Resumen

HOLA

Si nos centramos en el evento de la salida de casa del hogar de los padres o emancipación existen al menos dos hipótesis que enmarcan el estudio de la transición a la vida adulta. Una de ellas es la de Fabrizio Bernardi (2007), quien supone que la condición para que los individuos se emancipen es que hayan alcanzado como mínimo la misma posición socioeconómica de su familia de origen. Sin embargo, en contrapartida, nosotros formulamos otra específica para los jóvenes indígenas urbanos, ya que este grupo poblacional tiene una emancipación aún más restringida y menos voluntaria que los no indígenas. Así, el principal objetivo de este trabajo es analizar las características sociodemográficas de la emancipación de los jóvenes indígenas en comparación con los no indígenas, para lo que la fuente de datos utilizada es la Encuesta Demográfica Retrospectiva (EDER) de 2011.

Introducción

En el presente texto se estudia la emancipación como la salida de los jóvenes del hogar de sus padres, a la que se denomina indistintamente en diferentes partes del mundo emancipación juvenil, emancipación familiar, emancipación del hogar de origen o emancipación residencial. A efectos prácticos, en el resto de este trabajo se hará referencia a este fenómeno como emancipación, identificada empíricamente como la primera vez en que la persona deja de corresidir en casa de su padre y madre, aun cuando un tiempo después vuelva a corresidir con ellos o con alguno de ellos. En el contexto de los estudios de curso de vida, este fenómeno es parte de las transiciones familiares y está asociado a la entrada a la vida adulta, por lo que se la considera en la bibliografía como una transición a la adultez junto con el ingreso al mercado de trabajo, la unión conyugal y la maternidad o paternidad.

Dicho lo anterior, es necesario puntualizar un par de características del concepto de emancipación para ayudar a esclarecerlo. Primero, ningún concepto de independencia es una condición necesaria en la definición de emancipación descrita más arriba, por lo que se puede estar emancipado sin ser independiente o no estar emancipado y ser independiente: el fin de la primera corresidencia con los padres es el criterio definitorio. Este enfoque conceptual de la emancipación como emancipación residencial separada del concepto de independencia económica o familiar, o incluso de autonomía y libertad, es un punto central en este abordaje, porque permite establecer que en los indígenas urbanos la emancipación se produce en el marco de una fuerte dependencia de la familia y de la comunidad y que, en vez de significar ruptura o escisión, la emancipación contribuye a la reproducción social de sus familias de origen. Ciertamente, la emancipación es reconocida desde países europeos como una transición íntimamente ligada a la obtención de la independencia económica del hijo respecto a los padres (Jurado Guerrero, 1997; Bernardi, 2007). Sin embargo, como se verá con mayor detalle más adelante, existen hipótesis que difieren con esta posición en cuanto a que en países como México el inicio de la vida laboral no busca necesariamente la independencia económica sino contribuir a la economía familiar (Pérez-Amador, 2006).

El otro aspecto a aclarar es que la emancipación no es algún tipo de requisito previo de entrada a la vida adulta. Es decir, se puede ingresar a la vida adulta sin haber dejado de corresidir con los padres. Un ejemplo de lo anterior lo constituye precisamente lo que se ha llamado el sistema familiar mesoamericano (Robichaux, 2011). Observado principalmente en comunidades rurales indígenas (o de origen indígena), este sistema se caracteriza por que el hijo varón se une con su pareja pero correside con sus padres, por un tiempo al menos, y con su esposa. Las nuevas parejas, que se unen a edades tempranas, construyen una vivienda en el mismo predio de los padres de Ego, ya que el hijo varón ultimogenético (conocido como el xocoyote entre los nahuahablantes) es el encargado del cuidado de sus padres a edades avanzadas, por lo que no deja de corresidir con ellos y al final hereda la vivienda.

Desde lo teórico las causas de la emancipación han sido abordadas con ópticas completamente diferentes. En los dos polos de estas posiciones se desean analizar especialmente, a continuación, por un lado, la teoría de la acción racional (tar), empleada para el estudio de España (Bernardi, 2007) y, por otro, las estrategias familiares de sobrevivencia (efs) para el caso mexicano (Pérez-Amador, 2006).

Desde el enfoque de la tar, la emancipación consiste en una decisión basada en un cálculo entre costo y beneficio de la salida de casa de los padres, asociada a factores como las relaciones familiares, los factores culturales, las políticas públicas, la actitud o los valores ante la vida o la percepción de la situación del mercado laboral y del mercado de la vivienda (Colom Andrés y Molés Machí, 2016; Bernardi, 2007). Fabrizio Bernardi (2007) probó para España que la edad a la salida de los jóvenes de casa de sus padres depende de la facilidad que encuentren para conseguir una posición socioeconómica parecida a la de su familia de origen. Él toma como fundamento el modelo de Richard Easterlin (1976), que supone que las preferencias de los adultos varían con las aspiraciones relativas al estándar de vida que socializan durante su infancia y adolescencia. El modelo de Bernardi considera como costos directos el dinero para vivir en una casa propia y como costos indirectos renunciar al nivel de confort en casa de los padres. Los beneficios de la emancipación son la independencia, la autonomía y la libertad.

