Resumen

HOLA

Centrando el interés en la dinámica de las relaciones intrafamiliares, se examinan tres dimensiones hasta ahora relativamente menos estudiadas: la convivencia, la afectividad y la conflictividad. Se destaca la manera en que se modifican al contemplar tres ejes diferenciación social: el estrato socioeconómico, el gé- nero y la edad. Inicialmente se describen las tres dimensiones señaladas en términos de su relevancia para la dinámica intrafamiliar. Para determinar en qué medida cada una de estas dimensiones contenía una o varias subdimensiones recurrimos al análisis factorial. En seguida se analiza el modo en que los tres ejes de diferenciación social inciden sobre cada uno de los factores derivados del análisis estadístico; para ello se examinan los resultados arrojados por el análisis de clasificación múltiple. Por último se presentan algunas consideraciones finales. La fuente de datos utilizada es la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de la Familia en México, 2005.

Introducción

Desde hace al menos dos décadas, los estudios sociodemográficos realizados en el país han destacado con insistencia el carácter asimétrico de las relaciones intrafamiliares. Partiendo las más de las veces de la crítica feminista a la ideologización del mundo familiar como ámbito de consenso y bienestar, se ha vuelto frecuente enfatizar que las relaciones de poder gobiernan su interacción y que su dinámica interna puede desembocar en situaciones de riesgo o vulnerabilidad para los más desprotegidos.

Previo a este giro en la mirada analítica, el grueso de los estudios sociodemográficos se abocaba al examen de los aspectos más estructurales y clásicos de esta subdisciplina, tales como la dinámica de formación y disolución de las familias, los cambios en su estructura y composición, su vinculación con la reproducción social o su importancia como unidad de consumo y producción, entre otros aspectos. Los ritmos marcados por la transición demográfica eran explícita o implícitamente el telón de fondo de estas reflexiones. Una veta de análisis que sin lugar a dudas dominó parte del quehacer científico desde principios de los años ochenta del siglo pasado fue el estudio de las estrategias de sobrevivencia empleadas por las familias en determinados contextos sociales, mediante las cuales (se entendía) podían mediatizar el efecto de los procesos macroestructurales sobre su estabilidad interna.

A tono con el creciente interés por las dimensiones socio-simbólicas y culturales de los procesos sociales que ha caracterizado a la sociología en los últimos años, las investigaciones encaminadas a analizar la dinámica interna de las familias en términos del desbalance de poder, de recursos y de bienestar entre sus miembros, la violencia doméstica y los significados sociales de la maternidad y la paternidad, entre otros aspectos, han ganado importancia gradualmente. En este proceso de complejización de las dimensiones analíticas se han delineado ciertos conceptos y ejes problemáticos clave (la toma de decisión, la división sexual del trabajo, los ejes de articulación de las relaciones de poder, la calidad de la vida intrafamiliar), en el esfuerzo colectivo por vislumbrar la naturaleza de la vida intrafamiliar resaltando sus asimetrías (Oliveira y Ariza, 1999). Con contadas excepciones, sin embargo (Casique, 2003; García y Oliveira, 2006), en parte por la complejidad misma del objeto de estudio y la carencia de fuentes de información idóneas, la gran mayoría de estas investigaciones ha descansado en metodologías de corte cualitativo aplicadas a estudios de caso, ricos desde el punto de vista etnográfico, pero con dificultades para ofrecer una mirada panorámica sobre el universo de las familias mexicanas. Esta carencia empieza a ser subsanada poco a poco con la implementación de varias encuestas locales y nacionales dedicadas a estudiar el complejo mundo definido por los lazos de consanguinidad e intimidad familiar.

Centrando su interés en la dinámica de las relaciones intrafamiliares, el presente trabajo tiene como objetivo examinar tres dimensiones hasta ahora relativamente menos estudiadas: la convivencia, la afectividad y la conflictividad, destacando la manera en que se modifican al considerar tres ejes de diferenciación social: el estrato socioeconómico, el género y la edad. El supuesto que anima la reflexión es que la comprensión de la dinámica intrafamiliar debe partir, si se quiere arribar a una intelección más o menos adecuada de su complejidad, de una concepción multidimensional de las asimetrías que la atraviesan.

El trabajo se estructura en tres partes. En la primera se describen las tres dimensiones señaladas convivencia, afectividad y conflictividad en términos de su relevancia para la dinámica intrafamiliar. Para determinar en qué medida cada una de estas dimensiones contenía una o varias subdimensiones recurrimos a la aplicación de un análisis factorial. En la segunda parte se analiza puntualmente el modo en que la clase (estrato socioeconómico de la familia), el género (el sexo) y la edad inciden diferencialmente sobre cada una de las subdimensiones o factores derivados del análisis estadístico; para ello se examinan los resultados arrojados por el análisis de clasificación múltiple. En la tercera se recogen algunas consideraciones finales a manera de conclusión. La fuente de datos utilizada es la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de la Familia en México 2005.

Convivencia, afectividad y conflictividad, tres dimensiones centrales de la vida familiar

Enlazados a partir de vínculos de parentesco, los miembros de una familia interactúan cotidianamente alrededor de un conjunto de actividades básicas que hacen posible el mantenimiento y la reproducción intergeneracional del grupo en el seno de la colectividad. Estas actividades conllevan el aprovechamiento de las distintas capacidades, disposiciones o recursos individuales en un sentido colectivo una suerte de economía de escala dado por las facilidades que brinda la corresidencia bajo un mismo techo. La provisión de alimentos, de ropa y calzado, el descanso y la reposición de las energías perdidas, la protección frente a la intemperie, y hasta la diversión y el ocio, son algunas de las actividades a partir de las cuales interactúan día a día y cara a cara los integrantes de una familia. A través de ellas tienen lugar la socialización y la adquisición de valores y de pautas de respuesta social, tan decisivas para la integración social. De la combinación de ambos procesos reproducción material y cultural emergen el sentimiento de valía personal (o su opuesto), el sentido de pertenencia social, la asertividad (o su ausencia) y cierta cuota de dignidad (o, por el contrario, de vergüenza), para afrontar el mundo; bienes menos tangibles aunque no por ello menos importantes. La convivencia es, pues, principalmente, el modo a través del cual tiene lugar la interacción intrafamiliar. En virtud de ella adquieren fortaleza los lazos familiares definidos socio-culturalmente, lazos cuya perdurabilidad constituirá probablemente con posterioridad un inestimable recurso del cual echar mano para enfrentar las más diversas contingencias (capital social).

