Resumen

HOLA

El objetivo de este trabajo es analizar la asociación entre la afiliación religiosa y dos aspectos de la vida sexual de los jóvenes solteros en México: la iniciación y el uso de condón en la primera relación. Basándonos en la Encuesta Nacional de la Juventud 2005, describimos las diferencias en estos dos aspectos según la afiliación religiosa mediante la tabla de vida y estadística descriptiva respectivamente. Enseguida, empleamos el modelo de regresión de Cox para examinar la asociación entre religión y debut sexual, y el modelo de regresión logística para analizar la relación entre religión y uso de condón en dicho debut. Respecto de los católicos nominales y los jóvenes sin afiliación religiosa, los católicos practicantes y los protestantes evangélicos mostraron menores riesgos de iniciar su vida sexual y los evangélicos menores posibilidades de hacer uso de condón en el debut sexual.

Introducción

La actividad sexual en la adolescencia ha sido objeto de políticas sociales y de salud por diversas razones. La iniciación sexual temprana se asocia al padecimiento de enfermedades de transmisión sexual, al riesgo de cáncer cervicouterino y a la probabilidad de tener un embarazo no deseado (Lammers, Ireland, Resnick y Blum, 2000). A pesar de que el uso generalizado del condón podría ser una solución efectiva para algunos de los problemas de salud relacionados con el debut sexual en la adolescencia, cuanto menor es la edad al inicio de la vida sexual, menor es el uso del condón y, en general, de algún método anticonceptivo (Cunningham, McGinnis, García, Tesliuc y Verner, 2008; González- Garza, Rojas Martínez, Hernández-Serrato y Olaiz-Fernández, 2005). En este sentido, las oportunidades de desarrollo socioeconómico y la salud de los jóvenes se ven afectadas tanto por el debut sexual temprano como por la falta del uso de condón. Por estos motivos, algunos autores han señalado la importancia de promover políticas de salud adolescente que integren ambos aspectos, es decir, el retraso de la iniciación sexual y el uso del preservativo y/o de otros métodos anticonceptivos (Breinbauer y Maddaleno, 2005).

El presente documento tiene como objetivo analizar, sobre la base de la Encuesta Nacional de la Juventud 2005 ( ENJ 2005), la asociación entre la adscripción religiosa y dos aspectos de la vida sexual de los jóvenes: la edad al inicio de la misma y el uso de condón en el debut sexual. Desde el punto de vista cristiano, las relaciones sexuales premaritales o extramaritales son consideradas una transgresión; tales relaciones solo se permiten dentro de la unión conyugal. Además, las iglesias alegan que no hay sexo seguro fuera del matrimonio, y, en su lugar, promueven la abstinencia sexual. En el caso del catolicismo, el uso de anticonceptivos es sancionado fuera y dentro del matrimonio, mientras que, en el caso de la mayoría de las religiones protestantes, solo se proscribe fuera del matrimonio (Schenker, 2000). Sin embargo, el grado de influencia de las doctrinas religiosas en las conductas de los jóvenes puede ser diferencial según el peso que dichas doctrinas tienen en sus estilos de vida.

Existe evidencia empírica de que la religiosidad y la membresía o pertenencia a religiones con códigos estrictos de conducta y capacidad de influir sobre sus feligreses se asocian al inicio tardío de la actividad sexual, no solo en los Estados Unidos (Lammers, Ireland, Resnick y Blum, 2000), sino también en países en desarrollo (Addai, 2000; Verona y Regnerus, 2009). Dada esta asociación, se podría pensar que tal influencia se extiende a otras prácticas sexuales, como el uso de condón. Sin embargo, poco se conoce sobre la relación entre uso de condón y religión en la población joven y los resultados hallados son inconsistentes: algunos estudios constatan que la religión se vincula con una menor probabilidad de utilizar preservativo en la primera relación sexual (Zaleski y Schiaffino, 2000; Manlove, Ryan y Franzetta, 2003; Bruckner y Bearman, 2005), pero otros no registraron ninguna vinculación (Dunne, Edwards, Lucke, Donald y Raphael, 1994; Cerqueira-Santos, Koller y Wilcox, 2008).

En México, a pesar de que solo el 10% de la población reporta no pertenecer a ninguna religión (INEGI, 2004) y más de las tres cuartas partes de los jóvenes consideran que la religión es un aspecto importante o muy importante en sus vidas ( ENJ 2005), no se ha documentado que exista una vinculación entre los aspectos que se estudian en este artículo. Sin embargo, sobre la base de la evidencia encontrada en otros países y de la teoría que la sustenta, así como de la importancia de la religión en los estilos de vida de ciertos sectores de la sociedad mexicana, suponemos que el factor religioso podría estar ligado al inicio de la vida sexual de los jóvenes.

La adscripción religiosa

México ha sido tradicionalmente un país de católicos. En la época de la colonia, el catolicismo fue la única religión permitida; los grupos protestantes existentes eran considerados herejes y se los perseguía. Hacia fines del siglo XIX, los gobiernos liberales tomaron posiciones anticlericales y permitieron la entrada de religiones protestantes como una forma de disminuir el peso de la Iglesia Católica. Sin embargo, no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX, con la expansión del pentecostalismo entre las poblaciones indígenas y marginadas, que el protestantismo se extendió considerablemente en México (Garma, 2007), cuya sociedad pasó de ser católica a mostrar una pluralidad religiosa.

Los censos de población reflejan esta transformación (INEGI, 2004): en el Censo de 1940, el 97% de la población mexicana reportó ser católica y solo el 1.3% protestante; en cambio, para el año 2000, el 88% de la población declaró ser católica, el 8% protestante y el 4% no pertenecer a alguna religión. Pese a que en algunos países de América Latina es palpable que se está llevando a cabo un importante proceso de secularización –tal como en la Argentina, donde, para 2008, los no creyentes llegaban al 11.3%–, en México, más que una ausencia de religión, la modernidad y la globalización han venido acompañadas de la apertura del mercado religioso, en el que los individuos pueden escoger su religión e, incluso, cambiar de religión más de una vez (De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2007).

