Resumen

HOLA

Este artículo procura establecer cómo influyó el incremento de la cobertura previsional –especialmente desde el Plan de Inclusión Previsional– en la oferta laboral de los adultos mayores de áreas urbanas de la Argentina entre 2005 y 2010. Complementariamente, caracteriza el perfil de esos adultos con información proveniente de la Encuesta Permanente de Hogares del tercer trimestre de 2010. Concluye que, a la par de esa mayor cobertura, la participación laboral disminuyó entre los adultos mayores menos escolarizados y las mujeres perceptoras de beneficios previsionales y creció entre los no perceptores de ingresos previsionales (especialmente varones menores de 65 años), y los varones y mujeres con estudios superiores completos. En el período también cayeron el desempleo y el porcentaje de varones de 65 y más años y de mujeres de 60 y más sin ingresos propios; Entre quienes trabajan, se observa que, en 2010, la inserción predominante es la siguiente: a) adultos con menor escolaridad: construcción, servicio doméstico, comercialización directa, transporte y producción industrial y artesanal; b) adultos más escolarizados: servicios educativos y de salud; dirección de pequeñas y medianas empresas.

Introducción

En 2005 el Gobierno Nacional Argentino puso en marcha una serie de acciones encaminadas a incrementar la cobertura previsional y los montos de las jubilaciones y pensiones. Debido a la relevancia de los ingresos previsionales en la decisión de continuar en actividad, este artículo intenta detectar los posibles efectos del Plan de Inclusión Previsional en la oferta laboral de los adultos mayores de áreas urbanas argentinas entre 2005 y 2010. Complementariamente, propone un análisis del perfil de los adultos mayores ocupados y desocupados de los aglomerados urbanos argentinos relevados en la Encuesta Permanente de Hogares durante el tercer trimestre de 2010.

En relación con otros países de América Latina, en la Argentina, la transición de la fecundidad y la mortalidad fue precoz y gradual. Por este motivo, desde la segunda mitad del siglo XX, la población de este país muestra señales claras de envejecimiento. Según las estimaciones y proyecciones de población del Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), en el año 2010, el 12% de los varones y el 17% de las mujeres argentinas tenían 60 y más años, mientras que, en el año 2050, estos porcentajes podrían llegar al 22% y al 27%, respectivamente.

A largo plazo, el proceso de envejecimiento demográfico afecta la dinámica y estructura del mercado de trabajo y del sistema previsional. El impacto de dicho proceso sobre la PEA puede observarse en el aumento de su edad media, motivado por el cambio en la participación en la actividad económica de las personas en edades activas plenas y la mayor participación laboral de la población de 60 y más años. Puesto que la participación en la actividad económica mayoritariamente involucra a personas cuya edad es superior a la media poblacional, se espera que, con el envejecimiento demográfico, también envejezca la población económicamente activa. Sin embargo, esta situación está condicionada por otros factores, como la proporción de adultos mayores que deja el mercado de trabajo al acceder a los beneficios previsionales –hecho que también varía con el grado de envejecimiento de la población– y otras variables mencionadas en este artículo. Además, dentro de la PEA, también existe el envejecimiento por la base, causado por el ingreso tardío al mercado laboral de los jóvenes que permanecen en el sistema escolar o que tienen dificultades para encontrar un empleo. El ingreso postergado y otros factores económicos, como el endurecimiento de las condiciones previsionales –que propicia la permanencia en el mercado de trabajo de los mayores– o el congelamiento de vacantes en algunos sectores –que dificulta el ingreso de trabajadores más jóvenes–, provocan un desplazamiento de la estructura por edades de las persones económicamente activas. En suma, la postergación de la entrada, la permanencia en edades avanzadas y el desplazamiento general de los niveles de actividad en la estructura de edades aumentan la edad media de la PEA.

El incremento de la participación laboral de los adultos mayores en varios países latinoamericanos entre inicios de la década de 1990 y 2000 ha sido destacado por Bertranou y Velasco (2003) y Bertranou (2006).

En coincidencia con la tendencia latinoamericana, la participación laboral de los mayores residentes en áreas urbanas de la Argentina creció desde comienzos de los años noventa. En el año 1993, el 31% de los varones y el 11% de las mujeres participaban en el mercado de trabajo. En el año 2010, esta participación involucraba al 40% de los varones y al 17% de las mujeres de estas edades. Este incremento fue muy marcado entre los años 2001–2005/6, período en el que la cobertura previsional alcanzó el nivel más bajo. Posteriormente, durante el quinquenio en el que ese nivel aumentó, la participación laboral de los adultos mayores declinó y se estabilizó alrededor del 40% entre los varones de 60 y más años y el 18% entre las mujeres de ese mismo grupo etario (Gráfico 1).

