Resumen

HOLA

El objeto de estudio en este documento son los jóvenes universitarios mexicanos y su relación con el mercado laboral. La cuestión principal es analizar si, ante mercados tan deprimidos, los jóvenes más escolarizados pueden acceder a empleos menos deteriorados que sus pares no escolarizados. En principio, se señalan las perspectivas en torno a la relación trabajoescuela en América Latina y México; se repasan los textos que, con diversas miradas, se han escrito en torno a los jóvenes y el trabajo. Finalmente, desde un enfoque sociodemográco, se analizan algunos indicadores que proporciona la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2008 para explorar la situación que viven en el trabajo los jóvenes mexicanos con estudios universitarios en comparación con los menos escolarizados

Introducción

La educación es, sin duda, un factor fundamental del desarrollo y es clave para el aumento en la cantidad y calidad de las oportunidades del ser humano. Desde los años cincuenta, se consideró como el canal de movilidad social más importante (CEPAL, 1998); incluso hoy día, hay evidencia de que sigue siendo un disparador para superar las condiciones de pobreza. Se ha mostrado que la concentración de trabajadores menos educados en los sectores más desprotegidos de la economía tiene serias consecuencias y contribuye a la reproducción de la desigualdad en las sociedades (Llamas Huitrón, 2005: 13).

A partir de mediados del siglo pasado, se planteó que aumentar los niveles escolares de la población y generar empleos era la solución para la mayoría de los problemas económicos y sociales de los países; desde entonces, la escolaridad y el trabajo han mantenido una relación estrecha, lo que ha dado lugar a creer que contar con una población con mayor escolaridad, con buena capacitación y formación rigurosa en las escuelas impulsará la economía, circunstancia que se traducirá en una mejor vida social y material de los individuos. Sin embargo, esta díada (empleo-trabajo) no es clara y ha ido debilitándose: con la expansión y cobertura casi total de la educación básica, las desigualdades se van trasladando a exigencias en niveles educativos cada vez más altos a los que no toda la población puede acceder; además, para que la articulación sea exitosa, la estructura económica debe ser sólida y generadora de empleos productivos. Llamas Huitrón y Garro Bordonaro señalan que, si bien esta ideología del desarrollo económico y del progreso social ha influido en las reformas pedagógicas y curriculares, la vinculación de la escolaridad con el mercado de trabajo no se ha cumplido pues, por una parte, se ha dejado de lado la formación valorativa y humanista de las personas, y, por otra, las posibilidades de ascenso social vía la escolaridad dependen más bien de la creación de puestos en el mercado laboral (Llamas Huitrón y Garro Bordonaro, 2003: 155).

El vínculo entre la educación y el trabajo ha sufrido fuertes tensiones y, en la actualidad, no puede concebírselo como una relación lineal, ni directa, ni inmediata. ¿A qué se debe? Por un lado, a que la educación y la inserción en el trabajo son dos procesos distintos, en donde los resultados del proceso educativo no pueden estar supeditados a las necesidades y problemáticas de mercados de trabajo tan fragmentados (de Ibarrola, 2004); y, por otro, a que las expectativas de progreso y bienestar no son solo responsabilidad del sistema educativo, sino también de la generación de empleos.

El tema que se aborda en este texto gira en torno al vínculo escuela-trabajo, centrándose en particular en aquella población con altos logros educativos, respecto de la cual se supondría que la educación sería recompensada con un buen empleo. El universo está conformado por los jóvenes adultos que han alcanzado el nivel educativo superior: hombres y mujeres activos de 25 a 29 años con estudios superiores. La selección de este grupo etario permite contener a los que, si han tenido una trayectoria educativa sin tropiezos, habrán ingresado al nivel superior e incluso a muchos que habrán concluido o estarán finalizando sus estudios superiores.

La fuente de información es la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de 2008, segundo trimestre (ENOE 2008Š). La ENOE es una fuente de información muy importante en México ya que, desde hace 35 años, captura de manera sistemática cifras sobre la mano de obra mexicana. Es una encuesta que, como tal, levanta información solo a una muestra del total; sin embargo, su confiabilidad está sustentada en un diseño probabilístico que garantiza que la selección proporcione información veraz y completa de todo el universo de estudio.

Con la ENOE se tiene acceso a las características de ocupación y empleo de la población; en particular, proporciona cifras sociodemográfica y económica de los trabajadores o de los que buscan un trabajo; rescata los niveles de desocupación y las características de la población que está en esa condición; capta información de las condiciones laborales de los ocupados y de los trabajadores de reciente ingreso; además, identifica algunas características de las unidades económicas en las que participan los ocupados (rama, tamaño, tipo de establecimiento). En contraparte, ofrece información sociodemográfica de la población no económicamente activa. En resumen, se trata de una fuente de datos estratégicos y oportunos acerca de la ocupación y del empleo en México.