En general, los pocos estudios que han abordado esta dimensión de análisis dentro de la investigación sociodemográfica nacional (García y Oliveira, 2006; Oliveira et al., 1999) han privilegiado determinados ejes conceptuales en la caracterización de las formas de convivencia. García y Oliveira (2006), por ejemplo, se detienen en el análisis de tres indicadores: la participación de las esposas en la toma de decisiones dentro del hogar, el grado de autonomía femenina y la existencia de violencia doméstica como expresión del tipo de convivencia que predomina en el hogar. Resulta evidente que en esta aproximación la valoración de la mayor o menor inequidad en la distribución interna de poder entre hombres y mujeres es el eje analítico que guía la elección de los indicadores de cara a evaluar el tipo de convivencia. Entre otros aspectos, sus resultados corroboran la existencia de espacios de poder diferenciados entre hombres y mujeres y de cuotas menores de autonomía para ellas, con diferencias importantes entre sectores sociales y ciudades de residencia (México y Monterrey). En el universo estudiado por las autoras la asimetría de género tiende a fortalecerse de forma general conforme se desciende de los sectores medios a los populares; las diferencias entre ciudades, en cambio, son más variadas: aun cuando la violencia es mayor en la Ciudad de México, las mujeres regiomontanas gozan de menor autonomía relativa, aunque los hombres participen más en ciertas actividades domésticas (Ibídem).

La evaluación de la convivencia familiar a partir de la Encuesta Nacional de Dinámica Familiar 2005 centra su atención, en cambio, en la serie de actividades básicas que nuclean cotidianamente la interacción familiar: desayunar, comer, cenar, ver la televisión, ir al cine, ir a misa, salir de paseo o comer fuera de casa. El objetivo implícito en el diseño mismo del instrumento era conocer qué tipo de dinámica familiar emergía de las actividades más simples y regulares entres los miembros de la familia, aquellas que no se cuestionan y fluyen aparentemente sin tropiezos en el ir y venir de la cotidianeidad.

El análisis bivariado realizado en las primeras aproximaciones a la información empírica había revelado que las actividades alrededor de las cuales convivían más las familias eran, en primer lugar, el consumo de alimentos, seguido del hecho de salir de paseo; con menor importancia figuraban ir al cine o realizar alguna actividad deportiva (cuadro 1). Al someter la información a un análisis factorial para determinar si emergían algunas subdimensiones analíticas (o factores) alrededor de las cuales se definieran las formas de convivencia, surgieron dos nítidamente diferenciadas: la convivencia dentro y fuera del hogar. Ambos aspectos daban cuenta de más de la mitad de la varianza (52.7%). Así, en las familias en las que la interacción cotidiana tiene lugar esencialmente dentro del hogar, ésta abarca el consumo de alimentos (desayunar, comer y cenar); el resto de las familias tiende a relacionarse fuera del hogar realizando actividades tales como salir de paseo o comer fuera, hacer alguna actividad deportiva e ir al cine (cuadros 1 y 2). Como tendremos oportunidad de ver en el siguiente apartado, es el estrato socioeconómico de la familia la característica que más impacta la convivencia fuera de la casa.

Cuadro 1. México, 2005. Porcentaje de ocurrencia y resultados del análisis factorial de convivencia. Matriz con rotación varimax y normalización káiser

Cuadro 2. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial entre las variables de convivencia

Como dimensión analítica, laafectividad refiere a una esfera más cualitativa del ámbito familiar y se vincula con el mundo de las emociones y la subjetividad, la búsqueda del cuidado, la atención y el bienestar emocional de aquellos a quienes se quiere y por quienes se vela. Como tal, pertenece al campo de la acción social afectiva, relegada por la larga tradición racionalista de la ciencia social positivista (Bericat, 2000; Mora, 2005).

La naturaleza social de la acción emocional emana de la constatación de que está sujeta, como el resto de las acciones sociales, a procesos de regulación (social y cultural). En una breve acepción puede ser entendida como una estructura simbólica conformada por la relación entre la experiencia individual en la cotidianidad y los referentes normativos que la regulan (Mora, 2005: 18), y envuelve de manera indisociable tanto sensaciones (corporeidad física) como significados sociales (referencia cultural) (Leavitt, 1996). Posee también un elemento cognitivo que constituye una suerte de dispositivo o señal que alerta al sujeto sobre cómo actuar (operatividad), a la vez que suscita pensamientos asociados a aquello que es sentido (Hochschild, 1975; Mora, 2005). Sentir, pensar y actuar son procesos íntimamente relacionados, pues la acción emocional suele desencadenar algún tipo de acción vinculada a ella, dirigida hacia uno mismo (auto reflexivamente) o bien hacia los demás.

Qué se expresa, cómo, de qué forma y cuándo, se define culturalmente, pues cada estructura social posee un sistema afectivo que le es afín (Leavitt, 1996). Las acciones emocionales son de naturaleza autorreflexiva (Denzin, 1983), y necesariamente han de ser construidas e interpretadas intersubjetivamente, a partir de signos objetivables y perceptibles, de códigos de significación particular. En última instancia, las emociones dependen de la percepción del sujeto histórica y contextualmente localizado, de ahí que en una sociedad haya cabida para más de una “cultura emocional” (Hochschild, 1978). Así, la experiencia de vida pautada por la pertenencia a uno u otro sector social es diferencial no sólo en términos físicos y de estatus, sino también emocionales; dicha experiencia puede ser leída echando mano del “diccionario emocional” que cada cultura posee (Mora, 2005). En toda sociedad existen, por tanto, diversos patrones o modelos de intercambio emocional, puesto que las emociones son producto de una construcción social.

Un aspecto importante de la acción emocional es su dimensión normativa. A través de ella se ejerce el control social sobre la subjetividad afectiva. Las llamadas normas emocionales definen qué es adecuado sentir en cada caso y su poder sancionador resulta evidente cuando las emociones que sentimos y manifestamos son evaluadas como contraproducentes en una determinada situación social (ejemplo: reírse en una ceremonia solemne) (Bericat, 2000; Hochschild, 1978; Mora, 2005). En virtud de esta dimensión normativa, las emociones guardan un vínculo intrínseco con el carácter coercitivo de los hechos sociales en sentido durkheimniano, pues, en efecto, es a través de ellas que se logra el sometimiento a la colectividad (Scheff, 1997). Aun cuando los procesos de contención normativa atraviesan toda la estructura social, pueden ser diferenciales, dependiendo de la posición que ocupa el sujeto. En un interesante análisis, Hochschild (1975) refiere, por ejemplo, que la expresión de la rabia o de la ira suele desplegarse hacia personas que poseen menos poder social, lo mismo que el humor.

Como un tipo de emoción particular, el afecto, el cariño, posee rasgos distintivos. Kemper (1978, 1989) lo concibe como una forma de gratificación o recompensa que se otorga voluntariamente, en ausencia de coacción, y que ocasiona estatus (estima, reconocimiento, deferencia, respeto) a la persona que lo recibe. Desde esta perspectiva, lo característico del afecto como emoción es que constituye un bien que al menos una de las dos personas implicadas está dispuesta a otorgar voluntariamente, y en caso contrario pierde su valor. En vista de que el poder es un rasgo constitutivo de las relaciones sociales, el flujo de afecto entre dos personas puede ser desigual, lo que da lugar a matices significativos en la caracterización de su naturaleza. Así, una cosa es querer y otra amar. De acuerdo con Kemper (1978), cuando se ama se otorga estatus; cuando se quiere se recibe (Bericat, 2000). Si bien no es posible saber a priori si una persona siente afecto por otra, sin duda las acciones desplegadas hacia ella serán un indicio bastante inequívoco del tipo de emoción que le suscita: el interés por ella, el cuidado, la atención, el obsequio de bienes, y la satisfacción de sus deseos. Todas estas acciones sin duda realzan la autoestima, la valía ante sí y los demás, de la persona que los recibe. No cabe duda de que constituyen una forma de recompensa.

