Resumen

HOLA

El objetivo de este artículo es caracterizar la situación del adulto mayor en la fuerza de trabajo de Venezuela. Para el análisis, fue procesada la Encuesta de Hogares por Muestreo del Instituto Nacional de Estadísticas para el período 1975-2010. La situación del adulto mayor está marcada por su elevada actividad laboral, explicada por factores generacionales y de carácter sociocultural relacionados con el cambio estructural vivido por Venezuela entre la primera y la segunda mitad del siglo XX. Esa situación responde también a razones económicas, vinculadas a la precaria previsión social y al contexto de ingresos restringidos, producto de las recurrentes crisis, que incitaron a la permanencia en el mercado laboral de los estratos de más edad, especialmente de las mujeres adultas mayores, quienes abandonaron la inactividad para contribuir a mantener el nivel de vida de sus hogares. La escasa calificación, la informalidad y el trabajo por cuenta propia son características que distinguen al adulto mayor venezolano.

Introducción

Venezuela está sujeta al proceso de transición demográfica, cuyo hecho más relevante, a la luz del presente planteamiento, es el crecimiento cada vez más acelerado de la proporción de personas adultas mayores no solo dentro de la población total, sino también como parte de la fuerza de trabajo. Este acontecimiento, calificado en diversas ocasiones como un triunfo para la humanidad, plantea un desafío muy importante para Venezuela debido a las múltiples consecuencias que acarrea en el futuro próximo y al menor tiempo relativo que tendrá el país para adaptarse a ellas.

Para enfrentar de manera exitosa los retos que impone a la sociedad el crecimiento de una población catalogada muchas veces como vulnerable, es necesario disponer de los antecedentes acerca de las condiciones de vida de los adultos mayores. De allí la relevancia de la presente investigación, que aborda la temática de la población adulta mayor venezolana sistematizando algunas especificidades sobre la evolución de su realidad socioeconómica en el período 1975-2010. En particular, se estudia su situación dentro de la fuerza de trabajo, aportando elementos para la discusión que permitan denotar la relevancia del tema y sensibilizar a los diferentes actores respecto de las condiciones actuales de esa población.

La fuente de información empleada para la obtención de los datos y la construcción del perfil de los adultos mayores en la fuerza de trabajo fue la Encuesta de Hogares por Muestreo (EHM) del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). La información proviene del procesamiento propio de la EHM, lo que permite ir más allá de las características generales de la fuerza de trabajo como un todo y obtener las especificidades y tendencias para los diferentes grupos de edad objeto de estudio.

Aun cuando el principal interés de este artículo radica en los adultos mayores (personas con 60 o más años de edad) y en los trabajadores de edad (con edades entre 50 y 59 años), no se pierde de vista el comportamiento de los otros grupos etarios que componen la población en edad de trabajar, pues las comparaciones intergrupales revelan, en buena medida, las características propias de aquellos con edades más avanzadas. Es por ello que se compara a los adultos mayores con los trabajadores de edad y otros dos grupos, definidos como jóvenes (con edades entre 15 y 30 años) y adultos (con edades entre 31 y 49 años).

El estudio está dividido en dos secciones principales. La primera es un marco referencial que muestra el proceso de transición demográfica, presentando los cambios en las estructuras etarias y el envejecimiento de la población en Venezuela. También, expone la ventana de oportunidad demográfica y describe las modificaciones en la fuerza de trabajo resultantes del envejecimiento poblacional. La segunda sección muestra la evolución de las principales características socioeconómicas del adulto mayor y de los trabajadores de edad vinculadas a la fuerza de trabajo. Por último, se puntualizan las conclusiones obtenidas.

Marco contextual: transición demográfica, estructuras etarias y envejecimiento poblacional

Estructuras etarias y envejecimiento poblacional

El proceso de transición demográfica que ha vivido Venezuela a lo largo del pasado y del presente siglo ha ocasionado en la estructura etaria de la población transformaciones que se manifiestan en las pirámides de población. La pirámide de 1950 posee una amplia base, sinónimo de una población joven; en ese año, el 41.9% de la población total era menor de 15 años y solo el 4.9% era adulta mayor. Esa estructura fue el resultado de la expansión demográfica experimentada durante aquella época, producto de las elevadas tasas de fecundidad y natalidad así como de las descendentes tasas de mortalidad, especialmente la infantil.

Según cifras del INE, la tasa de natalidad registró una tendencia ascendente desde 1935 y hasta 1955, cuando alcanzó su valor máximo (47.2 nacimientos por mil habitantes). Esos altos niveles de natalidad persistieron hasta finales de la década de 1970.

A pesar de que después de los años cuarenta Venezuela mostró indicios de modernización y crecimiento económico, esto no fue acompañado por significativos cambios en términos socioculturales; la conducta reproductiva del venezolano permaneció casi invariable hasta inicios de los años sesenta (Bolívar, 1994).

La sociedad estaba aferrada a sus comportamientos y valores tradicionales sobre la formación y tamaño de la familia, el espaciamiento de los nacimientos, los roles matrimoniales y su relación con el esquema de la fecundidad, el aborto y la anticoncepción. Asimismo, el proceso de modernización resultaba todavía incipiente como para provocar modificaciones en los hábitos familiares y modos de vida y, por tanto, en la fecundidad y natalidad (Bolívar, 1994).

Sin embargo, el auge económico y la modernización trajeron consigo un significativo descenso de la mortalidad que, acompañada por patrones de fecundidad casi invariables, aumentaron las probabilidades de supervivencia tanto de los neonatos e infantes como de las mujeres en edad reproductiva, conduciendo al aumento de los nacimientos vivos y de la fecundidad. Posteriormente, el Censo de 2001 arrojó como resultado una población relativamente madura. La fuerte reducción de la fecundidad y el continuo descenso de la mortalidad llevaron a una significativa disminución de la base de la pirámide, que ahora toma forma de rectángulo. Esto refleja lo que Chesnais (1986) ha denominado el envejecimiento por la base, que no es más que una reducción de la proporción del grupo menor de 15 años, el cual para 2001 representó el 33.2% de la población total, mientras que el de los adultos mayores ascendió al 7.0 por ciento.

De acuerdo con Bolívar, la tasa global de fecundidad en 1960 era de 6.7 hijos por mujer. Durante esos años se registraron los niveles más elevados de fecundidad que se conocen en la historia estadística del país. No obstante, desde la década de los setenta, la fecundidad ha seguido la misma tendencia descendente de la natalidad, que en 2010 llegó a 20.6 nacimientos por mil habitantes. Según estadísticas del INE, el número medio de hijos por mujer pasó de 5.1 a 2.5 entre 1975 y 2010.

El crecimiento económico que tuvo lugar en Venezuela durante el periodo 1950-1977 favoreció a la clase media, la cual aumentó en cantidad y se consolidó. Estos estratos de la población comenzaron a modificar sus patrones culturales. En este sentido, la mayor escolaridad, la elevación de los niveles educativos y la acelerada urbanización jugaron un rol fundamental en el cambio del significado y funcionamiento de las familias y, por ende, del tamaño ideal de las mismas (Villa y Rivadeneira, 2000 apud Del Popolo, 2001: 8).