Gráfico 1. Tasas específicas de actividad de la población de 60 y más años según sexo. Zonas urbanas. Argentina. Años 1993–2010

Para este trabajo se adoptó un abordaje descriptivo. El artículo fue organizado en seis apartados, el primero de los cuales es esta introducción. El segundo revisa algunos conceptos referidos a la participación laboral en edades avanzadas. El tercero ofrece una síntesis del panorama laboral y previsional de Argentina hacia fines de la primera década del siglo XXI. El cuarto apunta a caracterizar la participación laboral de los adultos mayores de áreas urbanas argentinas. El quinto se detiene en las manifestaciones del desempleo. El sexto y último expone algunas reflexiones sobre líneas futuras de investigación.

Revisión de la literatura

La tendencia descendente de la participación laboral de los adultos mayores en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) se ha atribuido al acceso a los beneficios de la seguridad social y a los planes privados de pensiones (Stock y Wise, 1990; Coile y Gruber, 2000). Al respecto, Dorn y Souza Pouza (2005) afirman que los sistemas de seguridad social con disposiciones de jubilación anticipada generosas favorecen los retiros anticipados voluntarios e involuntarios, muchas veces incentivados por las empresas en situaciones de crisis. También sostienen que las prestaciones de la seguridad social pueden actuar como una forma de seguro de desempleo, al subvencionar las reducciones del personal y así disminuir el costo empresarial del despido de los trabajadores mayores.

Por su parte, Popolo (2001) destaca la mayor concentración de adultos mayores latinoamericanos ocupados en actividades por cuenta propia –no técnicas ni profesionales– y el descenso de la participación entre los asalariados a medida que avanza la edad. Asimismo, muestra la precariedad de esta inserción laboral y la percepción de menores ingresos con idéntica carga horaria. Por otra parte, señala la relación entre la participación laboral de los adultos mayores latinoamericanos y la escasa cobertura de los sistemas previsionales y el bajo monto de los beneficios otorgados. Pero, al mismo tiempo, advierte que la participación de los no pobres es mucho mayor que la de los pobres e indigentes.

En un trabajo de 2002, Guzmán subraya la menor nitidez de la relación entre la participación laboral femenina y la cobertura previsional, debido a la interacción con otros factores, ya que las mujeres mayoritariamente perciben beneficios previsionales por viudez.

En la Argentina, Bertranou (2001), en su análisis de la transición de la actividad laboral al retiro de los trabajadores del Gran Buenos Aires de 55 y más años, observa las siguientes características: que la edad está negativamente asociada con la probabilidad de participar en la fuerza laboral; que la cantidad de miembros del hogar se asocia positivamente entre los varones y negativamente entre las mujeres; que la condición de jefe del hogar incrementa la probabilidad de participación en ambos sexo y que la convivencia en pareja la reduce en el caso de las mujeres y la aumenta entre los varones; que las enfermedades crónicas y las discapacidades disminuyen las chances de participación laboral y la cantidad de horas trabajadas.

Bertranou y Velasco (2003) y OIT (2006) mostraron que desde el inicio de los noventa y hasta principios de 2000, entre los mayores de 60 años argentinos aumentaron marcadamente la participación laboral, la desocupación y la inserción en ocupaciones informales y disminuyó la duración de la jornada laboral entre los ocupados. La participación laboral de las mujeres de 65 y más años creció más que la de los varones y, entre ellas, aumentó la proporción de asalariadas.

Redondo (2003), a partir de datos de la EPH 2001, relevó diferencias en la categoría ocupacional de los ocupados de 65 y más años según condición de pobreza: los mayores no pobres eran sobre todo empresarios, profesionales y asalariados con descuentos jubilatorios, mientras que los pobres presentaban un porcentaje elevado de trabajadores por cuenta propia y asalariados sin descuentos previsionales. En suma, sugiere que la permanencia en el mercado laboral está fuertemente condicionada por la carencia de beneficios previsionales y por la necesidad de aumentar los ingresos familiares.

Lattes y Andrada (2006) analizaron la relación entre la dinámica demográfica y la oferta laboral en la Ciudad de Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XX. Detectaron la caída de la participación laboral de los más jóvenes, especialmente entre los 15 y 19 años y, en menor medida, entre los 20 y 29 años, así como de los adultos mayores de ambos sexos entre 1950 y mediados de los años setenta, con posterior recuperación a ritmo sostenido.

A partir de datos de la Encuesta de la Tercera Edad sobre Estrategias Previsionales (ETEEP) del año 2003, el Banco Mundial señala que los principales determinantes de la participación laboral de los adultos mayores de áreas urbanas argentinas son los ingresos no laborales –principalmente los previsionales–, el estado de salud, los arreglos domiciliarios y la ocupación. Compara atributos de los adultos mayores jubilados económicamente activos e inactivos y de los no jubilados y concluye que los activos tienen más probabilidades de ser hombres, de menor edad, con mejor estado de salud y residentes en hogares con mayor número de hijos y menor número de personas jubiladas; además, muestran una mayor participación en la construcción, en el transporte, en los servicios y el comercio y en el sector de trabajadores por cuenta propia; trabajan a tiempo completo, tienen una presencia de larga data en el mercado laboral y exhiben menor intermitencia en el empleo y menor densidad de aportes a la seguridad social (World Bank, 2007).

