Resumen

HOLA

Reseña bibliográfica de: Sexualidades adolescentes. Amor, placer y control en la Argentina contemporánea. Daniel Jones. Buenos Aires, clacso-Ediciones Ciccus, 2010.

¿Cómo debutan sexualmente los adolescentes de hoy? ¿Usan pornografía? ¿Cuán libres son sus elecciones sexuales? Estas preguntas despiertan potentes ansiedades y temores entre padres, maestros y expertos y dieron lugar a este libro: Sexualidades adolescentes. Amor, placer y control en la Argentina contemporánea. En sus páginas, Daniel Jones responde a esos interrogantes, desmonta lugares comunes y describe la relación de los jóvenes con el sexo y el amor. Lo hace en función de un problema mayor: comprender la construcción de las jerarquías sexuales.

El libro está basado en un sólido trabajo empírico. Realizada en el marco de los estudios doctorales, la investigación supuso la realización de cuarenta y seis entrevistas a varones y mujeres de entre 15 y 19 años de edad de una ciudad del sur de la Argentina, Trelew. El análisis coloca en el centro las interacciones cotidianas, los significados socioculturales y las prácticas concretas de jóvenes de clase media. Allí radica la riqueza de una reconstrucción que ilumina las singularidades locales pero que las trasciende al instalarlas en el marco de las mutaciones actuales de los sentidos sociales y culturales otorgados a la sexualidad.

La apuesta de Daniel Jones conecta dos tradiciones disímiles. Por un lado, podría filiarse a la tradición sociológica más clásica que es posible remontar a la línea de investigación empírica propulsada por Gino Germani en la Argentina de los años sesenta, es decir, una sociología que, para entender a la sociedad, se propone registrar, observar e interrogar a los actores. Por el otro, se nutre de la renovación conceptual y teórica de uno de los campos más revulsivos en las últimas décadas: los estudios de género y sexualidades. Con ello, Jones asume los desafíos de pensar la sexualidad en términos de una construcción histórica que está atravesada por relaciones de poder que estructuran lo social.

Esta doble tradición caracteriza a una línea de trabajo –dentro de la que se inscribe este libro– que surgió en la Argentina en la última década y que ha dado lugar a colectivos –en especial al Grupo de Estudios sobre Sexualidades– que han promovido una agenda de discusiones actualizadas, insertas en debates a escala internacional y comprometidas con el activismo que logró la reciente sanción en nuestro país de la Ley del Matrimonio Igualitario. Ese colectivo emergió de un campo acicateado por la problemática de la salud y los derechos reproductivos, pero lentamente ha ido ensanchándose para abarcar las sexualidades en un sentido amplio. Justamente, el estudio de Jones refleja ese desplazamiento al centrarse en las prácticas, las creencias y los controles. Es allí donde el libro hace su principal aporte: el análisis de la construcción social de las jerarquías sexuales.

La investigación ofrece un cuadro rico y matizado que no cede ni a las visiones optimistas y políticamente correctas –que proyectarían en los jóvenes la utopía realizada– ni a las miradas cómodas que conciben el presente como reiteración del pasado. Los chicos y las chicas de Trelew viven, conciben, significan al sexo mediante potentísimas diferencias de género que determinan lo legítimo, lo deseado y lo rechazado. Pero, al mismo tiempo, esas diferencias no son monolíticas e, incluso, no faltan quienes las resisten, las confrontan y las transforman. Antes de avanzar sobre los resultados concretos de la investigación, quisiera resaltar algunas decisiones que le dan originalidad.

En primer lugar, está la elección de la localidad. Trelew descentra la mirada de Buenos Aires para colocarla sobre espacios menos hegemónicos y transitados. En el marco de esta decisión, Jones le otorga especial atención a las singularidades locales: a la escala mediana de la ciudad, a su aislamiento de los centros políticos y culturales del país y a sus características culturales e históricas marcadas por la importancia de la inmigración galesa y el protestantismo y la debilidad del catolicismo, que llegó tardíamente y se mantuvo débil.

En segundo lugar, otro desplazamiento original es la definición de los sujetos bajo estudio: se aparta del análisis de las clases populares que ha prevalecido en las actuales agendas de investigación, preocupadas por nutrir el diseño de políticas públicas, y que ha llevado a relegar el estudio y conocimiento de otros sectores sociales como las clases medias –de las que, justamente, se ocupa esta investigación–. Dicho recorte se ha realizado no en función de variables ocupacionales o económicas sino socioculturales: los entrevistados van a la escuela pública, son mantenidos por sus padres, pasan la mayor parte de su tiempo con pares, no han experimentado embarazos, no tienen hijos ni han convivido con su pareja.

