Abstract

HOLA

This article describes and analyzes the working conditions of the migrant population returned from the United States to México in the period 2000-2020. The main labor indicators in four migratory regions are used to find out how the conditions of this population have changed in that period. The analysis is based on the hypothesis that the returned migrant population is vulnerable at work and that, as the years go by, conditions continue to be difficult to guarantee that these people develop and achieve economic and social stability in their country of origin. The main source of information for the analysis is the 2000, 2010 and 2020 census microdata from the National Institute of Statistics and Geography (INEGI).

Introducción

El interés de esta investigación surge en un contexto marcado por migraciones internacionales que transforman y reconfiguran nuestras sociedades, por lo que la movilidad migratoria se ha convertido en un tema de gran relevancia en la agenda local y mundial. Las personas buscan nuevos lugares de residencia por diferentes razones, entre otras, por causas estructurales, desigualdades económicas, afectaciones a los derechos humanos y medio ambientales. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los países con el número más alto de migrantes residentes en el extranjero son la India (17,5 millones), seguida de México (11,8 millones) y China (10,7 millones). “Globalmente, el número estimado de migrantes internacionales ha aumentado en las últimas cinco décadas. El total estimado de 272 millones de personas que vivían en un país distinto de su país natal en 2019 es superior en 119 millones a la cifra de 1990 (153 millones) y triplica con creces la de 1970 (84 millones)” (OIM, 2020).

En cuanto a México, la mayoría de sus inmigrantes viven en Estados Unidos de América, y constituyen el principal corredor migratorio de país a país de todo el mundo (OIM, 2020) que se ha caracterizado y diferenciado del resto de las migraciones hacia Estados Unidos por su historicidad, masividad y vecindad, así como por “un movimiento pendular, de apertura de la frontera y reclutamiento de trabajadores, por una parte, y cierre parcial de la frontera, control fronterizo y deportación, por otra” (Durand y Massey, 2009, p. 48). En ese sentido, Lozano y Martínez (2015) señalan:

Esta situación se reflejó en el número de retornados en 2010; ese año, el censo poblacional arrojó que 825 609 personas volvieron a México, superando con creces las 267 150 captadas en 2000 (INEGI, 2010, 2000). Una vez mitigada la crisis, los migrantes fueron recobrando la estabilidad laboral en Estados Unidos y para 2020, las cifras descendieron a 381,464 personas. Aun así, siguen siendo importantes y elevadas en comparación con cifras históricas del retorno a México.

En el periodo 2000-2020 se observaron cambios importantes en las migraciones de retorno: variaron las cantidades, la distribución geográfica en el territorio nacional y las características demográficas. A lo largo de este artículo se describen y analizan las condiciones laborales de la población migrante retornada de Estados Unidos a México. Se examinan, en particular, los principales indicadores laborales en cuatro regiones migratorias para conocer cómo han cambiado las condiciones de los retornados en el periodo mencionado.

El artículo se estructura en seis secciones: la primera contiene el marco teórico y una propuesta para el análisis de retorno; la segunda reúne algunos estudios que dan cuenta de los antecedentes de la migración de retorno a México, prestando especial atención a los estudios que abordan el tema de la inserción laboral; en la tercera se presentan las dinámicas regionales de la migración internacional en México, en la cuarta sección se menciona brevemente la metodología utilizada, mientras que en la quinta se presentan los resultados de este análisis y en la última sesión, las conclusiones.

Migración de retorno, inserción laboral, vulnerabilidad y diferencias regionales para su estudio

Gmelch (1980) ha sido uno de los precursores en los estudios de la migración de retorno, que define como el movimiento de migrantes a sus países de origen para reasentarse. El autor plantea dos perspectivas desde las cuales se ha estudiado la readaptación de los migrantes de retorno. El primer enfoque es el que examina la realidad económica y social de los migrantes retornados, por medio de su inserción laboral; el segundo se centra en la percepción propia del migrante sobre su adaptación y ajuste en la sociedad de acogida, este ajuste se analiza de forma personal, donde el migrante encuentra un sentido de bienestar en su vida al retornar a su país de origen.