Utilizando como base la ENOE 2008Š, el trabajo que aquí se presenta plantea tres objetivos:

Para lograrlos, en la primera parte se señala la situación de la educación en México, con especial atención en la educación superior; en el segundo apartado se menciona, a partir del contexto del mercado laboral mexicano, los análisis realizados en torno al tema juventud-estudio-trabajo y las conclusiones a que han llegado; y, finalmente, en el tercer apartado se ubica la situación de las/os jóvenes universitarios vs los no universitarios que participan en el mercado laboral para rescatar las diferencias y similitudes entre ellos/as con relación a sus condiciones y características laborales. Concluimos con algunas reflexiones.

La educación superior en México

En México, en 1993 la escolaridad obligatoria se incrementó a nueve años: seis años de primaria y tres de secundaria; en 2003 se agregó la obligatoriedad de tres años más correspondientes al nivel preescolar. El nivel promedio de escolaridad de la población mexicana para los mayores de 15 años, según cifras del Censo de Población de 2010, es de 8.6 años. “Universalizar la educación primaria”, Segunda Meta de los Objetivos del Milenio, es un esfuerzo que prácticamente se ha cumplido: en 2005 se alcanzó una cobertura del 97%; sin embargo, cumplir con el 3% restante presenta serias dificultades debido al tipo de población que debe atenderse: jornaleros agrícolas, indígenas y población en áreas rurales dispersas a quienes es muy difícil acceder (Schmelkes, 2010).

Con relación a la educación secundaria, en 2005 la tasa de matriculación de niños y adolescentes de 12 a 14 años fue del 78% (Schmelkes, 2010), lo que significa que poco más de una quinta parte de la población en edad de ingresar se encuentra al margen. Para la educación media superior, en 2005 la matrícula total fue de 3,5 millones de alumnos, lo que equivalió al 54.9% de la población de 16 a 18 años de edad (SEP, 2005).

La educación superior es el último de los niveles de la estructura del Sistema Educativo Mexicano; ofrece la educación profesional (licenciaturas) y la especialización (posgrados). La finalidad de la primera es la de preparar a los estudiantes en algún conocimiento específico para el ejercicio autorizado y profesional de una actividad; el objetivo de la segunda es ofrecer grados de especialización en diversas materias (INEE, 2005: 17). La matrícula superior en México se ha ido incrementando: en 1970 la población escolar fue de 208,944 jóvenes; en 1980 creció a 731,147; para 1990 fue de 1,078,191 alumnos; en 2000 ascendió a 1,585,408; y en 2008 fue de 2,705,190, lo que representa un incremento de casi 13 veces en estos 38 años.

No obstante el avance observado, no todos los individuos pueden participar en este nivel escolar. Varias son las razones por las que los jóvenes no logran ingresar a sus filas: una tiene que ver con las diferencias socioeconómicas existentes en el país, las cuales hace que la educación superior sea muy heterogénea en cuanto a la relevancia de sus instituciones y en cuanto a la calidad de la enseñanza y la ubicación de los planteles; otro problema radica en las desigualdades de la población, hecho que limita el acceso a los sectores pobres y marginados (Covo, 1990; Bartolucci, 1994; De Garay Sánchez, 2001). Además, la deserción escolar es un problema recurrente y está ligado al punto anterior: la permanencia y asistencia a las aulas, así como la eficacia terminal, son mayores cuando el joven y su familia cuentan con más recursos económicos, cuando se proviene de un hogar que tiene un capital cultural y educativo y cuando los padres son también universitarios (De Garay Sánchez, 2001; Mier y Terán y Pederzini, 2010; Mata Zúñiga, 2011).

La entrada y permanencia en las universidades no es sencilla; pero, además, se ha señalado que, para un amplio grupo de jóvenes, la escolaridad (sobre todo la superior) ha perdido sentido debido a la poca relación que existe entre la educación formal y el trabajo. Estudiar varios años para no encontrar un empleo acorde con lo aprendido hace que los jóvenes abandonen el interés por la escuela (Suárez Zozaya, 2005; Valenzuela, 2009). Sin embargo, otros trabajos muestras una postura diferente; subrayan que hay muchos jóvenes que insisten en realizar estudios universitarios. Esta posición se aprecia, por ejemplo, en la recopilación de diversas investigaciones que reúnen Carlota Guzmán y Claudia Saucedo; allí la tónica encontrada es que los/as jóvenes desean ingresar al bachillerato (nivel medio superior) con el objeto de poder acceder posteriormente a estudiar una carrera universitaria (Guzmán y Saucedo, 2007). También se registra esa tendencia en la investigación de Hualde (2005), quien advierte que muchos de los jóvenes con estudios técnicos que él entrevistó tenían como objetivo lograr un título universitario después de concluidas sus carreras técnicas.

Desde luego, no hay que dejar de señalar que la heterogeneidad es uno de los rasgos que marcan a la juventud actual, que la exclusión y la desigualdad son dos temas en los que los/as jóvenes participan cada vez más y que la entrada a la universidad es, en efecto, una posibilidad real para una minoría. En el ciclo escolar 2008-2009, de los 167, 668 aspirantes que realizaron examen para ingresar en una de las carreras que ofrece la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 152,991 (91.2%) no obtuvieron un lugar. De los aspirantes que buscaban entrar a la educación superior en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), 48,890 tampoco lograron incorporarse. En total, se trató de casi 200,000 jóvenes entre los solicitantes de la UNAM y del Politécnico.

