Resumen

HOLA

Poniendo atención en las mujeres y varones peruanos llegados al Área Metropolitana de Buenos Aires en los años noventa y comienzos de la década de dos mil, el objetivo de este documento es describir los cambios operados entre la pre y la posmigración en la figura “jefe/a de hogar”, la condición de sostén económico del hogar, las jerarquías decisorias al interior del hogar y el tiempo dedicado a las tareas domésticas. Se realiza un abordaje intermetodológico, ya que se analiza tanto información cualitativa como cuantitativa, derivadas de fuentes especialmente diseñadas para el estudio. Los hallazgos permiten mostrar la importancia de la migración como factor de cambio en las relaciones de género, así como profundizar en el carácter estructurante del sistema de género, evidenciado en los mecanismos homeostáticos de la distribución sexual de las oportunidades.

Introducción

En la línea de investigación acerca de las consecuencias socioculturales de las migraciones hay gran interés por describir y explicar los cambios en los estatus y relaciones de género que eventualmente pueden ocurrir luego del movimiento espacial. Este artículo pretende agregar información a dicha línea temática, poniendo atención en las mujeres y varones peruanos llegados a la Argentina en los años noventa y comienzos de la década de dos mil, ubicados en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). El objetivo es describir los cambios operados entre la pre y la posmigración en la figura “jefe/a de hogar”, la condición de sostén económico del hogar, las jerarquías decisorias al interior del hogar y el tiempo dedicado a las tareas domésticas.

Se utiliza información cuantitativa y cualitativa derivada de fuentes especialmente recolectada para el estudio. En este análisis son protagonistas quienes migraron estando en unión conyugal y hasta el momento de ser encuestados/ entrevistados se mantuvieron en esa misma unión. Sin embargo, con fines comparativos en el análisis cuantitativo también se incluye a aquellos que experimentaron la primera unión en Argentina y que al momento de la encuesta se mantenían en ella.

El abordaje cuantitativo permite una aproximación transversal a dos grandes etapas (la premigración y la posmigración),mientras el cualitativo fue diseñado para brindar información longitudinal acerca del tiempo transcurrido entre esas dos etapas. A partir del abordaje intermetodológico se mostrará que es sumamente relevante atender al carácter procesual de las transformaciones, ya que ello permite comprender que la magnitud de los cambios en los estatus y relaciones de género depende del “momento posmigratorio” que se analice. Entre quienes migraron en su adultez, si el foco se coloca en los primeros momentos de la reunificación con las/los cónyuges se captará la crisis propia de las experiencias transicionales; por lo cual podría sobreestimarse la magnitud del cambio, así como las ganancias de autonomía femenina y de equidad en las parejas. En cambio, en un momento más avanzado del proceso de reunificación conyugal el nivel de conflicto ha disminuido; y ahí es cuando se puede comprender qué aspectos adquieren carácter relativamente estructural y cuáles fueron de tipo coyuntural.

Los resultados que se muestran en este artículo son parte de un estudio más amplio llevado adelante en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, interesado en profundizar en el carácter estructurante del sistema de género, así como en las posibilidades de cambio en las relaciones de género que se detonan luego del movimiento migratorio. Es una investigación que brindó a la masculinidad y a la feminidad la misma relevancia, considerándolas desde una perspectiva relacional. Los grandes temas abordados en dicho estudio son las decisiones y estrategias migratorias; las transiciones escolares y laborales; las transiciones conyugales y los cambios al interior del hogar y en las relaciones de pareja (Rosas, 2010).

Apuntes teórico-metodológicos

El sistema de género es, quizás, el más antiguo y naturalizado de los sistemas de diferenciación y desigualdad social. Por eso, junto a la estratificación de clase y a la étnica, la de género constituye una herramienta analítica imprescindible para la comprensión de la vida social.

Dicho sistema tiene un carácter relacional dado que no es posible pensar el mundo de las mujeres separado del de los varones. Sin embargo, la masculinidad y la feminidad pueden ser concebidas como las dos primarias diferenciaciones socioculturales de las construcciones de género. La vida de varones y mujeres (lo que cada uno siente, piensa y hace) está condicionada por las normas y tradiciones que cada sociedad construye en torno a cada uno, como poseedor y expresión de un determinado sexo-género. Las construcciones socioculturales definen y diferencian (de forma dinámica, en cada grupo social y momento histórico) lo que hombres y mujeres buscan (y las formas en que lo hacen) para sí mismos(as), así como lo que esperan del otro(a).

El género puede concebirse como parte de un habitus, es decir, integrante del conjunto de disposiciones duraderas y transferibles de percepciones, pensamientos, sentimientos y acciones de todos los miembros de una sociedad que, al ser compartidas, se imponen a cualquier agente como trascendentes (Bourdieu, 1991). Las prácticas de las personas no son libres ya que los habitus son principios generadores y organizadores de las mismas; pero tampoco están totalmente condicionadas, porque los habitus son disposiciones y, como tales, no impiden la producción de prácticas diferentes. De allí que algunas dimensiones del sistema de género –objetivadas en disposiciones duraderas– pueden ser cuestionadas y reinterpretadas en el curso de nuevas experiencias o coyunturas, tal como la migratoria. Por eso, la migración es aquí entendida como un factor de cambio social, dadas las repercusiones que acarrea en múltiples ámbitos (personales, familiares, comunitarios, nacionales y multinacionales) y dimensiones.

Ahora bien, el análisis de la migración desde un enfoque de género se ha centrado principalmente en las mujeres. Esto ha resultado en un desequilibrio significativo entre la investigación realizada sobre mujeres y la que ha involucrado a los varones (Rosas, 2008), por lo cual resulta relevante la inclusión de estos últimos en nuestros análisis. La introducción de los varones en los estudios de género no sólo permite conocer mejor sus experiencias como seres condicionados por el género, sino también una mejor comprensión de la situación femenina.