Por su parte, el concepto de

… hace referencia al hecho de que las unidades familiares pertenecientes a cada clase o estrato social, en base a las condiciones de vida que se derivan de dicha pertenencia, desarrollan, deliberadamente o no, determinados comportamientos encaminados a asegurar la reproducción material y biológica del grupo (Torrado, 1981: 205).

La emancipación forma parte de las estrategias de las que dispone la unidad familiar para autorregularse con la finalidad de asegurar la reproducción del grupo, esto en la medida en que el joven que sale de la casa de sus padres represente un incremento en los recursos netos para la unidad familiar. El uso de este marco conceptual de tipo marxista pone énfasis en el peso de la estructura como determinante de la acción social, lo cual acota el grado de libertad de las decisiones, así como la racionalidad o deliberación de los agentes involucrados en la toma de esas decisiones.

En México se ha mostrado que, a diferencia de lo que ocurre en países ricos como los de Europa Occidental o eeuu, la emancipación responde a una estrategia familiar de sobrevivencia y no tiene necesariamente como objetivo lograr la independencia económica (Pérez-Amador, 2006). Los jóvenes salen del hogar paterno para integrarse a la fuerza de trabajo como mano de obra auxiliar y así mejorar el ingreso de su familia de origen (Pérez-Amador, 2006). También se ha encontrado en México que un contexto prohibitivo o ambientes conflictivos en el hogar aumentan el riesgo relativo de la salida del hogar para jóvenes de ambos sexos (Echarri-Cánovas y Pérez-Amador, 2007).

Existe una vía explicativa que critica las visiones más estrechas del determinismo de la estructura sobre la acción social y de la tar, la de Pierre Bourdieu (1994) en su libro Raison pratiques. Sur la théorie de l’action. Si bien la teoría sociológica contenida en él no estudia la emancipación, sí ofrece elementos para comprender que la acción social —la emancipación, en nuestro caso— ocurre en las relaciones que se dan entre las potencialidades inscritas en los cuerpos de los agentes y las estructuras de las situaciones donde tienen lugar. Esta filosofía, dice el autor, se encuentra condensada en unos pocos conceptos como habitus, campo o capital y tienen como clave la relación de doble sentido entre estructuras objetivas —aquellas de los campos— y estructuras incorporadas —aquellas del habitus—.

La acción social no está determinada por la pertenencia a una clase social, pero la diferencia es una parte constitutiva del espacio social: «El espacio social es la realidad primera y última porque ordena aun las representaciones que los agentes sociales pueden tener» (Bourdieu, 1994: 28-29). Los agentes o los grupos están distribuidos en el espacio social según su posición con base en dos principios de distribución: el capital económico y el capital cultural.

Pero los agentes sociales no son sujetos conscientes y conocedores obedientes de razones ni actúan con pleno conocimiento de causa, como lo creen los defensores de la tar (Bourdieu, 1994). Los sujetos son en realidad agentes actores y conocedores dotados de un sentido práctico, un sistema adquirido de preferencias, de principios de visión y de división —lo que llamamos ordinariamente gusto—, de estructuras cognitivas durables —que son esencialmente el producto de la incorporación de las estructuras objetivas— y de esquemas de acción que orientan la percepción de la situación y la respuesta adaptada. El habitus es esta suerte de sentido práctico de aquello que hay que hacer en una situación dada (Bourdieu, 1994).

La familia es una categoría social objetiva (estructura estructurante) y el fundamento de la familia como categoría social subjetiva (estructura estructurada), categoría mental que es el principio de miles de representaciones y de acción (los matrimonios, por ejemplo) que contribuyen a reproducir la categoría social objetiva. Este círculo es el del orden social (Bourdieu, 1994: 139).

La familia juega un papel muy importante en el mantenimiento del orden social y en la reproducción biológica y social, es decir, en la reproducción de la estructura del espacio social y de sus relaciones sociales. Es el espacio por excelencia de la acumulación del capital en todos sus distintos tipos y de su transmisión entre generaciones: ella conserva su unidad para la transmisión y por la trasmisión, para poder transmitir y porque está en la posibilidad de trasmitir. La familia es el sujeto principal de las estrategias de reproducción. Muchos de los actos económicos tienen por «sujeto» no al Homo economicus singular, al estado aislado, sino a colectivos como la familia.

La teoría de Bourdieu aporta al estudio de la emancipación un marco explicativo del entorno social, del contexto en el que se inscribe, en tanto acción individual y familiar, al mismo tiempo que como una decisión de un agente a partir del habitus y como una decisión originada en un espacio social determinado. La emancipación no es un acto que obedezca puramente a la conciencia, es resultado del habitus, es decir, una decisión tomada con base en ese sentido práctico adaptado a las condiciones específicas en las que haya que actuar en su momento y con base en la posición social que le corresponde. En cierto modo, el habitus hace de la emancipación una decisión propia y también esperada por los demás que están en la misma posición.

Esto equivale a decir que el espacio social de los pobres, como los indígenas de México, constriñe sus opciones, dada su situación de dominación en las relaciones sociales y la escasez de capital económico y cultural, aun cuando estas no sean una atadura infranqueable en términos de agencia. Sus estrategias de reproducción generan círculos viciosos de la pobreza, en los que la solidaridad es un deber que contribuye a encadenar a los (relativamente) más dotados con los más carentes, lo que hace de la miseria un eterno comienzo (Bourdieu, 1988).