Por eso, en su calidad de acciones sociales las emociones demandan una cuota de esfuerzo, cierta disposición favorable para emprender las actividades que su despliegue implica. Se habla, por tanto, de “trabajo emocional”, entendido como el acto de proveer las necesidades afectivas de otra u otras personas, en donde la interacción cara a cara posee un valor estratégico (Andersen, 2000; Bubeck, 1995). Huelga decir que es en las mujeres, ya sea en su calidad de madres, hijas o esposas, sobre quienes recae la mayor carga del trabajo emocional. Es a través de la provisión de una serie de necesidades (y de deseos) de la otra persona que la inclinación afectiva hacia ella se revela, más allá de que dicha persona sea perfectamente capaz de proveérselas por sí misma (cuidado, alimentación, vestido, bienes materiales, contención emocional, calidez física).

Entre los distintos ámbitos sociales, el de la cotidianeidad posee un lugar central en la conformación de las pautas de la conducta emocional, pues proporciona los referentes culturales necesarios para llevar a cabo la interpretación de sentido de la acción emocional, su significación social (Mora, 2005). Es, en efecto, desde la cotidianeidad que se fraguan los códigos de interpretación de que echamos mano en el diario vivir, para sentir y actuar emotivamente. Vista la relevancia de la familia en la dinámica de la vida cotidiana resulta innecesario insistir en su centralidad para la adquisición de los patrones de respuesta emocional.

Un aspecto poco conocido de las familias como espacio afectivo es el modo en que tiene lugar la transmisión de las emociones. Los trabajos de Larson y Almeida (1999) para Estados Unidos destacan que la transmisión de las emociones no es aleatoria, sino que sigue cauces muy precisos, los que normalmente se mueven en paralelo a las jerarquías de género: la influencia emocional del padre es mayor que la de la madre, y la de ambos fluye con más ímpetu hacia los hijos. Los autores emplean el concepto de “frontera” para aludir a la mayor o menor porosidad para la recepción o emisión del flujo emocional. Es cierto, por tanto, que dentro de un núcleo familiar las emociones de uno inciden sobre las de los demás, pero no de la misma manera. En el mismo sentido, algunas emociones son más fácilmente transmitidas que otras (en especial las negativas); padres y madres difieren en su capacidad para mediatizar el efecto perjudicial de emociones negativas externas (por ejemplo, el estrés en el trabajo) sobre la dinámica familiar (Ibídem). Existen, por tanto, diferencias no despreciables en el grado de porosidad de las emociones que fluyen hacia dentro y fuera del hogar, dependiendo de la posición y la jerarquía de sus miembros.

Para acercarnos empíricamente a la esfera de la subjetividad afectiva de las familias mexicanas con base en la ENDIFAM, elegimos evaluar qué sentimientos se manifestaban hacia las dos figuras centrales de la familia: el padre y la madre. Para ello extrajimos, mediante análisis estadístico, los factores alrededor de los cuales se estructuran los distintos ítems contenidos en el cuestionario relativos a la afectividad. Emergieron con nitidez dos aspectos diferenciables: 1. Cercanía, cariño y respeto, versus 2. Alejamiento, miedo y conflicto, tanto en relación con la madre como con el padre (cuadros 3 a 7).

Cuadro 3. México, 2005. Percepción sobre cariño recibido y relación con la madre y el padre (porcentajes)

. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial de relación con la madre. Matriz con rotación varimax y normalización káiser

Cuadro 5. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial entre las variables de relación con la madre

. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial de relación con el padre. Matriz con rotación varimax y normalización káiser

Cuadro 7. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial entre las variables de relación con el padre

Los datos del cuadro 3 revelan que la relación con la madre es un vínculo de bastante más intensidad afectiva que la relación con el padre. En efecto, en la percepción de los entrevistados ella es con mucho más frecuencia que él la persona de la que se recibe más cariño, la más cercana, o con la que dijeron llevarse mejor. No obstante, tanto la madre como el padre suscitan considerables sentimientos de respeto de parte de los demás integrantes de la familia, pero, en general, el conjunto de emociones que el padre propicia se inclinan más que en el caso de la madre hacia la distancia afectiva que hacia la proximidad. Este aspecto guarda probablemente relación con su papel como figura de autoridad y con el escaso involucramiento en muchas de las tareas que envuelve la cotidianeidad familiar.

Vale la pena detenernos a reflexionar sobre el sentido de estos resultados. Una primera lectura nos lleva a ponderar las distintas significaciones sociales asociadas a la maternidad y la paternidad, y el modo en que ellas pueden incidir sobre la subjetividad afectiva de los miembros del hogar y sus pautas de interacción. Como es sabido, aun cuando la maternidad y la paternidad constituyen representaciones sociales con una fuerte carga normativa, es muy distinto el significado social atribuido a cada una de ellas. Ambas refieren a aspectos centrales de la identidad femenina y masculina e incluyen un elemento de trascendencia. Desde esta construcción social, la realización de los hombres y las mujeres como tales no estaría completa si carecieran de la experiencia vital de ser madres o padres. Al vivirla, ambos trascienden el mundo material por el mismo hecho de dejar un legado en la progenie que engendran. Pero mientras el sentido nutricio de la maternidad se orienta más a la esfera privada (doméstica) del mundo familiar, de cuya estabilidad emocional es la salvaguarda por excelencia, la paternidad guarda un nexo esencial con la esfera pública, toda vez que el varón se erige en el representante del grupo familiar ante la colectividad (Fuller, 2000: 37). En palabras de esta autora: “el padre trabaja y acumula bienes y prestigio para proveer y asegurar a la familia”.