Antes de seguir conviene precisar, brevemente, algunos subcomponentes del sistema de género que citaremos con frecuencia (Oppenheim Mason, 1995). Dicho sistema: a) crea una desigualdad institucionalizada entre los miembros masculinos y femeninos de una sociedad, visible particularmente en la división sexual del trabajo, que puede ser conceptuada como “estratificación social de género”; b) la “autonomía” de las mujeres es un aspecto de la dimensión de poder, y refiere a la libertad de la mujer para actuar como ella quiera, más que como otras hubieran actuado; d) el estatus de género hace referencia a la diferencial posesión de prestigio social de mujeres y varones.

Cabe agregar que la autonomía que pueda adquirirse durante un determinado proceso se inscribe en el marco de los condicionamientos que imponen los habitus, en tanto principios generadores y organizadores de las representaciones y de las prácticas sociales. Los procesos de autonomía son ganancias de grados de libertad que se dan en un determinado ámbito, siempre condicionados (limitados) y relativizados a los contextos y al conjunto de alternativas, actores y relaciones que conforman las situaciones (Rosas, 2008). De tal manera que la llamada “autonomía femenina” relativa al género en el ámbito familiar y de la pareja que aquí discutiremos puede convivir con situaciones de sumisión, privación y explotación en otros ámbitos.

Por otra parte, y como bien dice Cacopardo (2004:3), las cuestiones que tienen que ver con los condicionantes de género de las decisiones migratorias, así como las consecuencias del movimiento sobre la situación de las personas en cuanto a su autonomía y equidad entre los sexos, “sólo pueden ser captados a través de instrumentos especialmente orientados a explorar las raíces y las consecuencias de los movimientos”. Sobre este mismo tema Cacopardo y Maguid (2003:284) sostienen que “la respuesta a estos interrogantes requiere avanzar en un abordaje multidisciplinario” que complemente el análisis cuantitativo con el cualitativo.

En acuerdo con esas consideraciones, en nuestro estudio implementamos un abordaje metodológico mixto. En cuanto al abordaje cualitativo, se realizaron 45 entrevistas a profundidad entre 2005 y comienzos de 2007. Por su parte, el abordaje cuantitativo constituyó un reto ya que gran parte de lo que se conoce sobre el tema analizado proviene de estudios cualitativos. Durante el mes de agosto de 2007 se realizó la Encuesta sobre migración peruana y género (EMIGE-2007) en el AMBA. La muestra estuvo compuesta por 710 casos. Se contemplaron cuotas por sexo y edad, de modo que se encuestaron 262 varones y 468 mujeres.

Ambos abordajes metodológicos consideraron las mismas unidades de información. Se trata de varones y mujeres nacidos en Perú, residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires que: a) se movieron por primera vez en su vida a la Argentina entre 1990 y 2003; b) al momento de la entrevista/ encuesta tenían entre 20 y 49 años de edad; c) al momento de su primer movimiento tenían entre 17 y 46 años de edad; d) tenían al menos 3 años de antigüedad migratoria en el AMBA.

Debe tenerse en cuenta que, por razones operativas y de presupuesto, la EMIGE se enfocó en un único movimiento: el primero en la vida de una persona dirigido a la Argentina (siempre que éste hubiera ocurrido entre 1990 y 2003, como se señaló en el párrafo anterior). Ello remitió, generalmente, a la primera vez que alguien llegó a la Argentina para trabajar o para residir con algún familiar; excluyéndose viajes por turismo o visitas a parientes. Por otro lado, el abordaje cualitativo permitió reconstruir a profundidad toda la trayectoria migratoria de los entrevistados hasta el momento de la entrevista.

La población en estudio

Heredera de grandes dificultades económicas y socio-políticas, y caracterizada por políticas neoliberales diseñadas por los organismos internacionales, la década de los noventa encontró a gran parte de la población peruana en críticas situaciones laborales y de condiciones de vida. La migración del campo a la ciudad había tenido su apogeo en los ochenta; pero en los noventa Lima se encontraba superpoblada, siendo pocas las opciones que podía brindar. La crisis también tuvo su efecto en los destinos escogidos por la población peruana que buscaba salir del país, ya que no todos tenían los recursos económicos y sociales suficientes como para llegar a Japón, Europa o Estados Unidos, de tal manera que Argentina y Chile surgieron como destinos alternativos.

Teniendo en cuenta las ventajas que Argentina ofrecía respecto de los países de la región, no es casual que el flujo de peruanos haya aumentado su presencia durante los años noventa. La necesidad de muchos encontró esperanzas en la paridad entre el peso y el dólar que regía en Argentina, en la “estabilidad” y en la promesa de “primer mundo” dada por el entonces presidente argentino, Carlos Menem. Los migrantes encontraron la posibilidad de “ganar en dólares” y enviar remesas que, en los países de origen, multiplicaban su importancia.

En cuanto a las características de los migrantes peruanos, hay concordancia entre lo encontrado por investigadores en Chile (Núñez y Stefoni, 2004), en España (Labrador Fernández, 2001; Pérez Pérez y Veredas Muñoz, 1998) y en Argentina (Bernasconi, 1999; Bruno, 2007; Cerrutti, 2005; Pacecca, 2000; Rosas, 2010; entre otros), ya sea en estudios cualitativos o cuantitativos. En términos generales, se trata de un flujo que se magnificó en la última década del siglo XX.

Según información censal, en la Capital argentina y en su Conurbano el número de peruanos creció velozmente entre 1991 y 2001, a tasas superiores a 200 por mil (supuesto exponencial). En 2001 la Ciudad de Buenos Aires albergaba a 44,2% de los peruanos censados en Argentina, siguiéndole el Conurbano Bonaerense con 26,6%.

Esta colectividad tiene un gran componente femenino. En las poblaciones extraneras censadas en Argentina, la peruana pasó de ser la que presentaba el mayor índice de masculinidad en 1980 (198 varones cada 100 mujeres), a tener el menor en 2001 (68,5 varones cada 100 mujeres). De los países limítrofes, sólo Brasil y Paraguay observan índices bajos, de alrededor de 72 hombres cada 100 mujeres.