Por otro lado, es completamente posible pensar que la emancipación forme parte de las estrategias de reproducción social. Para ejemplificarlo dentro de la temática indígena, puede pensarse cómo viven la migración los indígenas que se emancipan de su residencia en el campo y migran a las ciudades. En muchos casos, estos movimientos no implican un desapego de su tierra, de su comunidad de origen o de su familia: los lazos se mantienen a la distancia, lo cual implica comunicación, participación en las fiestas y en las faenas, reciprocidad en la ayuda que se recibe, incluido el envío de dinero. Todos estos actos forman parte de una estrategia de reproducción social claramente establecida en sus comunidades de origen. Los casos extremos, ya sea por la violencia e inseguridad que origina la delincuencia organizada en las regiones indígenas o por el desplazamiento de sus zonas de origen producto de la guerrilla o por la construcción de megaobras de interés público como presas, tienen como efecto que los jóvenes se emancipen en condiciones mucho más vulnerables y caóticas, puesto que es más difícil ofrecerles o que reciban algún tipo de ayuda por parte de sus redes sociales y familiares.

Muchas etnografías de etnias residentes en el medio rural coinciden en que la salida del hogar paterno en los grupos indígenas está asociada al matrimonio o a la migración. Si la causa principal es la unión conyugal, puede o no desembocar en la migración, pero, como ya se dijo, la unión conyugal que deriva del sistema familiar mesoamericano no implica necesariamente la emancipación, sino la corresidencia en la casa de los padres del varón (al menos por un tiempo). Por el contrario, cuando la emancipación resulta en una emigración del joven, las causas más referidas son la búsqueda de trabajo y los problemas familiares —por ejemplo, mujeres que huyen de sus padres porque las quieren casar a la fuerza, hombres que ya no quieren continuar con la labor agrícola familiar, etc.—. Cuando los jóvenes se emancipan y migran a las ciudades se constata una y otra vez en este tipo de literatura etnográfica que permanecen articulados con su familia y con su pueblo a través del envío de dinero. En cualquier caso, ya sea porque huyen de problemas familiares o porque migran para conseguir empleo, la decisión de la emancipación resulta más obligada que voluntaria. Por ejemplo: es común que la decisión misma de la emancipación constituya una estrategia de reproducción de la familia. En algunas etnias rurales se ha encontrado que los padres están dispuestos a aceptar que emigren sus hijas más que sus hijos varones (Oettinger, 1980; Méndez, 1985), porque el hecho de que los padres envíen a sus hijas como trabajadoras domésticas reduce sus gastos, ya que vivirían en casa del patrón, y permite que envíen más dinero a los familiares que permanecen en la comunidad (Oettinger, 1980: 242).

Por otra parte, la población indígena que nació en una ciudad es muy poco visible en los estudios etnográficos, por lo que es difícil saber de qué forma vive su emancipación así como el resto de su transición a la vida adulta.

Con base en lo anterior es posible formular la hipótesis de que los jóvenes indígenas urbanos tendrán una emancipación aún más restringida y menos voluntaria que el resto de los mexicanos y por supuesto que los europeos. En este artículo deseamos probar esta hipótesis, para lo cual intentaremos determinar que la prontitud de la salida de los indígenas de casa de sus padres no se da en función de la facilidad que encuentran para conseguir una posición socioeconómica parecida a la de su familia de origen y exploraremos las características sociodemográficas de la emancipación de los jóvenes indígenas comparativamente con los no indígenas en el contexto de la entrada a la vida adulta.

Fuente y metodología

La fuente de datos utilizada en el presente trabajo es la Encuesta Demográfica Retrospectiva (eder) de 2011, de cobertura nacional de la población residente en un área urbana de México al momento de la entrevista. Su esquema de muestreo es probabilístico, bietápico, estratificado y por conglomerados y cubre 3200 viviendas. Fue un módulo anexo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (enoe) durante el tercer trimestre de 2011. La muestra fue seleccionada en las 32 áreas urbanas y metropolitanas autorrepresentadas de la enoe, que abarcan 86% de las áreas más urbanizadas del país.

La eder es la única encuesta a nivel nacional que tiene información retrospectiva sobre la familia, el trabajo y la migración. Respecto a la información sobre la emancipación en México, existen solo la eder y la Encuesta sobre la Juventud de 2010 y, de ellas, la eder trabaja con un rango de edad más amplio, más actual y representa mejor el porcentaje de población indígena.

Una de las desventajas de la eder es que el tamaño de muestra es —como ya se dijo— relativamente pequeño: 3200 entrevistas, de las cuales el 10% pertenece a la población indígena. Sin embargo, una de sus ventajas para el estudio es que el propio informante es quien responde a dos preguntas: si pertenece a un pueblo indígena y si habla alguna lengua indígena o dialecto, característica que ni siquiera el censo de población y vivienda incluye, ya que su cuestionario es respondido por otro informante. Con esta característica, y con las dos preguntas incorporadas, se pasa del 2,8% que corresponde a la población hablante de lengua indígena a 10% que reporta al menos una de las siguientes características: a) es hablante, b) pertenece a un pueblo indígena o c) tiene origen indígena. Si el informante respondía afirmativamente al menos a una de estas tres categorías, se lo identificaba como indígena (Vázquez Sandrin, 2016). A lo largo del texto, para abreviar, nos referiremos a este grupo poblacional como indígenas.

