Resumen

HOLA

En este artículo se analizan los determinantes de la participación económica de mujeres casadas de origen mexicano, sudamericano, dominicano, y de las nativas blancas no hispanas y afroestadounidenses en los Estados Unidos. Se emplea información de la Encuesta de la Comunidad Americana acs-2008 para describir las características de dicha participación y, a través de un modelo probit, se establecen algunos factores que la determinan. El artículo, además de la introducción y de las conclusiones, está estructurado en cuatro apartados: en el primero se presentan antecedentes de la inserción laboral de las inmigrantes latinoamericanas y caribeñas en los Estados Unidos; en el segundo se analizan algunas explicaciones teóricas sobre la participación de las mujeres en general y de las inmigrantes en particular; en el tercero se observan características socioeconómicas de la población estudiada; y en el cuarto se analizan factores asociados a la participación económica de las mujeres casadas o unidas.

Introducción

La inmigración femenina latinoamericana es un fenómeno que viene en aumento en los Estados Unidos desde los años setenta. De acuerdo con los datos censales de este país, desde 1980 y hasta 2000 esta población pasó de 2,2 a 7,7 millones, lo que, entre 1980-1990 y 1990-2000, implicó, respectivamente, tasas de crecimiento anual de 6.2 y 6.3%. Estos valores fueron ligeramente inferiores a las tasas de crecimiento observadas en el total de inmigrantes de la región: 6.7 y 6.4% en cada período. Además, es preciso mencionar que en 1970 y 1980 las mujeres constituyeron mayoría entre el stock de inmigrantes de la región. Los índices de masculinidad en estos años fueron respectivamente de 90.3 y 97.0. Incluso, en el caso mexicano, tradicionalmente considerado como una inmigración constituida sobre todo por varones, el índice para el año 1970 fue de 98.4, aunque se debe señalar que este índice por debajo de la unidad puede estar asociado a la alta circularidad que en tiempos pasados caracterizó a la migración mexicana masculina hacia los Estados Unidos.

Es importante agregar que, en este país, las latinoamericanas y caribeñas se caracterizan por ser jóvenes, con niveles de escolaridad similares o superiores a los de los hombres, y por su relevante participación en el mercado de trabajo, aunque se observan diferencias de acuerdo con el lugar de origen. En una investigación precedente, Caicedo (2008) observó la participación económica de estas mujeres en los años 1980, 1990 y 2000 y encontró que las mexicanas presentaron las más bajas tasas de actividad económica y las jamaiquinas y haitianas las más altas. La autora también señaló que en estos años las mujeres de la región presentaron tasas de desempleo significativamente superiores a las de sus homólogos hombres y a las del total de mujeres de los Estados Unidos. La participación económica de las inmigrantes, si bien en muchos casos es inferior a la registrada entre la población nativa, es significativamente superior a la observada en el conjunto de mujeres de la región en sus países de origen.

Existen otros trabajos que, al estudiar el comportamiento laboral de las mujeres casadas hispanas, encontraron importantes diferencias en relación con las casadas nativas (Tienda y Glass, 1985; Stier y Tienda, 1992). Otras investigaciones han observado, además, las diferencias salariales entre mujeres y hombres –tanto de la región como nativos– y ubican a las primeras en peor situación (Caicedo, 2008; Gammage y Schmitt, 2004; England, García-Beaulieu y Ross, 2004). Si bien sabemos que la condición de actividad de las mujeres de la región varía según el país de origen (Caicedo, 2008), es necesario profundizar en la raíz de esas diferencias. Por tanto, en este artículo se pretende establecer factores asociados a la participación laboral de las mujeres casadas –o unidas– latinoamericanas y caribeñas de acuerdo con el país de procedencia. Se parte de la hipótesis de que las características de capital humano explican parcialmente dicha participación y de que el peso de las mismas en la decisión de trabajar varía en función del país de origen; en las mujeres nativas blancas no hispanas gravitan en mayor medida que en las inmigrantes.

Para cumplir con el objetivo propuesto, se describen las características de esa participación y, a través de un modelo probit, se establecen algunos factores asociados a la misma. En la investigación se emplea información de la Encuesta de la Comunidad Americana ACS-2008. El artículo, además de la introducción y de las conclusiones, está estructurado en cuatro apartados: en el primero se presentan antecedentes de la inserción laboral de las inmigrantes latinoamericanas y caribeñas en los Estados Unidos; en el segundo se analizan algunas explicaciones teóricas sobre la participación de las mujeres en general y de las inmigrantes en particular; en el tercero se observan características socioeconómicas de la población estudiada; y en el cuarto se analizan factores asociados a la participación económica de las mujeres casadas o unidas.

Antecedentes de la inserción laboral de las inmigrantes en los Estados Unidos

Como ha sido ampliamente documentado, a lo largo del siglo pasado y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, la participación laboral de las mujeres en los Estados Unidos registró un aumento sin precedentes que, sin dudas, estuvo ligado, entre otros factores, al incremento de la escolaridad de la mujer, al retraso de la maternidad, a la disminución del número de hijos y a la mayor experiencia en el trabajo extradoméstico.

Este aumento fue especialmente importante en el caso específico de las casadas (Hakim, 1995). De acuerdo con Roberts (2003), en 1900 solamente el 5.6% de las mujeres casadas de este país se encontraba en el mercado de trabajo. Pero, a lo largo de los años, el incremento en la tasa de participación de las mismas fue notorio: 44.0% en 1964, 56.0% en 1969, 68.0% en 1979, 72% en 1989 y 71% en 2004 (Kolesnikova, 2007:2). Macunovich (2010) agrega que las mujeres casadas con hijos también aumentaron su inclusión en el mercado de trabajo: pasaron del 39.7% (en 1970) al 66.3% en 1990. En el año 2000 la tasa fue de 70.6 y para el año 2007 se redujo a 69.3 por ciento.