En 2001 era una de las poblaciones extranjeras menos envejecidas debido a su carácter laboral y a la escasa antigüedad que el flujo tenía en ese momento. Otros rasgos salientes son su alto nivel de escolaridad promedio y su inserción en ocupaciones por debajo de su calificación. También hemos constatado en nuestra investigación que, aunque el capital cultural de los migrantes peruanos es muy importante, sus precarias inserciones laborales en el mercado de trabajo argentino, el no poder cumplir con los requisitos para alquilar viviendas, así como los prejuicios que circulan en la sociedad receptora hacia ellos, constituyen algunos de los factores que vuelven particularmente complicado y sufrido su “afincamiento”, especialmente durante los primeros tiempos (Rosas, 2010).

Pasando ahora a la información brindada por la EMIGE-2007, cabe resaltar que la mayoría de los encuestados nacieron en el Departamento de Lima: 50,2% de los varones y 55,9% de las mujeres. Le sigue en importancia el Departamento de La Libertad; en éste se ubica la ciudad de Trujillo, otra importante urbe peruana. En pocas palabras, entre los encuestados/as prevalecen los movimientos de tipo urbano-urbano, nutridos en gran parte de limeños/as.

También se indagó el año en que se produjo el primer movimiento de cada encuestado/a, y se halló que las mujeres fueron las pioneras del flujo: entre ellas la mediana se ubica en el año 1999, mientras que entre los varones se ubica en 2000.

Resulta interesante, además, exponer la edad a la que los encuestados iniciaron su movimiento, ya que el Censo sólo nos permite conocer la edad que tenían al momento del relevamiento censal. Se encontró que la mayoría migró siendo joven: alrededor del 60% de los movimientos se produjeron entre los 17 y los 24 años de edad. Al estimar la edad promedio a la primera migración de cada sexo, se observa que las mujeres se movieron siendo un tanto más jóvenes que los varones: 23,8 y 24,6, respectivamente.

Por otra parte, se encontró que al momento del movimiento dos tercios de los encuestados/as nunca habían estado en unión, mientras que al momento de la encuesta una proporción similar se encontraba unida. Es decir, una vez en Argentina gran parte transitó hacia la condición de unido, lo cual representa uno de los principales eventos que marca la entrada a la vida adulta. No se observan casi diferencias entre los sexos. Sólo puede señalarse que, al momento del movimiento, la soltería y la desunión eran situaciones un poco más frecuentes entre las mujeres, mientras que en la posmigración ellas han abandonado la soltería o se han desunido algo más que los varones (Rosas, 2009).

Los números de las transformaciones al interior del hogar

Mediante la información brindada por la EMIGE-2007, este apartado persigue el fin de describir cuantitativamente los cambios operados en la figura “jefe/a de hogar”, la condición de sostén económico del hogar, las jerarquías decisorias y el tiempo dedicado a las tareas domésticas, contrastando la etapa premigratorida (la situación 6 meses antes del movimiento) y la posmigratoria (la situación al momento del levantamiento de la encuesta: agosto de 2007). El análisis se realiza según la situación conyugal tenida al momento de migrar porque es un buen proxy de la situación familiar; misma que introduce importantes efectos en la configuración del movimiento migratorio y en las trayectorias de vida posteriores.

Para aproximarnos a la cuestión planteada analizamos dos grupos de encuestados/ as (Cuadro 1). En primer lugar, nos enfocamos en quienes desde su premigración y hasta el momento de la encuesta se mantuvieron en la misma unión, ya sea legal o consensual. Se trata de 72 varones y 85 mujeres que conforman un universo caracterizado por la adultez, la vida conyugal y la procreación. En segundo lugar, abordamos el grupo conformado por aquellos que experimentaron la primera unión en Argentina y que al momento de la encuesta se mantenían en esa unión. Se trata de 80 varones y 184 mujeres cuya transición a la vida adulta ocurrió en la posmigración. Así, en ambos grupos se controla el efecto de las separaciones y de los divorcios.

Cuadro 1. Área Metropolitana de Buenos Aires, 2007. Indicadores de la situación de los encuestados/as al interior del hogar en las etapas pre y posmigratoria según momento de ocurrencia de la primera unión y sexo

En las dos primeras filas del Cuadro 1 se incluyen las edades medias al momento de la migración y al momento del relevamiento de la Encuesta, para dar una idea del tiempo transcurrido entre ambos. Al momento de la migración el primer grupo estaba cercano, en promedio, a la edad de 30 años, mientras que el segundo apenas había superado los 20 años. Al momento de la encuesta, si bien la diferencia de edad entre ambos se mantiene, hay que resaltar que quienes migraron más jóvenes ya habían alcanzado las edades adultas, superando los 30 años de edad.

Además de la edad, otra cuestión relevante que permitirá una mejor compresión de los contrastes entre ambos grupos, son las diferencias en la escolaridad. En la tercera fila del Cuadro se puede observar que aunque en ambos grupos es alta la proporción que completó la escolaridad secundaria o tuvo estudios superiores, quienes migraron estando solteros (Grupo 2) han logrado niveles más altos, especialmente las mujeres.

Grupo 1: quienes estaban unidos al momento de su migración 13

Pasemos ahora a analizar la información contenida en las tres primeras columnas del Cuadro 1 relativa a los varones y mujeres encuestados/as que desde antes de migrar y hasta el momento de la encuesta se mantuvieron en la misma unión.

En términos generales, los varones de este grupo declararon que ellos fueron y siguen siendo los jefes de hogar, los principales proveedores y decisores de cuestiones económicas de sus familias. Claro está, en la etapa posmigratoria encontramos más varones adjudicándose esas funciones.