Además de la conversión, el paisaje mexicano en materia de religión se caracteriza por un catolicismo que, si bien abarca a la mayoría de la población, es muy heterogéneo. Existen una diversidad de cultos y sincretismos y una gran proporción de católicos solo lo son nominalmente, es decir, acuerdan con sus creencias pero no practican estrictamente todos los ritos y normas del catolicismo –hecho que, como veremos más adelante, alcanza a casi la mitad de los jóvenes.

En contraste con la baja participación de los católicos, las religiones protestantes evangélicas suelen requerir de sus feligreses una deliberada decisión personal y un mayor apego a las prácticas religiosas. Diversos estudios antropológicos muestran el involucramiento de los protestantes con sus iglesias y sus estilos ascéticos de vida (Masferrer, 2003; Vázquez, 2003; De la Torre y Gutiérrez Zúñiga, 2007). Así, por ejemplo, los pentecostales tienen “… una actitud enfocada en la ética del trabajo y el rechazo a los comportamientos mundanos costosos” (Garma y Leatham, 2004:145). Se espera que las personas que se convierten a las religiones protestantes abandonen el alcoholismo y toda clase de adicción, así como la mayoría de las formas de entretenimiento secular. Asimismo, se exige a los jóvenes la abstinencia sexual y a los esposos la fidelidad marital y la revaloración de su papel como sostén del hogar. Estas exigencias no son fáciles de cumplir, pero su organización social en congregaciones pequeñas o células de estudio bíblico facilita el apoyo y la interacción social, así como la vigilancia de los comportamientos esperados. Los evangélicos, por ejemplo, son motivados a llevar una vida ejemplar como testimonio de conversión. Se sienten comprometidos a seguir la ética cristiana porque quieren servir de modelo a la gente que los rodea y, con ello, demostrar las ventajas de la conversión (Vázquez, 2003).

Algunos de estos lineamientos pueden ser aplicados a la participación de los católicos activos. La organización de la Iglesia Católica en capillas, parroquias y grupos de alabanza o reflexión permite la interacción social en pequeñas comunidades, favoreciendo de esta forma el control social. Al igual que los evangélicos, al ser agentes activos, los católicos practicantes tendrían que demostrar con su conducta que siguen la “palabra de Dios” (Castro, 2002). Diferentes documentos o encíclicas de la Iglesia Católica señalan su desacuerdo explícito con el ejercicio de la sexualidad fuera del matrimonio y con el uso de anticonceptivos, y una visión represiva del sexo y del placer (Hernández, 2002). Y aunque en la actualidad dentro de esta iglesia hay una corriente (Católicas/os por el Derecho a Decidir) que pugna por una mayor apertura en el ejercicio de la sexualidad de los laicos, todavía representa una minoría.

A pesar de que la interacción social en el catolicismo también podría favorecer el control, el código de comportamientos morales y familiares no es tan estricto ni tan rígido como en el protestantismo. Se observa que muchos católicos toman las normas eclesiásticas con ligereza, justificando teológicamente sus estilos de vida. Por ejemplo, argumenta Hirsch (2008), las jóvenes que viven en una región primordialmente católica fundamentan el uso de anticonceptivos dentro del matrimonio en el repudio de Dios a la pobreza y la pasividad. Por su parte, Amuchástegui (1998) señala que los jóvenes, aunque conscientes de la condena católica a la actividad sexual premarital, suelen desligar la moral de la práctica, como si fueran dos dimensiones diferentes de la vida. Sin embargo, no queda claro el involucramiento religioso personal de los jóvenes entrevistados.

Las preguntas que examinamos en este estudio son: 1) si existe una diferencia en el inicio de la vida sexual de los jóvenes católicos practicantes y protestantes evangélicos con respecto a los católicos nominales y a los sin afiliación religiosa –es decir, si el valor de la abstinencia sexual es llevado a la práctica por quienes participan en sus iglesias–; y 2) si, cuando los jóvenes abandonan la norma de la abstinencia sexual, su adscripción religiosa se asocia a tener un debut sexual protegido.

Dado que, como se comentó anteriormente, el comportamiento sexual es uno de los ámbitos donde la ética cristiana pretende tener influencia, asumimos como hipótesis de trabajo que los jóvenes que practicaban la religión católica o que se identificaban con las religiones evangélicas habían tenido una conducta sexual más conservadora que los católicos nominales o que quienes eran no creyentes o indiferentes a cualquier religión; es decir, que los jóvenes que practicaban la religión católica o las religiones evangélicas habían pospuesto el inicio de su vida sexual y que, en caso de haberla iniciado, lo habían hecho sin protección. Debido a que los protestantes tienen códigos más estrictos de conducta, también supusimos que los evangélicos tendrían una mayor probabilidad de atrasar el inicio de la vida sexual que los católicos practicantes.

El inicio de la vida sexual

En México, en el año 2000, la edad media a la primera relación sexual se ubicó en alrededor de los 16 años en los adolescentes y de los 18 años en los jóvenes entre 20 y 24 años (Menkes y Suárez, 2003). Aunque el análisis de la edad media a la iniciación sexual por grupos de edad haría suponer un inicio cada vez más temprano, estudios por cohortes, basados en la tabla de vida o en la proporción acumulada de los individuos sexualmente activos hasta cierta edad, han encontrado lo opuesto: un retraso en la entrada a dicha actividad (Gayet y Solís, 2007; Welti, 2005). Aunque en algunos estratos sociales se registra un descenso en la edad de iniciación sexual, no ha habido grandes cambios en la edad mediana a la primera relación sexual de las mujeres y se ha presentado un ligero aplazamiento en el caso de los hombres (Gayet y Solís, 2007).