Con respecto a quienes sí lograron incursionar en los estudios superiores, se ha visto que su composición se ha ido transformando. En la matrícula universitaria hubo cambios importantes; de hecho, se ha hablado de cierta “feminización”. En 1970 las mujeres no llegaban al 20% del total de los alumnos universitarios; para el año 2000 prácticamente eran el 50% (Bustos, 2006). En el ciclo 2006-2007, según cifras de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), el 49.34% de los inscritos correspondió a población femenina. Bustos señala que no solo se triplicó en treinta años la participación femenina en las aulas universitarias, sino que hubo una recomposición de porcentajes a favor de las mujeres en algunas áreas como ciencias de la salud y ciencias sociales y administrativas.

Pero no solamente entre las mujeres han cambiado las áreas de especialización; mientras que antes de 1940 el gremio de los profesionistas, en México, estaba dominado por médicos, abogados e ingenieros, con la modernización del sistema productivo adquirieron relevancia nuevas carreras junto con la ingeniería, el derecho y la administración. Muñoz Izquierdo señala que los campos de ejercicio tradicional han cedido el lugar a las profesiones orientadas directamente hacia la industrialización y la productividad; sin embargo, con el paso de los años, el ritmo de crecimiento de la capacidad de la economía para incorporar productivamente a quienes terminaron sus estudios profesionales empezó a ser cada vez menor que la velocidad de expansión del egreso de las Instituciones de Enseñanza Superior (IES). Desde la década de los sesenta, comienza a haber más egresados que empleos para ellos, y para los ochenta, cuatro egresados competían por un mismo puesto de nivel profesional (Muñoz Izquierdo, 2004). En 2008, 3.6% de jóvenes sin estudios superiores era un desempleado activo contra 5.6% de universitarios.

Así pues, la trayectoria de los jóvenes desde que empiezan su educación formal hasta encontrar un trabajo está inuenciada por su nivel de estudios y por sus características familiares, pero también por las condiciones en que se desarrolla el mercado de trabajo.

Se ha documentado que, en general, las/os universitarios enfrentan mayores problemas para encontrar empleo que los que tienen menor nivel escolar. Sin embargo, si bien las cifras evidencian que hay mayor presencia de desempleo juvenil entre la población universitaria que entre la no universitaria, no se trata necesariamente de una desventaja –como se ha señalado (Suárez Zozaya, 2005)–; desde nuestro punto de vista, incluso implica cierta ventaja, puesto que es muy probable que las opciones que tienen los jóvenes universitarios (las cuales les han permitido primero estudiar y luego descartar en mayor medida los empleos no deseados) sean mayores que las oportunidades de los jóvenes que no pudieron continuar estudios en el nivel superior y que tienen la urgencia de insertarse en el primer trabajo que encuentran. En este sentido, consideramos que el poder permanecer desempleados por períodos más largos no es resultado del nivel escolar más alto y de una mejor formación académica, sino que tiene que ver con las desigualdades de México, que llevan a que un grupo de jóvenes (los menos escolarizados) tengan que trabajar como sea y donde sea con tal de obtener un ingreso, mientras que otros (entre los que están los más escolarizados) puedan retrasar la entrada al mercado laboral, es decir, estar más tiempo desempleados, hasta encontrar un trabajo más satisfactorio y acorde con lo aprendido en las aulas. De lo que sí no hay duda es de los erosionados mercados que en las últimas décadas han caracterizado a la economía de México y en los que buscan empleo los jóvenes mexicanos.

Los jóvenes mexicanos y el trabajo

Estudios recientes –y no tan recientes– sostienen que, en su inmensa mayoría, los jóvenes incursionan en el mercado de trabajo vía el empleo precario (Tokman, 1997; Pérez Islas y Urteaga, 2001; Tokman, 2004; Weller, 2006; OIT, 2010), que este problema pareciera no ser tan coyuntural como se pensó hace veinte años y que, además, parece ser irreversible. En un estudio publicado en 2010, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) mostró datos que señalan la grave problemática que viven los jóvenes trabajadores en América Latina. A partir de cifras para ocho países, evidencia que la crisis económica está golpeando con mucha mayor intensidad a los jóvenes que a los adultos, que la tasa de desempleo juvenil sigue duplicando e incluso triplicando a la de los trabajadores de más edad, que los jóvenes activos suelen tener mayor rotación laboral, y que el tamaño, la estructura y el ingreso familiares –junto con el nivel educativo de los jóvenes– están íntimamente ligados a la necesidad de incursionar en el trabajo a edades tempranas. Todos estos factores dan lugar a la reproducción de la pobreza (OIT, 2010).