Leibowitz y Klerman (1995) constataron que entre 1971 y 1990 no solo se registró un aumento en la participación de mujeres casadas en el mercado de trabajo sino un incremento significativo de madres con hijos menores de 6 años; y encontraron que el 45% de este incremento se explicaba por las características demográficas y familiares de esas madres –como edad, educación y número de hijos– y por las oportunidades de ingresos de hombres y mujeres.

Kolesnikova (2007) analiza la participación laboral de las nativas blancas no hispanas en distintas ciudades de los Estados Unidos con información censal de los años 1980, 1990 y 2000, y concluye que hay diferencias significativas de acuerdo con la ubicación geográfica de las mujeres, diferencias que no se explican por las distintas distribuciones de edad o de escolaridad, ni por la presencia de hijos o por los ingresos del compañero. La autora señala que, si bien la participación laboral de las mujeres está ligada, entre otros factores, a las oportunidades de empleo que los mercados locales ofrecen, el tiempo invertido en transportarse al sitio de trabajo juega un papel central en la decisión de ingresar o no a ese mercado: las tasas de participación de las casadas se correlacionan negativamente con largos tiempos de traslado hasta el lugar de trabajo.

Numerosos estudios dan cuenta de la diversa inclusión de las mujeres en el mercado laboral de los Estados Unidos según raza y país de origen (Tienda, Donato y Cordero- Guzmán, 1992). Reimers (1985) argumenta que las diferencias en las tasas de participación económica de las mujeres casadas así como en las tasas de jefatura femeninas están relacionadas, entre otros aspectos, con las distintas percepciones que tienen los grupos étnicos sobre el papel del hombre y de la mujer en el hogar, sobre el cuidado de los niños y sobre la educación y el trabajo extradoméstico de las mujeres. Según la autora, el mayor grado de incorporación de las afroestadounidenses al mercado de trabajo se ha explicado por la mayor “inestabilidad” conyugal, por la existencia de familias extensas, por el alto desempleo y los bajos ingresos de los esposos, pero se ha ignorado que el comportamiento laboral de estas mujeres está ligado a la experiencia histórica de los africanos en América, por lo que es difícil explicarlo exclusivamente a partir de situaciones actuales.

Sorpresivamente, Reimers (1985) encontró que las mujeres hispanas casadas, con escolaridad, niveles de inglés y tamaños de familias similares a los de las anglosajonas, participan en mayor medida en el mercado de trabajo. Sus hallazgos le permitieron concluir que la influencia de la cultura hispana en las casadas se observa en otros aspectos de sus vidas –como en la fecundidad, los niveles de escolaridad y el dominio del idioma inglés– más que en su comportamiento laboral.

Desde finales del siglo XIX y mediados del XX, las mujeres afroestadounidenses registraron tasas de participación económica superiores a las de las nativas blancas. En 1980 las tasas fueron similares (47,0%) y significativamente superiores a las de otras mujeres, como las mexicanas (44,0%) (England, García-Beaulieu y Ross, 2004). Pero, de acuerdo con Browne (1997), a finales de los años ochenta esta tendencia cambió radicalmente: las tasas de las mujeres blancas fueron superiores a las de las afroestadounidenses. Sin embargo, cuando se observa la participación económica de las nativas según estado conyugal, las diferencias se invierten: las afroestadounidenses casadas o unidas registran tasas significativamente superiores a las de las mujeres blancas. La fuerte presencia de las afrodescendientes en el mercado de trabajo, además de otros aspectos ya mencionados, se ha asociado a la necesidad de generar ingresos para el sostenimiento de sus familias (Browne, 1997).

Las inmigrantes latinoamericanas y caribeñas también han tenido importante participación en el mercado laboral estadounidense. Si bien esta, generalmente, ha sido inferior a las de las mujeres nativas, ha mostrado una tendencia creciente a lo largo de las últimas décadas –con diferencias específicas según el país de origen–. Stier y Tienda (1992) mostraron que entre las inmigrantes hispanas esa participación se incrementó en 13% entre 1960 y 1980. En este último año, las mujeres de origen hispano nacidas en los Estados Unidos participaron en el mercado laboral en mayor medida que sus homólogas extranjeras (54% y 51%, respectivamente). De acuerdo con las autoras, en el mismo año las mujeres casadas tuvieron menor propensión a trabajar que sus contrapartes solteras o que las casadas con el esposo ausente.

Es importante señalar que el proceso de reestructuración económica y de los mercados de trabajo en los Estados Unidos ha jugado un papel central en el incremento general de la participación económica de las mujeres y en la creciente incorporación laboral de las inmigrantes, particularmente de América Latina y el Caribe. Aunque es sabido que dicho proceso ha elevado el desempleo en determinadas áreas de la economía, como la industria, y ha contribuido a la disminución de la calidad del empleo, también ha favorecido la mayor presencia de las mujeres en el sector de servicios (Steiger y Wardell, 1995). Clara evidencia de ello es la creciente demanda de inmigrantes para realizar trabajos específicos de este sector. Según información de la muestra del 1% del censo de los Estados Unidos, en 1970 –cuando se iniciaba el proceso de reestructuración económica–, la tasa de participación de las mujeres fue de 37.6%; en el año 2000 –ya avanzado dicho proceso–, la tasa de actividad económica para el conjunto de mujeres ascendió a 57.4%, destacándose especialmente su inserción en el sector de servicios.