A pesar de ese aplazamiento, en la sociedad mexicana y latinoamericana se palpa una aceptación cada vez mayor de la práctica sexual entre los jóvenes (Welti, 2005; Juárez, 1998). De acuerdo con Juárez (1998:171), “… se ha pasado de una sociedad tradicional que limitaba la actividad sexual al matrimonio a una donde el sexo premarital se practica en secreto pero es admitido, especialmente cuando se espera que el joven se case con la novia” (Traducción propia). Pero, no obstante esta apertura general, existen diferencias por sexo. En los discursos, se espera que las mujeres se conserven vírgenes hasta el matrimonio y que los hombres se inicien sexualmente y tengan múltiples parejas sexuales como símbolo de virilidad. La autora apunta que, entre los problemas de la actividad sexual premarital de los adolescentes de Latinoamérica, se observa que ocurre a una edad en que el desarrollo no se ha completado y que la relación sexual es más ocasional y oportunista que planeada, lo cual merma las posibilidades de prevención de un embarazo no deseado y de enfermedades sexualmente transmisibles.

Con respecto al uso de condón, las encuestas muestran un incremento en el caso de la primera relación sexual entre jóvenes solteros, ya que de 1985 a 2000 pasó del 6.8% al 50.9% en hombres y del 4.8% al 22.9% en mujeres (Gayet, Juárez, Pedroza y Magis, 2003): es decir, uno de cada dos varones y cuatro de cada cinco mujeres en México inician su vida sexual sin protección contra enfermedades de transmisión sexual y sin prevención de un embarazo no deseado. Las desigualdades de género limitan el poder de negociación de las jovencitas para tener un debut sexual protegido (Castañeda, Allen y Castañeda, 1996).

En este sentido, consideramos importante explorar con la ENJ 2005 si la práctica religiosa se vincula al aplazamiento de la actividad sexual, tal como pretenden las distintas iglesias, y si implica prácticas sexuales riesgosas. Los marcos de referencia empleados para el estudio de la asociación entre religión e inicio de la vida sexual desde el punto de vista sociológico nos dan algunas ideas tanto para abordar el problema tomando en cuenta su complejidad como para interpretar los datos estadísticos. A continuación sintetizamos algunas de estas perspectivas teóricas.

La influencia de la religión en el comportamiento sexual

La relación entre religión y sexualidad ha sido abordada desde varias perspectivas teóricas (Rostosky, Wilcox, Wright y Randall, 2004). Una de ellas es la teoría de control social (Rohrbaugh y Jessor, 1975). Esta teoría supone que la religión genera control social al proveer una red donde se espera cierto comportamiento sexual y se sanciona a quienes se desvían de lo esperado. Es por ello que los jóvenes que se integran a las iglesias se abstienen de las conductas censuradas por su religión y por la red social que la compone. En este sentido, como las relaciones sexuales premaritales se consideran una transgresión, los jóvenes religiosos atrasarían el inicio de su vida sexual y, en caso de tener relaciones sexuales, no usarían condón, porque su empleo implicaría faltar doblemente al código de conducta esperada: con la premeditación y con la acción.

De acuerdo con un punto de vista ecológico, otros autores argumentan que la religión debe ser vista como un medio de influencia social en el contexto de otras fuerzas de socialización a nivel individual, familiar, extrafamiliar y macro (Wallace y Williams, 1997). Estos autores afirman que la religión puede influir en la socialización y conducta: a nivel individual, a través de valores y creencias; a nivel familiar, a través de la transmisión de valores y conductas religiosas de los padres; a nivel extrafamiliar, mediante el apoyo social y las prácticas y creencias religiosas de los pares o miembros de la comunidad o de la iglesia; y a nivel macro, a través de la cultura o de la tolerancia o intolerancia a los puntos de vista religiosos en una región. En los distintos niveles, otras fuerzas de socialización pueden competir con la religión o apoyar su influencia, como, por ejemplo: a nivel familiar, la supervisión familiar y la comunicación entre padres e hijos; a nivel extrafamiliar, las características de las escuelas y las opiniones o conductas de los amigos; y a nivel cultural, los mensajes que se transmiten en los medios de comunicación.

Consistente con este punto de vista ecológico, pero dándole preminencia al factor religioso, Regnerus (2007) sostiene que para los jóvenes que se involucran en las iglesias no hay otra fuente de influencia social equivalente entre las alternativas seculares. Se llega frecuentemente a la conclusión de que la religión no ejerce influencia en los comportamientos juveniles, apuntan Regnerus y Smith (2005), porque no se contempla que ella puede vincularse indirectamente a determinado comportamiento. Para estos autores, la religión afecta las creencias, actitudes y conductas de los individuos no solo a través de sus enseñanzas (en forma directa) sino también a través de mecanismos de control y apoyo social y de la conformación de valores o de la identidad de los individuos.

En este sentido, Smith (2003) sugiere nueve rutas, agrupadas en tres dimensiones, a través de las cuales la religión afecta positivamente la conducta juvenil. La primera dimensión es la de índole moral. Se refiere a las normas morales, las experiencias espirituales y los modelos de conducta que las iglesias ofrecen. Estas no solamente exigen a sus miembros obedecer normas morales, sino que proveen los medios para ayudarlos a internalizarlas. La segunda dimensión se refiere al aprendizaje de destrezas. Los jóvenes en las iglesias desarrollan habilidades de liderazgo y trabajo en comunidad, habilidades para lidiar con problemas emocionales y un capital cultural vinculado a la participación religiosa. Estos mecanismos serían importantes en el manejo del tiempo libre y de los problemas emocionales propios de la adolescencia, lo cual, a su vez, podría estar ligado al inicio tardío de la vida sexual. Por último, la tercera dimensión se refiere a las redes sociales y organizacionales de las iglesias. Los jóvenes que se integran a las iglesias pueden incrementar su capital social, participar de una estrecha red de relaciones y de una red comunitaria que, a su vez, los liga a otras comunidades o redes sociales. Estas conexiones pueden ser una fuente de control social al auxiliar a los padres en la supervisión de sus hijos, ayudar a aumentar la integración del joven y reforzar sus convicciones morales y estilos de vida.