En particular en México, la situación es poco alentadora. El país presenta un bajo rendimiento de los mercados de trabajo: en esta última década, se dio un aumento de empleos por cuenta propia y de micronegocios; hay un bajo poder adquisitivo para la mayoría de los trabajadores y una creciente desigualdad en los ingresos a favor de los trabajadores con mayor calificación; además, se generaliza la ausencia de las prestaciones laborales (García, 2009). Ante este panorama poco alentador, en su búsqueda de ocupación, los jóvenes mexicanos se enfrentan a opciones bastante limitadas.

En México, la situación del empleo juvenil es un tema preocupante, que ha llevado a la realización de diversos estudios sobre la población activa joven y su vínculo con la escuela. Estas investigaciones provienen de diversas disciplinas. Por ejemplo, desde la sociodemografía, tomando como base cifras de las Encuestas de Empleo, se ha mostrado que los jóvenes que viven y trabajan en México, en su gran mayoría, incursionan en empleos sin prestaciones y con ingresos menores a los de la población adulta. Navarrete mostró, para la segunda mitad de la década de 1990, que cuanto menor edad –y, por lo tanto, menor escolaridad– tenían los jóvenes, eran mayores sus probabilidades de incursionar en empleos precarios, situación que recrudecía entre las mujeres, entre los jóvenes de áreas rurales y entre los que tenían un hogar con jefatura femenina (Navarrete, 2001).

Para inicios del siglo XXI, de Oliveira analizó las características contextuales, familiares e individuales de los jóvenes trabajadores para conocer qué elementos incidían en la inserción en empleos con mejores o peores condiciones laborales. Encontró que la escolaridad fue un elemento definitorio: a mayor escolaridad, menor probabilidad de obtener un empleo precario. Los jóvenes con mayor escolaridad tenían empleos no manuales y en empresas de mayor tamaño, vivían en espacios urbanos y su trabajo se ubicaba en los servicios sociales o servicios al productor (de Oliveira, 2006).

En un trabajo comparativo de tres ciudades latinoamericanas (Buenos Aires, Lima y Ciudad de México), Solís et al. (2008) estudian la transición escuela-trabajo de los jóvenes. Se analizan las secuencias y diferencias en las trayectorias educativas y el ingreso al mercado laboral, y se examina hasta qué punto estas diferencias son resultado de las posiciones que tienen los jóvenes en la estratificación social. De manera general, los resultados del estudio indican que hay una gran heterogeneidad entre las transiciones en las tres ciudades: en Buenos Aires el abandono del sistema educativo y la entrada al mercado es bastante tardío comparado con Lima, donde es muy temprano, y con la Ciudad de México, que está situada en una posición intermedia. Otro hallazgo de este documento es que los calendarios de salida de la escuela y entrada al mercado laboral están inuenciados por el estrato social y el sexo del joven (Solís, et al., 2008).

La mayoría de los análisis desde la perspectiva sociodemográfica han señalado los determinantes espaciales, familiares e individuales que influyen en el ingreso al mercado laboral a entrada temprana o bien en las características laborales de los jóvenes o en los diferentes tránsitos hacia la vida adulta, en donde un eje central suele ser, precisamente, la entrada al trabajo (véanse, entre otros: Navarrete, 2000; Giorguli Salcedo, 2005; Murillo López, 2005; Pérez Amador, 2006; Vela Peón, 2008; Mora y de Oliveira, 2009).

Desde la investigación educativa ha habido también numerosos esfuerzos para entender la inserción laboral de los jóvenes y su vínculo con la escolaridad. Muchos de estos documentos tienen que ver con cómo los/as jóvenes valoran el trabajo fuera del hogar.

Algunos, enmarcados en la metodología cualitativa, se interesan en las dimensiones subjetivas del empleo y elaboran distintas categorías a partir de las narrativas de los jóvenes (Jacinto, et al., 2005; Guerra, 2005). Otros buscan ver las trayectorias escolares y su vínculo con la entrada al mercado laboral sobre la base de registros escolares y de cuestionarios; es el caso del documento de González Martínez y Bañuelos (2008), quienes llevan a cabo una investigación sobre estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Comunicación en Puebla.

Existen también estudios que, de manera particular, buscan conocer especícamente a los universitarios y su vida laboral. Se enfocan en el paso de la escuela al trabajo o bien en la situación que viven los jóvenes cuando llevan a cabo ambas tareas (estudiar-trabajar) de manera simultánea. Carlota Guzmán se ha concentrado en este tema, analizando a jóvenes que asisten al nivel superior de la Universidad Nacional Autónoma de México. Una de sus preocupaciones radica en conocer el sentido que esos jóvenes dan a su trabajo y a la relación entre lo aprendido en las aulas y lo desarrollado en el espacio laboral (Guzmán, 1995; 2004; 2007). En 2005, Suárez Zozaya publicó un libro en donde vuelca un estudio que llevó a cabo para evidenciar la problemática que viven los jóvenes universitarios en la búsqueda de trabajo y en su permanencia en él (Suárez Zozaya, 2005). Por su parte, Navarrete (2008) elaboró un documento donde analiza la situación laboral y familiar de mujeres universitarias.