Entre las mujeres, la proporción que se denomina jefa de hogar no varía entre ambas etapas. Por otro lado, antes y después de la migración la mayoría declara ser sostén secundario del hogar. El contraste radica en que luego del movimiento disminuyeron de manera sustantiva quienes no aportan y aumentaron aquellas que fungen como sostén principal. Debe recordarse que convertirse en principal sostén no necesariamente es un cambio positivo para las mujeres, porque bien puede significar la ausencia o desocupación del cónyuge, menores ingresos y una mayor vulnerabilidad del hogar. Finalmente, si bien en la premigración ya era alto el porcentaje de encuestadas que tenía injerencia en las decisiones del hogar, en la posmigración éste aumenta; de manera que al momento de la encuesta algo más de 6 de cada 10 mujeres unidas se auto-denomina principal decisora o toma las decisiones en igualdad con su cónyuge.

La principal explicación a los notorios contrastes entre ambas etapas radica en el tipo de hogar que los encuestadas/os han integrado en cada una. En la premigración había padres, madres o suegros que, dentro de la familia extensa, fungían como jefes o como los principales decisores del hogar. En el hogar conformado en el destino esos actores no están, y su lugar de decisores es asumido por los encuestadas/os o por sus cónyuges. Así, la fuente del cambio está más asociada con la suplantación de funciones antes ejercidas por terceros, que con redefiniciones al interior de la pareja. Sin embargo, esto no significa devaluar el carácter positivo del cambio, ya que en muchos casos puede haber significado liberarse de las normas impuestas por padres o suegros. Además, y tal como se observa en el Cuadro 1, las funciones decisoras que quedaron “vacantes” no fueron monopolizadas por los varones: en las respuestas de las mujeres se observa que ellas se adjudicaron una buena parte, mientras que en las respuestas de los varones notamos que ellos no se las arrogaron todas.

Conviene hacer otra precisión respecto de los cambios en las jerarquías decisorias. Trece de cada cien mujeres que en la premigración no se adjudicaba algún papel en las decisiones del hogar, en la posmigración pasaron a denominarse principales decisoras o en igualdad con el esposo. ¿Esto significa que sólo ese 13% “mejoró” su situación entre la pre y la posmigración? No necesariamente. Nuestra Encuesta no permite captar cambios de “alcance medio”; es decir, aquéllos que modifican la situación de la persona pero no son suficientes como para modificar su posición respecto de otros actores. Es muy posible que más del 13% de estas mujeres hayan alcanzado, en la posmigración, una mayor injerencia en las decisiones del hogar, pero que esa mayor injerencia no alcance para que se denominen (o sean denominadas por los varones) principales o iguales decisoras. Cabe aclarar que esto último se aborda en el apartado siguiente mediante información cualitativa.

En términos generales, puede decirse que la notable mayor importancia que obtiene la figura “jefe/a de hogar” respecto de las otras dos variables entre los varones, indica que el significado de la misma está altamente asociado con la figura de pater familia antes que con el aporte económico o la detentación de la última palabra en las decisiones. Lo mismo puede verse en las respuestas de las mujeres ya que, como se dijera, muchas señalan a su cónyuge como jefe del hogar o como principal soporte económico del mismo, pero se autodefinen como principales decisoras.

Finalmente, en el Cuadro 1 también se observa que alrededor de 6,5 de cada 10 varones y mujeres coinciden en que el tiempo dedicado a las tareas domésticas de su hogar ha disminuido o se mantiene igual que en la premigración. Debe destacarse, sin embargo, que más mujeres que varones han visto disminuir sus quehaceres domésticos, lo cual puede estar asociado con la existencia de hijas que se ocupan de dichas tareas o por su incursión en el mundo laboral. De esta manera, los resultados no permiten afirmar una mayor participación de los varones en las actividades domésticas luego del movimiento. En todo caso, puede sugerirse que ambos sexos experimentan situaciones semejantes.

Grupo 2: quienes nunca habían estado unidos antes de su migración 15

En este apartado consideraremos a los varones y mujeres encuestados que migraron siendo solteros, que experimentaron su primera unión después del movimiento y que se mantienen en ella al momento de la encuesta (tres últimas columnas del Cuadro 1). Como era esperable, este grupo ha experimentado cambios enormes en las variables analizadas. Los varones pasaron de ser sostenes secundarios o no aportantes en Perú, a ser los principales sostenes del hogar en Argentina. Entre las mujeres los cambios son importantes pero menos notables, aunque debe resaltarse que disminuyó 17 puntos porcentuales la proporción de no aportantes y, consecuentemente, aumentaron las sostenes principales y las secundarias.

En la etapa posmigratoria los padres y las madres han dejado de ser los principales decisores en las cuestiones económicas del hogar. Ahora 9 de cada 10 varones encuestados y 6 de cada 10 mujeres dicen ser quienes toman esas decisiones o lo hacen junto a su cónyuge.

Hay que precisar que el 48,4% de las mujeres que en la premigración no se adjudicaba algún papel en las decisiones económicas del hogar, pasó a denominarse en la posmigración como la principal decisora o en igualdad con el cónyuge. ¿Eso significa que estas mujeres disputan con sus esposos los roles decisorios más frecuentemente que las del grupo antes reseñado? No. Ese porcentaje tan elevado se explica porque las que migraron en su juventud tenían un potencial mucho mayor de crecimiento en su capacidad de decisión. De hecho, ambos grupos de mujeres se encuentran, en la posmigración, en una situación muy similar en lo que atañe a la toma de decisiones.

En cuanto al tiempo dedicado a las tareas del hogar, la mayoría de estas encuestadas (71%) ahora invierte más tiempo, lo cual es comprensible porque antes de la migración no estaban en unión conyugal. Entre los varones, en cambio, hay una mayor proporción que ha sentido disminuir sus tareas domésticas (43%) que de quienes las han aumentado (36%). Estos varones pueden haber visto menguar sus obligaciones domésticas porque ahora tienen una esposa que se ocupa de eso, y ellos deben transcurrir más tiempo fuera del hogar porque se convirtieron en sus principales proveedores. Tal como sucede con las otras dos variables analizadas, la comparación entre la situación pre y la posmigratoria se ve afectada por el tiempo transcurrido entre esos dos momentos y las transformaciones en la trayectoria de vida; es decir, si al momento de migrar una mujer era soltera y sin hijos, pero al momento de la encuesta estaba en unión y había procreado, es esperable que el tiempo dedicado a las tareas del hogar en la posmigración sea mayor al de la premigración, independientemente de la adquisición de autonomía y del nivel de equidad al interior del hogar.