El presente estudio parte de las teorías de influencia social, reconociendo la importancia de los diferentes contextos en los que se desenvuelve el individuo así como de la agencia individual en el comportamiento sexual de los jóvenes. Si bien, a nivel social, la religión puede ser un medio de control, no es posible negar su influencia en la interacción con la sociedad y en la conformación de valores e identidad de los individuos. Asimismo, compartimos la idea de que la religión puede afectar el comportamiento sexual mediante los distintos mecanismos mediadores de índole moral, de capital cultural y de apoyo e integración social y que estos mecanismos actúan a distintos niveles. Sin embargo, otras fuentes de socialización, con sus propios mecanismos, pueden competir con la influencia religiosa.

Metodología

Fuente de datos y variables seleccionadas

La fuente de datos utilizada es la Encuesta Nacional de la Juventud 2005 – ENJ 2005– (Instituto Mexicano de la Juventud e Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, 2005). La ENJ 2005 es una encuesta transversal que tiene la ventaja de incluir una serie de preguntas sobre la vida sexual de los jóvenes e indagar sobre sus creencias, prácticas y valores religiosos, además de contener variables socioeconómicas y de salud, y de la vida privada y pública de los jóvenes. En particular, para el estudio demográfico de la religión, las encuestas mexicanas de la juventud (2000 y 2005) constituyen un recurso valioso, pues permiten diferenciar entre la afiliación y la práctica religiosas dentro del catolicismo y, con ello, indagar el impacto del proceso de secularización y de preservación del catolicismo en la vida de los jóvenes.

Aunque la ENJ 2005 incluye 12.796 cuestionarios aplicados a jóvenes de 12 a 29 años de edad, en este análisis se empleó una submuestra compuesta por 7,712 jóvenes solteros, de 12 a 24 años, hijos o parientes del jefe de hogar y con información en las variables usadas en el análisis estadístico –90% de la muestra inicial de jóvenes solteros, hijos o parientes del jefe de hogar, en este rango de edad–. Los jóvenes de 25 a 29 años se excluyeron del análisis porque un gran porcentaje de ellos ya habían formado su propio hogar: el 61%, comparado con solo el 28% de los jóvenes de 20 a 24 años y el 6% de los jóvenes de 15 a 19 años. Este trabajo considera que tanto la iglesia como la familia podrían influir en el comportamiento sexual premarital de los jóvenes. Por lo tanto, era importante conocer, por un lado, la religión de los jóvenes antes de la unión y, por otro, la relación entre padres e hijos y la supervisión de los padres sobre la conducta de los hijos, aspectos que, desafortunadamente, solo se cuestionaron al momento de la encuesta.

Como indicadores de la sexualidad de los jóvenes solteros, incluimos la edad a la primera relación sexual (en años cumplidos) y el uso del condón en esta. Mientras que en la ENJ 2005 se preguntó la edad a la primera relación sexual a los jóvenes que alguna vez habían tenido relaciones sexuales, la pregunta de uso de condón en el debut solo se aplicó a los jóvenes que reportaron tener relaciones sexuales al momento de la encuesta. Por lo tanto, la muestra se redujo a 987 casos: 78% de los jóvenes que reportaron haber iniciado su vida sexual y 13% de la muestra con la que se trabajó inicialmente. Esta limitación de la variable no imposibilita el análisis estadístico, pero demanda interpretar los resultados con cautela.

La pregunta sobre cómo se considera el joven en cuestiones religiosas se utilizó para construir la variable de adscripción a una religión. Esta pregunta diferencia entre quienes practican o no el catolicismo, quienes son indiferentes a cualquier religión y quienes no creen en una deidad; asimismo, el cuestionario contiene una lista desglosada de otras iglesias a las que los jóvenes pertenecen. Sin embargo, por razones de tamaño muestral, se tuvo que agrupar a los jóvenes de las religiones protestantes históricasy evangélicas en una categoría. Aquí incluimos las categorías Pentecostal no Católico, Protestante, Cristiano (a), Evangélico, Presbiteriano, Bautista y Anglicano. Todos los demás jóvenes se clasificaron en la categoría residual “Otra”. En “Otra” quedaron agrupadas las religiones bíblicas no evangélicas, los judíos y otras religiones.

El análisis estadístico incluyó diversas co-variables demográficas y socioeconómicas, así como una serie de co-variables que trataron de explorar algunos de los ámbitos de influencia social con los que la religión pudiera competir.

Las variables demográficas fueron la edad, el sexo, y, en el caso del análisis del uso de condón, la edad a la primera relación sexual (en años). Se asumió que a mayor edad sería más probable que el joven hubiera iniciado su vida sexual, tanto por el aumento de la exposición al riesgo de tener relaciones sexuales como por el aumento de su autonomía. También, por este último factor y por incrementarse la probabilidad de tener información sobre anticoncepción, se supuso que a mayor edad en la primera relación sexual sería más probable que el joven usara condón (Cunningham, McGinnis, García, Tesliuc y Verner, 2008; González-Garza, Rojas Martínez, Hernández-Serrato y Olaiz-Fernández, 2005). Por último, se asumió que las generaciones más jóvenes tendrían mayores posibilidades de usar condón, por el paulatino avance en la concientización sobre tal uso en la sociedad mexicana.

En cuanto a las diferencias por sexo, por la inequidad de género en las expectativas sociales sobre las prácticas sexuales ( Juárez, 1998; Amuchástegui, 1998; Castañeda, Allen y Castañeda, 1996), se asumió que los hombres tendrían mayor riesgo de haberse iniciado sexualmente que las mujeres. Asimismo, esperamos una mayor probabilidad de usar condón en la primera relación sexual en los varones que en las mujeres. Para las mujeres, el mostrar conocimientos sobre sexo en el debut podría poner en duda su virginidad, lo cual no es deseable en una sociedad que restringe la sexualidad femenina al ámbito de la reproducción.