Tienda, Donato y Cordero-Guzmán (1992), en un análisis sobre la participación económica de mujeres de algunos grupos hispanos, encuentran que en 1950 las tasas de las puertorriqueñas eran las más altas (38.9%), solo superadas por las japonesas (44.6%), y que a partir de 1970 se empieza a registrar un declive en estas tasas. Según las autoras, esta baja estuvo asociada a dos factores: primero, a la escasez de empleos –generada por el proceso de reestructuración económica– en ramas como la industria manufacturera, que aglutinaba a una cantidad importante de trabajadoras con baja calificación; segundo, a la gran afluencia de otros grupos de mujeres inmigrantes, como las mexicanas, dominicanas y colombianas, que en su mayoría competían por los mismos trabajos en puestos ubicados en la base de la escala ocupacional.

Stier y Tienda (1992), en su análisis sobre participación económica de las mujeres casadas de origen hispano en los Estados Unidos –con datos del Censo de Población y Vivienda de 1980–, encontraron que las inmigrantes contribuyen al sostenimiento de sus familias con su incorporación al mercado de trabajo, pero que hay diferencias según el país de origen: las mexicanas y puertorriqueñas presentaron tasas inferiores no solo a las de las nativas blancas sino a las del resto de inmigrantes hispanas. Las autoras señalan que las características de capital humano constituyen un determinante de la participación laboral de las hispanas que resulta especialmente influyente en el caso de las mexicanas. También England, García-Beaulieu y Ross (2004) y Schoeni (1998), entre otros autores, analizaron la participación laboral de mujeres inmigrantes y destacan que quienes tienen mayor escolaridad, dominio del inglés y mayor antigüedad en los Estados Unidos tienden a participar más en el trabajo remunerado.

Ghazal y Cohen (2007), en su análisis de la participación en el empleo de 12 grupos étnicos, encontraron que las variables de capital humano así como el lugar de origen de las mujeres son importantes para explicar las brechas entre inmigrantes y nativas, pero que estos factores pesan más al momento de explicar las diferencias entre nativas blancas e hispanas que entre estas últimas y otros grupos de inmigrantes como las asiáticas.

Explicaciones de la inserción laboral femenina

Distintos autores coinciden en que las transformaciones que han sufrido la economía y el mercado estadounidense han tenido un impacto significativo en el comportamiento laboral de las mujeres. Browne (1997) señala tres teorías que podrían explicar las diferencias entre la participación económica de las afroestadounidenses y la de las nativas blancas. La primera es la teoría del capital humano. Esta plantea que la decisión de integrarse al mercado de trabajo depende de la formación de los individuos: quienes cuentan con mayor capital humano –escolaridad, experiencia laboral, etc.– participan más. En tal sentido, en lo que respecta a las mujeres nativas, se ha señalado que las blancas tienen mayores tasas de participación que las afroestadounidenses porque cuentan con mayores niveles de capital humano. Y también se ha explicado la menor participación de algunos grupos de inmigrantes en relación con las mujeres nativas por las diferencias de capital humano –a las que se suman la escasa permanencia en el contexto de recepción y la alta fertilidad que ha caracterizado a algunas inmigrantes (England, García-Beaulieu y Ross, 2004).

Son muchas las investigaciones que muestran que la educación es fundamental en la participación de los individuos en el mercado de trabajo (Becker, 1977; Mincer, 1974; Mincer y Polach, 1978). En el caso particular de los inmigrantes, algunos estudios han encontrado que entre los hispanos la educación y el dominio del idioma inglés tienen mayor efecto en la inserción laboral de las mujeres que en la de los hombres (Stier y Tienda, 1992). Pero, es importante destacar, como señalan García y de Oliveira (1994), que, si bien, la educación tiene un impacto positivo, no todas las mujeres de los distintos sectores sociales tienen iguales oportunidades de recibir educación para insertarse laboralmente; y, además, la necesidad de generar los ingresos monetarios necesarios para solventar los gastos del hogar empuja a muchas a entrar al mercado de trabajo, independientemente de la escolaridad con que cuenten (véase también Parrado y Flippen, 2005). Estos aspectos podrían explicar las altas tasas de participación económica de algunos grupos de inmigrantes como las dominicanas y las afroestadounidenses. Por ejemplo, estas últimas y las mexicanas presentan altos porcentajes de mujeres con hijos y sin cónyuge que se ven obligadas a insertarse en el mercado sin importar su grado de escolaridad.

La segunda aproximación teórica se relaciona con los efectos de la reestructuración industrial en el empleo. De acuerdo con Browne (1997), este proceso produjo la desaparición de cierto tipo de empleos concentrados en grandes áreas urbanas donde residían más mujeres afroestadounidenses que blancas, limitando las oportunidades de trabajo para las primeras. A esto se suma la creciente concentración de inmigrantes que, en muchos casos, compiten por los trabajos de las afroestadounidenses.