En síntesis, y como era esperable, en este grupo se evidencian contrastes más importantes entre la pre y la posmigración porque el movimiento implicó un tránsito a la adultez. Entre estos varones resaltan las transformaciones asociadas al mandato masculino de proveedor, mientras que entre las mujeres las relacionadas con la reproducción familiar.

La etapa posmigratoria: comentarios comparativos entre ambos grupos

Puede ser impertinente la comparación de la situación posmigratoria de los dos grupos reseñados, dado que se encuentran en distintos momentos de su trayectoria vital y familiar. Sin embargo, y teniendo en cuenta tal posible impertinencia, procederemos a subrayar algunos contrastes porque de allí pueden extraerse hipótesis acerca de comportamientos futuros.

En la posmigración el comportamiento de ambos grupos se ha asemejado en lo concerniente a la figura “jefe/a de hogar”, el sostenimiento económico del hogar y las decisiones económicas. Es decir, a pesar de las diferencias generacionales, escolares y de la distinta situación conyugal premigratoria que caracterizan a cada uno, al momento de la encuesta mostraron tener comportamientos similares. Eso se explica porque los más jóvenes han reproducido las normas de género asociadas a las responsabilidades familiares propias de la adultez, mismas que los mayores habían incorporado desde antes de moverse.

Pero resulta interesante analizar lo que sucede al interior de cada sexo. Entre los varones de ambos grupos casi no se encuentran diferencias en lo que respecta a la figura “jefe/a de hogar” y a la condición de sostén del hogar. Pero hay contrastes en la toma de decisiones sobre cuestiones económicas: los varones del grupo 2 concentraron las decisiones en torno de sí mismos, mientras que los del grupo 1 tendieron a darle algo más de relevancia a sus cónyuges y a la toma de decisiones en igualdad con ellas. Estos contrastes pueden explicarse porque la autoridad al interior del hogar no sólo está asociada a normas de género, sino a normas generacionales. De tal manera que el progresivo aumento de la autoridad de la mujer conforme envejece puede estar explicando por qué los varones del grupo 1 admiten una relativa mayor igualdad en la toma de decisiones con sus cónyuges que los del otro grupo.

Las mujeres de ambos grupos comparten una situación similar en cuanto a la figura “jefe/a de hogar”. Pero las del grupo 1 alcanzan mayor peso como sostenes principales y son muy pocas las que no aportan al hogar, mientras que en el otro grupo hay una muy alta proporción de no aportantes. La edad que cada grupo transitaba al momento de la encuesta puede explicar esas diferencias: las del segundo grupo más frecuentemente se encuentran procreando, razón por la cual están algo más alejadas del mercado de trabajo e invierten más tiempo en las tareas de su hogar. Es decir, su condición de no aportantes o su mayor dedicación al hogar no necesariamente indican más sumisión, sino que cada grupo se encuentra en diferentes momentos de su trayectoria reproductiva.

En lo que respecta a las decisiones importantes al interior del hogar, las mujeres encuestadas del grupo 1 se reconocen a sí mismas como principales decisoras más frecuentemente que las del otro grupo, lo cual es coherente con las respuestas dadas por los varones. Pero si consideramos en conjunto a las que se denominan principales decisoras y aquellas que toman las decisiones equitativamente con el cónyuge, desaparecen las diferencias entre los dos grupos de mujeres. Por lo tanto, es posible esperar que las mujeres del segundo grupo alcancen mayor capacidad de decisión e independencia (y una mayor equidad en sus parejas) cuando superen su etapa reproductiva, dado que por su edad y su mayor nivel de escolaridad tienen un potencial de crecimiento de su autonomía mayor al de las mujeres que se movieron en unión conyugal.

Relatos de los adultos acerca de las transformaciones en la pareja

En este apartado analizaremos cualitativamente las experiencias de 10 varones y 11 mujeres que se encontraban en unión al momento de moverse, y que se habían reunificado –con más o menos éxito– con sus cónyuges en el destino (Rosas, 2010). Aquí se muestran ámbitos en los cuales se manifiestan transformaciones, tales como las decisiones en torno a la inversión del dinero proveniente del trabajo remunerado, el tiempo gastado en el trabajo doméstico, los permisos de divertimento que algunas mujeres se dan en su tiempo de ocio, y las repercusiones que eso trae en la masculinidad y en las parejas.

A diferencia del abordaje cuantitativo, el cualitativo nos permite captar el carácter procesual de las transformaciones en los estatus y relaciones de género. Tal como se explicó en la introducción, eso es importante para comprender que la magnitud de los cambios depende del “momento posmigratorio” que se analice. Además, el análisis cualitativo contribuye a mostrar cambios que no se detectaron con la Encuesta, pero que igualmente provocan transformaciones en ciertas circunstancias y dimensiones de la vida familiar y de la pareja.

En la gran mayoría de los discursos (tanto de las mujeres como de los varones) se observa que la reunificación de las parejas en el destino estuvo especialmente signada por conflictos derivados de la “sorpresa” que les produjo a muchos varones el encuentro con esposas algo diferentes a las que habían conocido. Entre los varones abundan las descripciones de numerosas escenas que se sucedieron durante los primeros meses de la reunificación y en las cuales se sintieron ofendidos.

Ellos manifiestan no haberse molestado porque los ingresos de sus esposas en Argentina eran más altos que los suyos, dado que eso era esperable. Les molestaba que ellas hubieran olvidado que en el pasado eran ellos los que mantenían a la familia. También les incomoda que ellas hagan notar el cambio, que lo expliciten. Una de las formas en que las mujeres lo hacen notar es cuando abiertamente les recriminan su falta de éxito (pasada o actual) como proveedores, tal como lo hace Emma.