Las variables socioeconómicas fueron: la condición rural-urbana, la estructura del hogar y la escolaridad media del jefe de hogar y su esposa. La población se definió como urbana cuando residía en localidades con más de 20,000 habitantes. El contexto urbano o rural donde viven los jóvenes es importante porque se vincula a las normas locales sobre la sexualidad premarital. Sobre la base de estudios previos, se esperó en las zonas urbanas una mayor apertura a las relaciones sexuales premaritales (Gupta, 2000; González-Garza, Rojas Martínez, Hernández-Serrato y Olaiz-Fernández, 2005) y un mayor uso de condón (Gayet, Juárez, Pedroza y Magis, 2003).

La estructura del hogar se construyó de forma dicotómica: Nuclear o No nuclear. Se consideró hogares nucleares a aquellos formados solamente por madre, padre e hijos. En la categoría “No nuclear” se agrupó a los hogares monoparentales, los extendidos y los compuestos. Se hipotetizó que los jóvenes que vivían en hogares nucleares serían menos propensos a haber iniciado su vida sexual y a usar condón en la primera relación; es decir, aquellos que viven con ambos padres podrían gozar de mayor supervisión, mayor estabilidad psicológica y emocional y mayores oportunidades de integración social que quienes viven solo con uno de los padres (Hanson, McLanahan y Thomson, 1998). Aunque la presencia de familia extendida puede representar también una fuente de apoyo y de supervisión (Lloyd y Blanc, 1996), se exploró la propiedad de incluir a los jóvenes de hogares extendidos en una categoría independiente y no se encontraron diferencias en el riesgo de tener relaciones sexuales premaritales respecto de los jóvenes de hogares compuestos o monoparentales.

Finalmente, como co-variable socioeconómica, se incluyó la escolaridad de los padres. Se creó una variable dicotómica a partir del promedio de escolaridad del jefe de hogar y de su esposa: más de 9 años de educación (más que secundaria terminada) o menos. Esta variable es un indicador tanto de la situación económica familiar como del capital cultural y social con el que se desarrollan los jóvenes. Además, los padres más educados podrían estar más influidos por la modernización cultural y, por lo tanto, tener mayor apertura a las relaciones sexuales premaritales y al uso de métodos anticonceptivos (Martínez Canizales, 2010).

Como indicadores de la participación del joven en otros ámbitos de influencia social, usamos la asistencia a la escuela, el haber trabajado y el usar y/o tener Internet. En primer lugar, el trabajo le puede otorgar al joven cierta autonomía para la toma de decisiones sobre su vida sexual al proveerle capacidad económica y una red de amigos de mayor edad y/o con mayor libertad sexual. Este tipo de interacción social podría ser una fuente de información sobre métodos anticonceptivos y de aprendizaje sobre las experiencias con su uso (Bongaarts y Watkins, 1996). En segundo lugar, el hecho de estar estudiando, aunque no provee independencia económica, expone al joven a una red de amigos y conocidos y, también, a información sobre el sexo y los métodos anticonceptivos. Por lo tanto, asumimos que la escuela, al igual que el trabajo, podría favorecer el uso de condón en la primera relación sexual, pero atrasar el inicio de la actividad sexual (Karim, Magnani, Morgan y Bond, 2003). Por último, Internet es uno de los principales medios de comunicación e información de los jóvenes, a través del cual se exponen a publicidad de tipo sexual, a relaciones románticas y a la cultura moderna, por lo que consideramos que los que saben usarla –y, más aún, quienes la tienen en casa y la usan– serían más propensos a iniciarse sexualmente y a usar condón en la primera relación sexual.

También se exploró si la supervisión y el ambiente en el hogar explicaban la relación entre la afiliación religiosa y los indicadores del debut sexual. Se creó una variable sobre supervisión en el hogar a partir de la pregunta: “¿Quién toma las decisiones sobre los permisos de los hijos?”. Si la respuesta era el padre, la madre o ambos, en lugar del joven, entonces se consideró que los jóvenes se encontraban sujetos a la autoridad de los padres y que, por lo tanto, serían menos propensos a iniciarse sexualmente y a usar condón en la primera relación (Meschke y Silbereisen, 1997). Aun cuando hubieran conseguido iniciarse, la obtención de condones implicaba reconocer públicamente la actividad sexual y, posiblemente, ser sancionados por los padres.

Se construyó una variable sobre confianza en los padres derivada de las preguntas: “¿A quién acudes cuando necesitas contarle a alguien lo que sientes?” y “¿A quién acudes cuando necesitas que te den un consejo?”. Si la respuesta era el padre, la madre o ambos, entonces consideramos que el joven contaba con un adulto de confianza en el hogar que podría influir en sus decisiones sobre el sexo. Asumimos como hipótesis que cuanto mayor era la confianza hacia los padres, menor era la probabilidad de iniciar la vida sexual y mayor la posibilidad de haber usado condón en el debut –suponiendo que los padres preferirían no tener que lidiar con el inicio de la vida sexual de sus hijos y con las consecuencias de un debut riesgoso.

Por último, se exploraron dos variables a nivel familiar: si el joven “… piensa de la misma manera que sus padres sobre la religión”; y si “… piensa de la misma manera que sus padres sobre el sexo”. Se buscó medir de alguna manera si la asociación de la religión con el inicio de la vida sexual se debía a los valores de los padres. Los jóvenes podrían formar parte de las iglesias o iniciarse sexualmente por seguir los valores familiares y su comportamiento sexual podría estar ligado a la influencia de sus progenitores en mayor medida que a la de la religión.

Métodos estadísticos

Para el análisis del inicio de la actividad sexual y del uso de condón se utilizó estadística descriptiva y multivariada. En primer lugar, empleamos la tabla de vida con corrección para casos truncados como una herramienta para describir las diferencias en la edad a la iniciación sexual por tipo de afiliación religiosa. Asimismo, utilizamos medidas de tendencia central para describir tanto la frecuencia con que habían usado condón en la primera relación sexual como las características religiosas, demográficas y socioeconómicas de los jóvenes bajo estudio.