En tercer lugar, el foco de la investigación no excluyó a los/as heterosexuales que, paradójicamente, han quedado en cierto punto relegados ante la importancia de comprender la exclusión de las sexualidades alternativas y las dinámicas a las que están dando lugar los nuevos marcos normativos. Esta decisión, por cierto, no implicó desentenderse de los sujetos que se identificaron como gays. Por el contrario, sus voces ocupan un lugar central para comprender la construcción genérica de la normatividad sexual. No menos significativo resulta que la interrogación no solo haya involucrado las pautas sexuales sino que también haya incorporado la subjetividad, los sentimientos y los afectos.

Finalmente, es necesario resaltar que Jones reconoce a los adolescentes como sujetos activos. Su posición ante ellos no es demagógica ni ingenua. Es decir, no concibe el poder y el orden como externos a la sociedad pero tampoco olvida la importancia de los actores y los discursos emanados del poder. Las prácticas son concebidas como espacio en el cual se dirimen luchas y conflictos por el orden sexual que, al mismo tiempo, son constitutivas de dicho orden.

El libro está prologado por Mario Pecheny y organizado en siete capítulos y una conclusión. El primer capítulo contiene una clara y precisa descripción de la investigación, los interrogantes, la estrategia metodológica y los presupuestos teóricos. En especial, introduce la noción de “guiones sexuales”, con los aportes de Gagnon y Simon, que suponen actos, relaciones y significados usados por los actores en sus situaciones concretas y que, como el libro propondrá, constituyen producciones sociales y mentales que también son construidas por los sujetos. En función de dichos guiones, se presentan dos categorías –género y generaciones– que serán centrales en la estructuración del análisis.

Cada capítulo aborda una dimensión concreta y definida de las sexualidades adolescentes. La pornografía y la masturbación es la primera de ellas. Jones explica que estas prácticas suelen ser vergonzantes para los y las adolescentes. Ellos les otorgan diferente legitimidad según la edad y el género. Mirar revistas y películas pornográficas es una fuente de conocimiento para los varones, en especial antes de los 15 años. Es en esa etapa que ellos aceptan más benévolamente la masturbación. Luego de esa edad, opera la expectativa social de que los varones comiencen a tener relaciones sexuales y, con ello, se modifica la valoración del autoerotismo y de la pornografía. Las chicas, en cambio, ocultan o rechazan la pornografía –les da “asco”– y se permiten en menor medida las prácticas autoeróticas. Estas diferencias se explican por el calado de una visión esencialista según la cual los varones tendrían la “necesidad” de masturbarse para canalizar una tensión sexual que supuestamente es del orden natural y que la definiría como tal en oposición a las mujeres.

El debut sexual es analizado en el siguiente capítulo. Jones lo encuadra, a diferencia de la mayor parte de los antecedentes, dentro de un proceso de aprendizaje erótico y pone de relieve los significados subjetivos de ese rito de pasaje. Para hacerlo, retoma la noción de “guiones sexuales” que permitirían la interpretación de las situaciones y de los papeles atribuidos a varones y mujeres. Las entrevistas revelan la centralidad del coito vaginal para definir una relación sexual heterosexual y de las diferencias de género. Los varones entrevistados debutaron con novias (lo que supone compromiso afectivo, monogamia serial y vínculo social) o “transas” (relaciones circunstanciales, sin monogamia, predominantemente sexuales). Las mujeres lo habrían hecho solamente con novios. El trasfondo de estas diferencias remite a la idea de que los varones están siempre dispuestos a tener sexo y de que las mujeres poseen la capacidad de habilitarlos o rechazarlos. El análisis reconoce algunas novedades en términos históricos: ninguno de los varones habría debutado con una trabajadora sexual, la virginidad no tendría una connotación moral positiva y existiría un estilo de debut (no el único) inserto en un recorrido erótico consensuado, gradual y verbalizado.

El capítulo siguiente aborda el papel del amor, las presiones y el placer en las experiencias sexuales de los y las adolescentes. Las diferencias de género resultan nuevamente puestas de relieve: las chicas valoran la satisfacción sexual pero unida al amor romántico, en tanto que los varones están abiertos a cualquier oportunidad en el marco de las visiones esencialistas –antes mencionadas– basadas en la naturaleza instintiva de su deseo sexual. Sin embargo, Jones identifica una “incipiente sentimentalización” de la sexualidad masculina que supone rechazar el mandato de ocultar los sentimientos amorosos y una relación más igualitaria. Advierte, también, que la valorización del romanticismo de las chicas no implica que desestimen el placer físico.