También se ha señalado, en el caso de las mujeres casadas, que la transformación productiva elevó las tasas de desempleo de los esposos (en regiones específicas), lo que impulsó a muchas a ingresar al mercado. Sin embargo, no es este el único factor determinante de la participación laboral de las mujeres casadas o unidas, pues en los Estados Unidos se han producido cambios importantes en la cooperación económica del hogar que podrían tener implicaciones en una amplia gama de decisiones dentro del mismo, entre ellas la del ingreso de la mujer al mercado de trabajo (Moehling, 2001): la participación de las casadas se incrementa cuando el esposo se encuentra desempleado, primero, porque se reducen los ingresos percibidos por el hogar y, segundo, porque la mayor cantidad de tiempo libre del esposo le permite participar en actividades domésticas antes realizadas solo por la mujer quien, de esta forma, puede contar con mayor tiempo para trabajar (Maloney, 1987).

La tercera teoría es la de “subclase”. Esta se apoya en el enfoque de “imbricación social” para argumentar que la baja participación de las mujeres afroestadounidenses en el mercado de trabajo responde a un proceso más amplio de desarticulación, en el que los enlaces con las instituciones convencionales se rompieron para los afroestadounidenses ubicados en la base de la escala de ingresos (Browne, 1997). De acuerdo con la autora, este aspecto no solamente contribuye a su menor participación laboral sino que también los desconecta de instituciones como el matrimonio y la educación.

También Wilson (1991) señala que la discriminación histórica y la migración de minorías jóvenes hacia las grandes metrópolis debilitó las conexiones entre la población afroestadounidense. Esas conexiones se tornaron particularmente débiles desde 1970, con la reorganización productiva y geográfica de la economía. La relocalización de la industria manufacturera fuera de las ciudades centrales, el cambio a una economía de servicios, el aumento de la polarización de la fuerza de trabajo en sectores de altos ingresos y sectores de bajos ingresos, la innovación tecnológica y los períodos de recesión económica han incrementado, entre la población afroestadounidense, tanto la inactividad económica como el desempleo, a pesar de la existencia de una legislación antidiscriminatoria y de la creación de programas de acción afirmativa. El crecimiento de la inactividad y del desempleo contribuyó a la mayor segregación de gente pobre, al aumento de familias monoparentales y al incremento de la dependencia del wellfare.

Además de estas teorías, la inserción de las mujeres en el mercado laboral estadounidense también se ha explicado por su situación conyugal: las casadas presentan menores tasas de participación económica que las solteras. Asimismo, se encontraron diferencias por raza y lugar de origen (Stier y Tienda, 1992). Desde la economía se ha demostrado que la inserción laboral de las mujeres unidas guarda una estrecha relación con el estatus laboral de su compañero –ya se mencionó que el desempleo del cónyuge alienta la inclusión de las esposas en el mercado de trabajo–. Sin embargo, vale la pena enfatizar que los determinantes han cambiado sustancialmente a lo largo del siglo XX y que, en la actualidad, la participación laboral de las mujeres unidas no responde exclusivamente a la situación de empleo del cónyuge (Moelhling, 2001). Los bajos salarios del mercado obligan cada vez a más miembros del hogar a vincularse al trabajo remunerado, circunstancia que, también en parte, explica la gran inserción de mujeres de distintos estratos socioeconómicos en el mercado. En los Estados Unidos, mientras que en el caso concreto de las latinoamericanas y las caribeñas tanto la presencia como el ingreso del esposo determinan su participación económica, esto no se observa en el caso de las afroestadounidenses (Tienda y Glass, 1985).

Existe abundante bibliografía (García y de Oliveira, 1994) que demuestra que, entre las mujeres latinoamericanas, en sus países de origen se da una menor participación laboral de las casadas en comparación con las no unidas o nunca unidas. De acuerdo con las autoras, los factores que explican estas diferencias son las mayores responsabilidades domésticas de las mujeres casadas y los obstáculos para ser contratadas debido precisamente a la presencia de compromisos familiares. Además, agregan que, tal como se ha observado en los países desarrollados, en México y otros países de la región se ha registrado un incremento en la participación laboral de las mujeres unidas.

Según diversos estudios, la presencia de hijos menores en el hogar es uno de los factores que, en la actualidad, reducen la probabilidad de que una mujer ingrese al mercado de trabajo, aunque dicha reducción es significativamente inferior a la observada en décadas anteriores (England, García-Beaulieu y Ross, 2004). García y Oliveira (1994) señalan que esta relación no siempre es negativa y que existen diferencias significativas de acuerdo con el sector social. Las autoras compararon la propensión a trabajar de las mujeres mexicanas en períodos de auge y en períodos de recesión económica (1982 y 1987) y encontraron que, en ambos períodos, las mujeres de sectores rurales con hijos chicos presentaron igual probabilidad que las mujeres sin hijos, mientras que en sectores no agrícolas (medios y de trabajadores manuales no asalariados) dicha probabilidad se incrementó y, en el caso de las trabajadoras manuales asalariadas, ocurrió lo contrario.

La estructura familiar es otro de los aspectos que incide en la participación laboral de las mujeres. Se ha señalado que la presencia de hijos y de adultos corresidentes determina la cantidad de tiempo que las mujeres pueden invertir en el trabajo doméstico y extradoméstico. La presencia de otros adultos en el hogar puede alentar la participación de las mujeres casadas y con hijos pequeños, pues les permite liberarse de tiempo en trabajo doméstico que puede ser invertido en el mercado laboral. Aunque esta situación ha estado presente en los Estados Unidos, se han identificado diferencias de acuerdo con la raza y con el lugar de origen de las mujeres que viven en hogares extendidos: asiáticas, dominicanas y puertorriqueñas tienen mayor propensión a trabajar que mujeres de otros hogares (Rosenbaum y Gilbertson, 1995).