En segundo lugar, se examinó la interrelación entre la afiliación religiosa y la iniciación sexual por medio de análisis multivariado. Utilizamos el modelo de regresión de Cox para investigar la relación entre el tiempo de supervivencia a la primera relación sexual y la serie de variables independientes mencionadas en la sección anterior. La regresión de Cox tiene la ventaja de no requerir del supuesto de normalidad en la distribución de las variables temporales y de permitir la inclusión de datos truncados (Leliéve y Bringé, 1998). Dado que uno de los supuestos más importantes de este modelo es que los riesgos de que suceda determinado evento son proporcionales para cada variable predictora, se evaluó la validez de este supuesto. La prueba basada en los residuos de Schoenfeld (StataCorp, 2005) no nos permitió rechazar esta hipótesis.

En tercer lugar, se analizó el uso del condón en la primera relación sexual mediante el modelo de regresión logística, dado que se trata de una variable binaria. El logaritmo de las posibilidades (Tapia y Nieto, 1993) de usar condón en el debut sexual se modeló en función de la adscripción religiosa y de las variables independientes antes descritas.

Los modelos de Cox y logísticos se aplicaron a todos los jóvenes de las submuestras. Un primer modelo incluyó solo la afiliación religiosa y las características demográficas. En un segundo modelo se añadieron las variables demográficas, socioeconómicas y del ambiente familiar. Para el uso del condón en la primera relación sexual, se añadió como variable demográfica la edad al debut sexual.

Descripción de las submuestras estudiadas

El Cuadro 1 presenta las características de las muestras utilizadas para el análisis de la iniciación sexual (Población Total) y del uso de condón al debut sexual (Población sexualmente activa).

Cuadro 1. Características de la población mexicana de 12 a 24 años. soltera y que no ha formado su propio hogar (Medias). Año 2005

Sobre la distribución por afiliación religiosa, este cuadro muestra que, a pesar de que cerca del 89% de la población soltera de 12 a 24 años era católica en el año 2005, solo el 54% practicaba esa religión. El otro 35% se definió católica, pero reconoció que no era practicante. Esta diferenciación es fundamental en estudios demográficos sobre las religiones, porque se tiende a asumir que los católicos son un grupo homogéneo, cuando, en realidad, están influidos fuertemente por el proceso de secularización. Otro 5% de los jóvenes se autoidentificaron como protestantes o evangélicos y el 3% declaró ser indiferente a la religión o no creer en una deidad. Finalmente, un 3% se identificó con otras religiones.

Una inspección a la afiliación religiosa de los jóvenes sexualmente activos al momento de la encuesta nos revela que son más propensos a no estar involucrados en las iglesias. En comparación con el total de los jóvenes solteros, declaran más ser católicos solo de nombre (51%) o indiferentes o no creyentes (8%). Los jóvenes sexualmente activos son menos propensos a ser católicos practicantes (35%) o protestantes evangélicos (3%). Las diferencias en las distribuciones de ambas muestras por afiliación religiosa sugieren una asociación estadística negativa entre la actividad sexual y la práctica religiosa.

Sin embargo, parte de estos diferenciales por religión podrían estar relacionados con la composición demográfica y socioeconómica de las submuestras. La población sexualmente activa es de mayor edad y se concentra en localidades más urbanas que el total de la población soltera, aspectos que podrían ligarse a una mayor exposición de los jóvenes a los estilos de vida modernos y a una mayor apertura a la iniciación sexual premarital. Además, tiene una mejor posición y autonomía económicas: sus padres son más educados y los jóvenes tienen más experiencia laboral y mayor acceso a Internet en sus casas. El ambiente del hogar en el que viven esos jóvenes sugiere también que son más independientes de sus familias; viven menos en hogares nucleares, van menos a la escuela, tienen mayor autonomía en la toma de decisiones, confían menos en sus padres y difieren con respecto a las ideas paternas sobre la religión y el sexo en mayor grado que el total de los jóvenes solteros.

Las características de la población sexualmente activa son muy similares a las de la población que ha tenido relaciones sexuales (no se muestran en forma separada, pero se encuentran disponibles bajo solicitud). Por lo tanto, las diferencias entre las composiciones demográficas y socioeconómicas de las submuestras seleccionadas ponen de relieve la necesidad de indagar en qué medida estas características explican la relación estadística entre la afiliación religiosa y el inicio de la actividad sexual en la adolescencia o en la juventud temprana.

Resultados del análisis estadístico

Iniciación sexual y adscripción religiosa

La primera pregunta que guía este estudio es si el inicio de la vida sexual premarital de los jóvenes católicos y protestantes evangélicos se diferencia del de los católicos nominales y de los indiferentes o no creyentes.

En el Gráfico 1, las curvas de la función de supervivencia al evento de tener relaciones sexuales a la edad t por afiliación religiosa confirman que existe un marcado diferencial por religión. Los indiferentes o no creyentes inician la actividad sexual muy temprano. A los 18 años la probabilidad de haber tenido relaciones sexuales de estos jóvenes fue del 52% (1- S(t)). Luego, la iniciación sexual de los católicos y los jóvenes de “otras” religiones se ubica en medio de la distribución. La probabilidad de haber tenido relaciones sexuales a los 18 años fue de aproximadamente el 40% para los católicos nominales y los pertenecientes a otras religiones. Finalmente, los católicos practicantes y los protestantes evangélicos tienen un comportamiento más conservador. Para los 18 años, solo alrededor del 27% de los católicos practicantes y del 22% de los protestantes evangélicos habían debutado sexualmente. Para los 24 años, todavía el 60% de los jóvenes de estas religiones no se había iniciado sexualmente.

Gráfico 1. Función de supervivencia de iniciar la actividad sexual de los jóvenes solteros de 12 a 24 años. México. Año 2005

En el Cuadro 2, las razones de riesgos proporcionales de iniciar la vida sexual para los jóvenes solteros de 12 a 24 años confirman los resultados obtenidos mediante la tabla de vida.