Este estudio se centra en el primer enfoque, teniendo en cuenta que, desde esta perspectiva, la realidad económica y social del migrante retornado no será independiente de la estructura social, por tanto, el retorno es una situación de contexto, pero que es importante aclarar, no se desvincula de las características subjetivas de la persona que migra y que tampoco es ajena a lo que Faist (2010) llama nivel mesoestructural vinculando a los lazos sociales, capital y redes sociales.

Es importante mencionar que hay una complejidad en el análisis de retorno, desde su discusión teórica conceptual, hasta su medición, por tanto, al plantear una propuesta teórico-metodológica desde el estructuralismo, no se pretende abarcar la medición del fenómeno del retorno en todos sus niveles.

El análisis que aquí se presenta de la población retornada tendrá como objetivo conocer al sujeto migrante, sus características sociodemográficas y su inserción laboral en un contexto regional, partiendo de la hipótesis de que la población migrante retornada es una población vulnerable; al pasar los años, las condiciones laborales siguen siendo difíciles y no garantizan que estas personas se desarrollen y alcancen una estabilidad económica y social.

En este sentido, es importante precisar que, al igual que los procesos de emigración, la migración de retorno se enmarca en una dinámica laboral y económica derivada de la globalización de la economía de esas sociedades (Canales, 2015), donde las poblaciones migrantes suelen convertirse en un inagotable ejército de reserva industrial (Piore, 1983) debido a que tienen tres características que los otros trabajadores no poseen: la plasticidad de la fuerza de trabajo, su durabilidad y su susceptibilidad a manipulación y control. Y es que, así como la población migrante queda inmersa en la flexibilización del mercado laboral internacional, como un elemento central de la globalización neoliberal (Castles, 2010), los migrantes al retornar también pueden insertarse en este tipo de dinámicas de vulnerabilidad laboral en su país de origen.

Partiendo del concepto de vulnerabilidad social (Filgueira, 2001; Pizarro, 2001), la vulnerabilidad será entendida en este análisis como resultado de la capacidad de movilización de activos de los sujetos y, con ello, de la estructura de oportunidades con la que cuenta la población migrante retornada. Dentro de esos capitales se incluye al trabajo como un punto de partida en la superación de carencias.

La población que retorna es vulnerable a la hora de conseguir un empleo de calidad, pues tiene una emergencia de reinserción laboral y de obtener un ingreso para su subsistencia. Por tanto, esta vulnerabilidad se refleja cuando el migrante tiene que aceptar malas condiciones contractuales y salariales. Y se expresa estadísticamente en indicadores como participación laboral y los que miden la calidad del empleo (Weller, 2009). En el caso de los migrantes de retorno, estos indicadores podrían reflejar una vulnerabilidad estructural que los puede dejar en desventaja frente a los no migrantes.

La migración de retorno reciente en México

La migración internacional entre México y Estados Unidos se ha ido configurando en un fenómeno heterogéneo que ya no refleja la migración de hombres rurales que se desempeñan en empleos temporales del sector primario.

Desde distintas localidades en Estados Unidos, los migrantes se han ido abriendo paso en búsqueda del sueño americano. Investigaciones recientes muestran que la duración de su estancia está aumentando: sólo uno de cada cinco vive en Estados Unidos durante menos de cinco años, y la mitad por más de quince. La mayoría siguen siendo hombres en edad laboral, pero las mujeres migrantes comienzan a tomar fuerza en estas nuevas corrientes. Los niveles educativos se han incrementado y los distintos perfiles laborales se van incorporando a nuevos destinos urbanos del país vecino, principalmente en el sector servicios y la construcción, sin dejar de lado su participación en el sector agrícola (Amaro, 2020; Canales y Rojas, 2018; Durand y Massey, 2009; Passel y Cohn, 2019).