Uno de los hilos que unen muchos de los trabajos antes mencionados tiene que ver con la mala situación que enfrentan los jóvenes en el empleo: tanto varones como mujeres padecen una mayor inestabilidad laboral, tienen trabajos que se encuentran en el ámbito de la informalidad y del subempleo, con una gran incertidumbre y falta de protección social. Por otra parte, se evidencian grandes transformaciones en la relación entre educación y trabajo: de ser considerada lineal y de signo positivo, se ha convertido en no directa y con resultados diversos, pues los logros educativos van perdiendo sentido como mecanismo de movilidad. Actualmente, los jóvenes, por una parte, otorgan menor valor a la asistencia a la escuela, pero, por otra, ven al trabajo solamente como un espacio para obtener ingresos, cuando ambos deberían ser pilares para el desarrollo de su identidad.

Los jóvenes universitarios y el trabajo. México, 2008

No hay duda de que en México el sistema educativo –en cuanto a cobertura– ha llegado a un amplio sector de la población. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2008 (ENOE 2008), de la población de entre 25 y 29 años encuestada, la tercera parte tiene estudios secundarios y poco más de la quinta parte ha cursado estudios de licenciatura o más (Cuadro 1); sin embargo, aún existe una quinta parte que solo ha tenido acceso al nivel de educación básico. En el Cuadro 1 se aprecia que, no obstante los logros alcanzados en materia educativa, esos avances no han derivado en una equidad por género: el acceso de las mujeres a estudios posteriores a la primaria muestra un rezago que las pone en desventaja, fenómeno que se agudiza a medida que se incrementan los años en la escuela. Tomando en cuenta solo a la población ocupada del mismo grupo etario, se constatan diferencias según la escolaridad y la participación laboral que merecen comentarse: considerando los varones en general y solo los ocupados, las diferencias se amplían 5 puntos porcentuales entre los ocupados; es decir, los que trabajan presentan una escolaridad ligeramente mayor a los jóvenes en general. Pero las diferencias más importantes se advierten en la población femenina, donde la participación laboral ocurre, principalmente, entre las jóvenes más escolarizadas.

Cuadro 1. Población de 25 a 29 años y población ocupada del mismo grupo de edad por sexo (%), según nivel escolar. México. Año 2008

Las cifras del Cuadro 1 sugieren que a más años de estudio, mayores posibilidades de incursionar en el mercado. Si se asume que, para la mayoría, los estudios universitarios tienen como etapa terminal precisamente participar activamente en el mercado de trabajo y así poner en práctica lo aprendido en aulas, entonces, lo que los jóvenes esperarían es concluir este ciclo educativo para incorporarse no a cualquier empleo, sino a un trabajo con buenas condiciones laborales y acorde con lo que saben. Pero, realmente, ¿tienen los más escolarizados los mejores trabajos? ¿Cuál es la situación laboral de los jóvenes adultos con estudios universitarios? ¿Hay nichos en el mercado que permiten que ellos/a se coloquen en empleos con condiciones favorables? ¿Presentan igualdad de condiciones hombres y mujeres universitarios/as? Daremos respuestas a estos interrogantes en los siguientes apartados.

Los jóvenes universitarios y la presencia en la escuela

En sentido estricto, al menos en lo que al nivel superior compete, entre los 25 y los 29 años hombres y mujeres que han tenido una concurrencia a la escuela más o menos constante habrán concluido o estarán por concluir sus estudios. En el Cuadro 2 se registra la condición de estudio y trabajo de los jóvenes, para ver cuál es la actividad prioritaria en este grupo etario.

Cuadro 2. Población universitaria de 25 a 29 años según asistencia escolar, conclusión de estudios y trabajo, por sexo. México. Año 2008

En principio, resalta que, entre los que todavía estudian, hay más hombres que mujeres. Entre los hombres con estudios universitarios y que son todavía estudiantes (que, en conjunto, representan el 23.5%), el 86.6% de los que asisten a la escuela respondió ser soltero y el 13% estar unido; de las mujeres universitarias que aún van a la escuela (un total del 18.3%), el porcentaje de estudiantes solteras es del 62.2%, y el de unidas es del 33% (cuadro no presentado aquí). Entonces, en su gran mayoría, los hombres que se reportan como estudiantes que asisten a la escuela son solteros; por su parte, las mujeres, cuando son estudiantes, declaran, junto a la actividad educativa, llevar a cabo tareas del hogar y estar unidas.

En cuanto a la conclusión de los estudios, las mujeres presentan mejores resultados: tienden a finalizarlos en mayor medida. Cabe señalar que hay investigaciones que han mostrado que la titulación universitaria apunta ligeramente a favor de la población femenina: el porcentaje de mujeres que se tituló fue de 47.2% en 1997 y alcanza un valor mayor que el de varones para 2001: el 50.8% (Bustos, 2006). Esta información se corrobora con los datos del Cuadro 2: ocho de cada 10 mujeres –frente a siete de cada 10 varones– respondió haber concluido sus estudios universitarios.