Cuadro 2. Razones de riesgos proporcionales de iniciar la vida sexual. Población soltera de 12 a 24 años (N=7,712). México. Año 2005

En el Modelo 1, los católicos practicantes tuvieron un riesgo de iniciar su vida sexual 40% menor que el de los católicos nominales. También los jóvenes protestantes evangélicos registraron un riesgo de haber tenido relaciones sexuales 37% menor y los indiferentes y no creyentes un riesgo 29% mayor que el de la misma categoría de referencia. Respecto de las co-variables utilizadas en el Modelo 1, se encontró que la edad y el ser varón aumentaban el riesgo de tener relaciones sexuales; este riesgo fue casi tres veces mayor en los hombres que en las mujeres. Esta diferencia por sexo puede deberse a una serie de factores: a que una mayor proporción de varones que de mujeres inician su vida sexual fuera del noviazgo; a la unión más temprana de las mujeres; y a las normas sociales que sancionan el sexo premarital en las mujeres.

El Modelo 2 incluyó las características demográficas, socioeconómicas y del ambiente del hogar de los jóvenes. Estas características explicaron parte del diferencial de los riesgos de iniciarse sexualmente entre católicos practicantes y nominales. La razón de riesgos aumentó del 60% al 67%, es decir, la brecha se redujo entre ambos grupos. Por otro lado, la introducción de estas co-variables eliminó el diferencial entre los indiferentes o no creyentes y los católicos nominales, lo cual indica que esta brecha se debía a la diversa composición socioeconómica de estos grupos. En contraste, la razón entre los riesgos de empezar a tener relaciones sexuales de los protestantes evangélicos y los católicos nominales se redujo ligeramente, del 63% al 60%. Los protestantes presentaron un riesgo mayor de atrasar el inicio de la vida sexual que los católicos practicantes. En cambio, ser católico nominal o indiferente o no creyente se asoció a un calendario más precoz de iniciación sexual.

El Modelo 2 corrobora las hipótesis planteadas con respecto a las co-variables socioeconómicas y familiares: una mejor posición socioeconómica, una mayor autonomía y el acceso a información se asociaron a una mayor precocidad en el debut sexual. El riesgo de iniciar la vida sexual fue mayor en zonas urbanas, en los hogares con padres más educados y con Internet, así como en los jóvenes que habían trabajado. En contraste, los jóvenes tardaron más en debutar sexualmente cuando los padres tenían mayores posibilidades de supervisar su conducta y los hijos tenían mayor dependencia económica. Ir a la escuela, vivir en hogares nucleares o tener que pedir permiso a los padres se asociaron al atraso del inicio de la vida sexual. En cuanto al ambiente del hogar, la confianza respecto de los padres y el acuerdo con las ideas de los progenitores sobre el sexo y la religión disminuyeron el riesgo de tener una primera relación sexual.

Uso de condón en la primera relación sexual y adscripción religiosa

La segunda pregunta de este análisis es si la adscripción religiosa de los jóvenes se asocia a tener un debut sexual protegido. Un primer acercamiento a los datos sobre uso de condón al debut sexual señala una aparente relación entre dicho uso y la adscripción religiosa.

El Gráfico 2 muestra que, en aquellos que eran sexualmente activos al momento de la encuesta, el uso de condón en la primera relación sexual fue más frecuente entre los católicos nominales (65.1%) que entre cualquier otra adscripción religiosa, e incluso mayor que entre aquellos que se declararon indiferentes o no creyentes. El menor porcentaje de uso de condón correspondió a los protestantes evangélicos (39.3%). Los católicos practicantes y los indiferentes o no creyentes presentaron porcentajes similares de uso de condón al debut sexual, situándose en alrededor del 57 por ciento.

Gráfico 2. Frecuencia del uso de condón en la primera relación sexual de los jóvenes sexualmente activos de 12 a 24 años de edad. México. Año 2005

El Cuadro 3 muestra las razones de posibilidades de usar condón en la primera relación sexual premarital entre la población sexualmente activa de 12 a 24 años en México. El Modelo 1 confirma la asociación negativa entre adscripción religiosa y uso de condón en la primera relación sexual para los católicos y protestantes evangélicos, en comparación con los católicos nominales: la posibilidad de los protestantes evangélicos fue solo el 35% de la de los católicos nominales, mientras que la de los católicos practicantes fue del 72% con respecto a la misma categoría de referencia. Además, el Modelo 1 señala que el ser mujer disminuye las posibilidades de usar condón en la primera relación sexual, y confirma que los jóvenes de mayor edad y las generaciones más jóvenes tienen mayor probabilidad de usarlo en su debut sexual.

Cuadro 3. Razones de posibilidades de usar condón en la primera relación sexual premarital. Población sexualmente activa de 12 a 24 años (N=987). México. Año 2005

En el Modelo 2, las razones de posibilidades de usar condón al debut sexual por afiliación religiosa se modificaron al ajustar el Modelo 1 por las variables demográficas y sociales seleccionadas. Para los católicos practicantes, la desventaja en el uso de condón, en comparación con los católicos nominales, disminuyó: la razón de posibilidades se incrementó ligeramente y perdió significancia estadística, aunque continuó siendo significativa marginalmente; esto indica que las diferencias en el uso de condón al debut sexual entre católicos practicantes y nominales se debían a las características socioeconómicas de los jóvenes. En cambio, la magnitud y significancia de esa razón de posibilidades aumentó para los evangélicos: fue 68% menor que para los católicos nominales.

Las co-variables en el Modelo 2 que mostraron una asociación estadística con el uso de condón al debut sexual fueron: la edad, el sexo, la escolaridad de los padres y el tener o usar Internet. Todas estas variables se comportaron conforme a lo esperado. La edad al inicio de la actividad sexual y el sexo presentaron una tendencia muy similar a la del modelo anterior. Además, una mayor escolaridad en los padres y el usar o tener Internet incrementaron las posibilidades de usar condón al debut sexual, mientras que ninguna de las variables seleccionadas sobre relaciones con los padres se asoció a dicho uso.