Como elemento explicativo de la reducción de la natalidad y la fecundidad, debe añadirse la incorporación de la mujer al mercado laboral. Desde 1989 (año del ajuste macroeconómico), Venezuela ha registrado una notable expansión de la tasa de actividad femenina (Santeliz y Carrillo, 2006).

El sostenimiento de la tendencia descendente de la fecundidad, aun en épocas de recesión, posee causas económicas y socioculturales intrínsecas. Los bajos ingresos y el desempleo, entre otros factores, no solo condujeron a las mujeres a incorporarse al mercado laboral, sino que también indujeron a las parejas a retardar la edad del matrimonio y de reproducción así como a reducir el número de hijos. Asimismo, el retraimiento de la frecuencia de la maternidad y la consecuente disminución de la descendencia concordaban con los nuevos valores predominantes y la nueva realidad que afrontaba, sobre todo, la clase media venezolana.

Otros factores fundamentales en la explicación de la reducción de la fecundidad y la natalidad son las políticas de orientación y planificación familiar así como el acceso masivo a los métodos anticonceptivos. Estos tomaron un gran auge a nivel mundial en la década de los setenta debido a la amplia difusión de las tesis malthusiana y neomalthusiana, que atribuyen a la explosión demográfica el subdesarrollo económico y que condicionan la superación del mismo a la disminución de la población. En Venezuela, el neomalthusianismo predominó en la formulación y en las directrices de la política demográfica del Estado (Brito, 1996).

Todo lo anterior condujo a una redefinición de la conducta social del venezolano, en la que se consolidó “un inconsciente colectivo de corte restrictivo de la natalidad”. La conciencia social juzga cada vez menos las cuestiones relacionadas con la anticoncepción y el aborto, los cuales pasan a ser interpretados como normales o naturales (Bolívar, 1994).

Por su parte, la tasa de mortalidad continuó descendiendo desde 1950, llegando a 5.2 defunciones por mil habitantes en 2010. Por el contrario, la esperanza de vida ganó alrededor de 33 años entre 1941-2010 (de 40.9 a 74.1 años, respectivamente). La importación de los avances en medicina desde Europa hacia América Latina, sobre todo al finalizar la Segunda Guerra Mundial, fue un factor clave para la reducción de los niveles de mortalidad. Asimismo, el desarrollo de los servicios de agua potable y de eliminación de excretas colaboraron para la transformación definitiva de las condiciones de vida de los venezolanos, modificando, por ende, sus expectativas de supervivencia.

En 2010, la proporción de adultos mayores era del 8.7%, mientras que los jóvenes representaban el 29.4% de la población total. Las proyecciones del INE indican que, hacia el año 2020, ya comenzará a notarse un envejecimiento hacia el centro de la pirámide poblacional, como consecuencia del avance a edades adultas de las generaciones nacidas antes del descenso de la fecundidad (antes de la década de los setenta). Para ese año se proyecta que el 26.2% de la población será menor de 15 años y que el grupo de los adultos mayores representará el 11.7% del total.

El incremento hacia edades adultas y avanzadas se prolongará en las décadas futuras, originando un mayor envejecimiento hacia el centro y la cúspide de la pirámide. Esta se hará más estrecha por la base, reflejando la reducción de la población joven, que pasará a representar el 18.6% del total. Simultáneamente, se presentará una maduración de la población adulta, así como un ensanchamiento hacia los grupos de edades más avanzadas, que alcanzarán una proporción del 22.1% en el año 2050. Así, para mediados de siglo, los adultos mayores superarán en cantidad a los jóvenes.

No solo se reduce la proporción de la población joven, sino también su ritmo de crecimiento. Según cifras del INE, entre 1950-1981 el grupo de menores de 15 años crecía a una tasa de 5.6%, mientras que la población total y los adultos mayores lo hacían a tasas de 6.1% y 7.4%, respectivamente. Entre 1981-2001 todos los grupos etarios crecieron menos, pero la reducción más significativa la presentó el grupo de los menores de 15 años con una tasa equivalente al 1.6%. Por su parte, la población adulta mayor creció a una tasa del 5.6%. Para el período 2020-2050 se proyecta que continúe el descenso del crecimiento en los distintos grupos etarios; incluso se espera que la población joven decrezca a una tasa del 0.4%. A pesar del descenso en el crecimiento poblacional, los adultos mayores continuarán registrando las más elevadas tasas de crecimiento (4.5%).

Ventana de oportunidad demográfica

Durante la década de 1970, Venezuela experimentó elevadas relaciones de dependencia (total y por niños). Como resultado del rejuvenecimiento de la población, la tasa de dependencia potencial total se encontraba en 95.4 dependientes por cada 100 personas en edad de trabajar (Gráfico 1).

A partir de esa misma década, la relación de dependencia potencial total ha mostrado un continuo descenso que prosigue hasta la actualidad (61.6 dependientes por cada 100 personas en edad de trabajar en 2010). Esta importante reducción se debe, principalmente, a la disminución de la tasa de dependencia potencial por niños, que entre 1975 y 2010 pasó de 85.9 a 47.5. La relativamente estable relación de dependencia por adulto mayor registrada durante el mismo período (9.5 a 14.1 adultos mayores por cada cien personas en edad de trabajar, para 1975 y 2010, respectivamente) también contribuyó a que la tasa de dependencia total siguiera una tendencia descendente (Gráfico 1).

Gráfico 1. Tasa de dependencia potencial total y por niños y adultos mayores. Venezuela. Años 1975-2050

Esta situación perfila en el presente el momento de la ventana de oportunidad demográfica para Venezuela, ya que la mayor cantidad de personas en edad de trabajar tiene a su cargo, proporcionalmente, una menor cantidad de personas dependientes, principalmente niños, lo que supone una posible reducción de las presiones de ese grupo poblacional sobre los sistemas de salud y de educación, al tiempo que las demandas provenientes de la población adulta mayor aún son relativamente bajas.

Los límites exactos de la ventana de oportunidad demográfica pueden variar. En este documento se ha empleado una de las definiciones de la CEPAL, que considera la ventana de oportunidad demográfica como “el período en el que la relación de dependencia se mantiene en valores relativamente bajos, en este caso menos de dos dependientes por cada tres personas en edades activas” (CEPAL, 2008: 38). Para Venezuela, como muestra el Gráfico 1, la ventana de oportunidad demográfica se extiende desde 2002 hasta 2046 (tasa de dependencia total 66.2 y 66.1, respectivamente), cuando finaliza el período prolongado de niveles mínimos de la relación de dependencia.