Por su parte, Alós et al. (2008) concluyen que la probabilidad de participar en el mercado de trabajo entre los mayores de 60 está inversamente relacionada con haber completado la cantidad mínima de años de aportes requerida para acceder a la jubilación y en relación positiva con ser varón y soltero o viudo, con la buena salud y con haber alcanzado estudios universitarios. Señalan que, entre quienes gozan de beneficios previsionales, la probabilidad de permanecer económicamente activo está fuertemente condicionada por el monto de dichos beneficios, la edad y el estado de salud. Finalmente, mostraron que el 70% de los participantes en la fuerza de trabajo declara tener ingresos previsionales insuficientes (Alós et al., 2008).

Paz (2010) constató el incremento en el porcentaje de adultos mayores asalariados y la caída del porcentaje de cuentapropistas entre 1980 y 2006. Destaca la mayor incidencia de la informalidad entre los adultos mayores argentinos y su mayor propensión a estar ocupados en relaciones informales en firmas formales.

Diversos autores han señalado también desigualdades de género en el acceso a los beneficios previsionales. En primer término, puesto que el derecho a jubilaciones ordinarias depende de la densidad de las contribuciones durante la vida activa y que esta densidad está estrictamente asociada a la inserción formal en el mercado de trabajo, dada la mayor precariedad de la participación laboral femenina, se explica la restricción al acceso a los beneficios contributivos que padecen las mujeres. Por otra parte, también existen inequidades en el acceso a las pensiones por viudez. En esta línea, Birgin y Pautassi (2000) afirman que las mujeres casadas con trabajadores formales “protegidos por la seguridad social” gozan de mejores prestaciones previsionales que las mujeres casadas con “maridos desprotegidos” y que la “mujeres solas”. También señalan que estas inequidades se traducen en situaciones de duplicación y carencia de haberes previsionales, porque algunas mujeres tienen jubilación propia y, a la vez, pensión por viudez de esposos con empleos formales, mientras que otras carecen de beneficios previsionales.

Panorama laboral y previsional argentino hacia fines de la década de 2010

La salida del Plan de Convertibilidad inauguró en la Argentina un ciclo de recuperación de la producción, las exportaciones, el empleo, los salarios y el consumo. Campos et al. (2009) destacan que, durante el período expansivo, que duró aproximadamente tres años, aumentó la cantidad de puestos de trabajo. Entre 2007 y fines de 2008, la economía continuó creciendo a tasas elevadas, aunque disminuyó notablemente el ritmo de crecimiento del empleo, especialmente del no registrado. La mayor pérdida en cuanto a capacidad de generación de empleo la evidenciaron la industria manufacturera y la construcción. Durante todo el período, pese a la recuperación del empleo, la precariedad laboral siguió siendo alta.

En los primeros años de la década del noventa el sistema previsional argentino fue objeto de una serie de reformas orientadas a reducir la excesiva fragmentación y a homogeneizar los distintos regímenes administrativos. Además, se aumentó la edad mínima de jubilación –que pasó de 60 a 65 años entre los hombres y de 55 a 60 entre las mujeres– y el plazo mínimo de las contribuciones –que pasó de 20 a 30 años entre las mujeres y a 35 años entre los hombres–. Sin embargo, la modificación más relevante fue el pasaje de un régimen de repartición simple a uno de pilares múltiples, que incluía un sistema de capitalización individual. Pocos años después, quedaron en evidencia algunos efectos negativos de la reestructuración del sistema previsional. El pasaje a un sistema de pilares múltiples, al basarse en un esquema contributivo en una economía con elevado desempleo e informalidad, tendió a ser cada vez más excluyente y agudizó el déficit de cobertura, tanto de la población económicamente activa como de los beneficiarios de jubilaciones y pensiones dentro de la población en edad de retiro (Medici, 2003).

A inicios de la primera década del siglo XXI, el endurecimiento de los requisitos jubilatorios, luego de dos décadas de desempleo y precariedad, dificultó el acceso a los beneficios previsionales a muchas personas en edad de retiro. La cobertura previsional alcanzó su punto más bajo en 2005 (el 55,1% de las personas en edad jubilatoria). Ese mismo año, el Gobierno Nacional promovió cambios en la legislación orientados a mejorar la inclusión de los adultos mayores en el sistema previsional. El denominado Plan de Inclusión Previsional apuntó a facilitar el acceso a los beneficios previsionales a las personas en edad jubilatoria que no habían reunido los años de aportes requeridos o que, habiéndolos reunido, no tenían la edad para jubilarse.

Como consecuencia de la política de inclusión previsional se observó un notable incremento del número de beneficiarios de jubilaciones y pensiones entre los varones de 65 y más años y entre las mujeres de 60 y más. Entre 2005 y 2010, la cobertura previsional entre los varones de 60 a 64 aumentó del 16% al 21% y la de las mujeres de la misma edad pasó del 27% al 62%; la de los varones de 65 a 69 años creció del 50% al 75% y la de las mujeres de la misma edad pasó del 46% a 82%; y el porcentaje de perceptores de jubilaciones y pensiones entre las personas mayores de 69 años pasó del 83% al 96% entre los varones y del 74% al 95% entre las mujeres (Gráficos 2 y 3).