En este artículo la emancipación se mide como el fenómeno que inicia con la primera salida de Ego de la casa del padre o madre y su duración depende de que no corresida con el padre o la madre, aun cuando pueda corresidir con algún otro pariente o con los parientes de su cónyuge.

Los datos empleados carecen de información respecto a hasta qué punto la decisión de los jóvenes de emanciparse fue voluntaria o impuesta por ciertas condiciones, por lo que esto se deduce de condiciones en las que ocurre la emancipación.

Plan de análisis

Para el trabajo descriptivo utilizamos técnicas del análisis de supervivencia, apoyándonos en indicadores de intensidad y en un calendario de la emancipación. Para analizar el calendario y la intensidad de los eventos utilizamos el método de Kaplan-Meier. El análisis de la intensidad se llevó cabo a través de la proporción de los jóvenes emancipados a los treinta años, mientras que el calendario se analizó a través de la edad mediana, indicador que se refiere a la edad a la que el 50% de la población inicial no había hecho la transición al evento que se estuviera tomando en consideración. Es una mediana en el sentido del análisis de supervivencia en el que se supone que todas las personas acabarán experimentando el evento.

Para probar la hipótesis echamos mano al calendario de la emancipación y para comparar indígenas y no indígenas se estiman los casos de movilidad social intergeneracional ascendente, descendente y horizontal de las y los indígenas y no indígenas para comparar el nivel socioeconómico de los entrevistados con el de sus padres. Es necesario aclarar que en este punto se trabajó exclusivamente con la población masculina, dado el reducido número de mujeres indígenas de la muestra que trabajaban, además de que se partió del supuesto de que, en estos contextos, aunque ambos trabajaran, la posición socioeconómica del varón es crucial para definir la posición socioeconómica de la pareja. Después comparamos y analizamos la ocurrencia de la emancipación con algunos eventos relacionados con la transición a la vida adulta, como el primer empleo, la primera unión y el primer hijo, a lo cual se agregó la trayectoria escolar y la primera migración. Estos resultados se dividen en dos grupos: en el primero se analizan por identificación étnica y en el segundo por condición migrante. La serie de curvas que figura en los resultados sobre las trayectorias de eventos presenta variaciones aleatorias por la insuficiencia de efectivos, por lo que hemos suavizado las curvas mediante un procedimiento iterativo basado en el uso de medianas móviles y de ventanas de Hann (Velleman, 1980).

Hemos analizado la historia de acontecimientos con tiempo discreto mediante una regresión logística (Allison, 2014). La variable respuesta o dependiente es binaria e indica la ocurrencia de la emancipación.

Para hacer una interpretación en términos de razones de momios, los modelos serán especificados en su forma exponencial:

Como variables independientes se han considerado, en primer lugar, la edad del sujeto, que se clasifica en cinco grupos: entre 15 y 19, entre 20 y 24, entre 25 y 29, entre 30 y 34, y 35 años y más. En lo que se refiere a la educación, se ha considerado una variable dicotómica que asume el valor de 0 mientras el sujeto no estaba emancipado y toma el valor 1 en el año en que el sujeto se emancipa. La movilidad social de la familia de origen se codifica en ascendente, horizontal o descendente. La variable identificación étnica es igual a 0 si no es indígena y a 1 si lo es. El índice de origen social (ios) integra la información sobre los antecedentes socioeconómicos familiares que proporciona la eder de 2011. Finalmente, la condición migrante se expresa como 0 si la persona no es migrante o es sedentaria y como 1 cuando el individuo es migrante.

La variable movilidad social se establece a partir del como una medida multidimensional que incluye tres dimensiones: una económica, otra de recursos educativos y otra de estatus ocupacional del jefe económico del hogar cuando Ego tenía 15 años. En este sentido, se toma como punto de referencia el del padre y de ahí se parte para determinar si este es mayor que el del entrevistado y referenciar si existe una movilidad descendente: si es igual, existe movilidad horizontal y si es menor hablamos de una movilidad ascendente.

Resultados

Calendario e intensidad de la emancipación de los jóvenes urbanos

Nuestro primer resultado prueba que la población indígena —hombres y mujeres— se emancipa más precozmente que la población no indígena, para lo cual comparamos la edad mediana a la salida de casa de los padres. En el gráfico 1 se observa que la población indígena tiene un calendario más precoz con respecto a la no indígena, es decir, la edad mediana a la emancipación de los hombres indígenas (veinte años) es cuatro años menor que para los no indígenas (24 años). Para las mujeres la situación es muy similar, ya que las indígenas se emancipan tres años antes (a los 19 años) que las no indígenas (a los 22).