Esta distinta orientación, pública versus privada, en la prescripción sociocultural de los roles de padre o madre ella misma una ideologización producto de la construcción social de género, seguramente guarda relación con el sentido de nuestros hallazgos. Estando más presentes en el hogar y volcando sobre los hijos una considerable cantidad de trabajo emocional, las mujeres construyen vínculos afectivos intensos con sus integrantes y reciben de ellos, en reciprocidad, mayores recompensas de estatus (Kemper, 1978); es decir, una frecuencia más alta en los ítems que indican cercanía o proximidad afectiva. Pero los padres son objeto también de percepciones emocionales de cercanía, cariño, y respeto, sólo que en este caso el porcentaje explicado de la varianza es menor, de acuerdo con los resultados del análisis factorial. En coherencia con estos resultados, estudios de corte cualitativo realizados en el país señalan que la ausencia de una mayor proximidad física y emocional, de una presencia real afectiva del padre en el hogar, es una de las carencias que más sentidamente lamentan los jóvenes al evaluar retrospectivamente sus vidas (Ariza, 2005). Finalmente, el hecho de que ambas figuras, padre y madre, susciten emociones de cercanía afectiva en unos casos y de distanciamiento en otros habla de los sentimientos contradictorios que pueden emerger en el complejo mundo de la dinámica intrafamiliar, de la medida en que el ejercicio de estos roles se distancia de la prescripción sociocultural.

La conflictividad, la última de las dimensiones de la vida familiar que hemos privilegiado, remite más bien a la ponderación del tipo de interacción que caracteriza a la vida familiar, dando por sentado que cierto grado de conflicto es inherente a la interacción humana en sociedad (Frisby, 1984; Simmel, 1986). En tal sentido, las familias pueden oscilar en un continuum de menor a mayor conflictividad, teniendo en un extremo la situación de máxima armonía (o mínima conflictividad) y en el otro la de desarmonía o desavenencia extrema (conflictividad máxima), susceptible de desembocar en el ejercicio de la violencia. El conflicto no implica necesariamente la violencia, aunque con frecuencia la precede. Ésta puede ser vista como un modo inadecuado de manejo de las emociones, de resolución de los desacuerdos, partiendo del reconocimiento de las jerarquías de poder que estructuran el mundo familiar.

Es materia de discusión cuál es en sí la dinámica que anima al conflicto: ¿es éste la consecuencia de la ruptura de un vínculo social o, por el contrario, su precondición? ¿Se quiebra el lazo social porque existe el conflicto, o viceversa? Desde una de las vertientes de la sociología de las emociones antes referida, se toma partido por la primera posición, destacando la secuencia de emociones que acompañan a la espiral conflictiva (Bericat, 2000; Scheff, 1997). A partir de dicha concepción, es la amenaza de quiebra del vínculo en términos de lo que se entiende como una falta de reciprocidad de aquel con quien se interactúa (poco respeto o atención, negligencia, insulto, desprecio, etc.), lo que daría pie a un sentimiento de humillación, precursor de la ira y el conflicto, y no pocas veces de la violencia (Ibídem).

Si bien la investigación sociodemográfica nacional no ha abordado en la generalidad de los casos directamente la dimensión de la conflictividad familiar, es creciente el número de investigaciones que tiene por objeto una de sus manifestaciones más elocuentes: la violencia doméstica, en especial la que se ejerce contra las mujeres (Casique, 2003; Castro, 2004; García y Oliveira, 2006; Inmujeres, INEGI y CRIM, 2004; Riquer, 1995;). De ellas emergen una serie de hallazgos relevantes. La violencia conyugal, en la que generalmente el hombre es el agresor, suele iniciarse en etapas muy tempranas de la vida de pareja y continuar de forma repetitiva a lo largo de ésta. Entre los factores fuertemente asociados a ella se encuentran: el alcoholismo, la drogadicción, la escasez de recursos económicos, la falta de escolaridad, los celos y los antecedentes de violencia en la familia de origen, entre otros (Castro, Riquer y Medina, 2004; García y Oliveira, 2006; García y Oliveira, 1994; González Montes e Irracheta, 1987; Granados Shiroma y Madrigal, 1998).

Como detonantes del comportamiento violento del varón se han mencionado el embarazo, el nacimiento y el sexo del primer hijo, y el inicio de la relación sexual. Algunas situaciones elevan el riesgo de que las mujeres sean víctimas de violencia doméstica, destacándose entre ellas el crecimiento de su poder de decisión y su libertad, y el hecho de encontrarse entre los tramos de edad más jóvenes (Inmujeres, INEGI y CRIM, 2004). De acuerdo con el análisis que lleva a cabo Castro (2004), una cotidianeidad volátil y explosiva es una característica común de la convivencia en los hogares en los que las mujeres embarazadas son objeto de violencia.

Entre algunas de las consecuencias de la violencia para las mujeres se encuentran: el cambio de carácter, el nerviosismo, los sentimientos de inseguridad, los miedos y temblores, el insomnio y muchos otros problemas de salud física, mental y reproductiva (González Montes, 1998; Granados Shiroma y Madrigal, 1998; Ramírez Rodríguez y Vargas Becerra, 1998; Valdez y Shrader, 1992; y los diversos trabajos compilados por Torres Falcón, 2004). El miedo, en particular, pasa muchas veces a formar parte integral de la vivencia femenina (Castro, 2004).

Los datos obtenidos a partir de la ENDIFAM, recogidos en el cuadro 8 revelan que 16.4% de las personas entrevistadas reportó un evento conflictivo en el último mes. Una primera lectura de estos datos sugeriría una baja percepción; sin embargo, si se toma en cuenta que la cifra recoge sólo los eventos del último mes y que las pautas de interacción suelen reproducirse en el tiempo, la magnitud reportada no es nada despreciable. Esta percepción es mayor en el caso de las mujeres que de los hombres. En cuanto a las reacciones frente al mismo, sobresalen en nuestros datos la importancia de la violencia verbal (52.2%) y de la aceptación de la voluntad de otra persona (41.5%) como respuestas habituales. Al someter esta información a un análisis factorial emergieron cuatro tipos de respuestas sistemáticas al conflicto: la violencia extrema, la ausencia de negociación, la violencia verbal y la aceptación de la intermediación de otra persona. En conjunto, todas ellas explican 55.9% de la varianza, un porcentaje nada despreciable (cuadros 9 y 10).

Cuadro 8. México, 2005. Frecuencia de conflictos y reacciones frente a los mismos (porcentajes)

Cuadro 9. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial de reacciones frente al conflicto Matriz con rotación varimax y normalización káiser

Cuadro 10. México, 2005. Resumen de los resultados del análisis factorial entre las variables de reacciones frente al conflicto

Entre todos estos tipos posibles de reacciones, la violencia extrema fue la que absorbió un mayor porcentaje de la varianza (17.9%). Las conductas que se incluyen en ella son: los golpes, el que alguien de la familia se haya ido a vivir a otro lado, el que alguien de la familia fuera denunciado a la policía y el que uno de los miembros del hogar saliera lastimado. Éste es, sin duda, un aspecto de enorme importancia, pues las respuestas agrupadas bajo este primer factor por el análisis estadístico son de extraordinaria gravedad. Se trata de manifestaciones inequívocas de la magnitud del daño infligido a las víctimas, que en la mayoría de los casos, no lo olvidemos, son mujeres. La falta de negociación (no se habló sobre ello, no se llegó a un acuerdo) es el segundo factor en orden de importancia y da cuenta de 13.3% de la varianza. Cabe pensar que las situaciones en las que las desavenencias familiares no encuentran cauces adecuados de expresión no hacen sino postergar la ocurrencia de un nuevo evento, conservarlo latente hasta la siguiente vez. La violencia verbal, que incluye los gritos y una mayor frecuencia de ocurrencia, explica 13% de la varianza. Finalmente, la aceptación de la mediación de otras personas, ya sea porque se hizo lo que dijo alguien de la familia o porque se buscó la intervención de otra persona, recoge 11.6% de la varianza explicada, es una dimensión que apunta hacia la intervención de figuras de autoridad (de ascendencia por alguna razón) sobre el núcleo familiar, ya sea dentro o fuera de éste.