Haber sido la propiciadora de la migración del esposo y ganar más dinero que él, son cuestiones que las mujeres suelen reprocharles. Cabe resaltar que el mandato de proveedor, junto a la virilidad, son los aspectos más caros a la masculinidad y cualquier ataque que se les dirija toca lo humillante.

En varios discursos se aprecian mujeres que expresan enojos acumulados y cuyos procederes figuran una revancha ante quien otrora fuera quien proveía y decidía sobre la cuestión económica. Más específicamente, ellas tienen enojos provocados por distintos factores que no les permitieron cumplir sus sueños, que las obligaron a migrar y a dejar a sus hijos, a realizar grandes esfuerzos y a pasar muchas privaciones; esos enojos suelen descargarse contra el varón, como si en él se resumieran los factores que les causaron la infelicidad. Para comprender la emergencia de esos enojos no puede desestimarse el papel de la información que han recibido de otras mujeres, de las charlas en las que cada una ha contado sus penas y de las devoluciones de las otras. Precisamente, dichos enojos y embates pudieron exteriorizarse en la posmigración porque se operaron cambios de diversos alcances en las mujeres, en su forma de verse a sí mismas y de situarse frente a los demás.

Ahora que ellas proveen, aunque sea de forma secundaria, están más insumisas, menos pacientes con sus esposos y, algunas, han adquirido rasgos de la dominación que antes era ejercida por ellos.

Pablo señala la existencia de ciertos “escalafones” decisorios que se dejarían de respetar cuando las mujeres empiezan a sentirse más autónomas. El entrevistado enseguida aclara no haber esperado que su esposa le pidiera permiso para realizar ciertos emprendimientos, sino que consensuara las decisiones con él. Más allá de si Pablo pretendía ser el principal decisor o estar en condición de igualdad con la esposa, lo cierto es que para este hombre cambiaron los papeles al interior del hogar y que ella ahora toma más decisiones unilateralmente.

Otra manera en que se hace explícito que ellas tienen ingresos relativamente importantes, es en su mayor injerencia en las decisiones en torno a la inversión del dinero ganado por ambos. Es decir, aunque ellas no lo expresen abiertamente ni hagan reclamos a sus esposos, su aporte económico se revela cuando toman decisiones unilaterales o ponen trabas para la consecución de los deseos del varón. Tal revelación se explica por la extendida asociación entre ser y tener, tal como expresa Pedro. Así, si se observa que ella tiene mayor o igual potestad de decisión que el esposo, rápidamente se presume que eso se debe a que ella es una aportante de importancia en el hogar.

Los varones peruanos no encuentran muchos atractivos en las reestructuraciones de sus prácticas y de la forma de percibirse a sí mismos y a las mujeres. Estos cambios fueron impuestos por las condiciones de excepción que crea la migración (y por las esposas), antes que buscados o propiciados por ellos. La migración ha introducido dos variaciones principales respecto de la situación anterior. La primera radica en que ahora la mayoría de ellas provee (y no sólo “ayudan económicamente”) y que, en algunos periodos, pueden ser tan o más exitosas que ellos. El ejercicio del rol de proveedora introduce una segunda variación: ellas se han vuelto menos dependientes del dinero del hombre. Entonces, el mejor posicionamiento monetario de las mujeres repercute sobre los varones porque ahora ellos deben acomodarse relativamente a las demandas femeninas si pretenden seguir junto a ellas y a sus hijos.

Por todo lo anterior, luego de la reunificación la mayoría de las parejas debió negociar y construir nuevos acuerdos asociados con los aportes al hogar, con la inversión del dinero obtenido por la pareja y con las tareas domésticas.

Entre quienes han construido nuevos acuerdos, es más frecuente que los mismos estén asociados con la forma de decidir los gastos e inversión de los recursos generados por la pareja, antes que con la división de tareas al interior del hogar. Sólo Paulo y Daniel mencionan que ahora deben realizar más actividades domésticas. Las distancias entre el hogar y el trabajo, y la jornada laboral de “horario corrido” impiden que la mujer regrese al hogar para cocinar y atender al esposo y los hijos en el almuerzo, independientemente de sus deseos de hacerlo. En Perú era común que las mujeres acomodaran su trabajo remunerado en función de sus actividades domésticas, pero en Argentina es exactamente al revés.

Varios entrevistados/as manejan el dinero en forma separada de su cónyuge, tal como expresa Rudy. Es decir, comparten los gastos y luego cada uno dispone de la parte que le queda. Se trata de un acuerdo muy diferente al que primaba en la premigración, cuando era el varón el principal proveedor y, bien daba una parte de su ingreso a la mujer para los gastos del hogar, o bien se consideraba que el dinero ganado por él era dinero de la pareja. Ahora, son pocos los que asumen que el dinero que cada uno gana es dinero de ambos. Hubo una suerte de proceso de privatización de los ingresos de cada miembro de la pareja.

Esos acuerdos fueron una de las vías en las que se canalizó y aminoró el conflicto asociado a la cuestión laboral y monetaria. Ambos, esposo y esposa, tuvieron que ceder para que el vínculo conyugal se sostuviera. Así, si bien las mujeres mantienen rasgos de la autonomía ganada durante el tiempo que estuvieron solas, han cedido algunas de sus demandas iniciales; lo cual también fue propiciado cuando ellos obtuvieron mejores trabajos e ingresos, y pudieron mejorar su desempeño como proveedores.

Pasemos, por último, a considerar brevemente las repercusiones que tienen ciertos permisos de divertimento que algunas mujeres se dieron durante el tiempo en que sus esposos todavía no habían llegado junto a ellas.

Como ya se ha dicho, las mujeres peruanas que migran a la Argentina trabajan duramente y se esfuerzan para enviar dinero a sus familias. Pero, por primera vez desde que se unieron conyugalmente pueden salir a divertirse y sus esposos no se enterarán de ello. Por la distancia que impone, la migración les da la posibilidad de pasar desapercibidas, de ser anónimas y de no tener que rendir cuentas.