Características demográficas y socioeconómicas de las mujeres

En este apartado se analizan las características demográficas y socioeconómicas de la población estudiada. En el análisis se incluye a las inmigrantes de origen mexicano, sudamericano y dominicano y a las nativas blancas no hispanas y afroestadounidenses. Se considera a las mexicanas por su importancia numérica y porque históricamente han tenido un comportamiento laboral muy diferente al observado entre las demás inmigrantes de la región en los Estados Unidos. Las dominicanas se incluyen porque, además de tratarse de una inmigración de predominio femenino, se han caracterizado por tener altas tasas de participación. Y se incluye a las sudamericanas por ser una inmigración de reciente crecimiento; en este grupo se reúne a colombianas, ecuatorianas y peruanas porque proceden de países con características socioeconómicas similares y porque su inmigración aumentó considerablemente en las últimas cuatro décadas. En trabajos anteriores (Caicedo, 2008), se han establecido diferencias en la participación económica entre estos grupos, pero no se han estudiado los factores que las explican.

Se seleccionó a la población entre los 18 y 54 años debido a que en estas edades hay mayor presencia de hijos menores y, como se señaló, este es un determinante central de participación económica de las mujeres. Después de los 54 años se reduce significativamente el número de mujeres con hijos menores de 18 años. Además, la mayor presencia de algunos grupos de mujeres por encima de los 54 años dificulta las comparaciones.

En el Cuadro 1 se presentan los tamaños de población y muestras para cada uno de los grupos analizados y se detallan las respectivas características demográficas, socioeconómicas y familiares de las mujeres, según lugar de origen. Se observan diferencias en la edades: los valores medios más altos se presentan entre las mujeres nativas (41 años) y el valor más bajo en las mexicanas (37 años). En relación con la escolaridad, se presentan cuatro categorías: sin escolaridad, hasta preparatoria incompleta, preparatoria completa y superior a la preparatoria –la preparatoria es el equivalente a los estudios de High School en los Estados Unidos–. Las mexicanas son las que presentan los niveles más bajos. El 4.7% no cuenta con ningún grado de educación formal y solamente el 20% tiene estudios superiores al nivel de preparatoria, mientras que en esta última categoría se ubican el 46.7% de las dominicanas, el 64.8% de las sudamericanas, el 66.9% de las afroestadounidenses y el 71.4% de las nativas blancas no hispanas.

Cuadro 1. Características seleccionadas de mujeres casadas entre 18-54 años, según lugar de origen. Estados Unidos. Año 2008

Es sabido que en los Estados Unidos hablar y escribir fluidamente el idioma inglés potencia la participación laboral de las mujeres (Schoeni, 1998). Llamativamente, el 58.3% de las mexicanas no habla o no habla bien el idioma inglés y las dominicanas también presentan un porcentaje alto en esta categoría (39.4%); esto resulta sorprendente porque ambos grupos son inmigraciones con amplia antigüedad en la Unión Americana. En el caso de las sudamericanas, solamente el 27.2% no habla o tiene limitaciones con el dominio del inglés.

En relación con el estatus migratorio, se puede observar que el porcentaje de mexicanas que no cuenta con la condición de ciudadanas es bastante superior a los porcentajes observados entre los otros grupos de inmigrantes (73.9%). Las dominicanas presentan el porcentaje más bajo en esta categoría (42.9). Se ha discutido ampliamente (Schoeni, 1998) en torno al arribo reciente como uno de los factores que dificulta la inserción laboral de las mujeres en los Estados Unidos. La mayor parte de las inmigrantes que observamos lleva viviendo en el país 10 o más años. Las sudamericanas presentan el porcentaje más alto de personas con menos de 10 años de vivir en dicho país (42.4). Sin embargo, sus tasas de participación son superiores a las de otros grupos de latinoamericanas.

Como se mencionó, la presencia de hijos menores es uno de los determinantes de la participación laboral femenina (García y de Oliveira, 1994), tanto en nativas como en inmigrantes (Parrado y Flippen, 2005). Los mayores porcentajes de mujeres con hijos menores de 18 años se dan entre las mexicanas (60.1) y las dominicanas (52.7). El menor porcentaje se observa en las afroestadounidenses (46.8). La misma situación se observa cuando se analiza a las mujeres con hijos menores de 5 años: el 33.9% de las mexicanas tiene hijos en estas edades, mientras que las afroestadounidenses y las nativas blancas no hispanas presentan los porcentajes más bajos (18.4 y 21.9%, respectivamente), seguidas por las dominicanas y las sudamericanas (22.8 y 24.8%, respectivamente).

Entre las características económicas de las mujeres unidas, se observan la condición de actividad y los ingresos de los esposos. Se puede constatar que la menor tasa de desempleo se presenta en el caso de los esposos de las nativas blancas no hispanas (2.5%), mientras que los de las dominicanas y los de las afroestadounidenses presentan las tasas más altas (6.0 y 5.0%, respectivamente). En cuanto al salario anual de los esposos, en el Cuadro 1 se constatan grandes diferencias: mientras que los esposos de nativas blancas no hispanas perciben un salario medio anual de 66,101 dólares, el resto percibe menos de 45,000 dólares anuales. Los casos más llamativos son los esposos de mexicanas, que no llegan a la mitad de lo que ganan los primeros (31,808 dólares), y los de las dominicanas, que perciben 38,312 anuales en promedio.