Con relación a la asistencia escolar y el trabajo simultáneos, los resultados muestran que el espacio laboral gana la partida. El rubro “no estudiar ni trabajar” en este grupo de edad es recurrente solo para las mujeres, lo que se explica porque, tradicionalmente –aun en esta población con elevado nivel escolar–, son ellas las que llevan a cabo las tareas domésticas y familiares de atención del hogar y cuidado de los hijos.

Los jóvenes universitarios y su situación laboral

La estructura del empleo en México presenta como características: 1) una relativa estabilidad de la proporción en el total del empleo de trabajo asalariado en unidades económicas diversas pero en condiciones generalmente precarias; 2) bajas tasas de desempleo abierto que ocultan la inserción de los trabajadores en actividades con pésimas condiciones laborales; y 3) la relevancia de las actividades de pequeña escala, microempresas con un máximo de cinco trabajadores, que presentan condiciones de productividad y de ingresos muy precarias (Rojas García y Salas, 2008: 45-47). Además, el deterioro de las condiciones laborales recrudece con el aumento del trabajo a tiempo parcial, del trabajo sin beneficio social y sin contratos laborales y del empleo temporal (Rojas García y Salas, 2008; García, 2010).

Este es el terreno laboral en el que los jóvenes mexicanos pueden insertarse. La mayoría de ellos, aun los más escolarizados, por más conocimientos, capacitación y habilidades que hayan adquirido, no encuentran empleos de calidad porque estos son bastante limitados. En este documento, partimos de la premisa de que si la situación del mercado es difícil en general, ergo lo es para los jóvenes. Pero, desde ese punto de partida, avanzamos indagando con cifras de la ENOE 2008Š en qué rubros tienen cabida los adultos jóvenes con más estudios y si enfrentan condiciones laborales deterioradas. Además, para comparar y relevar las diferencias, en adelante se presentan también cifras de los adultos jóvenes económicamente activos sin estudios universitarios.

La rama y la posición laboral

Para empezar (Cuadro 3), la primera gran diferencia es la alta tasa de participación económica de las mujeres universitarias en comparación con la de las no universitarias: es superior en 30 puntos. Si bien esto tiene que ver con las credenciales obtenidas –que permiten concursar con mayores posibilidades en el mercado laboral–, también se vincula con los aprendizajes y actitudes impartidas en las escuelas superiores, sustancialmente la autonomía y la independencia, tan importantes como las herramientas técnicas y académicas que las jóvenes deben adquirir en esas escuelas (Navarrete, 2008).

Cuadro 3. Población activa de 25 a 29 años universitaria y no universitaria según algunas características laborales, por sexo (%). México. Año 2008

Entre los varones, en cambio, los que no lograron permanecer muchos años en la escuela participan más que los escolarizados en el mercado. Por lo tanto, en este caso, la situación por género es distinta: la alta escolaridad apoya la entrada de las mujeres al trabajo, pero inhibe (o, más bien, posterga) la participación económica masculina. Observando la diferencia en la tasa de actividad en función del sexo entre cada grupo según el nivel escolar, se advierte que entre los universitarios la divergencia entre hombres y mujeres existe pero no es tan marcada (10 puntos), mientras que entre los no universitarios la participación de los hombres duplica la femenina. La diferencia es contundente: la desigualdad por género en cuanto a la participación económica es abismal entre los menos escolarizados y disminuye drásticamente entre los que han cursado estudios superiores. Una sociedad escolarizada lleva (o debería llevar) a la igualdad y equidad.

Con relación a la presencia de los adultos jóvenes de 25 a 29 años por rama y posición, el Cuadro 3 indica que la rama de los servicios es el espacio de mayor presencia entre los jóvenes mexicanos (y también entre los no tan jóvenes); sin embargo, según los porcentajes estimados, ocurren diferencias entre los dos grupos presentados: para los universitarios, la presencia en esta rama es bastante elevada –más de la mitad están en este sector–; los no universitarios, en cambio, presentan mayor diversidad –tienen más presencia en los sectores de manufactura y comercio.

En el análisis por sexo, se evidencia nuevamente que los servicios son el área prioritaria, pero lo son en particular para las universitarias, quedando completamente rezagados –para ellas– los demás sectores de la economía. Las cifras para las menos escolarizadas muestran mayor distribución entre todos los sectores: poco más de una quinta parte se emplea en la manufactura y una tercera parte en el comercio. En el caso de los varones, los que tienen más estudios, igual que ellas, encuentran la principal opción en los servicios, aunque la manufactura, el comercio y la agricultura también son espacios de trabajo; la participación de los varones no escolarizados se distribuye de manera más o menos uniforme en todos los sectores económicos.

Cuando se hace referencia a los/as universitarios/as, las ocupaciones en los servicios tienen que ver fundamentalmente con el área educativa y con trabajo en oficinas del sector público y privado, en tanto que para los no universitarios el trabajo en ese sector tiene que ver, principalmente, con empleos en oficinas.

Al considerar la posición en el trabajo, el Cuadro 3 muestra que prácticamente todos/as son asalariados/as (ahora denominados en la ENOE “subordinados remunerados”), situación que no extraña pues, desde la década de los setenta, el trabajo asalariado se convirtió en la posición laboral más numerosa, en la cual se pueden encontrar condiciones de trabajo de todo tipo con una tendencia hacia más precariedad (Rojas García y Salas, 2008).