Se proyecta que los menores niveles de la tasa de dependencia potencial total acontezcan entre los años 2015-2023. Como señalan varios estudios (BID, 2000; Bloom, Canning y Sevilla, 2003; CEPAL, 2008; Chackiel, 2004), es preciso adoptar políticas que promuevan la inversión productiva, generen empleo y aumenten el capital humano, creando un entorno favorable para aprovechar al máximo la oportunidad que ofrecerá ese momento demográfico, antes de que el proceso de recomposición de dependientes, dada la mayor carga de los adultos mayores, cierre la ventana de oportunidad.

Tendencias en la fuerza de trabajo

La tendencia en Venezuela, como en el resto de América Latina, es hacia un crecimiento más lento de la fuerza de trabajo y al envejecimiento de la misma (BID, 2000). El procesamiento de la EHM del INE muestra que, a pesar de que la proporción de la población en edad de trabajar se elevó del 56% al 71.7% entre 1975-2010, el crecimiento de la fuerza de trabajo ha disminuido y esa reducción se ha acentuado con las décadas.

Entre 1980 y 1990, el crecimiento fue menor en el grupo más joven de la fuerza de trabajo (2.4%), mientras que el correspondiente a los adultos mayores (4.9%) fue mayor que la tasa promedio del país (3.6%). En la década más reciente (2000-2010), la fuerza de trabajo registró una desaceleración del crecimiento para todos los grupos etarios, excepto para los adultos mayores, cuya tasa de crecimiento ascendió al 5.8%. Por su parte, los grupos más jóvenes mostraron tasas bastante reducidas (los jóvenes el 1.5% y los adultos el 2.3%). En resumen, ya no existe el rápido crecimiento de la fuerza laboral al que estábamos acostumbrados, lo que supone cambios en el tamaño de la oferta de trabajo.

La composición de la fuerza de trabajo también está cambiando. Como consecuencia de los transformaciones ocurridas en la estructura etaria del país, la fuerza laboral está mostrando una participación cada vez mayor de los trabajadores de más edad en detrimento de los jóvenes, cuya participación cayó en más de 10 pp (del 51.8% en 1980 al 40.3% en 2010). Paralelamente, la proporción conjunta de los trabajadores de edad y los adultos mayores se incrementó en 7.3 pp (del 17.8% en 1980 al 25.1% en 2010), constituyendo así la cuarta parte del total de la fuerza de trabajo.

Lo anterior implica la necesidad de un cambio de visión sobre una fuerza de trabajo que dejó de ser eminentemente joven. En otras palabras, las preocupaciones de política deben concentrarse no solo en la incorporación de los jóvenes a su primer empleo, sino también en la situación de los trabajadores de mayor edad y en su transición del trabajo al retiro.

Situación laboral del adulto mayor y de los trabajadores de edad

Actividad

Los antecedentes en Venezuela indican que una proporción significativa de adultos mayores permanece inserta en el mercado de trabajo aun habiendo cumplido la edad oficial de retiro. Durante treinta y cinco años (1975-2010), la participación de los adultos mayores siempre estuvo por encima del 30.8%. De hecho, entre los hombres adultos mayores, los antecedentes indican que más del 50% permanece activo.

Al estudiar la evolución de la tasa de actividad promedio por grupos etarios, se encuentra una clara tendencia ascendente para los jóvenes, adultos y trabajadores de edad, sobre todo a partir de 1989. Sin embargo, la actividad de los adultos mayores pareciera haberse mantenido casi invariable durante las tres décadas y media, siempre en torno al valor promedio (34.5%). Ese valor promedio de la actividad esconde o disfraza realidades bastantes diferentes dentro de ese grupo etario, donde el comportamiento de la actividad es menos estable. Esas realidades salen a la luz cuando se analiza la situación por género.

Situación por género

Una característica de los diferentes grupos de edades es la menor participación de las mujeres en la fuerza de trabajo (OIT, 2006). No obstante, al analizar las brechas de actividad según género en términos relativos, se encuentra que estas son más pronunciadas en edades avanzadas y sobre todo entre los adultos mayores.

Mientras que los jóvenes y adultos registran tasas de actividad masculinas que no alcanzan a triplicar las femeninas, entre los adultos mayores las tasas masculinas superan cinco veces en promedio a las femeninas a lo largo de todo el período en estudio. La mayor brecha se registró en 1989, cuando la participación de los hombres fue 10 veces la de las mujeres (tasa de actividad masculina del 60.4% versus el 8% de la femenina) (Gráfico 2).

Gráfico 2. Fuerza de trabajo. Participación de los hombres versus las mujeres por grupos etarios. Venezuela. Años 1975-2010

Estas diferencias podrían deberse a un efecto generacional o de cohorte. En Venezuela, al igual que en el resto del mundo, han habido cambios significativos en las tasas de actividad femenina (OAEF-AN, 2003; Ortega y Martínez, 2005; Santeliz y Carrillo, 2006), las cuales han afectado a las diferentes cohortes de mujeres que se han incorporado cada vez más al mundo del trabajo (Zúñiga y Orlando, 2001).

Existe una clara tendencia a la reducción de las brechas de género en la actividad para las distintas edades. Llama la atención el caso de los trabajadores de edad y de los adultos mayores, cuyas diferencias se reducen bruscamente a partir de 1989. En ambos casos, la explicación de la disminución de las brechas proviene simultáneamente de una reducción sostenida de la actividad de los hombres (particularmente para el grupo de los adultos mayores) y de un aumento significativo de la participación de las mujeres en la actividad económica. Este último fenómeno coincide con las tendencias presentadas por los países desarrollados (OECD, 2006) y en desarrollo (Bertranou, 2006; Murrugarra, 2011; OIT, 2006; Paz, 2010; UNFPA/CEPAL, 2009). En el caso de los hombres adultos mayores, su actividad pasó del 60.1% en 1989 al 51.2% en 2010. Por su parte, la tasa de actividad de las mujeres adultas mayores pasó del 6% a finales de 1988 al 19,8% en 2010 (Gráfico 3).

Gráfico 3. Tasa de actividad de las mujeres por grupos etarios. Venezuela. Años 1975-2010

Ahora bien, algunas preguntas saltan a la vista: ¿Por qué los adultos mayores venezolanos permanecen insertos en el mercado de trabajo? y ¿por qué las mujeres adultas mayores han aumentado su participación?

Según la OIT (2006), los elementos que explican la permanencia de los adultos mayores en el mercado de trabajo son diversos; entre ellos se destacan: los demográficos y sanitarios (el aumento de la esperanza de vida y las mejoras en la salud de las poblaciones de edad avanzada, así como los avances de la ciencia médica que posibilitan la reducción de la discapacidad); la extensión y calidad de la cobertura de los sistemas de protección social (las características e incentivos del sistema y la calidad de los beneficios ofrecidos); y el entorno macroeconómico (las condiciones de la economía y en particular del mercado de trabajo).