Distintos autores (Sassen, 1993 y 1999; Portes, 2001) han señalado la estrecha relación que existe entre el auge de ciudades globales y la concentración de inmigrantes en grandes áreas metropolitanas. Los datos de la ACS-2008 confirman esta tendencia. La gran mayoría de las inmigrantes vive en grandes áreas metropolitanas; en este sentido, se destacan principalmente los casos de las dominicanas y de las sudamericanas (97.4 y 95.1%, respectivamente). Las nativas blancas no hispanas registran el porcentaje más bajo en esta categoría (66.5). Sin duda, la gran concentración de mujeres inmigrantes en las áreas metropolitanas de los Estados Unidos está ligada a las oportunidades de empleo que allí se ofrecen, especialmente relacionadas con el sector de servicios.

Tasas de participación económica

En el Cuadro 2 se presentan las tasas de participación económica de mujeres según el lugar de origen y características seleccionadas. Los datos revelan que, en términos generales, las afroestadounidenses y las nativas blancas no hispanas presentan las más altas (81.8% y 76.4%, respectivamente) y las mexicanas la más baja (52.8%). Esta tendencia se modifica sustantivamente al analizarlas de acuerdo con las características seleccionadas. Es llamativo que, cuando se trata de mujeres casadas, las afroestadounidenses registran tasas de participación superiores a las nativas blancas no hispanas.

Cuadro 2. Tasas de participación económica de mujeres casadas entre 18-54 años, según características seleccionadas. Estados Unidos. Año 2008

En todos los casos, esas tasas son superiores en las mujeres con mayor escolaridad. En el nivel de estudios superiores a la preparatoria, la mayor tasa se observa en las afroestadounidenses (83.6%) y la más baja en las mexicanas (65.3%). Entre las inmigrantes, se constata que quienes hablan bien o muy bien el inglés tienen mayores tasas de participación que las mujeres sin dominio adecuado del idioma. Entre las inmigrantes con alto dominio del inglés, las dominicanas presentan la tasa más alta (77.5%) y las mexicanas (62.0%) la más baja. Las inmigrantes con ciudadanía tienen tasas superiores a las de mujeres sin ciudadanía. Entre aquellas que se encuentran en condición de ciudadanas, las sudamericanas (77.0%) registran la tasa de participación más alta y las mexicanas la más baja (68.1%). Para las mexicanas sin ciudadanía esa tasa es de 46.4%, muy por debajo de la registrada entre los grupos de mujeres en esta categoría.

La información sobre años de permanencia en los Estados Unidos coincide con los resultados de otras investigaciones (England, García-Beaulieu y Ross, 2004): quienes hace 10 o más años que viven en los Estados Unidos presentan mayores tasas de participación. Pero también se registran diferencias de acuerdo con el lugar de origen: las sudamericanas y las dominicanas cuentan con tasas sustancialmente superiores (75.7 y 74.8%, respectivamente) a las de las mexicanas (56.2%). También para las mexicanas con menos de 10 años de permanencia en los Estados Unidos la tasa de participación (41.7%) es mucho menor a la observada entre las demás inmigrantes. En todos los casos, excepto en el de las afroestadounidenses, las tasas de participación de las mujeres con hijos menores de 18 años son inferiores a las de las mujeres que no tienen hijos en estas edades. Las afroestadounidenses con hijos menores de 18 años presentan una tasa de participación de 83.0%, mientras que la de las mujeres sin hijos en estas edades es de 80.3%. Las tasas de todas las mujeres con hijos menores de 5 años son inferiores a las de las mujeres sin hijos en estas edades. También en este caso se destacan las afroestadounidenses: la tasa para las mujeres de este grupo con hijos menores de 5 años es de 78.3% y para las que no los tienen es de 82.1%. Las mexicanas tienen la tasa más baja: para las mujeres con hijos menores de cinco años es del 38.7% y para las mujeres sin hijos en estas edades es del 58.5%. La mayor participación de las mujeres afroestadounidenses podría estar asociada al alto desempleo que afecta sus compañeros.

Estos aspectos merecen ser investigados con mayor profundidad y empleando otro tipo de análisis, puesto que sistemáticamente las mujeres se ubican en las más bajas tasas de participación, independientemente de las variables controladas. Las dominicanas, a pesar de compartir algunas características socioeconómicas con las mexicanas, presentan un comportamiento laboral muy diferente. Es probable que los patrones culturales que prevalecen en cada contexto de origen –donde posiblemente fueron socializadas la mayoría de estas mujeres– sean el factor que esté influyendo con mayor fuerza en dicho comportamiento laboral. En su país, las mujeres dominicanas tradicionalmente han participado en el trabajo remunerado y en la jefatura de los hogares. En 2002, por ejemplo, el 35.3% de los jefes de hogares dominicanos eran mujeres. Esta jefatura se ha explicado, en parte, por las rupturas conyugales que llevan a que muchas mujeres queden al frente del sostenimiento del hogar (ONE, 2007). Habría que establecer el peso de este factor en la participación de las inmigrantes en los Estados Unidos. Por otra parte, en relación con las tasas de participación económica según ubicación espacial, se puede observar que las de las mujeres concentradas en grandes áreas metropolitanas son superiores a las de las mujeres que no viven en estas áreas, excepto en el caso de las dominicanas.

Determinantes de la actual participación económica de las mujeres casadas

En el Cuadro 3 se presentan los resultados –efectos marginales– de los modelos probit de participación económica de mujeres casadas o unidas entre 18-54 años de edad, según lugar de origen. En el modelo se incluyó la participación laboral femenina como variable dependiente con las categorías “no participa” y “participa”. Se introdujeron variables que tradicionalmente han explicado dicha participación: de capital humano, características familiares y características económicas (Cuadro 1).