Conclusiones

El hallazgo central de este estudio es que los católicos practicantes y los protestantes evangélicos tienen menores riesgos de iniciar su vida sexual que los católicos nominales, y que los evangélicos también tienen menores posibilidades de hacer uso de condón en la primera relación sexual. Los católicos nominales tienen riesgos de iniciar la actividad sexual y posibilidades de usar condón al debut sexual comparables a los de los jóvenes sin afiliación religiosa.

Las posibles explicaciones sobre el atraso del inicio de la actividad sexual entre los jóvenes que participan en las iglesias católicas y evangélicas incluyen los mecanismos de índole moral, de capital cultural y de interacción y apoyo social que median la relación entre la adscripción religiosa y la conducta juvenil (Smith, 2003). Las iglesias proveen recursos para ayudar a sus miembros a internalizar sus normas –en este caso, la abstinencia sexual–. Las experiencias espirituales, los modelos de conducta de los líderes o amigos de la iglesia, los hábitos o habilidades adquiridas en ese contexto y las redes de apoyo social podrían ser los mecanismos mediante los cuales los jóvenes religiosos logran obedecer las reglas de sus iglesias. En este sentido, la influencia religiosa que se produce mediante la socialización en las iglesias católicas y evangélicas podría estar favoreciendo el atraso del inicio de la actividad sexual en los jóvenes solteros que se integran a ellas.

Los protestantes evangélicos podrían tener un riesgo aún menor de iniciar la actividad sexual premarital que los católicos practicantes por las divergencias tanto en el nivel de influencia social de sus iglesias como en la severidad con que se promueven los códigos de conducta. Es posible que las iglesias evangélicas provean más o superiores recursos para interiorizar las normas morales que las iglesias católicas, que la autoridad de los líderes sea mayor y la conducta de los pares más conservadora, y que los jóvenes se involucren más en sus iglesias, facilitando de esta forma el control de sus comportamientos sexuales. Al respecto, diversos estudios señalan la alta interacción social en dichas iglesias y el rigor con el que se siguen los estilos ascéticos de vida (Masferrer, 2003; Vázquez, 2003; De la Torre y Gutiérrez, 2007). En contraste, otras investigaciones muestran cómo faltar a la norma eclesiástica en cuestiones sexuales puede ser común en el catolicismo, sin que ello implique el abandono de la fe o de la práctica religiosa (Hirsch, 2008; Amuchástegui, 1998). Por ejemplo, en ocasiones, la transgresión se hace, e incluso se planea, pensando en utilizar la confesión al sacerdote como medio para la absolución de pecados (Hirsch, 2008), recurso que no se tiene en las iglesias evangélicas.

Con respecto al uso de condón en la primera relación sexual, el comportamiento más riesgoso entre los jóvenes evangélicos que faltan a la moral religiosa es congruente con la hipótesis de control social. Para ellos, usar condón puede significar una doble transgresión: faltar a la abstinencia sexual con la premeditación y la acción. Otra explicación simplemente es que la iniciación sexual premarital de los evangélicos es más casual que la de los católicos o los no creyentes, puesto que es menos común. Por último, la falta de conocimiento o el conocimiento inapropiado de las ventajas del uso del condón entre estas poblaciones también podría obstaculizar su uso. De cualquier forma, los resultados de esta investigación indican que los evangélicos son un grupo importante en términos de educación sexual e invitan a profundizar al respecto en estudios subsecuentes a partir de la combinación de metodologías cualitativas y cuantitativas. Si bien son muy pocos los evangélicos que inician su vida sexual fuera del matrimonio en la adolescencia o juventud temprana, los que lo hacen tienen conductas más riesgosas.

Las explicaciones anteriores para la asociación entre la religión y el comportamiento sexual suponen que la práctica religiosa ejerce alguna influencia sobre dicho comportamiento. Sin embargo, puede haber otras explicaciones, como, por ejemplo, la existencia de una relación recíproca: la conducta del adolescente también podría afectar su adscripción religiosa, de tal manera que los jóvenes, una vez que tienen relaciones sexuales, se desliguen de sus iglesias, debido a las sanciones sociales que ellas imponen sobre el sexo premarital. Con las fuentes de datos existentes no es posible analizar causalmente la relación religión-iniciación sexual y, por lo tanto, no se puede adscribir a esta hipótesis ni descartarla, porque necesitaríamos tener datos sobre las prácticas religiosas de los jóvenes al momento de la iniciación sexual y solo conocemos sus características religiosas al momento de la encuesta. Sin embargo, análisis previos referidos a la transición a la actividad sexual en los Estados Unidos han refutado esta hipótesis (Hardy y Raffaelli, 2003).

Una segunda explicación podría estar vinculada a respuestas no fidedignas sobre el inicio de la vida sexual debidas al temor de los jóvenes a la crítica social por la incongruencia entre sus creencias religiosas y su comportamiento. Al respecto, la ENJ 2005 protegió la privacidad de los jóvenes y permitió que, cuando dicha privacidad se veía afectada por la presencia de otra persona en el hogar, fuera el mismo encuestado quien llenara el cuestionario. En estudios futuros podría incluirse algún mecanismo para medir la magnitud de este problema asociado al estigma cultural de la actividad sexual premarital, especialmente en las jovencitas.

Los hallazgos de esta investigación indican que las asociaciones entre la adscripción religiosa y los comportamientos sexuales analizados no se deben a las características demográficas y al contexto socioeconómico y familiar de los jóvenes. Si bien la secularización y modernización cultural podrían estar repercutiendo en la afiliación religiosa de los jóvenes, la membresía a la iglesia católica o a las iglesias evangélicas está vinculada a una práctica sexual más conservadora y más riesgosa –cuando se falta a la conducta esperada–. A pesar de que, en materia de sexualidad, las iglesias han perdido autoridad frente a la escuela, al trabajo, a las instituciones de salud y a los medios de comunicación, los resultados de este análisis indican que las iglesias católicas y evangélicas podrían seguir siendo una fuerza esencial de influencia social en la vida sexual de los adolescentes y jóvenes mexicanos que se integran a ellas.

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