Las interacciones con los padres y las madres y las preocupaciones sobre las relaciones sexuales son analizadas en el Capítulo 5. El cuidado constituye el meollo de las recomendaciones que reciben los y las adolescentes de sus padres con un discurso que combina el registro médico y el moral. El sexo con amor, la monogamia seriada y la anticoncepción pueden concebirse como diferentes facetas de ese cuidado. No menos significativos son los silencios sobre la sexualidad y las dificultades para aceptar que las hijas mujeres tienen relaciones sexuales. Con los varones, el preservativo tiene un carácter omnipresente, material y discursivamente. Su entrega –en muchos casos por parte de los padres– tendría un papel preventivo pero también simbólico. Estos padres y madres hablan con su prole de sexualidad, aunque lo hacen en términos médicos con escasa apertura a poner en discusión el placer sexual. Sin duda, los y las adolescentes parecerían escuchar a sus mayores, aunque no siempre concuerden con ellos, y en muchos casos quisieran un diálogo más uido con los adultos.

El Capítulo 6 está dedicado a los chismes y el control social. Su análisis resulta uno de los aportes más innovadores porque valoriza las interacciones sociales para la comprensión de las jerarquías sexuales. Mediante los cotilleos, los adolescentes controlan, vigilan y castigan a los pares que las infringen. Así, Jones explica que la designación de una chica como “puta” constituye una sanción a su disponibilidad a tener relaciones sexuales ocasionales (su falta de resistencia a los avances masculinos) y a su negativa a realizar una selección afectiva. Al contrario, la norma establece que un varón es “ganador” cuando cambia constantemente de compañera sexual y tiene más de una al mismo tiempo. El peso de estas dinámicas de control no le impide reconocer al autor que la resistencia a la normatividad sexual y sus jerarquías se produce, también, en interacciones en las cuales hay chicas que las discuten y las desafían.

Finalmente, el último capítulo está dedicado a las estigmatizaciones hacia los varones homosexuales. El autor explica que estas dinámicas de discriminación funcionan mediante experiencias y anticipaciones por las cuales se los excluye y se los discrimina. Los varones heterosexuales conciben la homosexualidad como una “enfermedad”, “degeneración” o “anormalidad” fuera de su comprensión. El contexto local –de una ciudad mediana– facilita la identificación de los sujetos estigmatizados, potencia los efectos de los hostigamientos y limita los márgenes de la sociabilidad gay. En los casos de tolerancia, esta tiene como contracara una exigencia de discreción que supone la invisibilidad de los sujetos. Según la investigación, burlas, insultos y agresiones (tirar piedras y golpear) no son prácticas excepcionales. Quienes han vivido estas discriminaciones las padecen, pero, también, tienen posibilidades de subvertirlas. Para ello, parecerían centrales las dinámicas de autoreconocimiento y la capacidad para oponerse y confrontar con las jerarquías sexuales.

En las conclusiones, Jones retoma estas jerarquías sexuales y aborda sus efectos sociales y políticos. Ello constituye un inmejorable camino para comprender esa etapa –sinuosa, difícil– en la que se abandona la infancia. Como nos adelanta Mario Pecheny en su Prólogo, se trata de una etapa que supone un proceso de subjetivación en el cual se entrecruzan las expectativas de clase y las de género. Justamente, el libro de Jones explora una y otra vez los entrecruzamientos problemáticos a los que dan lugar dichas dimensiones configurativas de nuestra vida.

Sexualidades adolescentes... es un libro claro. Está prolija y lúcidamente escrito. Interpela en forma directa al lector, le habla en primera persona y lo considera un interlocutor con quien se discute y se piensa. Al inicio de cada capítulo, el autor se permite contraponer la perspectiva del investigador –el que interpreta, pregunta y responde– con el sujeto capaz de reconocerse en su objeto de investigación, interpelándolo/nos en clave autobiográfica y personal. “¿Quién no recuerda para bien o para mal su primera vez?”, nos pregunta Jones. Este detalle revela una sensibilidad singular que le permite pensar al “otro” como “otro” sin dejar de concebir que la interrogación podría recaer en uno mismo.