Gráfico 2. Porcentaje de varones perceptores de ingresos de jubilaciones y pensiones, por tramos de edad. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

Gráfico 3. Porcentaje de mujeres perceptoras de ingresos de jubilaciones y pensiones, por tramos de edad. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

Una de las consecuencias más relevantes del aumento de la cobertura previsional fue la reducción del porcentaje de adultos mayores sin ingresos propios. La carencia de ingresos es un importante indicador de autonomía económica, generalmente utilizado en los análisis desde una perspectiva de género. Ese indicador muestra que, tanto en 2005 como en 2010, las mujeres argentinas se encontraban en una situación desventajosa respecto de los hombres de las mismas edades. No obstante, como consecuencia de las acciones de inclusión previsional, el porcentaje de mujeres mayores sin ingresos propios cayó sustancialmente: pasó del 28% en 2005 al 6% en 2010. Entre los hombres de mayor edad también disminuyó, aunque desde niveles menores, pasando del 8% al 4 por ciento (Gráfico 4).

Gráfico 4. Población sin ingresos propios, por sexo y tramos de edad. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

La Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES) (2011) y Calabria y Calero (2011) destacan los efectos redistributivos del Plan de Inclusión Previsional a nivel regional, por el mayor crecimiento de la cobertura en las provincias con más deficiencias. También mencionan el avance en lo que respecta a la equidad de género, porque las tres cuartas partes de los beneficios otorgados hasta mayo de 2011 habían alcanzado a mujeres. Finalmente, enfatizan los efectos que han tenido sobre la reducción de la pobreza y la indigencia y la mejora en la distribución del ingreso de los adultos mayores tanto la ampliación de la cobertura como los once aumentos en los haberes otorgados entre 2003 y 2008 y los siguientes aumentos que se otorgaron a través de la Ley de Movilidad de haberes previsionales de 2008.

La ampliación de la cobertura previsional también habría incidido en la oferta laboral de los adultos mayores. Precisamente, la próxima sección se propone detectar las tendencias en la oferta de mano de obra de la tercera edad entre el segundo semestre de 2005 y el tercer trimestre de 2010 que pudieran vincularse con el incremento de cobertura previsional.

Ampliación de la cobertura previsional y participación laboral

La participación laboral de los adultos mayores responde a condicionantes que operan sobre la población en general: la dinámica económica, el grado de urbanización, el sexo, la edad, la escolaridad, el estado de salud, los ingresos provenientes de otras fuentes alternativas al trabajo, la posición en el hogar, las responsabilidades familiares y las expectativas de ingresos derivados del trabajo. Además de los factores antes señalados, este grupo etario tiene un rasgo particular, porque la percepción de jubilaciones y pensiones y su monto son condiciones determinantes de su participación en la actividad económica.

Para el Banco Mundial, en el año 2003, la cobertura previsional en la Argentina dependía de la historia laboral y de las contribuciones al sistema de seguridad social y su carencia manifestaba la exclusión durante la vida laboral. Es decir, los ancianos carentes de beneficios, tenían, en promedio, menor cantidad de años de trabajo y menor tiempo de contribuciones (World Bank, 2007). En su reporte de ese año, indaga los motivos de retiro de los adultos mayores entrevistados; la mayoría de los varones había accedido a los beneficios previsionales por haber llegado a la edad requerida, mientras que la mayoría de las mujeres los habían alcanzado por la muerte del cónyuge; una proporción importante de ambos sexos se refirió a enfermedades crónicas como la principal razón para retirarse (World Bank, 2007).

Al igual que la literatura internacional, el bm menciona picos en las edades de retiro. Su reporte los detecta a los 55, 60 y 65 años entre los perceptores de pensiones contributivas de áreas urbanas argentinas; y destaca, también, una fuerte dispersión alrededor de estos puntos modales (World Bank, 2007). En la actualidad, si bien el acceso a la jubilación ordinaria supone haber alcanzado una edad mínima de 60 años para las mujeres y de 65 para los varones, es un hecho que personas más jóvenes pudieron acceder a ese beneficio debido a la existencia de diversos regímenes jubilatorios especiales o por el otorgamiento de pensiones por invalidez o por fallecimiento del cónyuge. Las pensiones, a excepción de aquellas por edad avanzada, también pueden percibirse sin haber alcanzado la edad mínima, siempre que la persona reúna los requisitos exigidos en cada caso. Por otra parte, hay que señalar que, hasta la revisión de las normas previsionales en 1994, las modalidades de acceso a las jubilaciones anticipadas por discapacidad y a las pensiones habían sido muy flexibles.