Sin embargo, entre los no universitarios resaltan los que se autogestan empleos. Los trabajadores por cuenta propia obtienen un alto porcentaje. Esta actividad por cuenta propia es desarrollada por lo no universitarios solamente en ciertas ramas: casi 30 de cada 100 hombres que han creado su propio empleo están ocupados en la agricultura (27.3%) y casi 20 de cada 100 en el comercio (18.6%) (cuadro no presentado aquí). Las mujeres de la misma categoría están fundamentalmente en el comercio (35.6%) y en la manufactura (18.3%); se trata de pequeños negocios de ventas por catálogo, pequeñas maquilas o venta ambulante. En este rubro, llama también la atención el 9.1% de mujeres jóvenes no universitarias que son trabajadoras familiares sin remuneración, ubicadas mayoritariamente en el comercio.

Las condiciones laborales

Dentro de las condiciones laborales, los bajos salarios, los contratos no escritos, el trabajo temporal, la falta de prestaciones y el trabajo en empresas muy pequeñas son rasgos de la precariedad laboral que se vive en México (Rojas y Salas, 2008). Pero las condiciones son distintas según la edad y el nivel escolar (Llamas Huitrón y Garro Bordonaro, 2003; de Oliveira, 2006; Rojas García y Salas, 2008; García, 2010; OIT, 2010).

Los jóvenes adultos universitarios reportan, en conjunto, condiciones laborales menos graves que las que presentan sus coetáneos sin formación universitaria. Es decir, según los porcentajes estimados, la población juvenil universitaria tiene mayor estabilidad laboral –vía el contrato escrito–, accede en mayor medida a prestaciones, su jornada es de 35 a 48 horas semanales o menos y trabaja en empresas de mayor tamaño y no en micronegocios donde, se sabe, se concentran los más altos grados de precariedad (Rojas García y Salas, 2008). Por lo tanto, si bien hay una precariedad generalizada en los mercados laborales mexicanos, y a pesar de la grave condición de los empleos en México, las cifras del Cuadro 4 indican que la educación superior da a los jóvenes ciertas posibilidades que los colocan en una situación menos desventajosa.

Cuadro 4. Población activa de 25 a 29 años universitaria y no universitaria según algunas condiciones laborales, por sexo (%). México. Año 2008

Cuadro 5. Modelo de regresión logística para la participación de jóvenes de 25 a 29 años. México. Año 2008

Según los datos de la ENOE 2008, los adultos jóvenes universitarios (pero, sobre todo, las mujeres jóvenes universitarias) parecen asirse a una mejor situación en el mercado, o bien a una situación menos vulnerable: 1) son los que obtienen el mayor porcentaje de trabajos con contratos escritos (más ellas que ellos); 2) en la categoría de contrato escrito y por duración del mismo, son los que presentan el porcentaje más alto –es decir, prácticamente la mitad no está inserta en empleos temporales y, por lo tanto, tiene contratos laborales más formales–; 3) son los que tienen mayor presencia en el rubro de prestaciones laborales (la población femenina representa mayor puntaje en cuanto a seguridad laboral); 4) son los que obtienen los ingresos más elevados; 5) con relación a la presencia en micronegocios –donde, se sabe, las condiciones de ingreso y productividad son muy precarias–, son los que menos aparecen en pequeñas empresas de menos de cinco empleados y son los más ocupados en las más grandes (de 501 y más personas) (Cuadro 4).

El resultado a nivel agregado que arroja el Cuadro 4 sugiere, a simple vista, dos cosas: 1) los estudios superiores permiten el acceso a empleos menos precarios; y 2) pareciera que esta situación privilegia a las mujeres. Ya en un trabajo previo (Navarrete, 2012) a partir de modelos de regresión logística, se mostró, solo para población joven femenina, que, si bien las jóvenes universitarias presentan mayor probabilidad de participar en espacios laborales menos deteriorados, esta posibilidad está disminuyendo. En 2004, sobre la base de cifras de la Encuesta Nacional de Empleo (ENE), la probabilidad de que una joven con estudios universitarios no estuviera ocupada en un empleo precario fue de poco más de 8 veces la de una joven con el nivel básico de instrucción; pero, para 2008 (según la ENOE), la probabilidad disminuye a poco más de seis veces. Es decir, si bien es importante para las mujeres pasar mayor número de años en la escuela, con el paso del tiempo los estudios universitarios están perdiendo peso –en términos estadísticos– en la obtención de mejores trabajos.

El estudio referido contempla exclusivamente a la población femenina. Los datos hasta aquí mostrados parecen corroborar que las mujeres universitarias están mejor posicionadas en el mercado que los varones universitarios y, en general, que la mayoría de la población. Pero veamos ahora si efectivamente los estudios universitarios ofrecen una mejor oportunidad a las mujeres cuando se trata de la inserción laboral en condiciones no precarias.