Esta gran diversificación del migrante internacional, que ha llegado a Estados Unidos en las últimas décadas, se ha visto reflejada en los distintos perfiles laborales de aquellos que retornaron voluntaria o involuntariamente a México. Desde luego que no todos los migrantes regresan y que el retorno también es selectivo.

Una de las realidades más difíciles que afronta el migrante a su regreso a México es la inserción laboral exitosa; es decir, un empleo bien pagado y estable que le permita tener acceso a prestaciones básicas —salud, educación y vivienda— y desarrollarse.

Estudios recientes han evidenciado que retorna a México un volumen importante de población en edad de trabajar. Muchos de estos migrantes han formado sus conocimientos, habilidades y experiencia laboral en el campo y en la construcción, sin tener opciones de capacitación ni prestaciones o beneficios. Lo que puede hacer variar el perfil laboral del retornado (Peña, 2015). Las personas retornadas se incorporan a las condiciones de precarización del mercado laboral mexicano caracterizado, entre otras cosas, por la existencia de trabajos inestables de baja remuneración y carencia de protección social (El Colegio de México, 2018). Denier y Masferrer (2020) demuestran en un estudio a nivel nacional que los ingresos de los retornados en el periodo 2000-2015 desmejoraron; comprueba, además, que el retorno involuntario por deportación afectó el proyecto de vida de las personas que carecen de preparación y ahorros para asegurar un retorno exitoso. “Los resultados presentan una historia de integración más complicada de lo que establecían los modelos anteriores: los retornados se dirigen a nuevas regiones, trabajan en nuevos sectores y compiten con una mano de obra mexicana muy cambiada” (Denier y Masferrer, 2020, p. 635). Esto se refleja en los salarios, que en las regiones de origen suelen ser bajos, lo que obliga a los retornados a moverse al interior del país en busca de mejores ofertas laborales.

Esto ya se ha evidenciado en otras investigaciones donde se ha demostrado que el destino del retorno no es sólo su lugar de origen; en busca de mejores oportunidades, muchos migrantes prefieren establecerse en otras localidades urbanas, ya sea en la frontera norte o en las principales ciudades del país, que son los nuevos polos de atracción de la población retornada. Estas nuevas geografías de la migración de retorno plantean dificultades de reintegración de migrantes a la sociedad mexicana, ya que incluyen el retorno involuntario mediante la deportación y también el regreso de personas a lugares que pueden no ser fácilmente capaz de apoyarlos (Canales y Meza, 2018; Masferrer y Roberts, 2012).

Teniendo en cuenta estos antecedentes del retorno en México, es que se utiliza en este análisis la división regional propuesta por Durand y Massey (2009) quienes, articulando criterios geográficos y migratorios, agruparon las 32 entidades federativas de México en cuatro grandes regiones: norte, tradicional, centro y sur-sureste. Utilizaremos esta división territorial para determinar las principales características y la situación laboral de los retornados en cada región, y analizar las diferencias encontradas en el periodo 2000-2020.

Dinámicas regionales de la migración internacional en México

El análisis de los procesos migratorios en México ha exigido a los investigadores un análisis diferenciado dependiendo del lugar del que se migra y al que se retorna, señala Masferrer (2020) la necesidad de un enfoque geográfico en el estudio de las migraciones de retorno porque los cambios en el fenómeno migratorio no han ocurrido de manera uniforme en todo México. Y en este intento, han surgido diversos criterios para definir las regiones migratorias (Pimienta, 2002) dentro de los más aceptados está el de Durand y Massey (2009) que ha sido utilizado en diversos estudios que dan cuenta de la realidad de estos procesos en México y de sus cambios y continuidades (Denier y Masferrer, 2020; López y Ariel, 2013).