Otros autores han encontrado que la existencia de un tipo de violencia es por sí mismo un fuerte predictor de la ocurrencia de otros tipos de violencia (Castro, 2004). No cabe duda de que nuestros datos arrojan un cuadro bastante desolador de las familias en las que la violencia constituye una respuesta habitual ante el conflicto, dejando ver no sólo la pobreza en la vida intrafamiliar de este subconjunto de hogares mexicanos, sino las considerables situaciones de riesgo para la integridad física y moral de algunos de sus miembros. En suma, las tres dimensiones de la dinámica intrafamiliar hasta ahora analizadas, convivencia, afectividad, conflictividad, nos proporcionan una mirada compleja y desigual de la calidad de la vida intrafamiliar en el México del siglo XXI. Pasaremos a analizar ahora cómo resultan modificadas por la intervención de tres ejes de diferenciación social.

Desigualdades sociales y vida intrafamiliar: clase, género y edad

En este apartado observaremos de una manera distinta las tres dimensiones de la dinámica intrafamiliar que nos preocupan. Intentamos en esta ocasión hacer una lectura que aísle y destaque el impacto de tres ejes de diferenciación social sobre cada una de ellas: la clase (vía el estrato socioeconómico de la familia), la edad (como expresión de una etapa del curso de vida) y el género (cuyo indicador empírico no es otro que el sexo). El supuesto que anima la reflexión es, no sólo que estos tres ejes pueden incidir diferencialmente en la dinámica intrafamiliar afectando la calidad de vida de las familias mexicanas, sino que tales ámbitos convivencia, afectividad y conflicto guardan conexiones sistémicas con la desigualdad como proceso social.

La reflexión sobre la desigualdad social, una vieja preocupación de la sociología, ha cobrado bríos en las últimas décadas, conforme se agudizan las consecuencias sociales del nuevo modelo económico. En efecto, tanto en los países centrales como en los periféricos, en las economías desarrolladas como en las de menor desarrollo relativo, el aumento de la desigualdad ha sido la nota distintiva que ha acompañado al cambio estructural de la economía. Los esfuerzos analíticos se han encaminado tanto a documentar las formas diversas en que se expresa como a ampliar las herramientas conceptuales y metodológicas para su estudio. Así, por ejemplo, en el campo de los mercados de trabajo se echa mano de una serie de conceptos algunos provenientes del ámbito más general de las ciencias sociales para tratar de aprehender sus distintos matices. Exclusión social (económica, política y cultural), vulnerabilidad (social, económica y demográfica), calidad del empleo, empleo decente, incertidumbre laboral, son algunos de los relativamente nuevos conceptos empleados para dar cuenta de las características de la desigualdad social en el mundo del trabajo.

Paralelamente a estos esfuerzos, en las últimas décadas han emergido voces críticas que señalan la necesidad de incluir, además de la clase, otros ejes de diferenciación social en la evaluación de la desigualdad (el género, la etnia, la edad). El esfuerzo va dirigido así a complejizar la mirada analítica partiendo del supuesto de que desde sus inicios la sociología estuvo demasiado centrada en explicar las desigualdades emanadas de la sociedad de mercado (Crompton y Mann, 1986). Así, para Stacey (1986) la mayoría de las desigualdades del mundo contemporáneo se originan en dos tipos de fuentes: la familia y el sistema de parentesco, por un lado, y la jerarquía ocupacional, por otro, con vinculaciones evidentes entre ambos. Por su parte, Delphy y Leonard (1986) entienden que dada la centralidad de la familia para la constitución de las relaciones de género y la reproducción de la desigualdad, ésta debe considerarse la unidad de análisis del proceso de estratificación social en general.

Colocándose en una posición menos radical, Laslett (2000) enfatiza la importancia de la familia como el primer ámbito que socializa en la desigualdad, como el espacio en donde se engendran las emociones y los significados que bien pueden reforzar o resistir las situaciones de inequidad. En todo caso, existe consenso acerca de que la complejidad de la sociedad actual demanda una mirada multidimensional a la desigualdad, una mirada que dé cabida a la multiplicidad de formas de solidaridad y afiliación que la caracterizan (Grusky, 1994; Oliveira, 2007). En un influyente libro salido a la luz hace unos cuantos años, Charles Tilly (2000) se detiene a reflexionar sobre la persistencia de las desigualdades sociales en el mundo moderno, elaborando una compleja teoría para dar cuenta de su continuidad transhistórica. De acuerdo con este autor, las desigualdades persistentes, aquellas que pasan de una interacción social a la siguiente y perduran a lo largo de toda una vida son el producto de la explotación y el acaparamiento de oportunidades y recursos sociales a partir de una determinada estructura de relaciones sociales. Las desigualdades durables que oponen, por ejemplo, los negros respecto a los blancos, los hombres a las mujeres y los extranjeros a los ciudadanos, constituyen pares categoriales producto de la institucionalización. Cuando tales oposiciones se institucionalizan se establecen automáticamente sistemas de cierre, de exclusión y de control social, en el sentido weberiano, que impiden el acceso igualitario a los bienes sociales (Ibídem).

La persistencia de estas inequidades se expresa sin duda en las desigualdades que atraviesan el mundo familiar, en el modo particular en que la clase, el género y la edad condicionan la interacción en la familia e inciden en calidad de vida de sus integrantes. Como eje de estratificación social, la clase se distingue porque acota los recursos y las condiciones materiales de vida a que pueden acceder las personas en función de una gradación jerárquica. El género, por su parte, retribuye diferencialmente bienes y estatus de acuerdo con una valoración dispar de la diferencia sexual anatómica que menoscaba a la mujer frente al hombre y la hace objeto de un férreo control sobre su sexualidad y capacidad reproductiva. Contemplada desde una perspectiva diacrónica, la edad, en cambio, restringe la autonomía de las personas y suele determinar un acceso creciente a ella conforme se avanza por los distintos tramos etáreos, situación que suele revertirse al alcanzar la ancianidad. Desde una perspectiva sincrónica, en cambio, y dentro de un grupo familiar cualquiera, las personas gozarán de distinto grado de autonomía, dependiendo de si son niños, jóvenes o adultos (maduros o senescentes). Por supuesto que estos ejes se entrecruzan y dan lugar a distintos escenarios en los que las desigualdades pueden potenciarse o disminuirse (Ariza y Oliveira, 2008 en prensa; Oliveira, 2007). Nuestro interés en esta ocasión se dirige a tratar de aislar su efecto diferencial, dado el carácter exploratorio de las dimensiones estudiadas.