El importante papel que tiene el acceso a beneficios previsionales en la decisión de continuar trabajando queda en evidencia en el mayor nivel de las tasas de actividad de quienes no recibían ingresos derivados de jubilación o pensión entre los años 2005 y 2010 y en la caída del nivel de actividad, especialmente a partir de los 65 años, en coincidencia con la edad mínima en la que los varones acceden a jubilaciones ordinarias –límite que, para las mujeres, se acorta a los 60 años, con la posibilidad de permanecer en actividad cinco años más.

En el tercer trimestre de 2010, en el total de aglomerados urbanos, el 16% de los varones y el 20% de las mujeres tenían 60 y más años y el 88% de los varones de 65 y más y el 92% de las mujeres de 60 y más recibían ingresos derivados de jubilaciones o pensiones.

Entre 2005 y 2010 cayó la participación laboral de los varones mayores de 64 años y de las mujeres de 60 y más años. Sin embargo, existieron situaciones excepcionales, relacionadas con el aumento de la participación en la actividad económica de las mujeres de 60 a 64 años con nivel de escolaridad bajo, de los varones de 70 y más años y de las mujeres de 65 a 69 años con estudios universitarios completos (Cuadros 1 y 2). En el quinquenio, también creció la participación laboral de los no perceptores previsionales de ambos sexos y de los varones perceptores de 60 y más años, mientras que cayó la de las mujeres perceptoras de jubilaciones y pensiones (Gráficos 5 y 6).

Gráfico 5. Tasas de actividad masculinas por grupos de edad, según percepción de ingresos de jubilación o pensión. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

Gráfico 6. Tasas de actividad femeninas por grupos de edad, según percepción de ingresos de jubilación o pensión. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

El acceso a beneficios previsionales y el incremento de los ingresos derivados de jubilaciones y pensiones habrían atenuado la necesidad de ingresos laborales entre los menos favorecidos, puesto que las mayores reducciones de los niveles de participación laboral se produjeron entre los varones de 65 y más y las mujeres de 65 a 69 años con escolaridad muy baja (Cuadros 1 y 2).

Cuadro 1. Tasas de actividad masculinas por grupos de edad, según escolaridad. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

Cuadro 2. Tasas de actividad femeninas por grupos de edad, según escolaridad. Zonas urbanas. Argentina. Años 2005 y 2010

Por otra parte, la notoria reducción de la participación laboral de los varones de 65 a 69 años con escolaridad baja, media y alta y de las mujeres de 60 a 64 con escolaridad media y alta puede explicarse, en parte, por la flexibilización de las reglas previsionales, que habrían posibilitado el acceso a planes de moratoria previsional a quienes tenían la edad jubilatoria y carecían de los años de contribuciones. Además, es probable que los varones y mujeres más escolarizados tuvieran mayores chances de acceder a beneficios contributivos, por sus trayectorias laborales más formales y/o por la mayor capacidad de gestión en el sistema previsional. También es oportuno considerar que la mayor inactividad registrada en 2010 podría responder a situaciones preexistentes de desempleo de larga duración, especialmente entre los adultos mayores de menor escolaridad.

En síntesis, la participación laboral de los adultos mayores entre 2005 y 2010 evolucionó en dos sentidos divergentes. Por un lado, se observa una notoria reducción de la participación de quienes tendrían mayores dificultades de inserción laboral, por su menor escolaridad y mayor edad. Esta reducción, probablemente, fue facilitada por las mejoras en la cobertura y en el nivel de los beneficios previsionales entre los de menores ingresos. En el quinquenio también cayó, pero de un modo menos notorio, la participación laboral de las mujeres perceptoras, situación que podría atribuirse, en mayor medida, a las mejoras en las jubilaciones y pensiones y a la presencia de otros contribuyentes en el hogar y, en menor medida, al acceso a la cobertura previsional.

Por otro lado, en sentido contrario, algunos subgrupos exhibían un comportamiento coincidente con la tendencia de larga duración, marcada por la extensión de la permanencia en el mercado de trabajo, que involucraba especialmente a las personas de mayor escolaridad y a los no perceptores de beneficios previsionales de ambos sexos. Entre los últimos, se destaca el incremento de la participación laboral de los varones próximos a la edad jubilatoria, de todos los niveles de escolaridad.

También es destacable el crecimiento de la participación laboral de las mujeres no perceptoras de beneficios previsionales; de aquellas que tenían 60 a 64 años, con escolaridad baja y 65 a 69 años con estudios superiores completos. Este aumento se enmarca en la tendencia de mayor duración, vinculada al incremento de la presencia femenina en el mercado laboral.

Finalmente, cabe destacar que la permanencia en actividad de las mujeres de todos los niveles de instrucción y de los varones sin instrucción universitaria tenía los 70 años como límite.

Los beneficios previsionales percibidos por los inactivos eran ligeramente superiores a los de los ocupados en el primer cuartil y en el último decil de la distribución de los varones y en todos los tramos de la distribución de las mujeres. Se destaca el bajo monto de los haberes previsionales de ambos sexos, aunque los masculinos eran superiores a los femeninos, especialmente entre los inactivos. Entre los ocupados, la mitad de los varones recibía beneficios previsionales inferiores a los 1,000 pesos (aproximadamente, 235 dólares), monto que permitiría afrontar la renta de un monoambiente en la Ciudad de Buenos Aires. La mitad de las mujeres jubiladas percibía beneficios inferiores a los 800 pesos (Gráficos 7 y 8).