Adicionalmente, existen otros factores que inciden en la actividad de los adultos mayores, tales como: las biografías personales (las decisiones de las personas en otros momentos de su vida y su trayectoria laboral) y las biografías generacionales (el contexto en que han ido envejeciendo) (Huenchuan y Guzmán, 2006). Bajo el paradigma del envejecimiento activo, también podría incorporarse la idea de que los adultos mayores se mantienen en el mercado laboral a partir de una decisión voluntaria que responde a deseos personales de realización. La combinación de todos esos elementos explica la permanencia de los adultos mayores venezolanos en el mercado de trabajo.

Mujeres

El aumento significativo y sostenido de la participación de las mujeres responde a un proceso de profundas transformaciones acontecidas en el país, en el cual la dimensión generacional adquiere una importante capacidad explicativa. Las tasas de actividad de las adultas mayores del Gráfico 3 corresponden a las cohortes de mujeres nacidas entre 1915 y 1950, las cuales vivenciaron contextos económicos, sociales y culturales diferentes.

Como se explicó anteriormente, los patrones socioculturales y demográficos en Venezuela permanecieron sin mayores modificaciones hasta inicios de los años sesenta. Esto sugiere que buena parte de las mujeres jóvenes y adultas de aquella época mantuvieron su comportamiento en cuanto a los roles matrimoniales y a su relación con el esquema de la fecundidad (Bolívar, 1994). Distintos estudios (Miralles, 2011; Montes de Oca, 1997; Sennott-Miller, 1993) señalan que la mayor parte de esas mujeres, si alguna vez trabajó, lo hizo en áreas consideradas femeninas y tuvo que abandonar el empleo al constituir una familia. “Ellas se concentraron a realizar tareas de reproducción cotidiana, ideológica y cultural de sus hogares” (Montes de Oca, 1997: 4). En otras palabras, esas mujeres se dedicaron a los quehaceres domésticos, al cuidado de sus padres, a la crianza de los hijos e inclusive de los nietos.

Posteriormente, las transformaciones estructurales que se profundizaron en el país en la década de los cincuenta (acelerado proceso de urbanización, migración de la población rural hacia los centros urbanos, expansión del sistema educativo, transformación del aparato productivo) tuvieron un papel determinante en el cambio del significado y funcionamiento de las familias y en la consecuente incorporación de la mujer al mercado laboral (BID, 2000; Oliveira y Ariza, 1999; Villa y Rivadeneira, 2000 apud Del Popolo, 2001; Zúñiga, 2005).

Ese cambio del estatus de las mujeres venezolanas y de su rol en la familia explica, en buena medida, la tendencia a incrementar su participación laboral y a abandonar cada vez menos el mercado de trabajo luego de formar una pareja y/o tener hijos. Como resultado, se ha producido una mayor participación en las cohortes sucesivas de mujeres, de tal forma que las mayores tasas de participación en los grupos de edad más jóvenes, posteriormente, han alimentado un aumento en los grupos de mayor edad (Arriagada, 1997; Zúñiga y Orlando, 2001).

A esos factores generacionales y de carácter sociocultural, debe añadirse el tema de las necesidades económicas (considerando la situación previsional y económica del país) como otro elemento explicativo de la elevada participación de los adultos mayores y, en particular, del aumento de la actividad femenina de ese grupo etario.

Situación previsional. En Venezuela, el sistema de previsión social continúa siendo altamente fragmentado, con la existencia de más de 400 regímenes especiales dentro del sector público, sobre los que no se dispone de información financiera y cuyos beneficios son incompatibles con la condición de jubilado (Salcedo, 2006; Villasmil, 2003). Adicionalmente, al igual que en otros países de América Latina, buena parte de la protección social que reciben los trabajadores venezolanos deriva de esquemas contributivos (Bertranou, 2006; OIT, 2006). Aun cuando la Ley Orgánica del Sistema de Seguridad Social (2002) contempla la cobertura de pensiones de vejez para las personas sin relación laboral de dependencia, “no existen previsiones acerca de la inclusión de los trabajadores informales, como no sea hacerles correr con todo el costo de la así llamada seguridad social” (Díaz, 2006: 241-242).

Bajo el contexto de elevada informalidad que caracteriza al mercado laboral venezolano, esto supone que una parte significativa de los adultos mayores no tiene acceso a la previsión social porque dicho acceso depende de las contribuciones realizadas al sistema que, a su vez, están sujetas a la historia laboral de los individuos. Así, el sistema termina por brindar mayor y mejor protección a aquellos que tuvieron mejores condiciones en el mercado laboral mientras que protege poco a aquel que no tuvo buenas oportunidades durante su vida activa, derivando en la “paradoja de la protección social” (Colombet, 2006; Millán-León, 2010; OIT, 2006).

Durante el período 1975-2009, el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) no logró ampliar de manera significativa la cobertura de la población económicamente activa (PEA). En promedio, el 30.1% de la PEA está cubierta por el seguro social. Asimismo, solo la tercera parte de los ocupados se encuentra cubierta, y de aquellos que laboran en el sector formal, en promedio, el 59.1% ha estado protegido. Esto quiere decir, que alrededor del 70% de la PEA no ha estado afiliada o inscripta en el seguro social o ha sido evasora del sistema (IVSS, INE/EHM). El muestra cómo, aun dentro del sector formal de la economía, la cobertura pocas veces supera al 70% de los ocupados, a pesar de que son estos trabajadores quienes están en la obligación de afiliarse y cotizar. Esto da señales de los elevados niveles de evasión que perjudican al sistema y de su baja cobertura, incluso para el sector formal, lo que limita su capacidad de respuesta para atender a una población adulta mayor creciente (Salcedo, 2006).

Respecto de la cobertura previsional entre los adultos mayores, las estadísticas del IVSS muestran que en la década de los noventa los pensionados y jubilados no alcanzaron a representar el 20% de la población adulta mayor (con un promedio de cobertura del 14.4%). No obstante, a partir de 2003 se ha registrado un sostenido proceso de incorporación de nuevos pensionados que ha aumentado el nivel de cobertura, llegando a superar el 40% de los adultos mayores desde 2007 (IVSS, Ministerio del Poder Popular para el Trabajo y la Seguridad Social MINPPTRASS, Sistema Integrado de Indicadores Sociales de Venezuela SISOV). A pesar de la reciente mejora en este indicador, se evidencia que la previsión social fue precaria durante la mayor parte del período objeto de estudio, suponiendo un problema en términos de seguridad económica para los adultos mayores y contribuyendo, directa o indirectamente, a definir su permanencia en el mercado laboral (Huenchuan y Guzmán, 2006).

Situación económica. Por su parte, la situación económica del país ha estado plagada de repetidas crisis que han derivado en una pérdida de bienestar de los hogares, los cuales han visto reducir el valor de sus ingresos laborales de una manera sistemática y persistente (Gráfico 4). Esta situación de ingresos restringidos, tanto de los hogares como de los adultos mayores, ha influido, de alguna manera, en la participación activa de los estratos de más edad en el mercado de trabajo, especialmente de las adultas mayores, quienes decidieron en mayor escala permanecer insertas en la actividad productiva para contribuir a amortiguar las crisis y preservar, en lo posible, el nivel de vida de sus hogares (Arriagada, 1997; Bermúdez, 2003; Colombet, 2006; Gallo, 2004; OAEF-AN, 2003; Zúñiga, 2005).

