supone el envejecimiento para el sistema de pensiones basado en la solidaridad intergeneracional. Las conclusiones del capítulo son tanto técnicas —revisar los supuestos de las proyecciones y tener varios escenarios y analizarlos en su mérito para diversificar los mensajes— como políticas —mayor precaución con los mensajes de política pública que se derivan directamente de las proyecciones—.

Una visión de conjunto del libro debe comenzar por reconocer su aporte y pertinencia. Se trata de un texto de divulgación con propósitos políticos, en la medida que la posverdad forma parte de una operación política. Pero lo técnico atraviesa todos los capítulos en términos de conocimiento demográfico especializado y de evidencia sólida y actualizada. De esta forma, se trata de un aporte significativo a la discusión de numerosos temas que están en el centro de las agendas internacional y nacionales, y que protagonizan debates mediáticos, además de políticas públicas. Si bien varios capítulos se centran en el caso de España, la experiencia de este país no resulta tan lejana para numerosas naciones de América Latina, donde temas como la baja de la fecundidad, la migración internacional y el envejecimiento ya están totalmente presentes.

El libro también tiene potencialidades docentes, no como Manual, pero sí como insumo para contrapesar posverdades demográficas que se infiltran de manera natural, por ignorancia o sesgo ideológico, en la formación profesional. Asimismo, su lectura puede interpelar a docentes, animar a estudiantes y promover debates interesantes en el aula, conduciendo luego a textos más especializados en función del tema abordado.

Para finalizar, algunas observaciones y reflexiones críticas que, en todo caso, en modo alguno menoscaban su aporte.

No se advierte una justificación para la selección de los temas que desde luego no agotan las posverdades existentes en el ámbito demográfico o de población y desarrollo. Sin duda, se trata de temas relevantes, pero ¿no hay acaso “estereotipos, distorsiones y falsedades” en materia de urbanización, despoblamiento de territorios subnacionales, migración interna, variables intermedias de la fecundidad, entre otros?

Por otra parte, la noción de posverdad entraña una descalificación que puede resultar lesiva en algunos casos. De hecho, varios capítulos la eluden porque, me parece, entienden desde el inicio que abordan asuntos sobre los cuales hay debate científico pertinaz y que la evidencia aún es ambigua para zanjar el debate. Tal vez el fenómeno analizado sea efectivamente ambivalente, tenga efectos diversos que no pueden ser aprehendidos con una visión única, y denunciar la posverdad de posiciones fundamentalistas no significa desconocer la pertinencia de otras miradas menos sesgadas, como se muestra en el comentario sobre el capítulo relativo al crecimiento demográfico En este sentido, y a modo de ejemplo, las implicaciones adversas del envejecimiento, tanto a nivel social como a nivel personal, difícilmente pueden ser calificadas de posverdades, aunque sí pueda considerarse como tal varias derivaciones mecánicas e infundadas de tales adversidades, como la inviabilidad de sistemas de pensiones basados en la solidaridad intergeneracional.

Además, como ya se explicó, el rechazo de una posverdad es una operación parcial, porque no ofrece una hipótesis —para no hablar de verdad— alternativa. Ciertamente la refutación ofrece hechos y datos, precisamente los que la fundamentan, pero de ahí no se deduce un curso de acción, o una política a seguir. En el caso del envejecimiento, se trata de las múltiples adaptaciones económicas y sociales que cabe hacer ante el nuevo escenario, incluyendo un conjunto de ajustes paramétricos, en el caso de los sistemas de pensiones. Lo mismo en el caso de la migración internacional, que suele generar cambios de diverso tipo, relacionados con su masividad y también con características de las sociedades y de las comunidades nativas e inmigrantes, que exige a los Estados-Nación, y a la población en general, procesos de ajuste y adaptación que pueden resultar sencillos y naturales para una parte de la población, pero no para toda.

En línea con lo anterior, combatir la posverdad desde el conocimiento especializado no es suficiente. Pensar que los números o incluso los hallazgos basados en promedios o modelos, que es lo que tendemos a hacer como demógrafos, basta para desmontar las posverdades asociadas a fenómenos emergentes, como la inmigración internacional masiva, resulta optimista y hasta arrogante. Se requiere otro tipo de narrativas —también científicas— más atentas a los grupos que tienen más dificultad para lidiar con estos fenómenos emergentes y su encadenamiento con otros que suman incertidumbre y ansiedad. Y ciertamente se precisa de acción política para enfrentar la manipulación de estos nuevos escenarios con propósitos electorales o estratégicos, terreno en el cual los difusores de posverdades han resultado ser particularmente eficientes.

Referencias

  1. The End of “Lowest-Low” Fertility? Goldstein J. R., Sobotka T., Jasilioniene A.. 2009;35(4):663-699.