Tanto en la investigación sociodemográfica nacional como en la internacional, existen abundantes evidencias del impacto de la clase social sobre distintos aspectos de la dinámica intrafamiliar. Se han documentado así diferencias importantes por sector social en el carácter más conservador o liberal de las concepciones de género, en la incidencia de la violencia doméstica, en el ejercicio de la parentalidad y la paternidad, en la división sexual del trabajo, en el cuidado de los hijos y la realización de las tareas domésticas y en las pautas de crianza, entre otros aspectos (Ariza y Oliveira, 2008, en prensa; Casique, 2003; Castro, 2004; Esteinou, 2004; García y Oliveira, 2006; Inmujeres, INEGI y CRIM, 2004). En sentido general, las investigaciones apuntan hacia el predominio de prácticas y concepciones relativamente menos asimétricas en los sectores medios respecto a los populares, pues las clases altas pocas veces han sido objeto de investigación.

Con la finalidad de evaluar el peso diferencial de los distintos ejes de diferenciación (clase, género y edad) sobre las dimensiones intrafamiliares estudiadas, recurrimos a la aplicación análisis de clasificación múltiple y comparamos los coeficientes beta ajustados por un conjunto de factores, agrupados conceptualmente según su carácter contextual, familiar e individual. La idea era evaluar el efecto de los ejes de diferenciación mencionados controlando la influencia del resto de los aspectos contemplados.

Nuestros datos revelan un decisivo impacto de la clase social en al menos tres aspectos: la convivencia fuera del hogar, la percepción del cariño y la percepción de violencia extrema. En lo que se refiere a la convivencia fuera del hogar, los cuadros 11 y 12 muestran con claridad que ésta es una pauta de interacción familiar que caracteriza a las personas situadas en los extremos superiores de la jerarquía socioeconómica, en el cuarto y en el quinto quintil, y que son los jefes de hogar y las personas menores de 45 años quienes suelen embarcarse en ella.

Cuadro 11. México, 2005. Índice de convivencia fuera y dentro del hogar (Coeficientes beta ajustados por factores)

Cuadro 12. México, 2005. Índices de convivencia familiar (Promedios ajustados por factores) a

Sin duda, la asociación entre nivel socioeconómico medio y alto y convivencia fuera del hogar guarda relación con aspectos tanto materiales como culturales. En efecto, se requiere de cierto umbral de ingresos para poder cubrir los costos que implica interactuar con la familia fuera del hogar, ya sea porque van al cine, comen fuera o salen de paseo (ítems contenidos en el cuestionario).

Pero no es menos cierto que el modo en que se llevan a cabo las actividades recreativas y el ocio es también un producto social. Las prácticas de interacción familiar agrupadas por el análisis factorial dentro de la convivencia fuera del hogar refieren en su mayoría a actividades de ocio y recreación (salir de paseo, ir al cine, realizar alguna actividad deportiva, comer fuera). Desconocemos cuáles son los estilos de ocio de los distintos sectores sociales. La manera en que entremezclan las condiciones materiales y los estilos de ocio puede ser indisociable. Así, si bien la clase acota las posibilidades materiales de elección de las formas de convivencia familiar, algunas de las actividades que engloba la interacción fuera del hogar están más asociadas a los estilos de vida de la clase media (ir al cine, por ejemplo) (Bourdieu, 1988).

En cuanto a la afectividad, los datos contenidos en el cuadro 13 denotan que el estrato socioeconómico de la familia es la variable que más fuertemente impacta la percepción del cariño recibido, una vez controladas las demás, y que dicha percepción tiende a elevarse conforme ascendemos por los distintos peldaños de la jerarquía social (véase el cuadro 14). Así, la percepción de cariño es mucho menor en los sectores bajos que en los medios y altos. De nuevo aquí confrontamos el problema de si el instrumento está captando estilos de afectividad propios de un sector social.

Cuadro 13. México, 2005. Percepción sobre cariño recibido y relación con la madre y el padre (Coeficientes Beta ajustados por factores)

Cuadro 14. México, 2005. Percepción sobre cariño recibido con la madre y padre (promedios ajustados por factores)a

Es posible que la percepción de carencia en la provisión de afecto sea mayor entre quienes están expuestos a modelos de relación familiar que exaltan la importancia del contacto físico o idealizan la relación amorosa, como suele suceder en los entornos urbanos bombardeados por los medios de comunicación. Si tales modelos son distintos de los que suelen predominar en otros sectores sociales, por ejemplo, entre la clase media y los sectores populares, puede generarse un sentimiento de privación relativa, producto de la exposición a diferentes estándares de afectividad. En lo que se refiere a los sentimientos de cercanía o distancia afectiva hacia el padre o la madre, el estrato socioeconómico de la familia no es la variable con mayor fuerza explicativa, aunque contribuye de forma estadísticamente significativa a la explicación de cercanía con la madre. En los sectores sociales con acceso a recursos económicos escasos o medianos esta cercanía es mayor que en los grupos más acaudalados; lo que denota la importancia de la figura materna en la cultura popular y en la clase media mexicana. En el caso de la relación con el padre, existe una cierta cercanía tanto en los estratos más bajos como en los más altos (cuadro 14).

Como veremos más adelante, el sexo y la edad también son importantes en la explicación de los sentimientos hacia la madre y el padre. Pero el aspecto que tiene un mayor impacto sobre la cercanía con la madre y el padre es el lugar de residencia de ellos. Como era de esperarse, la cercanía emocional entre los(as) entrevistados(as) y sus progenitores es mucho mayor cuando habitan en la misma casa (datos no presentados en los cuadros).

En cuanto a la percepción de violencia extrema como reacción ante el conflicto, la asociación con el estrato socioeconómico es muy consistente: las personas situadas en los sectores bajos son las que la manifiestan (cuadros 15 y 16). Este dato no hace sino confirmar hallazgos previos acerca de la relación entre violencia doméstica y clase social.