La regresión logística es uno de los modelos multivariados que permiten explicar en cuánto aumenta y disminuye la propensión de estar en riesgo de un determinado fenómeno. En este caso, se busca conocer la probabilidad de que un/a joven activo/a de 25 a 29 tenga un empleo precario. Al respecto, en este estudio se explicará la variable dicotómica (su trabajo es precario/su trabajo no es precario) a través de dos variables que interactúan de manera simultánea para dar cuenta de la presencia o no en la precariedad laboral: sexo y estudios universitarios.

Así, se lleva a cabo una regresión considerando a la población joven (hombres y mujeres) de 25 a 29 años económicamente activa y asalariada. Se crea la variable dicotómica precario-no precario que se construyó en función de los elementos que inciden en la precariedad laboral: i) no tener ninguna prestación; ii) no contar con ningún tipo de contrato; iii) no recibir un ingreso o ganar máximo dos salarios mínimos; y iv) tener una jornada mayor a 48 horas o menor a 35 horas semanales. Y se toman dos variables de control, que para este modelo son: el sexo del joven (0=mujer, 1=hombre) y los estudios universitarios (contar con algún año dentro del nivel superior, o no haber ingresado a este nivel educativo: 0=estudios no universitarios, 1=estudios universitarios).

Los resultados de la regresión muestran que los hombres activos de 25 a 29 años, en general, presentan una propensión mayor a tener empleos precarios que las mujeres del mismo grupo de edad (1.3 veces más alta); en tanto, con respecto al nivel escolar, el modelo arroja que las/os jóvenes que cuentan con estudios universitarios tienen una menor probabilidad de trabajar en empleos precarios en comparación con quienes no han cursados ningún nivel superior –información que corrobora lo encontrado a nivel agregado.

Conclusiones

La precariedad laboral en México es incuestionable y, además, según se ha visto, no está de paso: llegó y se ha quedado, afectando en general a toda la población, pero en particular a algunos grupos, como los jóvenes y los que tienen menos años de educación formal. De estas dos condiciones, ser joven es un período que acaba con la edad, y lograr una mejor educación, participar más años en el sistema educativo, es un tema que debería implicar, en principio, poca dificultad. Alcanzar esa meta requiere esfuerzos individuales, pero también sociales, políticos y económicos, los cuales involucran no solo al individuo sino a la nación.

Lograr un diploma, graduarse, obtener un título, pueden significar para los jóvenes romper el círculo de la pobreza, intentar la salida de la precariedad y generar oportunidades para mejores condiciones de trabajo, vía la remuneración, vía la seguridad social, vía la estabilidad laboral, incluso vía la propia satisfacción. Desafortunadamente, se parte de un panorama desalentador, ya que las probabilidades de que los jóvenes estudien en el nivel superior son limitadas y desiguales, y, además, porque los pocos empleos que se generan en los mercados laborales mexicanos presentan condiciones deterioradas de inicio.

La educación no debe concebirse como una herramienta más para ganarse la vida, sino como una manera de explorar el mundo para poder vivirlo mejor. Los jóvenes universitarios, gracias a los estudios obtenidos, pueden alcanzar con mayor éxito su inserción en el deteriorado mercado laboral mexicano; ellos están ganando espacios por medio de sus conocimientos y capacidades. Según las cifras presentadas, pudieron acceder a empleos de mejor calidad que sus coetáneos con menos escolaridad. Esas mismas cifras muestran que las mujeres universitarias también tienen cierta ventaja, situación que aún no adquieren las jóvenes que han abandonado tempranamente los estudios.

Los avances en el terreno educativo son innegables. Asimismo, deben destacarse los logros en materia de género: como vimos, las mujeres se gradúan en mayor medida que los varones y han ampliado sus opciones educativas. El vínculo escuela-trabajo tiene una nueva mirada, pues pondera con distinta medida a hombres y mujeres universitarios. Vemos que las mujeres van ganando un amplio terreno, pero solo las universitarias y solo aquellas que han concluido sus estudios. Por lo tanto, habrá que seguir incorporando a las mujeres jóvenes en los procesos educativos para que logren –al menos en el mismo nivel que los varones– su entrada al nivel superior.

Otro desafío de la universidad es brindar a los actores sociales alternativas para un desarrollo inteligente y solidario, dar paso a la gestión del conocimiento pero también a la creatividad y la innovación de hombres y mujeres. Junto con la transmisión de contenidos, se debe dar lugar a la enseñanza de competencias básicas para seguir aprendiendo (Pérez Lindo, 2000). Asimismo, en el aspecto económico hay mucho por hacer, sustancialmente, crear empleos en cantidad y en calidad. Cualquier impulso que estimule la presencia de los jóvenes en la escuela es importante, pero no suficiente; porque mejorar la calidad educativa no va a mejorar per se la calidad de vida y el bienestar de la población ni tampoco la calidad y condición de los empleos. Como se dijo al inicio de este documento, se trata de dos procesos distintos aunque íntimamente vinculados. De no reforzar el vínculo, la encrucijada en la que estamos será difícil de sortear.

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