Gráfico 4. Ingresos laborales promedio reales mensuales (miles de bolívares de 2007) por grupos etarios y tasas de actividad femenina. Venezuela. Años 1975-2010

A partir de 1989, el gobierno recién instalado, encabezado por el Presidente Carlos Andrés Pérez, introdujo cambios en el modelo de desarrollo venezolano conocidos como “el gran viraje”. El programa de ajustes adoptado bajo este modelo se encontraba sujeto a los condicionamientos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), los que se resumían en la reestructuración de la economía y la reducción de las dimensiones del Estado.

Las políticas aplicadas durante el periodo 1989-1993 no generaron un crecimiento sostenido de la economía y derivaron en un empeoramiento de las condiciones de los hogares venezolanos. En particular, el año 1989 se caracterizó por una profunda crisis económica y social. A finales de ese año, los resultados económicos fueron desconsoladores. Según cifras del Banco Central de Venezuela (BCV), se observó una caída del 8.7% en el PIB total y la inflación creció aceleradamente alcanzando una tasa del 81%, agravando aún más el deterioro del poder adquisitivo de la población, el cual se manifestó en una fuerte caída del ingreso laboral promedio real del 22.5% en comparación con 1988.

En respuesta a esta situación de crisis, las mujeres aumentaron su participación laboral, por lo que la tasa de actividad femenina total se elevó en 2.6 pp. Sin embargo, fueron las trabajadoras de edad y las adultas mayores quienes aumentaron su participación más bruscamente: mientras que las tasas de actividad de las jóvenes y las adultas crecieron en 1.3 pp y 2.3 pp respectivamente, la tasa de actividad de las adultas mayores se incrementó en 3.7 pp y la de las trabajadoras de edad lo hizo en 7.9 pp (Gráfico 4). Es claro que las mujeres con edades inferiores a 50 años, sobre todo las adultas, ya tenían una importante participación en el mercado de trabajo y, por lo tanto, el incremento en estos grupos no fue tan notorio. No ocurrió así para las mujeres de edades avanzadas, quienes hasta entonces no se habían visto obligadas a quedarse o a incorporarse a la actividad. Como se aprecia en el Gráfico 4, a partir de 1989 hay un cambio rotundo en el comportamiento de la actividad de esas mujeres, quienes, desde entonces, continúan aumentando sostenidamente su participación, con mayor velocidad en los momentos de crisis.

En 1996, bajo el gobierno del Presidente Rafael Calderas, se instauró de manera oficial la Agenda Venezuela, que comprendía programas de segunda generación de los organismos multilaterales, es decir, aquellos que reconocían, en parte, la función reguladora del Estado, dada la experiencia de incapacidad del mercado para generar equidad social. La crisis financiera de 1994 y los ajustes implementados con la Agenda Venezuela tuvieron impacto en el bienestar de los hogares venezolanos. En 1996, la tasa de desocupación alcanzó el 12.4% (mientras que era del 5.2% en 1993). Los ingresos laborales reales experimentaron un mayor deterioro durante este periodo, acumulando una caída del 47.7%, para ubicarse en el nivel más bajo registrado durante todo el período objeto de estudio (Gráfico 4).

Este cúmulo de situaciones condujo a una mayor incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, liderada por las trabajadoras de edad, cuya tasa de actividad se incrementó en 12 pp en tan solo cuatro años. Destaca el hecho de que, a partir de 1997, dicha tasa supera a la de las jóvenes (Gráfico 3).

Durante el periodo 1999-2003, con el nuevo gobierno del Presidente Hugo Chávez, la actividad económica continuó mostrando una alta volatilidad. La inestabilidad política evidenciada en ese período en particular, el intento de golpe de Estado acontecido durante el mes de abril de 2002 tuvo implicaciones significativas que empeoraron la situación. A finales de ese mismo año, las circunstancias negativas se acentuaron con el paro empresarial general, el cual fue acompañado por un paro petrolero que redujo la producción de más de 3 millones b/d en la última semana de noviembre de 2002 a solo 176,000 b/d en la segunda semana del mes de enero de 2003 (Ministerio de Planificación y Desarrollo, 2004), lo que, a su vez, ocasionó una fuerte merma en las reservas internacionales.

En ese contexto, caracterizado por el cierre de empresas y por la brusca reducción de la producción petrolera del país, el PIB real per cápita llegó a su mínimo histórico, con una caída acumulada del 21.5% entre 2002 y 2003, según estadísticas del BCV. De igual forma, la inflación, que había logrado reducirse en años anteriores (del 29.9% en 1998 al 12.3% en 2001), retornó a niveles elevados, pasando del 12.3% de finales de 2001 al 31.2% en 2002 y manteniéndose en esos niveles durante los primeros trimestres del año 2003, lo que estuvo acompañado de un considerable desabastecimiento de alimentos y bienes básicos.

Nuevamente los hogares venezolanos se vieron impactados por la crisis. De acuerdo con cifras del INE, los niveles de desocupación llegaron a sus máximos históricos, con una tasa promedio del 18.9% en el primer semestre de 2003, que afectó principalmente a las mujeres, cuya desocupación se elevó al 21.2%. La informalidad sostuvo niveles elevados, siempre superiores al 50%, y el poder adquisitivo de la población se derrumbó una vez más. Los ingresos laborales reales sufrieron una caída del 28.6% entre 2002 y 2003, retornando con ello a los niveles registrados durante la crisis de 1996.

Al igual que en las crisis anteriores, una de las medidas tomadas por los hogares para hacer frente a la pérdida de bienestar fue la mayor participación de sus miembros, antes inactivos, en el mercado de trabajo. En el año 2003 se alcanzó la tasa de actividad promedio más elevada de todo el periodo objeto de estudio (69.1%), siendo protagonistas las mujeres, quienes también exhibieron una tasa de actividad récord (55.4%) (Gráfico 4).

Tanto las jóvenes como las trabajadoras de edad rompieron la barrera del 50% en su tasa de actividad, solo que las últimas lo hicieron en 2001 y, desde entonces, su actividad se ha mantenido por encima de ese valor. Por su parte, la actividad de las adultas mayores superó por primera vez el 20% (Gráfico 3).

A partir del cuarto trimestre de 2003, la actividad económica inició una fase expansiva que se mostró en un cambio de tendencia en el comportamiento del PIB. Por su parte, los ingresos laborales promedios reales de los hogares así como el salario mínimo real se recuperaron, luego de la caída de 2003.