Cuadro 3. Efectos marginales de los modelos probit de participación laboral de mujeres unidas por lugar de origen. Estados Unidos. Año 2008

En el grupo de variables de capital humano se incluyeron la edad –como variable continua– y la escolaridad como variable dummy con tres categorías: “sin escolaridad o hasta preparatoria incompleta”, “preparatoria completa –con diploma–” y “estudios superiores al nivel de preparatoria”; además, en el caso de las mujeres inmigrantes se introdujeron las variables “dominio del idioma inglés” –con dos categorías: “lo habla bien o muy bien” y “no habla o no lo habla bien”– y la variable “tiempo de vivir en los Estados Unidos” –con las categorías: “10 o más años” y “entre 0 y 9 años de vivir en los Estados Unidos”–.

Estas variables también se introdujeron como dummys. No se incluyó la variable “ciudanía” porque se correlacionaba fuertemente con algunas de las variables de este grupo.

Se introdujeron también las variables –dummys– edades de los hijos: hijos menores de 5 años de edad –con las categorías “no tiene hijos en estas edades” y “tiene hijos en estas edades”– y edad del hijo mayor –con las categorías de “18 y más” y “menor de 18 años”–.

Entre las características económicas se incluyeron: la situación laboral del cónyuge –con las categorías “empleado” y “desempleado”– y los ingresos anuales –como variable continua–. Finalmente, como información geográfica se introdujo la variable “información geográfica” con dos categorías: “no vive en un área metropolitana” y “vive en un área metropolitana”. En todas las variables dummy la primera categoría se utilizó como referencia.

En todos los modelos, además de introducir la edad como variable explicativa de la participación femenina, se elevó al cuadrado para comprobar la relación no lineal que existe entre esta y la variable dependiente. En casi todos los casos la relación fue estadísticamente significativa.

La escolaridad resultó significativa para las nativas blancas no hispanas, las afroestadounidenses y las mexicanas. Para una nativa blanca no hispana con estudios de preparatoria, la propensión a insertarse al mercado se incrementa en 11.3 puntos porcentuales en relación con las mujeres que cuentan con estudios inferiores a este nivel; y para las mujeres con estudios superiores al nivel de preparatoria la probabilidad de insertarse al mercado se incrementa en 20.6 puntos porcentuales, en relación con la categoría de referencia. En el caso de las afroestadounidenses, dicha probabilidad se incrementa en 5 puntos porcentuales cuando las mujeres tienen estudios de preparatoria completa y en 12.2 cuando se trata de mujeres con nivel de educación superior a la preparatoria. En el caso de las mexicanas, los incrementos porcentuales son 2.6 y 8.5% en cada categoría, en relación con la categoría de referencia. Esto confirma que esta variable de capital humano tiene un efecto diferencial en la participación de las mujeres unidas de acuerdo con el lugar de origen.

Entre las inmigrantes, otras variables como “dominio del idioma inglés” y “años de vivir en los Estados Unidos” tienen mayor significancia en la participación laboral. Para las mexicanas el no hablar inglés o no hablarlo bien reduce en 8.6 puntos porcentuales la propensión a participar en el mercado de trabajo en relación con las mujeres que hablan bien o muy bien. En el caso de las sudamericanas, la reducción es de 11.4 puntos porcentuales y en el de las dominicanas de 11.1. Esto indica que para estos grupos de inmigrantes el inglés tiene mayor peso en la decisión de participar en el mercado.

Los años de permanencia en los Estados Unidos también tienen un efecto significativo, con claras diferencias según el lugar de origen. Para las inmigrantes sudamericanas con menos de 10 años de vivir en el país, la probabilidad de insertarse en el mercado disminuye en 23.0 puntos porcentuales en relación con las mujeres que tienen este tiempo o más de permanencia. En el caso de las dominicanas, la reducción es de 7.2 puntos porcentuales y en el de las mexicanas es de 0.2. Es claro que la mayor permanencia en el país posibilita la inserción laboral porque se logra un mayor conocimiento del mercado y un fortalecimiento de redes sociales.

Como se señaló, entre los aspectos familiares que podrían potenciar o limitar la participación de las mujeres en el mercado de trabajo se encuentran el número de hijos y la edad. En todos los casos, excepto en el dominicano, las relaciones entre las variables dependiente y explicativas fueron estadísticamente significativas. Hemos visto que la presencia de hijos menores en el hogar inhibe la participación laboral de las mujeres. Las mayores reducciones en la probabilidad de participar se presentan en las nativas blancas no hispanas (13.7 puntos porcentuales) y en las mexicanas (12.9 puntos porcentuales). Para las afroestadounidenses, la presencia de hijos menores de 5 años en el hogar reduce la probabilidad de participar solamente en 6.4 puntos porcentuales, y en el caso de las sudamericanas esa reducción es del 7.7 en relación con las mujeres que no tienen hijos en estas edades.

También se analizó el impacto que ejerce sobre la inserción laboral de las mujeres el hecho de que el hijo mayor tenga menos de 18 años. Nuevamente, en el caso de las dominicanas la relación no fue estadísticamente significativa. En la mayoría de los casos dicha relación fue negativa, con algunas diferencias que vale la pena mencionar: en las sudamericanas la propensión a participar se reduce en 6.2 puntos porcentuales cuando el hijo mayor cuenta en estas edades –en relación con mujeres unidas que no los tienen–; le siguen en orden las nativas blancas no hispanas y las mexicanas. Llama la atención que en el caso de las afroestadounidenses dicha relación es positiva; es decir, al parecer, la presencia de hijos mayores de 18 años incrementa la probabilidad de participación de estas mujeres. Es posible que los hijos en estas edades constituyan un soporte en algunas tareas domésticas y en el cuidado de hermanos menores.