Gráfico 7. Distribución de los varones de 60 y más años, por condición de actividad económica según decil de ingreso de jubilación o pensión. Zonas urbanas. Argentina. Tercer trimestre de 2010

Gráfico 8. Distribución de las mujeres de 60 y más años, por condición de actividad económica, según decil de ingreso de jubilación o pensión. Zonas urbanas. Argentina. Tercer trimestre de 2010

El bajo monto de los beneficios previsionales y la escasa magnitud de las diferencias según condición de actividad indicarían la presencia de otros factores explicativos de la propensión a trabajar, que podrían estar vinculados con la organización de los hogares y la presencia de otros perceptores de ingresos y, en menor medida, con el acceso a otras fuentes de ingresos, como rentas o transferencias familiares.

Perfil de los adultos mayores ocupados a fines de la década de 2010

Existen diferencias en la intensidad y forma de participación laboral y en las posibilidades de acceder a beneficios previsionales contributivos determinadas por las especificidades de cada ocupación. Por otra parte, el acceso a las ocupaciones está condicionado por atributos individuales como la edad, la escolaridad, el sexo, el origen migratorio, el estado conyugal. En la misma línea, las posibilidades de permanencia o retorno al mercado de trabajo de los adultos mayores dependen de características de los trabajadores y del tipo de ocupaciones.

En el conjunto de los aglomerados urbanos argentinos, el 55% de los varones y el 54% de las mujeres de 60 y más años ocupados tenían nivel de instrucción muy bajo y bajo, es decir que no habían completado la escolarización primaria o la habían completado o que habían asistido a establecimientos de nivel medio sin llegar a concluir ese nivel.

Los varones con menor nivel de instrucción se concentraban en ocupaciones relacionadas con la construcción (26%), el transporte (11%), la producción industrial y artesanal y la comercialización directa (9% en ambos casos), los servicios de limpieza no domésticos (7%), la reparación de bienes de consumo y ocupaciones directivas de pequeñas y microempresas (5%, en ambos casos). Un tercio de las mujeres mayores con escolaridad muy baja y baja se desempeñaba en servicios domésticos. También estaban concentradas en la comercialización directa (14%), los servicios de limpieza no domésticos (8%), el cuidado y la atención de personas (7%), la producción industrial y artesanal, los servicios gastronómicos y la reparación de bienes de consumo (6% en cada caso).

Los varones que habían completado estudios de nivel medio y que habían asistido –o no lo habían hecho– a establecimientos de tercer nivel pero sin completarlo se concentraban en la comercialización directa (17%), la construcción edilicia (12%), el transporte y la gestión administrativa, planificación y control (10% en ambos casos), ocupaciones directivas de micro, pequeñas y medianas empresas y la producción industrial y artesanal (8% en los tres casos). Las mujeres con la misma escolaridad se ocupaban en la gestión administrativa, planificación y control (23%), la comercialización directa (18%), el cuidado y la atención de las personas (9%), cargos directivos de pequeñas y microempresas (7%), los servicios de limpieza no domésticos (6%), la gestión presupuestaria, contable y financiera, la educación, la salud y sanidad (5% en los tres casos), los servicios domésticos y gastronómicos (4% en ambos casos).

Entre los ocupados con estudios superiores completos, predominaban los directivos de empresas (30%), los ocupados en la gestión administrativa, de planificación y control y en la salud y sanidad (12% y 11% respectivamente), en ocupaciones de gestión presupuestaria contable y financiera y de gestión jurídico legal (9% en ambos casos). Entre las mujeres con la misma escolaridad, predominaba la inserción en ocupaciones de la educación (21%), la salud y la sanidad (20%), funciones directivas (16%), la gestión administrativa, planificación y control (13%) y la investigación científica (8%).

Estas distribuciones muestran la dualidad del perfil de los mayores ocupados, ya que una porción significativa de ellos estaba vinculada a la construcción, al servicio doméstico, a la comercialización directa, al transporte, a la producción industrial y artesanal y a la reparación de bienes, ocupaciones que son altamente precarias, que requieren bajo nivel de calificación y se caracterizan por la baja remuneración, la intermitencia en la contratación y por implicar una utilización intensa de las capacidades físicas. Por otra parte, entre los más escolarizados, se observa un perfil laboral más diversificado, aunque la mayoría se vinculaba a ocupaciones relacionadas con la educación, la salud, la dirección de pequeñas y medianas empresas y la gestión administrativa, planificación y comercialización, en las que, probablemente, disfrutaban de mayor estabilidad y mejores condiciones laborales.