En medio de esta recuperación económica, la fuerza de trabajo ha respondido con una reducción paulatina de las tasas de actividad. Mientras que una parte de los grupos de las mujeres de menor edad, tanto jóvenes como adultas, retornaron a la situación de inactividad, los grupos de mayor edad mantuvieron niveles de participación bastante estables desde el momento de la crisis y hasta 2010 (Gráfico 3). En otras palabras, estos grupos no han tendido a regresar a la situación de inactividad tan rápido como las mujeres más jóvenes, lo cual podría deberse: por un lado, a las transformaciones socioculturales de carácter estructural vinculadas a las dimensiones generacionales, así como a las motivaciones del envejecimiento activo especificadas anteriormente; por otro lado, como explica Arriagada (1997), al hecho de que el trabajo de estas mujeres no es “secundario” y, por lo tanto, no se recurre a él solamente en épocas de crisis para complementar el presupuesto familiar.

Nivel educativo

En términos de educación, importa la composición de la población adulta mayor económicamente activa según nivel educativo, pues revela una situación de desigualdad de oportunidades que resulta particularmente desfavorable para este grupo etario. Un rasgo distintivo de la población adulta mayor es su escasa calificación. Un hecho que confirma esta conclusión es que para 2010 el 78.2% de las personas activas adultas mayores se concentraba en los niveles más bajos de instrucción formal (el 36.8% no completó ningún nivel educativo).

Este déficit de calificación está relacionado con un efecto generacional o de cohorte, reflejo del escenario que presentaba Venezuela hace unos ochenta años, caracterizado por sistemas dictatoriales en los que la educación estuvo fuertemente estancada. Dado que la ampliación de oportunidades de acceso a la educación solo tuvo lugar a partir de la década de los sesenta, la mayor parte de las cohortes nacidas entre 1915 y 1950, hoy adultos mayores, no pudieron beneficiarse de las mejoras educativas, puesto que, para ese entonces, esas personas ya habían superado la edad escolar y no se encontraban en proceso de formación. Las oportunidades educativas que ofreció el país a esas generaciones fueron realmente escasas. Por el contrario, las cohortes que ingresarán al grupo de los adultos mayores en décadas futuras tendrán un nivel educativo superior: al menos una quinta parte habrá aprobado el nivel secundario de la educación formal.

La escasa calificación que caracteriza a los adultos mayores condiciona su situación dentro y fuera de la fuerza de trabajo, afectándolos en términos de seguridad económica (UNFPA/CEPAL, 2009; Millán-León, 2010; Miralles, 2011).

Desempleo

En lo referido al desempleo, hay dos elementos que merecen destacarse. El primero es que, como ocurre en los países desarrollados (OECD, 2006) y en los países de América Latina (OIT, 2006), durante todo el período en estudio las tasas de desempleo promedio de los adultos mayores y de los trabajadores de edad fueron más bajas que las correspondientes a los grupos etarios más jóvenes: la de los adultos mayores no supera el 4%, mientras que la de los jóvenes alcanza el 14 por ciento.

Los motivos que explican las menores tasas de desempleo de los adultos mayores varían dependiendo de si estos se encuentran o no empleados. En el primer caso, cuando las personas avanzan en edad, poseen mayores niveles de experiencia específica y tienden a desarrollar relaciones estables con sus empleadores. Además, resulta más costoso despedirlos porque normalmente los trabajadores adultos y de más edad han estado en sus empleos durante más tiempo que los jóvenes y han acumulado mayores beneficios que deben ser cancelados por los empleadores, lo que desestimula su despido. Por lo tanto, es más probable que los trabajadores de edad y los adultos mayores se mantengan empleados hasta que llegue el momento del retiro, pasando directamente a la situación de inactividad.

En el segundo caso, si los trabajadores de edad y/o los adultos mayores no encuentran empleo, generalmente deciden o se ven forzados a retirarse de la población económicamente activa. Algunos trabajadores de edad no pueden seguir trabajando por problemas de salud y otros abandonan la búsqueda de empleo, desalentados por la discriminación y la escasez de la demanda (Del Popolo, 2001).

El segundo elemento es que, si bien los estratos de mayor edad registran bajas tasas de desempleo en comparación con los otros grupos etarios, también es cierto que estas se encuentran en aumento, siguiendo la tendencia general de los países de la región (OIT, 2006): la tasa de desempleo promedio de los adultos mayores en la segunda mitad de la década de 2000 más que triplica a la correspondiente a la segunda mitad de la década de 1970 (5.5% versus 1.6%).

Ocupación de los adultos mayores: sinónimo de informalidad

A pesar del incremento en el desempleo, casi la totalidad de quienes permanecen en la población económicamente activa dentro de este grupo etario se encuentra ocupada (la tasa de ocupación promedio del período es del 96.1%). Sin embargo, la característica fundamental dentro de la ocupación de los adultos mayores venezolanos es la informalidad, lo cual coincide con la situación de otros países de la región (Murrugarra, 2011; OIT, 2006; Paz, 2010). Entre 1994 y 2010, el sector informal de la economía absorbió en promedio al 72.1% de los adultos mayores ocupados.

Cuando se comparan las tasas de informalidad de los distintos estratos de edad, se encuentra que existen diferencias significativas. La tasa de informalidad de los adultos mayores supera en más de 25 puntos porcentuales a la de los adultos y en 23.8 pp a la de los jóvenes. Incluso al comparar con los trabajadores de edad, los adultos mayores también presentan en promedio tasas de informalidad muy superiores (17.3 pp de diferencia). En consecuencia, es posible afirmar que las más elevadas tasas de informalidad distinguen a los adultos mayores venezolanos de los otros grupos etarios.

Es oportuno recordar que en Venezuela, al igual que en varios países de América Latina, la informalidad se ha expandido como una especie de mecanismo de ajuste ante las crisis que han afectado al mercado de trabajo (Arriagada, 1997; Santeliz y Carrillo, 2006; Villasmil, 2003). Esta situación es preocupante para la seguridad económica de los adultos mayores no solo de hoy sino también del mañana, dado que el trabajo informal se caracteriza por generar bajas remuneraciones y por carecer de beneficios contractuales básicos (Freije, 2002; Paz, 2010).

Considerando el enfoque teórico del curso de vida, cada generación vivencia situaciones especificas que las distingue de otras. Al mismo tiempo, cada cohorte comparte experiencias históricas comunes que afectan la trayectoria de vida (inclusive laboral) de las personas que la constituyen (Hutchison, 2008). Como se mencionó, los adultos mayores analizados aquí corresponden a las cohortes nacidas entre 1915 y 1950, las cuales fueron partícipes del proceso de transición económica y social que vivió el país entre la primera y la segunda mitad del siglo XX. A raíz del inicio de la explotación petrolera y de la decadencia de la actividad agroexportadora, Venezuela pasó de ser un país agropecuario a ser un país de exportación minera. La población rural, que dominaba económicamente el territorio durante la primera mitad del siglo, enfrentó el proceso de estancamiento de la actividad agrícola y de descomposición del campesinado. Buena parte abandonó el campo y migró a las ciudades, donde se desarrolló la clase obrera y la urbanización. En el periodo 1950-1980, se profundizó el proceso de transformación del país, con la diversificación de las actividades económicas (crecimiento del comercio, servicios, construcción, industria) que modificó las fuentes de empleo y la estructura ocupacional. El éxodo rural aumentó y la agricultura fue reorientada para satisfacer la creciente demanda del mercado urbano (Brito, 1996; Martínez, 2006).