Al igual que se pudo observar con la edad mediana, la proporción de los jóvenes indígenas (hombres o mujeres) que se emancipan a los treinta años de edad también es superior a la de los no indígenas (tabla 1). La proporción de hombres que se emancipan a esta edad es superior si se trata de indígenas (85,5%), incluso respecto a los hombres del estrato bajo (82,3%). Respecto a las mujeres, la proporción de mujeres indígenas es todavía superior (88,1%) a la de los hombres indígenas y a la de las mujeres de estrato bajo (82,9%). En este sentido, si la propensión a emanciparse fuera una función de la condición socioeconómica del hogar paterno, esto ubicaría a los indígenas, y sobre todo a las indígenas, en una peor situación socioeconómica incluso que la del estrato bajo. Estos resultados van en línea con lo que ya se sabía de la literatura respecto a que los hombres y mujeres tienen menor propensión de emanciparse si provienen de hogares con mayores ingresos (Pérez-Amador, 2006).

Es bien conocido que en México la mayor parte de la población indígena es rural; incluso la población que residía en ciudades en el momento de la encuesta había nacido y se había socializado en una localidad rural (se consideran como rurales aquellas menores de 15.000 habitantes). De hecho, el 59% de los hombres indígenas nació en el medio rural —contra 25% de los no indígenas— y también lo hizo 61% de las mujeres indígenas —contra 23% de las que no lo son—.

Por lo anterior, para casi todos ellos la residencia en la ciudad involucró una migración, lo cual pudo haber influido en la precocidad de la emancipación de la población indígena estudiada. Para corroborar esta influencia comparamos el calendario de la emancipación entre migrantes y sedentarios de la población en general de ambos sexos y, efectivamente, en el análisis observamos que, sin la distinción de la condición indígena, la migración está asociada a un calendario más joven de la emancipación tanto para hombres como para mujeres (gráfico 2).

Con base en estos primeros resultados, es claro que la pertenencia a un estrato social bajo y la experiencia migratoria son factores que influyen en la emancipación temprana y al mismo tiempo caracterizan a la población indígena urbana. Nos parece aceptable interpretar el bajo estrato social como un condicionante, un contexto impuesto por la estructura social, mientras que la migración interna, por el contrario, es típicamente una estrategia dirigida a la búsqueda de oportunidades laborales o educativas.

Es por esto que es necesario profundizar más adelante en cuáles son las relaciones entre la migración de la población indígena estudiada y la emancipación tanto para hombres como para mujeres. Sin embargo, antes probaremos la hipótesis que señala que los jóvenes indígenas tienen una salida del hogar familiar más obligada por las características de su entorno vital que la de los jóvenes no indígenas.

Prueba de hipótesis sobre la movilidad laboral y la emancipación de los hombres urbanos

Ya se mencionó anteriormente la hipótesis de que los jóvenes indígenas urbanos tendrán una emancipación aún más restringida y menos voluntaria que el resto de la población urbana. Para probarla, deseamos rechazar que la precocidad de la salida de casa de los padres de los indígenas dependa de la factibilidad de conseguir una posición socioeconómica parecida a la de su familia de origen, como ocurre en contextos europeos. Pero ¿por qué rechazamos este argumento? Pues porque de ello depende que la decisión de emanciparse corresponda a la voluntad del individuo, a una decisión basada en un cálculo racional entre costos y beneficios. En ello va implícito que el joven busca un bien como la autonomía y la independencia. Entonces, rechazar que esto ocurra en el caso de los indígenas no prueba que se emancipen por condiciones restrictivas y por la insuficiencia de recursos, pero al menos deja abierta esa posibilidad y establece una diferencia.

Como puede apreciarse en la tabla 2, la proporción de hombres no indígenas que a los treinta años se había emancipado y que había alcanzado o superado el nivel ocupacional de su padre, es mayor a la proporción de los que, habiendo alcanzado o superado a su padre, no se emanciparon. Es decir que en el caso de los hombres no indígenas sí se confirma que la movilidad laboral pudo haber sido un factor en la decisión de emanciparse, aunque en el caso de los indígenas varones esta relación no se confirma.

Por otro lado, como podemos apreciar en la tabla 3, la proporción de varones indígenas que tuvieron una movilidad laboral ascendente u horizontal a los treinta años y se emanciparon (76,3%) es menor que la de aquellos que no se emanciparon (80,0%). Para comprender mejor el proceso de la emancipación de los jóvenes indígenas es necesario analizarlo en el contexto del resto de las transiciones de entrada a la vida adulta.

Trayectorias de entrada a la vida adulta de los jóvenes urbanos según condición indígena

En la población estudiada podemos ver que la secuencia de las transiciones de entrada a la vida adulta (finalización de la escuela, empleo, emancipación, unión y maternidad) sigue un orden normativo tanto para indígenas como para no indígenas (gráfico 3), salvo porque la asociación temporal de estas transiciones marca diferencias entre estos grupos poblacionales.

Si nos centramos en primera instancia en las mujeres, podemos decir que la edad mediana de salida de la escuela de las no indígenas es prácticamente la misma que la de las indígenas, es decir, catorce años. A menudo, las no indígenas ingresan a su primer trabajo a una edad mediana de 19 años, mientras que las indígenas trabajan por primera vez a los 18 años. En eventos que suelen ocurrir más tarde podemos observar más diferencias entre estas dos poblaciones. Un claro ejemplo es la emancipación: mientras que ocurre alrededor de los 22 años en las mujeres no indígenas, entre las indígenas inicia una edad mediana de 19 años.