En la mayoría de los grupos ocupacionales, la proporción de ocupados sin beneficios previsionales disminuía con la edad, especialmente a partir de los 60 años entre las mujeres y de los 65 entre los varones, coincidiendo con las edades mínimas de acceso a jubilaciones ordinarias para casa sexo. Sin embargo, algunos de esos grupos mostraban elevados porcentajes de quienes, habiendo alcanzado la edad mínima para acceder a jubilaciones, no las percibían ni eran beneficiarios de pensiones.

En estos grupos ocupacionales la situación es heterogénea en términos de requerimientos educativos, ingresos y condiciones laborales, por lo que existen varias explicaciones posibles de la carencia de beneficios. La baja densidad de las cotizaciones, derivada de la irregularidad de los aportes previsionales por una inserción laboral más endeble, era una limitación para quienes aspiraban a jubilaciones ordinarias. Pero, si la expectativa era acceder a jubilaciones enmarcadas en los Planes de Inclusión Previsional y, en consecuencia, a ingresos jubilatorios inferiores a los de las jubilaciones ordinarias, esta baja densidad no era un obstáculo significativo. Esta situación plantea, por un lado, la opción del acceso a la jubilación a partir del monto que se desea percibir. Por otra parte, los Planes de Inclusión Previsional formalmente exigen la ausencia de la percepción de ingresos de otro tipo para su otorgamiento.

Así, los ocupados de mayores ingresos habrían optado por jubilaciones ordinarias, proporcionales a sus ingresos y mayores a las jubilaciones otorgadas a través del Programa de Inclusión. En esta situación se encontraban las personas vinculadas a ocupaciones directivas de empresas privadas medianas y pequeñas y de empresas, organismos e instituciones estatales, de la gestión presupuestaria y administrativa, la salud, la educación y de la investigación científica y tecnológica. Para los más escolarizados, la opción de trabajar hasta edades avanzadas estaba relacionada con la mayor extensión del período de preparación para el empleo y las mejores oportunidades laborales asociadas a su calificación. Por otra parte, muchos de ellos habrían mejorado sus carreras profesionales e ingresos laborales con la edad.

En una situación diferente se encontraban quienes desempeñaban ocupaciones que requerían menor calificación, con condiciones laborales y remunerativas más desventajosas y con carreras profesionales que no mejoraban con la edad ni la experiencia. En estas ocupaciones, la condición de jubilados no era un obstáculo para el ingreso y la permanencia. Entonces, es posible pensar que la carencia de haberes previsionales podría derivar del mayor nivel de los ingresos laborales respecto de los previsionales y, por otro lado, de la falta de información para tramitar los beneficios del denominado Programa de Inclusión Previsional. Cabe señalar que este Programa se popularizó con el nombre de “jubilación del ama de casa”, por lo que es esperable que los ocupados, principalmente los varones, no asociaran estos beneficios a su condición. Esta sería una explicación del elevado porcentaje de personas que carecían de estos beneficios entre los ocupados en el almacenaje de insumos, materias primas y mercaderías, en ocupaciones de la comercialización ambulante y callejera, en los servicios de limpieza no domésticos, en los servicios gastronómicos, en los servicios domésticos y en el cuidado y la atención de las personas.

Desocupación en la tercera edad

Es destacable la reducción de la desocupación entre los mayores de 60 y más años ocurrida entre mediados y fines de la década de 2010. Esta caída podría atribuirse a la ampliación de la cobertura previsional, al incremento de los haberes jubilatorios y, en menor medida, al aumento del nivel de empleo general.

Sin embargo, pese a la notable mejora de este indicador, especialmente entre las mujeres de 60 y más, la desocupación de los varones mayores de 69 años continuó siendo elevada. También se destaca la incidencia del desempleo de larga duración entre las mujeres, lo que sugiere que podría haber existido desocupación encubierta entre las inactivas. Es posible interpretar ambas situaciones como efectos de la crisis del mercado laboral en etapas anteriores de la vida y como manifestaciones de las dificultades que enfrentaban las personas mayores al intentar obtener un empleo.

Las ocupaciones de la construcción habían albergado a más de la mitad de los varones desocupados de 60 y más años y a casi un tercio de los desocupados sin distinción de edades. Esto muestra que el estancamiento en la creación de puestos de trabajo en la construcción, hacia fines de la década, habría afectado más a los varones de mayor edad que a los más jóvenes. También es destacable la incidencia de la desocupación entre los varones antiguamente vinculados a ocupaciones del transporte.

Por otra parte, tres de cada diez mujeres desocupadas de 60 y más años habían experimentado el desempleo durante más de tres años, y tres de cada diez habían trabajado previamente en el servicio doméstico. Entre las desocupadas era también relevante la presencia de mujeres previamente ocupadas en la producción industrial y artesanal y en la gestión administrativa, planificación y control.