Salir a bailar o a divertirse sin el esposo no necesariamente implica involucrarse en una relación amorosa o sexual con otro hombre, pero sí conlleva su posibilidad. Por eso la “infidelidad” de las cónyuges pioneras está instalada en el imaginario como potencialidad y trae repercusiones en la masculinidad, especialmente en la virilidad. Debe recordarse que esta última no sólo está asociada con la capacidad de seducción del varón, sino también con su capacidad para controlar la sexualidad de su compañera y asegurarse la exclusividad. Por otro lado, esto también sugiere que algunos varones han cambiado la forma de percibir a sus esposas, porque aunque la protagonista de la infidelidad del sábado a la noche no sea ella, apareció la posibilidad de que lo sea.

Al respecto, los varones entrevistados expresan una preocupación que no estaba presente en Perú; allá las esposas pasaban más tiempo en sus hogares, la vigilancia comunitaria y la impronta familiar estaban vigentes y ellas nunca habían pasado “un tiempo solas”, ya que casi todas habían dejado la casa de sus padres para unirse con ellos. Estos elementos no se pueden obviar si se pretende comprender los cambios subjetivos y de las parejas, así como los obstáculos que tienen que superar para volver a convivir.

Dado que sólo realizamos investigación en el destino del flujo migratorio no sabemos en cuánto y ni cómo se diferencian las transformaciones en los estatus de género experimentadas por los migrantes de las que vivieron los no migrantes. Pero los elementos analizados y el conocimiento de estudios realizados en otros contextos nos ayudan a realizar las siguientes conjeturas.

A la pregunta de si los estatus y las relaciones de género hubieran experimentado transformaciones independientemente de la migración, la respuesta es positiva. Para sostener esto sólo hay que recordar los numerosos estudios que muestran los procesos de cambio que viven las mujeres en América Latina, y los progresos que se derivan de su mayor escolaridad y participación económica; así como aquellos que evidencian que las nuevas generaciones van adquiriendo discursos y prácticas más flexibles y equitativas asociadas a las configuraciones de la masculinidad y de la feminidad. Además, y como ya mencionamos, el aumento de la pobreza y la pérdida de muchos puestos de trabajo que tradicionalmente han ocupado los varones, empujan a las mujeres a la vida económicamente activa y ponen en situación crítica al modelo tradicional de varón proveedor y autoridad del hogar.

Pero, a la pregunta de si los cambios hubieran tenido la misma magnitud o si se hubieran dado con la misma velocidad, la repuesta es negativa. Es posible conjeturar que, sin la migración mediante, las transformaciones hubieran sido menos profundas o hubieran tardado más en llegar. En primer lugar, la migración cambia la estructura familiar con la que las y los migrantes deben interactuar cotidianamente, promoviéndolos y obligándolos a asumir responsabilidades y decisiones que podrían diluirse si se convive con la o el cónyuge, o con la familia extensa. En segundo lugar, disminuye el control social, especialmente el familiar, por la distancia espacial y temporal que media entre el origen y el destino. En tercer lugar, la migración brinda “un tiempo en soledad”; ese tiempo no es neutro y sus efectos permanecen aun cuando se atenúen con el paso del tiempo y la reunificación familiar. En cuarto lugar, la migración permite la socialización con actores y ámbitos que, frecuentemente, contribuyen a impugnar concepciones previas.

En pocas palabras, y en términos generales, la migración acelera procesos que estaban en gestación porque modifica la estructura de oportunidades al habilitar el acceso a escenarios, recursos, redes y experiencias que, muy posiblemente, hubieran permanecido en el desconocimiento quedándose en Perú. En términos de Morokvásic (1984), la experiencia migratoria fue un paso estimulante de un proceso de cambio iniciado en el lugar de origen. Es, quizás, en el terreno sexual donde la migración ha permitido a algunas de nuestras entrevistadas la emergencia de deseos y acciones que no necesariamente eran parte de un proceso iniciando antes del movimiento.

Los varones han sido parte de este proceso de cambio. Ellos también se vieron obligados a cuestionar muchos mandatos en los cuales creían y ponderaban, tal como el de proveedor o el de controlador de las actividades económicas y sexuales de las mujeres. Es decir, para comprender la autonomía ganada por las mujeres no sólo debe ponerse atención en ellas, sino también en ellos. Ambos han cambiado.

Sin embargo, la magnitud del cambio posmigratorio no debe ser exagerada. Hemos dicho que el paso del tiempo fue moderando los gestos de autonomía femenina. Como afirma Tacoli (1999), aún cuando la distancia espacial y la independencia financiera pueden ser estratégicamente usadas para resistir ciertas “obligaciones” de género y adquirir grados de libertad, la negociación de las normativas difícilmente traspasa los límites de lo socialmente aceptable y de las ideologías de género. Precisamente, la eficacia de la estructura de género se expresa claramente en el auto-control que la mayoría de las mujeres se imponen a fin de no ser socialmente sancionadas.

En pocas palabras, es complicado valorar la importancia de las transformaciones vividas por las entrevistadas y los entrevistados; y es difícil decir cuánto ha cambiado la asimetría de género entre ellos. En todo caso, sólo es posible señalar que efectivamente hay cambios en las relaciones de género y que, a su vez, el sistema de género condiciona la magnitud de dichos cambios.

Consideraciones finales

En situaciones de crisis económica, la migración es uno de los comportamientos posibles, tendiente a asegurar la reproducción material de las familias (Torrado, 2003). Es decir, la migración debe comprenderse dentro de un marco amplio y emparentada con otras múltiples búsquedas puestas en marcha para revertir las carencias de las condiciones materiales de existencia.