Llegados a este punto podemos decir que las transiciones siguen un orden de eventos muy parecido; sin embargo, entre las no indígenas la emancipación ocurre simultáneamente con la primera unión (22 años), la primera maternidad se considera frecuentemente como el último evento en la transición a la vida adulta, en este caso a los 23 años. Finalmente, la primera migración sucede a los 29 años (gráfico 3).

Entre las mujeres indígenas la migración suele acontecer a la misma edad mediana que la emancipación (19 años). Respecto a la primera unión, la edad mediana es a los veinte años y a los ٢١ tienen a su primer hijo (gráfico 3). Para ellas, la edad mediana a la entrada al mercado laboral es habitualmente la misma que la mediana a la emancipación, mientras que la de la entrada en unión suele ser igual a la edad mediana a la migración. Respecto a esto se pueden plantear algunas hipótesis. La primera es que la salida del hogar paterno es una estrategia familiar y que la entrada al mercado de trabajo es una necesidad tanto individual como familiar. La segunda hipótesis es pensar que la primera unión es un evento que toda mujer debe seguir para cumplir con lo que se espera de ella según las normas sociales y culturales: si no se puede lograr la neolocalidad (el casado casa quiere), entonces la opción sería cohabitar en casa de la pareja, como dicta la costumbre y, poco tiempo después, tener el primer hijo.

Asimismo, la primera migración es un fenómeno con un calendario mucho más temprano para las indígenas, lo cual puede estar relacionado con el proceso de entrada a la vida adulta de esta población. Para las mujeres no indígenas, la primera migración ocurre más tarde, frecuentemente después del primer hijo. Es decir, la migración suele ocurrir más tarde del evento que suele concluir con la transición a la vida adulta de las mujeres no indígenas.

Por su parte, los hombres no indígenas suelen terminar la escuela e ingresar a su primer trabajo a una edad mediana de 17 años. Del mismo modo, se emancipan y se unen por primera vez a una edad mediana de 24 años, a los 26 años tienen su primer hijo y la edad mediana a la primera migración es habitualmente a los treinta años. Como en el caso de las mujeres, el calendario de la emancipación frecuentemente está asociado a la mediana de la unión (gráfico 4).

Los hombres indígenas terminan sus estudios y comienzan a trabajar a una edad mediana de 16 años y suelen migran a los 18 años, se emancipan a los veinte años, se unen por primera vez a los ٢٢ años e inician la paternidad a los ٢٤ años. A diferencia de los hombres no indígenas y de las mujeres —indígenas o no indígenas—, la edad mediana a la emancipación del hombre indígena residente en el medio urbano al momento de la entrevista no está claramente asociada a la de la migración o a la de la unión.

De hecho, la edad mediana a la migración suele anticipar al calendario de la emancipación, lo cual podría suponer que en algunos casos se migre con la familia y después se dé la emancipación. Todo parece indicar que los eventos con un calendario más temprano en la transición a la vida adulta (el empleo, la migración y la emancipación) son parte de una preparación por calificarse como fuerza de trabajo para cumplir con su rol de proveedor una vez establecido el hogar propio. Durante esta preparación en la soltería, sería de esperar que esté transfiriendo parte de sus recursos económicos a su familia además de cumplir con sus obligaciones comunitarias en su pueblo de origen o de pagar por ellas.

En aras de ilustrar las difíciles condiciones laborales que enfrentan los indígenas al momento de la emancipación presentamos los tipos de ocupación que tenían al momento de su emancipación. Valga mencionar que entre los hombres indígenas la ocupación más frecuente en el mismo año en que se emanciparon era la más baja en la escala (manual no calificado), mientras que para los no indígenas fue una categoría superior (manual), y que para las mujeres indígenas también era la ocupación más baja en la escala (manual no calificado), mientras que para las no indígenas eran las no manuales (dos categorías más arriba) (tabla 4).

La trayectoria escolar está muy fuertemente asociada al sexo, tanto para indígenas como para no indígenas. La edad mediana a la finalización de la trayectoria escolar entre las mujeres tiene un calendario más temprano que el de su entrada al mundo laboral, mientras que en el caso de los hombres el calendario de la salida de la escuela es parecido al del inicio de la vida productiva.

Trayectorias de entrada a la vida adulta de los jóvenes urbanos indígenas según condición migrante

Dado que la intensidad y el calendario de la primera migración son tan distintos según condición étnica, y que es más temprano que el calendario de la emancipación, nos preguntamos a continuación si para los indígenas migrar o no migrar tiene el mismo efecto sobre la precocidad de la emancipación que encontramos al comparar indígenas y no indígenas o si, por el contrario, se trata de un rasgo propio de ser indígena urbano y la migración no haría diferencia.

Entre las mujeres sedentarias, el calendario del empleo, la emancipación, la unión y la maternidad es muy parecido, mientras que entre las mujeres migrantes la emancipación y el empleo son más tempranos y se postergan alrededor de dos años la unión y la maternidad (gráfico 5). Aun así, el tiempo mediano que transcurre entre la emancipación y la primera unión de las mujeres sedentarias es habitualmente de un año y entre las migrantes es de tres, dos años antes que los varones indígenas migrantes, lo cual coincide con una diferencia normativa de género que valoriza en la mujer la unión y el rol doméstico, mientras que el mercado de trabajo es adjudicado mayormente a los hombres.