Cuadro 15. México, 2005. Índices de presencia de conflicto y reacciones frente al mismo (Coeficientes beta ajustados por factores)

Cuadro 16. México, 2005. Presencia de conflicto y reacciones frente al mismo (promedios ajustados por factores)a

Tales investigaciones muestran que si bien la violencia doméstica atraviesa todos los sectores sociales, suele ser más frecuente en aquellos situados en la base de la pirámide social. (Castro, 2004; Inmujeres, INEGI y CRIM, 2004; Infante, 2005; García y Oliveira, 2006). No se trata de que la pobreza determine la violencia, sino de que las limitaciones impuestas por las fuertes carencias materiales empobrecen también la calidad de la relaciones intrafamiliares y elevan el riesgo de violencia. Como pauta de interacción familiar, la violencia no es privativa de los sectores sociales más desposeídos, aunque en ellos adquiera rasgos particulares. Resulta significativo que en nuestros datos es la expresión extrema de la violencia, la que implica serios riesgos para la integridad física y moral de las personas, la que está más asociada con los estratos socioeconómicos bajos. De acuerdo con Castro (2004: 244), la pobreza no hace sino imprimir una dinámica específica a la violencia: potencia su riesgo y su severidad. En la hipótesis del autor, existen aspectos característicos de la vida en situaciones de fuerte privación material como la existencia de vínculos sociales precarios y de una visión pragmática que sanciona la violencia siempre que no acarree consecuencias negativas para el agresor que contribuyen a potenciar el riesgo de violencia. En suma, es necesario profundizar en las condiciones afectivas y materiales de vida de los sectores pobres, en su cosmovisión y situación de vida, para entender cómo en tales contextos se agudiza la dinámica de la violencia en los hogares.

Atendamos ahora a la manera en que la construcción de género incide sobre la dinámica intrafamiliar. En lo que se concierne a la convivencia, el aspecto más llamativo es que determina una mayor interacción dentro del hogar en el caso de las mujeres, como también de las hijas(os) y de otras(os) parientes (cuadros 11 y 12). El promedio ajustado es negativo en el caso de los hombres. Este aspecto es a todas luces coherente con la prescripción cultural que establece dos esferas diferenciadas según la adscripción de género: la calle para los hombres y la casa para las mujeres. Mientras la primera es el ámbito por excelencia del riesgo y la aventura, donde los hombres han de refrendar públicamente ante otros varones su hombría, la casa es ante todo la salvaguarda de la castidad femenina, la garantía del control sobre su sexualidad, así como también el espacio de la reproducción.

En cuanto a los sentimientos de proximidad o lejanía respecto a las dos figuras centrales de la esfera familiar, los datos de los cuadros 13 y 14 revelan que las mujeres pueden sentir tanto cercanía como alejamiento con su madre, pero suelen sentir una menor cercanía afectiva con el padre. En otras palabras, el vínculo con las madres suscita emociones ambivalentes (en unos casos de cercanía y en otros de alejamiento) pero intensas, y con el padre es más unívoco: la cercanía es menor. Los varones, en cambio, sienten más cercanía con el padre que con la madre. Observamos así una suerte de segregación genérica en la construcción de la afectividad hacia las figuras centrales del mundo familiar. Este aspecto parece sugerir que la delimitación de esferas de competencias masculinas y femeninas, ya sea fuera o dentro del hogar, halla también un correlato en la construcción de la afectividad. Estudios previos han revelado que en la percepción de su autovinculación con el hogar los hombres escinden muy claramente las esferas de competencia (Dann, 1987; Ariza y Oliveria, 1997): se ven a sí mismos principalmente como proveedores materiales y como instructores de los hijos varones en las cosas de la vida, las que incluyen el aprendizaje de modos de interacción con otros hombres y de pautas de consumo alcohólico, mientras visualizan a las mujeres como educadoras de las hijas. Esta suerte de segregación genérica en la construcción de la afectividad demanda de estudios en profundidad que ahonden en sus características y consecuencias para el bienestar familiar.

Como era de esperarse, son las mujeres quienes perciben la existencia de violencia extrema en sus hogares, pues son ellas las que en la abrumadora mayoría de los casos la sufren (véanse los cuadros 15 y 16). El hecho de que sean las mujeres quienes perciben la violencia extrema, siendo ésta no sólo palpable y evidente, sino esencialmente interaccional, mueve a la reflexión sobre la disparidad en los procesos de percepción de la dinámica intrafamiliar. Datos provenientes de otras investigaciones confirman discrepancias similares: sistemáticamente, y en varios ámbitos de la vida intrafamiliar, hombres y mujeres no coinciden en la evaluación de la contribución de cada uno al hogar en aspectos tales como: la colaboración en el trabajo doméstico, la educación de los hijos, el presupuesto familiar, entre otros (Inmujeres, 2001; Wainerman, 2000; García y Oliveira, 2006). Los datos analizados por García y Oliveira para las ciudades de México y Monterrey mostraron una percepción diferencial de hombres y mujeres sobre el grado de participación de los varones en los trabajos reproductivos que obedecía más a la construcción de género que a sus rasgos sociodemográficos y familiares, pues éstos habían sido controlados estadísticamente. Así, la disimilitud en la percepción de la desigualdad de género es, ella misma, un aspecto determinado por la propia construcción género.

Cabe preguntarse, finalmente, ¿qué diferencias imprimela edada la dinámica intrafamiliar? Como indicador de la etapa del ciclo vital, la edad es sin duda un eje de diferenciación crucial. Sería de esperar que el paso a través de los sucesivos intervalos de edad vaya determinando variaciones en el desempeño de los roles familiares y de las transiciones por las que se ha de atravesar de acuerdo con la construcción social de los calendarios de vida (salida de la escuela, entrada al primer trabajo, formación de un núcleo familiar independiente). En palabras de Neugarten (1985), la sucesión de la edad (the aging process) no es sólo destino biológico, sino social. Pero más allá de las variaciones que imprime el curso de vida, en cualquier momento de éste en que una persona se encuentre, la edad por sí misma le otorga o restringe cuotas de autonomía o poder.

Nuestros datos revelan un distinto impacto de la edad, dependiendo de la dimensión familiar de que se trate: a) favorece la convivencia fuera del hogar, sobre todo cuando se es menor de 45 años (cuadros 11 y 12); b) explica la cercanía y sobre todo la distancia emocional respecto de la madre y el padre (cuadros 13 y 14); c) y es también relevante en la aceptación de la mediación de otros en situaciones de conflicto, y en la violencia verbal como forma de reacción frente a éste (entre los 25 y los 44 años) (cuadros 15 y 16). Estos datos nos permiten plantear la hipótesis de que las pautas de convivencia familiar y la afectividad hacia los progenitores probablemente cambian a lo largo del curso de vida. En sí mismo, el hecho de que la edad sea una variable importante en la explicación tanto de la violencia verbal como de la mediación de otros sugiere la necesidad de explorar el modo en que la conflicitividad familiar varía a lo largo del curso de vida. Es sabido, por ejemplo, que la juventud es un momento de mayor riesgo relativo de violencia para las mujeres (Inmujeres, INEGI y CRIM, 2004), y que la edad suele otorgarles cuotas progresivas de autoridad hasta un cierto punto, siempre que no se traspasen los límites marcados por la construcción de género (Safilios-Rothschild, 1982). Se ha planteado también que la desexualización de las mujeres en las etapas tardías del curso de vida flexibiliza los controles sociales sobre su movilidad e independencia, a lo que se añade la ascendencia que con la edad adquieren sobre otras mujeres del hogar (las nueras, por ejemplo).