Región tradicional

Formada por los estados de Aguascalientes, Colima, Durango, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nayarit, San Luis Potosí y Zacatecas, esta región abarca casi una cuarta parte del territorio nacional (22.7 %); en 2020, reunía 22 % de la población total del país. Se caracteriza por tener un nivel de marginación intermedia; las entidades más rezagadas son Durango, Michoacán y Nayarit.

La tasa de migración neta internacional, desglosada en el cuadro 1, permite visualizar la ganancia o pérdida de población por entidad. En 2020, la región tradicional registró cifras negativas; la población disminuyó sobre todo en Guanajuato, Zacatecas y Michoacán, las tres entidades protagonistas de la emigración internacional.

Cuadro 1. Regiones migratorias. Información sociodemográfica.

Una región histórica de migración se caracteriza por tres rasgos fundamentales: antigüedad, dimensión y condición legal (Durand y Massey, 2009). Tal es el caso de las comunidades de la región tradicional, que han contribuido con más de la mitad del flujo migratorio hacia Estados Unidos y se han sostenido en el tiempo a través de redes transnacionales, la oferta de mano de obra y la legalidad de su estancia.

Región fronteriza

Comprende ocho estados del norte del país: Baja California, Baja California Sur, Coahuila, Chihuahua, Nuevo León, Sinaloa, Sonora y Tamaulipas. Ocupa 47.3 % del territorio nacional, con sólo 29 habitantes por kilómetro cuadrado, y presenta el menor índice de marginación, en comparación con las otras tres regiones migratorias; dicho índice permite identificar, por áreas geográficas, la intensidad de las privaciones y exclusión social de la población.

La vecindad geográfica con Estados Unidos ha determinado el carácter migratorio de la región fronteriza. Se combinan en ella dos realidades: por un lado, aporta a la migración internacional, protagonizada desde el siglo pasado por ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez y Nuevo Laredo. Con relación a ello, Durand y Massey (2009) comentan que “las estadísticas sobre la región fronteriza suelen tener sesgos o características muy peculiares por la misma vecindad y cercanía” (p. 80). Y, por otro lado, atrae a los migrantes de retorno, como se ha visto en los últimos años en Baja California, Chihuahua y Nuevo León.

Región central

Integrada por la Ciudad de México y los estados vecinos de Guerrero, Hidalgo, Estado de México, Morelos, Oaxaca, Puebla, Querétaro y Tlaxcala, la región central ocupa sólo 13.1 % del territorio nacional, pero concentra 39 % de la población del país. Grandes desigualdades económicas y sociales se presentan en su interior; Conapo (2021) reporta que las entidades más marginadas son Guerrero, Oaxaca, Hidalgo y Puebla.

En cuanto a las dinámicas migratorias, el programa Bracero jugó un papel muy importante en la región, cifras recientes del censo de 2020 revelan tasas de migración neta internacional negativas para todas las entidades, y una pérdida de población por causa de la emigración, principalmente en Oaxaca, Guerrero e Hidalgo.

Región sur-sureste

Compuesta por los estados de Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco, Veracruz y Yucatán, esta región abarca 15.9 % del territorio nacional y concentra 68 habitantes por kilómetro cuadrado. Destaca por sus altos grados de marginación, con excepción de Quintana Roo que presenta un nivel medio debido al desarrollo de una economía turística e inmobiliaria fortalecida en las últimas décadas.

En cuanto a las dinámicas migratorias, esta región no ha tenido un protagonismo fuerte en los flujos migratorios. Fue hasta finales del siglo XX cuando Veracruz empezó a ser parte de las migraciones hacia Estados Unidos. Los datos recientes suman dos entidades más a estas nuevas corrientes migratorias: Chiapas y Yucatán.