Entre los desocupados antiguamente vinculados a la construcción, el servicio doméstico, la comercialización directa, el transporte y la producción industrial y artesanal, es posible suponer una historia laboral caracterizada por la creciente precariedad, porque las trayectorias laborales precarias durante las edades activas plenas fragilizan la inserción laboral a medida que las personas envejecen, pues se incrementan los obstáculos para su contratación en ocupaciones con exceso de oferta de trabajadores. Por otro lado, la demanda en estas ocupaciones depende del comportamiento de los ingresos y gastos de los hogares. Los trabajadores que a ellas se vinculan están expuestos a periodos de contratación intermitentes, desempleo, sub y sobreocupación. En ellas, los adultos mayores, como los jóvenes, las mujeres y los migrantes, muestran mayor flexibilidad y menor costo a la hora de ser contratados y despedidos. Sin embargo, múltiples mecanismos inciden en la preferencia de los empleadores por trabajadores con determinados atributos de sexo, edad y origen migratorio. Esto lleva a considerar que los prejuicios que afectan el trabajo de las personas mayores y la sobrevaloración de la juventud en la esfera laboral condicionan la contratación de adultos mayores y la demanda de los bienes y servicios que ellos ofrecen.

Reflexiones finales. Líneas futuras de investigación

La participación laboral de las personas de 60 y más años, en la segunda mitad de la década de 2010, muestra una tendencia creciente, con interrupciones y reversiones. Algunos segmentos de la población de mayor edad fueron especialmente sensibles a la ampliación de la cobertura previsional y a los aumentos de los montos de las jubilaciones y pensiones. Estos coincidieron con la disminución de la participación laboral de los mayores menos escolarizados y de las mujeres perceptoras de beneficios previsionales y con la caída del desempleo entre las personas en edad jubilatoria.

A pesar de los indudables avances en términos de inclusión previsional, hacia fines de esta década –en un contexto inflacionario y en el que el gobierno intenta contener el gasto público– comenzaron a evidenciarse algunas señales de agotamiento de la capacidad de incorporación de nuevos beneficiarios. En este sentido, Bravo Almonacid (2011) destaca que los cambios producidos en la legislación limitaron el período de la moratoria e impusieron la renuncia a otras pensiones para tramitar las jubilaciones. También subraya el desconocimiento entre los potenciales beneficiarios de la vigencia de este y de otros programas destinados a la población adulta mayor y la existencia de barreras geográficas e informativas. Dado que cabe suponer que, en el futuro, existirán dificultades para ampliar la cobertura previsional y reajustar los haberes previsionales, es esperable una recuperación de la tendencia creciente de la participación laboral de quienes accedieron a beneficios previsionales y la postergación del retiro entre los no beneficiarios.

En el período 2005–2010, creció la participación laboral de las personas de mayor escolaridad y de los no perceptores de beneficios previsionales. Entre los no perceptores, este incremento fue mayor en los varones de todos los niveles de escolaridad de 60 a 64 años y en las mujeres con escolaridad baja de la misma edad. Ese crecimiento se enmarca en dos tendencias de larga duración: la postergación de la salida del mercado de trabajo y el aumento de la participación laboral femenina. Esto lleva a suponer que las nuevas cohortes de adultos mayores, compuestas por personas con mayor escolaridad y por mujeres con mayores niveles de actividad a lo largo de sus vidas, lleven a estimular la permanencia en edades avanzadas. De este modo, la oferta de trabajadores mayores podría incrementar su demanda, en un contexto que tiene a enfatizar los beneficios del envejecimiento activo.

En lo que respecta a las características de los adultos mayores ocupados, este artículo mostró que más de la mitad de ellos tiene nivel de instrucción muy bajo y bajo y que la mayoría trabaja en la construcción, el servicio doméstico, la comercialización directa, el transporte, la producción industrial y artesanal y la reparación de bienes. Entre los más escolarizados, se presenta un perfil laboral más diversificado, aunque predominantemente vinculado a ocupaciones de la educación, la salud, la dirección de pequeñas y medianas empresas y la gestión administrativa, planificación y comercialización.

Este trabajo también mostró que, en el quinquenio analizado, se produjo una reducción muy importante de la desocupación entre los adultos mayores. No obstante, en el año 2010 sobresalían tres problemáticas: el elevado desempleo de los varones de 70 y más años; la elevada proporción de varones desocupados de 60 y más años previamente vinculados a las ocupaciones de la construcción; y el desempleo de larga duración entre las mujeres de la tercera edad.

La concentración en un número reducido de ocupaciones muestra la importancia del análisis de los mecanismos de contratación, jubilación y despido que en ellas prevalecen. Por ello, también es pertinente la reflexión sobre el papel de atributos como la experiencia, la responsabilidad y la valoración de la confianza construida a partir de relaciones laborales de larga data, que mejoran la empleabilidad de los trabajadores de mayor edad en algunas áreas; y, en la misma línea, resulta de interés, asimismo, el estudio de aquellas características que podrían limitarla, como la obsolescencia de saberes y las limitaciones físicas asociadas a la edad. Por otra parte, también es relevante indagar sobre los atributos de los trabajadores de mayor edad que mejoran su desempeño, en relación con los trabajadores más jóvenes, los trabajadores migrantes y los desocupados de otros sectores que buscan refugio en esas ocupaciones.

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