Consideraciones finales

En este trabajo nos centramos en el estudio de la dinámica de las relaciones intrafamiliares a través del examen de tres dimensiones poco abordadas en la investigación nacional: la convivencia, la afectividad y la conflictividad. Analizamos la forma en que estas dimensiones se modifican al considerar tres ejes diferenciación social: el estrato socioeconómico (como indicador de la clase), el sexo (como referente del género) y la edad. Destacamos en un primer momento la relevancia conceptual de cada una de estas dimensiones para el estudio de las relaciones dentro de las familias residenciales. Algunas nociones desarrolladas en el campo de la sociología de las emociones nos fueron de gran utilidad para enmarcar la reflexión. Partimos de un concepto de convivencia como una forma de interacción social mediante la cual los integrantes del hogar comparten una serie de actividades en relación con la reproducción cotidiana. La afectividad, en cambio, es para nosotros un tipo de acción social, la acción social emocional, construida e interpretada subjetivamente a partir de códigos de significación particular, profundamente dependiente de la ubicación social del sujeto (Hochschild, 1978). Por último, el conflicto, elemento estructural de las formas de sociación (Simmel, 1986), es entendido como principio constitutivo de la interacción humana en sociedad y precursor de situaciones de violencia. Un manejo inadecuado de las emociones bien puede desembocar en situaciones de fuerte confrontación y en la ruptura de los lazos de interacción social.

El acercamiento empírico a estas tres dimensiones se realizó mediante el análisis factorial, lo que nos permitió agrupar en factores jerarquizados un conjunto de ítems captados en la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de la Familia para cada una de las tres dimensiones analíticas (convivencia, afectividad, conflictividad). Con el análisis de clasificación múltiple calculamos para los diferentes ejes de inequidad, los promedios ajustados de los factores mencionados dentro de cada dimensión, así como los coeficientes beta estandarizados. Entre las variables de control para ajustar los promedios incluimos aspectos contextuales (tamaño de la localidad), familiares (tipo de hogar, posición en la familia y residencia del padre o de la madre) e individuales (estado civil y escolaridad). Este análisis estadístico nos permitió puntualizar el modo en que la clase (estrato socioeconómico de la familia), el género (el sexo) y la edad inciden diferencialmente sobre cada uno de los factores en las tres dimensiones tenidas en cuenta.

Los resultados del análisis estadístico no hacen sino resaltar la complejidad implícita en el mundo de los afectos y la interacción cotidiana. La aplicación del análisis factorial develó las múltiples subdimensiones en que, a su vez, se escinden aquellas enunciadas por nosotros de forma conceptual. En la población mexicana de principios del siglo XXI, convivir con los otros miembros del hogar alrededor de las tareas propias de la reproducción y/o la recreación se realiza esencialmente a través de dos pautas de interacción diferenciadas, convivir fuera o dentro del hogar, en las que tiene un impacto decisivo el estrato socioeconómico de pertenencia.

A su vez, el mundo de los afectos como arena privilegiada de la acción social emocional, espacio en el que se disputan las magras recompensas de estatus y reconocimiento que éste brinda, se polariza en dos dimensiones antitéticas en torno a las figuras centrales del padre y la madre, dimensiones que denotan sentimientos opuestos y ambiguos de proximidad o distancia respecto de cada una de ellas. Por sí solos, tales sentimientos subrayan las contradicciones y tensiones inherentes a la vida intrafamiliar, las que pueden muy bien desembocar en situaciones de conflicto. Este último, como un tipo de de interacción familiar particular, suscita un conjunto variado de respuestas que de acuerdo con los resultados del análisis estadístico apuntan hacia una mayor heterogeneidad: desde la violencia extrema hasta la aceptación de la mediación de terceros, pasando por la violencia verbal y la ausencia de negociación.

Los distintos ejes de desigualdad social contemplados imprimen un matiz particular a cada una de estas dimensiones. La clase (estrato socioeconómico) determina una mayor frecuencia de convivencia fuera del hogar en los sectores medios y altos. Promueve también una mayor percepción de violencia extrema en los estratos socioeconómicos bajos, aunque la violencia como tal (no extrema) atraviese todos los peldaños de la jerarquía social. En este aspecto suscribimos la idea enunciada ya por otros autores (Castro, 2004) de que el contexto de fuerte privación que caracteriza a la pobreza no hace sino elevar el riesgo de ocurrencia de la violencia. No es que la pobreza determine la violencia, sino que las fuertes carencias materiales empobrecen también la calidad de la vida intrafamiliar y potencian la probabilidad de la violencia como pauta de interacción familiar. La clase social resultó también decisiva en la percepción del cariño que se prodigan los miembros del hogar, de nuevo mucho menor en los estratos bajos. Persiste, sin embargo, el problema de en qué medida el instrumento de recolección de la información se encuentra sesgado hacia un estilo de vida familiar. El estrato socioeconómico, relevante en la mayoría de las dimensiones, pierde fuerza explicativa en la percepción de cercanía o alejamiento respecto de las figuras materna y paterna, aunque conserva un cierto impacto, sobre todo en cuanto a la percepción de cercanía con la madre. La mayor proximidad emocional con la madre en los grupos con escasos recursos y de clase media denota la importancia de la figura materna en el imaginario sociocultural de estos sectores sociales.

El género, aunque en ninguna de las dimensiones contempladas es el factor con mayor importancia relativa, favorece una mayor convivencia de las mujeres dentro del hogar, como también una mayor percepción de violencia extrema. Este último aspecto constituye para nosotros una expresión inequívoca no sólo del carácter asimétrico de las relaciones intrafamiliares, sino de la complejidad que envuelven. Aunque la violencia doméstica extrema como pauta de relación familiar es necesariamente interaccional, la disimilitud en la percepción de su ocurrencia entre hombres y mujeres denota la manera en que dicha percepción es también un producto de la propia construcción de género. Estas diferencias intergenéricas se manifiestan también en la afectividad, pues las mujeres sienten más proximidad hacia las madres y menos hacia los padres, y los varones más cercanía a los padres que a las madres, según se desprende de nuestros resultados. Entre estas dos figuras centrales del mundo familiar, es sin duda la madre la que suscita emociones más intensas, no por ello libres de contradicción.

Finalmente, la edad tiene influencia sobre las pautas de interacción en el hogar, sobre los sentimientos hacia los progenitores y en las reacciones frente al conflicto. A partir de los 45 años disminuyen tanto la interacción familiar fuera del hogar como los sentimientos de proximidad respecto a los padres, así como la violencia verbal y la aceptación de la intermediación de terceros en situaciones de conflicto. De este modo, convivencia, afectividad y conflictividad no sólo son dimensiones complejas y cruciales de la vida intrafamiliar, sino que como la mayoría de los procesos sociales acusan un importante dinamismo, dependiendo del sector social al que pertenezcan las familias, la adscripción de género de sus miembros o el momento de la vida en que se encuentren, factores todos que deben ser tomados en cuenta si se desea proponer políticas medianamente efectivas en pro del bienestar de las familias.

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