Respecto a la edad mediana de las transiciones de entrada a la vida adulta de las mujeres indígenas encontramos que para las mujeres indígenas migrantes el primer empleo y la emancipación suelen ser a los 19 años; la primera unión es a los 22, y el primer hijo, a los 22. Para las mujeres indígenas sedentarias, el primer empleo es a los 18 años; la emancipación, a los 19; la primera unión es a los veinte, y el primer hijo, a los 21. Como se puede apreciar, en el caso de las mujeres indígenas migrantes la entrada a la vida adulta tiene un calendario más tardío comparado con el de las sedentarias, al contrario de lo que ocurre con los hombres.

En el caso de las mujeres indígenas, la edad mediana de la emancipación es la misma para las migrantes y para las sedentarias (19 años). En el caso de los hombres podemos comprobar que, aun considerando únicamente a los indígenas, la edad a la emancipación va a variar mucho cuando se separan los migrantes y sedentarios (gráfico 6).

Al centrarnos en las edades medianas de los eventos relacionados con la transición a la vida adulta de los indígenas por sexo y condición de migrantes, podemos decir que, con frecuencia, en la vida de los hombres indígenas migrantes el primer empleo ocurre a los 15 años; la emancipación, a los 17; la primera unión, a los 22, y el primer hijo, a los 23 años. En los hombres indígenas sedentarios, la edad mediana al primer empleo es a los 17 años; la emancipación, a los 22; la primera unión, a los 23, y el primer hijo, a los 25. Si se comparan estas cifras, se puede observar que entre los migrantes hombres indígenas todos los eventos ocurren antes que para los sedentarios, pero la emancipación ocurre con mucha anticipación, con una diferencia de cinco años, y a una edad muy precoz (17 años).

Si se comparan ambos sexos, se puede apreciar que en los hombres indígenas el calendario de la salida de la escuela corresponde frecuentemente al del primer empleo, mientras que para las mujeres indígenas esto no ocurre, ya que los calendarios de estos dos eventos están disociados. Entre los hombres indígenas sedentarios la edad mediana a la emancipación generalmente es muy parecida a la de la primera unión. En los hombres indígenas migrantes, el calendario de la emancipación es anterior al del empleo (gráfico 6). En ambos casos la edad mediana a la emancipación es menor a la de la primera unión; sin embargo, existe una diferencia importante en el calendario de la primera unión entre sedentarios y migrantes. Podríamos suponer que los migrantes son personas que inician la vida adulta durante la adolescencia, apenas salidos de la niñez, lejos del amparo de sus padres, en condiciones de vulnerabilidad, dada la inexperiencia propia de su edad en un mundo regido por los mayores.

Que el calendario de salida del hogar paterno sea habitualmente anterior al de la unión podría suponer que corresponde a lo normativamente establecido. En cambio, cuando la emancipación obedece a la necesidad de insertarse en el mercado de trabajo podría deberse a una constricción de la estructura social por conseguir un empleo. Como corolario a este apartado se puede afirmar que para los indígenas haber migrado o ser sedentarios establece diferencias notables entre los hombres, fundamentalmente en el sentido de que los migrantes se emancipan mucho más temprano (gráfico 7), mientras que para las mujeres no se observan diferencias relevantes.

Características sociodemográficas y de la salida del hogar familiar

En la última parte de la investigación ajustamos dos modelos logísticos de tiempo discreto por sexo (los modelos estimados para hombres y mujeres por separado siguen la misma lógica) para estimar la probabilidad de emanciparse. Los efectos de las variables independientes introducidas en el modelo se expresan en forma de odds ratio (or) y se resumen en la tabla 5. En nuestros resultados se pueden observar situaciones muy similares tanto para hombres como para mujeres. En primer lugar, observamos que el efecto de la edad no es lineal y que la mayor oportunidad de emanciparse se da conforme aumenta la edad. Es decir, tener entre veinte y 24 años aumenta cerca de tres veces la probabilidad de emanciparse para hombres o mujeres, respecto al grupo de edad de 15 a 19 años. Esto puede estar relacionado con el aumento del tiempo que la población permanece en el sistema educativo y con que finaliza sus estudios a mayor edad. Definitivamente, es por ello por lo que los or se disparan a partir de los 25 años y más.

Como era de esperarse, encontramos que el efecto relativo de la asistencia escolar indica que la posibilidad de salir del hogar familiar aumenta si el individuo está fuera del sistema educativo, por lo que se podría decir que estar estudiando sería un factor que inhibe la emancipación.