Ese contexto histórico en el que los adultos mayores vivieron permite entender, en parte, su situación actual en el mercado de trabajo. Las etapas iniciales de sus vidas estuvieron altamente ligadas a las necesidades y obligaciones de sus familias que, en su mayor parte, eran de origen rural y se dedicaban a las actividades agrícolas. Así, a muy temprana edad, la generalidad de los adultos mayores tuvo que incorporarse a la actividad productiva dentro o fuera del hogar por ejemplo, trabajando en el campo con sus padres. Las mujeres, también desde su niñez, cumplían con su rol socialmente asignado y se dedicaban a las labores del hogar. Aquellos que rompieron con el comportamiento típico de su generación y lograron estudiar, desarrollando una actividad profesional, tenían que ir a las grandes ciudades porque en las zonas rurales los centros educativos eran escasos y distantes.

Pocos tuvieron ese acceso a la educación formal, tanto por las condiciones del país como por las de sus propias familias, que eran numerosas y con escasos recursos como para invertir en la educación de todos los hijos. Dada la transformación económica estructural del país, muchos tuvieron que dejar el campo e ir a la ciudad, con la poca calificación que poseían. Esto supuso un cambio en su vida laboral, pues buena parte de los adultos envejeció dedicada a actividades en el sector terciario de la economía, muchas veces en la informalidad. Además, el proceso de urbanización trajo un cambio de valores que alentó la movilidad social y la incorporación de la mujer al trabajo remunerado (Gratton y Mohen, 2004; Miralles, 2011; Montes de Oca, 1997; Ramírez, 1999).

Por otro lado, las crisis económicas ya relatadas generaron un nuevo patrón de reconversión productiva que dio lugar a un aumento de ocupaciones precarias, como el trabajo por cuenta propia, con un importante componente femenino (Arriagada, 1997). Esto abrió un mayor espacio para las actividades desempeñadas por los adultos mayores basadas en la “cultura heredada” (albañilería, carpintería, etc.) y en la experiencia incorporada a lo largo de la vida productiva, en particular la adquirida por las mujeres en los oficios del hogar (Montes de Oca, 1997; Ramírez, 1999).

Por otra parte, varios estudios (Maloney y Arias, 2007; Millán-León, 2010; Murrugarra, 2011; OIT, 2002) señalan que las nuevas condiciones del mercado de trabajo en cuanto a las definiciones y/o requisitos de empleabilidad constituyen una especie de barrera adicional que dificulta el reingreso o permanencia de los adultos mayores en el sector formal. “La demanda de nuevas calificaciones y conocimientos pone a muchos trabajadores de edad en situación de desventaja, ya que es probable que su formación anterior haya quedado obsoleta.” (OIT, 2002: 11). No se descartan barreras de tipo social y cultural, expresadas en actitudes, tanto de los empleadores como de los propios adultos mayores, que pueden actuar en favor del empleo informal (Dixon, 2003; Murrugarra, 2011). Por ejemplo, los adultos mayores pueden preferir una actividad que les permita combinar más fácilmente las responsabilidades familiares con las del trabajo, optando así por el sector informal (OIT, 2002). Estos elementos se combinan para que la mayoría de la población adulta mayor encuentre en el empleo informal la respuesta laboral accesible a sus condiciones. En particular, el trabajo por cuenta propia o autoempleo se convierte en la principal alternativa de ocupación.

Trabajadores por cuenta propia

Al analizar la composición de la ocupación por categorías, se encuentra que, al igual que en otros países de la región (Murrugarra, 2011; OIT, 2006; Paz, 2010), el trabajo por cuenta propia es la opción laboral cuando el venezolano se convierte en adulto mayor. Dentro de la población total predomina el trabajo asalariado o dependiente. En las tres décadas más recientes, el 64.2% del total de ocupados era empleado u obrero tanto del sector público (18.8%) como del privado (45.5%). No obstante, este panorama se modifica sustancialmente si se analiza solo la composición de los adultos mayores, entre quienes la fracción de trabajadores asalariados es en promedio del 30.6%. En otras palabras, esta fracción cae a menos de la mitad de aquella correspondiente a la población total, lo cual tiene sentido ya que esta población ha alcanzado la edad de jubilación y/o pensión y, por lo tanto, generalmente pasa al retiro o reorienta su vida laboral desarrollando nuevos emprendimientos u oficios por cuenta propia, aprovechando sus experiencias previas (Miralles, 2011). Así, mientras que alrededor de un cuarto de los ocupados de todo el país (27.0%) trabaja por cuenta propia, en el caso de los adultos mayores esta categoría absorbe a más de la mitad de los ocupados (55.8%).

Cuando se examina la composición por género del trabajo por cuenta propia, se encuentra que este parece haber sido la respuesta laboral predominante desde el mismo momento en que las mujeres adultas mayores aumentaron su participación en la población económicamente activa, es decir, luego de 1989.

El Gráfico 5a muestra cómo en tan solo un año, entre 1989 y 1990, la participación de las mujeres trabajadoras de edad dentro del trabajo por cuenta propia creció 9 pp (pasó del 19% en 1989-I al 28% en 1990-I). Algo similar sucedió entre las adultas mayores (Gráfico 5b). Lo que llama la atención es que estos grandes aumentos de la participación femenina dentro del trabajo por cuenta propia coinciden con los momentos de incremento de la actividad de las mujeres de más edad dentro del mercado de trabajo. Esto permite afirmar que la generalidad de este grupo que se incorporó a la actividad económica luego de 1989 lo hizo como trabajadoras informales, bajo la figura de cuenta propia.

Gráfico 5a. Composición de los trabajadores por cuenta propia según género y tasa de actividad de trabajadoras de edad. Venezuela. Años 1975-2010

Gráfico 5b. Composición de los trabajadores por cuenta propia según género y tasa de actividad de trabajadoras adultas mayores. Venezuela. Años 1975-2010

Esto es un reflejo de la confluencia del cambio estructural y generacional explicado anteriormente y de una crisis que redefinió los patrones en el mercado de trabajo: por un lado, las cohortes de mujeres nacidas antes de 1930 que, más allá de las tareas de reproducción cotidiana, en general poseían poca o ninguna experiencia laboral y muy poca formación educativa formal salieron en un momento de crisis a buscar un empleo que ayudase a complementar el ingreso de sus hogares; por otro lado, la crisis de 1989 generó la expansión de las actividades informales urbanas y en particular por cuenta propia, permitiendo la incorporación de un significativo grupo de adultas mayores en ocupaciones consideradas como una prolongación de las tareas domésticas y de los saberes adquiridos a lo largo de su vida productiva (Montes de Oca, 1997; Oliveira y Ariza, 1999).