En otras publicaciones (Rosas, 2010) hemos documentado que desde mucho antes de que la migración fuera vislumbrada como opción cercana, las familias peruanas habían comenzado a tomar decisiones para enfrentar su creciente pauperización. Encontramos ejemplos en las familias que debieron abandonar el centro de Lima para irse a vivir a los pueblos jóvenes; en las y los jóvenes que abandonaron sus estudios, o las expectativas de estudiar, para emplearse y colaborar económicamente con sus hogares; en los hombres que fueron despedidos de los trabajos en los que habían laborado durante muchos años, y se vieron convertidos en vendedores ambulantes; en las mujeres que, para completar el ingreso familiar, se volvieron vendedoras ambulantes de comida que cocinaban en sus casas. En pocas palabras, para llevar adelante las búsquedas de mejoramiento de la existencia fue necesario flexibilizar importantes mandatos del sistema de género, especialmente los relativos a la división sexual del trabajo. Así, la pobreza, antes que la migración, ya había obligado a esas flexibilizaciones.

Sin embargo, en este artículo se ha evidenciado que en la posmigración tienen lugar más transformaciones. El abordaje cuantitativo mostró que la situación de los varones y de las mujeres como sostenes del hogar y en las jerarquías decisorias, se ha modificado entre la pre y la posmigración. Entre quienes migraron en su adultez, las mujeres evidencian los cambios más notorios. Los mismos se dieron, especialmente, porque ellas asumieron roles que antes eran ejercidos por miembros de la familia extensa. Pero quienes más cambios mostraron son aquellos que migraron en su juventud y que se convirtieron en adultos luego del movimiento. Dado que las mujeres de este último grupo formaron sus familias en la posmigración y al momento de la encuesta muchas se encontraban procreando, deben invertir más tiempo en el trabajo doméstico de su hogar y más frecuentemente no son aportantes del mismo. Es decir, la etapa de la trayectoria reproductiva transitada es una dimensión importante que debe tenerse en cuenta al interpretar los cambios en la situación femenina. Aún así, entre estas mujeres se observan rasgos de autonomía, ya que se involucran en las decisiones del hogar (como principales decisoras o en equidad con el cónyuge) en el mismo grado que las mujeres que migraron en su adultez. De allí que es posible esperar que alcancen mayor capacidad de decisión e independencia al superar su etapa reproductiva, dado que por su juventud y escolaridad tienen un mayor potencial de crecimiento de su autonomía que las mujeres que se movieron estando en unión conyugal.

El análisis cualitativo estuvo enteramente dedicado a quienes migaron luego de haber entrado en unión, y permitió documentar tanto el carácter procesual de las transformaciones, como cambios de “alcance medio”; es decir, aquellos cambios que no alcanzan a convertir a las mujeres en principales decisoras o a ponerlas en igualdad con sus cónyuges pero que igualmente introducen transformaciones en su autoestima, así como en su capacidad y posibilidad de modificar dimensiones de la vida al interior del hogar y frente a la pareja. La experiencia de estar un tiempo solas y lejos de los controles del esposo, familiares y comunitarios, de saber que pueden ganar dinero, y de conocer las prácticas e ideas de otras mujeres, son cuestiones que propician la aparición de transformaciones y gestos de autonomía en muchas de las entrevistadas. La migración tiene mucho que decir al respecto, porque son las condiciones de excepción que este fenómeno instaura las que explican, en gran parte, las nuevas potestades femeninas y las consecuencias sobre la masculinidad y las parejas.

El análisis realizado acerca de la adquisición de autonomía en las mujeres peruanas, de ciertas flexibilizaciones de la masculinidad y de algunos procesos de equidad al interior de las parejas, puede ser interpretado como optimista. Efectivamente, hay elementos para ello. Sin embargo, hay otros elementos que ponen en contexto el optimismo o, más precisamente, lo sitúan.

Una de las formas de situar el optimismo es recordando que los tiempos de crisis y exacerbación de la pobreza suelen ser los propiciadores de la –a posteriori positivamente calificada– autonomía de las mujeres pobres. En otras palabras, y tal como ha sido reconocido por las especialistas, la autonomía femenina es entendida como ganancia en su resultante, pero si viramos la mirada hacia sus detonantes observaremos que, en amplios sectores de la población, es la pobreza o la violencia lo que obliga a las mujeres a buscar trabajo y a obtener dinero, y no sólo sus deseos de independencia. Muchas de nuestras entrevistadas reconocen que la disponibilidad de dinero que les da su trabajo las hace sentir más autónomas, pero manifiestan también desear, o haber deseado, que los varones cumplieran eficientemente con el tradicional rol de proveedor. Es decir, reconocer que la autonomía femenina es positiva en tanto beneficia la insumisión de las mujeres y trae más equidad en las parejas y familias, no justifica omitir los factores que la provocaron.

Otra forma de situar el optimismo es señalando la existencia de una homeostasis en la distribución sexual de las oportunidades (véase Rosas, 2010). En la distribución sexual de las oportunidades se tiende a priorizar al varón, especialmente en lo que respecta al trabajo y a la escolaridad. Y aún en coyunturas de crisis y privación hay mecanismos homeostáticos de los habitus de género que empujan a varones y a mujeres a privilegiar las oportunidades de los primeros. Así, entre las parejas que escogieron a la mujer como miembro pionero, generalmente el movimiento del varón se produjo cuando había ciertas condiciones mínimas que le facilitaron el encuentro de un trabajo relativamente afín a sus intereses. Las mujeres (esposas, madres, hermanas, etc.) que migraron primero, cumplen un papel primordial en la consecución de dichas condiciones mínimas, que permitirán al varón (re)empoderarse como proveedor y como autoridad del hogar.

Sin embargo, el (re)empoderamiento del varón al interior de la familia no implica el regreso al mismo estadio de género premigratorio. Dicho regreso no es posible porque en la posmigración se han producido muchos cambios que, aunque atenuados por el paso del tiempo y las negociaciones al interior de las parejas, dejan su impronta en las subjetividades. En pocas palabras, la puja entre los mecanismos homeostáticos del género y los cambios que posibilita el movimiento migratorio se resuelve en un nuevo estadio de las relaciones de género: no muy diferente al anterior, pero diferente.

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