En lo que respecta a una de las variables más importantes en nuestro modelo —la movilidad social—, podemos decir que si los hijos tienen una movilidad horizontal respecto a sus padres estos presentan un or más bajo con respecto a los que tienen una movilidad ascendente, lo cual significa que la emancipación en el caso de los jóvenes urbanos en México no depende de la factibilidad de conseguir una posición socioeconómica parecida a la de su familia de origen, como sí ocurre entre la población europea. En el caso de la movilidad social horizontal o descendente, tener una movilidad horizontal reduce el or de salir de casa de los padres un 27%, mientras que la movilidad descendente la disminuye un 24%, en referencia a haber alcanzado una posición social mejor a la de los padres. Una de las variables clave en nuestro análisis es la condición indígena, pues a lo largo de la literatura queda claro que esta población tiene mayor carencia de recursos y menor acceso a los servicios de cualquier índole. En este sentido, podemos observar que la población indígena tiene una mayor propensión a emanciparse que la no indígena. El or para los hombres indígenas aumenta casi 1,3 veces en relación con los hombres no indígenas, mientras que para las mujeres indígenas esta razón aumenta hasta 1,6 veces en relación con las no indígenas. Si consideramos el índice de origen social, los hijos de los padres de clase media y alta tienen un or de emancipación inferior a la de los de hijos de padres de clase baja. Como esta es una medida resumen de los antecedentes socioeconómicos de la familia de origen, es posible pensar que los hijos de padres con una situación socioeconómica desventajosa salen de casa de sus padres de manera no voluntaria y con base en esta misma situación poco favorable para seguir con sus estudios o esperar a encontrar un empleo bien avenido.

Finalmente, ser migrante refleja un or positivo, lo que quiere decir que está relacionado con la emancipación de la población. Migrar suele estar relacionado entre los hombres con las pocas oportunidades de empleo en su localidad o ciudad de trabajo, mientras que en las mujeres, aunque cobre cada vez más fuerza migrar para insertarse en la actividad laboral, sigue teniendo sentido la movilidad en cuanto a la formación de una familia.

Conclusiones

La emancipación de los jóvenes indígenas urbanos en México, hombres y mujeres, es más precoz que la de sus pares no indígenas, aun considerando constantes la migración, el estrato social de origen, la edad, la asistencia a la escuela y la movilidad social intergeneracional.

Se rechaza la hipótesis de que los indígenas se emancipen como resultado de haber alcanzado como mínimo la misma posición socioeconómica de su familia de origen, hipótesis que no fue posible rechazar para los hombres no indígenas.

Así, para probar la hipótesis de que los jóvenes indígenas urbanos tendrán una emancipación aún más restringida y menos voluntaria que el resto de la población urbana, se compendiaron las evidencias que se mencionan a continuación.

Puede deducirse que existe constricción de la estructura social sobre la decisión libre de los individuos cuando la acción social sigue patrones sociales tradicionales y normativos, como los que se observaron en términos de las diferencias de género y en la secuencia normativa de los eventos de entrada a la vida adulta.

En lo que respecta a las primeras, los indígenas estudiados presentan roles drásticamente segmentados por género, que llevan a los hombres al mercado de trabajo y a las mujeres al mercado matrimonial, lo cual se aprecia a su vez en que los varones se encuentran asistiendo a la escuela cuando inician su primer empleo, mientras que las niñas, y sobre todo las indígenas, han abandonado la escuela años antes de iniciar el primer empleo. Para las mujeres indígenas la trayectoria de la emancipación y la migración antecede directamente a la unión, lo cual establece un principio de causalidad, mientras que para el hombre indígena la emancipación no está claramente asociada ni con la migración ni con la unión conyugal, por lo que trabaja como soltero varios años antes de fundar su propia familia.

En lo relativo a la secuencia normativa de los eventos de entrada a la vida adulta (finalización de la escuela, empleo, emancipación, unión y maternidad), si bien no es exclusiva de los indígenas, muestra la ausencia de otras secuencias más innovadoras, como la prolongación de los estudios acompañada de la emancipación o la emancipación sin unión conyugal, etcétera.

El aspecto involuntario o forzado de la decisión de abandonar el hogar de los padres para las mujeres y hombres indígenas se interpreta a partir de las malas condiciones en que este fenómeno se produce en sus vidas, que difícilmente pueden haber sido aceptadas voluntariamente. Las evidencias en este sentido consisten en que cuando se emancipan se encuentran ocupando los peores puestos en el mercado laboral; la emancipación ocurre durante la adolescencia apenas terminada la infancia, en una etapa de la vida en que el juego y la socialización son importantes para su desarrollo, y, muy a menudo, supone residir fuera de sus lugares de origen, donde los jóvenes posiblemente carezcan de las redes sociales necesarias para superar con éxito los riesgos que supone este tipo de situaciones.

El conjunto de la evidencia y su interpretación coincide con que las y los jóvenes indígenas salen «expulsados» de sus hogares paternos debido una estrategia de reproducción familiar y comunitaria, lo cual es muy diferente a emanciparse por un acto voluntario en busca de la independencia y la autonomía.

Por último, mencionamos que la migración, un aspecto poco estudiado en relación con este fenómeno, es una poderosa variable predictiva de la emancipación y adelanta el calendario de dicho fenómeno, tanto en hombres como en mujeres, indígenas y no indígenas. En el caso de los indígenas estudiados, la mayoría migró del campo a la ciudad, donde fueron entrevistados. Las mujeres indígenas migran a una edad mediana más joven que la de la emancipación, mientras que el calendario de migración de los hombres indígenas es más tardío al visto para su emancipación, lo cual podría implicar que hayan migrado con sus familias.

Referencias

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