Ingresos laborales reales

El sector informal de la economía se caracteriza por actividades con poca dotación de capital, tecnologías simples y salarios bajos. Esa misma deficiencia de capital físico, financiero y humano implica una entrada fácil en ese sector económico, de manera que las personas participan en él más como un mecanismo para la supervivencia o para complementar el ingreso familiar que para maximizar ganancias (Tokman, 1987 apud Freije, 2002: 4).

Esa facilidad de entrada en el sector informal se traduce en una gran masa de la población económicamente activa adulta mayor que, careciendo de las diferentes formas del capital, encuentra en la informalidad la opción laboral que le permite generar recursos para subsistir y contribuir con el presupuesto de la familia. Generalmente, los ingresos laborales promedio que reporta el sector formal de la economía son mayores que el promedio correspondiente al sector informal, pues la misma escasez de capital humano, físico y financiero que caracteriza a ese sector ocasiona que las actividades efectuadas sean de baja productividad y, por ende, de bajas retribuciones relativas.

En el período 1994-2010, el ingreso laboral promedio real del adulto mayor que trabajó en el sector informal (6,495 bolívares de 2007) correspondió al 62.7% del ingreso percibido por quien trabajó en el sector formal (10,355 bolívares de 2007). Cabe resaltar que, en comparación con los otros grupos etarios, los adultos mayores presentan la mayor brecha de ingresos laborales promedio entre trabajadores del sector formal e informal. Al comparar los ingresos laborales reales de los adultos mayores hombres trabajadores del sector formal e informal, se encuentra que estos últimos ganan en promedio el 65.9% de los ingresos de los primeros. Por su parte, los ingresos laborales reales de las adultas mayores en el sector formal prácticamente duplican los ingresos de aquellas que trabajan en la informalidad (52.6%) (Gráfico 6). Lo delicado del asunto es que la mayoría de esos adultos, tanto hombres como mujeres, se ocupa en el sector informal, por lo que casi todos reciben menos ingresos.

Las brechas de género en ingresos laborales se presentan en ambos sectores de la economía, pero son más pronunciadas dentro del sector informal (Gráfico 6): mientras que las adultas mayores ocupadas en el sector formal perciben en promedio el 81% del ingreso laboral de sus compañeros hombres, aquellas que trabajan en la informalidad reciben en promedio el 64.5% de lo que ganan los adultos mayores del sexo masculino. La realidad de las mujeres adultas mayores luce particularmente delicada, dado que entre ellas la informalidad es excesivamente elevada (la tasa de informalidad promedio para el período 1994-2010 es del 78.9%) y los ingresos provenientes del trabajo son sensiblemente inferiores a los del resto de la población.

Gráfico 6. Ingresos laborales promedio reales (miles de bolívares de 2007) de los adultos mayores por sector de la economía. Venezuela 1994-2010

¿En qué actividad económica se ocupan los adultos mayores?

La actividad económica que distingue la ocupación de los adultos mayores de la de los otros grupos etarios es la agricultura. En 1975 el 41.1% de los adultos mayores se ocupaba en esta rama, y para 2010 esa fracción cayó al 17.5%. A pesar de la reducción de más de 20 pp, la agricultura, como un sector en el que predominan las pequeñas empresas y el autoempleo, se presenta como una actividad característica de los adultos mayores venezolanos. Las otras dos actividades de mayor relevancia en la ocupación de este estrato etario pertenecen al sector terciario de la economía; el comercio y los servicios ocuparon, respectivamente, al 20.1% y al 16.7% de los adultos mayores en 1975 y al 26.8% y al 22.9% en 2010. Estas actividades económicas facilitan la incorporación laboral de los adultos mayores bajo la forma del trabajo por cuenta propia, principalmente en el sector informal.

Se observa que el predominio del sector primario ha dado lugar progresivamente al sector terciario, lo que concuerda con el proceso de migraciones internas del campo a la ciudad y con la modificación de la estructura ocupacional ya explicada (Miralles, 2011). No obstante, la aún elevada proporción de adultos mayores que labora en la agricultura puede deberse a que en el campo el trabajo familiar desempeña un rol relevante, y, cuando alguno de los miembros decide emigrar como sucedió, en general, con los jóvenes en décadas pasadas–, los otros miembros de la familia, principalmente las personas de más edad, se ven obligadas a continuar trabajando para ocupar el lugar que han dejado los más jóvenes (Del Popolo, 2001).

Conclusiones

El proceso de transición demográfica vivido por Venezuela ha ocasionado, en la estructura etaria de la población, transformaciones que denotan una nueva realidad en las relaciones de dependencia entre los distintos grupos poblacionales, configurando la apertura de la ventana de oportunidad demográfica para inicios del presente siglo.

Junto con la población, la fuerza de trabajo también envejece. Aunque en la actualidad Venezuela posee una fuerza de trabajo relativamente joven y los problemas a resolver se concentran, en buena medida, en la tipología de ese trabajador, los cambios evidenciados en décadas recientes dan claras señales para una modificación en la visión sobre el futuro del mercado laboral.

Una proporción significativa de la población adulta mayor permanece inserta en el mercado de trabajo, aun habiendo cumplido la edad oficial de retiro. Esa permanencia se explica, por un lado, por factores generacionales y de carácter sociocultural relacionados con el cambio estructural vivido por Venezuela entre la primera y la segunda mitad del siglo XX, que condicionaron, en buena medida, las trayectorias laborales de las cohortes nacidas entre 1915 y 1950; por otro lado, obedece a razones económicas, vinculadas a la precaria previsión social y a las sistemáticas pérdidas de bienestar vividas por los hogares como consecuencia de las repetidas crisis que ha enfrentado el país. En especial a partir de 1989, buena parte de las trabajadoras de edad y de las adultas mayores abandonaron la inactividad y salieron en búsqueda de empleos que reportaran ingresos adicionales para el hogar, los cuales contribuyeran a superar y/o amortiguar las crisis, preservando, en lo posible, el nivel de vida.

En la ocupación, la característica fundamental de los adultos mayores venezolanos es la informalidad. En particular, el trabajo por cuenta propia o autoempleo se convierte en la principal alternativa de ocupación para el adulto mayor.

El trabajo informal, por sus propias características de flexibilidad y precariedad, facilita la entrada de ese estrato etario al mercado de trabajo y, simultáneamente, lo condiciona a una situación de vulnerabilidad económica. Especialmente las mujeres adultas mayores, con mayor informalidad y menores ingresos que sus contemporáneos del sexo masculino, enfrentan la situación más preocupante.

Ante la situación planteada, el Estado tiene el gran desafío de aplicar medidas efectivas en la solución de los problemas apremiantes sin perder de vista la formulación de políticas que consideren el aumento de la longevidad y de la población adulta mayor en el país, de manera que los venezolanos puedan transformar la oportunidad demográfica en un dividendo demográfico con inclusión plena del adulto mayor en la sociedad como un sujeto activo y de desarrollo.

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