Con el conocimiento de que la inmigración femenina se concentra principalmente en áreas metropolitanas –en donde es probable que cuenten con el apoyo de antiguas inmigrantes o redes sociales que facilitan su inserción en el mercado de trabajo–, se introdujo la variable “vive en un área metropolitana” y, en la mayoría de los casos, dicha relación no resultó estadísticamente significativa. Además, en los casos en los que se confirmó la relación –mexicanas y nativas blancas no hispanas–, sorpresivamente se constató que vivir en una gran área metropolitana reduce la probabilidad de participar en el mercado de trabajo (en 5.3 y 3.3 puntos porcentuales, respectivamente) en relación con las mujeres unidas que no están concentradas en estos contextos geográficos.

En la primera mitad del siglo XX, distintas investigaciones realizadas en los Estados Unidos mostraron la asociación entre desempleo del cónyuge y participación laboral de las mujeres. En 1940, por ejemplo, la participación económica de las mujeres cuyos maridos estaban desempleados fue 50% más alta que la de las mujeres con maridos empleados (Moehling, 2001).

En otras investigaciones (England, García-Beaulieu y Ross, 2004), no se ha encontrado una relación significativa entre el salario del cónyuge y la participación laboral de las inmigrantes latinoamericanas, pero sí ha existido una asociación negativa en el caso de las mujeres nativas blancas. En nuestro modelo, en todos los casos, el desempleo del compañero y los ingresos constituyen relaciones significativas: la propensión a trabajar de las mujeres es mayor cuando el cónyuge se encuentra desempleado; y esto es especialmente notorio en el caso de las inmigrantes. La participación laboral tiene una relación inversa a los ingresos del compañero. También en el caso de las inmigrantes disminuye en mayor medida dicha probabilidad, especialmente en las mexicanas. La situación laboral del cónyuge sigue siendo un factor que incide en la decisión de trabajar de las mujeres, pero, como se señaló antes, en la actualidad hay otra gran variedad de factores que motivan a las mujeres unidas a participar en el trabajo remunerado.

En este apartado se constató que los determinantes clásicos de la participación laboral de las mujeres tienen un impacto diferencial de acuerdo con el lugar de origen. Para las nativas blancas no hispanas tiene mayor peso el capital humano (en este caso la escolaridad). Cuando se controla por escolaridad, en el nivel más alto las afroestadounidenses son quienes participan más en el mercado laboral.

Conclusiones

Existen diferencias significativas en la participación económica de las mujeres casadas o unidas en los Estados Unidos. En términos generales, la de las afroestadounidenses fue superior a la del resto; y las nativas en conjunto –afroestadounidenses y blancas no hispanas– presentaron tasas de participación superiores a las de las mujeres inmigrantes. Entre estas últimas, las mexicanas contaron con las tasas más bajas y las dominicanas con las más altas. Se pudo constatar que las variables de capital humano controladas en los modelos de participación laboral explican parcialmente la participación económica de estas mujeres y que su peso varía de acuerdo con su lugar de origen. Ello se observó especialmente en el caso de la escolaridad. Por ejemplo, en el caso de las nativas blancas no hispanas la probabilidad de que una mujer con estudios superiores ingrese al mercado de trabajo –en relación con las mujeres que no cuentan con este nivel de estudios– se incrementa mucho más que en el caso de una mujer afroestadounidense o una mexicana.

Entre las inmigrantes, el tiempo de permanencia en los Estados Unidos, el dominio del idioma inglés, el estatus migratorio así como la escolaridad tienen un impacto importante en la decisión de trabajar que también es diverso según el lugar de origen. Así, para las sudamericanas el no contar con dominio adecuado del idioma inglés implica mayor reducción en la propensión a ingresar al mercado de trabajo que para las mexicanas. En términos generales, se puede concluir que los determinantes que tradicionalmente han explicado la participación de las mujeres en el mercado de trabajo siguen teniendo peso, tanto en nativas como inmigrantes, pero que su importancia varía de acuerdo con el lugar de origen.

Es importante señalar que otros aspectos no controlados en los modelos podrían ayudarnos a entender las marcadas diferencias en la participación laboral de las mujeres inmigrantes en los Estados Unidos. En primer lugar, es posible que en los grupos donde ha habido predominio femenino en los stocks de inmigrantes exista una mayor presencia de redes sociales que sirvan de conexión para que más mujeres ingresen al mercado de trabajo. En segundo lugar, un aspecto que no se debe perder de vista es que, si bien la migración transforma muchos aspectos de la vida laboral de las mujeres –como es la mayor participación en el mercado de trabajo–, es probable que aquellas que proceden de contextos donde ha habido –o no– una tradición importante de inserción femenina en la fuerza de trabajo tiendan a participar más –o menos– en los mercados laborales de los países de inmigración, como lo ilustran los casos de México y República Dominicana. En tercer lugar, se debe señalar que la mayor participación económica de las mujeres ha sido también explicada, entre otros aspectos, por la escolaridad. La información aquí presentada permitió observar que, entre las inmigrantes procedentes de la región, las mexicanas, que son las que presentan los más bajos niveles de escolaridad, constituyen el grupo con la más baja participación en el mercado de trabajo.

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