Fuentes y metodología de análisis

El proceso migratorio se manifiesta en una amplia diversidad de tipos y modalidades de desplazamiento (Canales, 2011), que han sido captados desde hace ya varias décadas por los censos de población y las encuestas demográficas mexicanas, el objetivo ha sido medir la migración de acuerdo con el lugar de nacimiento y al tiempo de su estancia. En el caso de la medición del retorno reciente, esta categoría migratoria se obtiene a partir de la pregunta sobre el lugar de residencia anterior hace cinco años, diferenciando si es dentro de México o en el extranjero. Al combinar la pregunta sobre el lugar de nacimiento y el lugar de residencia anterior, es posible identificar a los mexicanos residentes en México al momento de la entrevista censal y filtrar a aquellos que residían en Estados Unidos.

Por tanto, en este capítulo, el retorno se entiende como el regreso a México de personas nacidas en México que se encontraban en Estados Unidos hace cinco años y que al momento de la aplicación del censo declararon residir en México; lo anterior, sin considerar las causas de la migración o la temporalidad de este retorno.

La principal fuente de información para este estudio han sido los censos de población y vivienda realizados en 2000, 2010 y 2020 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), además de algunas estadísticas oficiales, importantes para el análisis contextual de las regiones: superficie por entidad federativa, índice de marginación normalizado (Conapo, 2021) y tasa de migración neta internacional (INEGI, 2020).

Para analizar la migración laboral y la fuerza de trabajo retornada, se consideraron aquellos migrantes mexicanos que al momento del censo tenían 15 o más años. De esta población específica se presentan las principales características sociodemográficas, las tasas de participación laboral de hombres y mujeres por nivel educativo, las ocupaciones que desempeñan, la formalidad de sus empleos y los salarios que percibieron en el periodo de estudio 2000-2020, y se realiza siempre una comparación de las cuatro regiones migratorias donde residen (Durand y Massey, 2009).

Resultados y discusión

Comencemos esta sección revisando el volumen de las poblaciones retornadas. En términos absolutos, como se observa en el cuadro 2, la región que presentó el mayor aumento de retornados en el periodo de estudio fue la sur-sureste: pasó de 24,845 en 2000 a 146,910 personas en 2010. Este incremento probablemente se debe a las deportaciones de indocumentados, pues la región ha tenido poca representatividad en la migración internacional mexicana y ha estado protagonizada principalmente por población mexicana que viaja sin documentos a Estados Unidos (Durand y Massey, 2009).

Cuadro 2. Características demográficas de las poblaciones retornadas de Estados Unidos a México, 2000-2020.

Cambios en el volumen y características de la migración de retorno han sido advertidos por varios de los autores que citamos con anterioridad. Agreguemos a sus observaciones un dato importante: el reacomodo de los polos de atracción para las poblaciones de retorno. Comparando las cuatro regiones de estudio, y con base en cifras del censo de población 2020, pudimos constatar la pérdida de protagonismo de la región tradicional; en 2000, esta era una zona de atracción tan fuerte que 47.5 % de los retornados buscaron establecerse en sus ciudades; en 2020, la afluencia bajó significativamente, a 36.8 % de la población retornada de 15 y más años. Las oportunidades económicas y laborales que en la actualidad ofrecen las regiones como centro y norte del país, sin duda juegan un importante papel en ello.

En cuanto al retorno de mujeres, los porcentajes han variado en los últimos veinte años, y muestran una tendencia a la baja. De la población retornada en 2000, 35 % eran mujeres; en 2020, la cifra descendió a 24.3 %. Al comparar las regiones, se observa que en el norte las mujeres tienen mayor protagonismo que los hombres.

Con relación a los grupos de edad, las cifras muestran variaciones importantes. Aumentó el retorno de la población adulta, principalmente de 30 a 44 años, pero también de personas de 45 a 64 años, que en 2000 representaban 13 % de los retornados, para pasar a 33.2 % en 2020. Los jóvenes de 15-29 años han perdido protagonismo en el retorno reciente, de 43.8 % registrados en 2000, llegaron a sólo 15.8 % en 2020, con un comportamiento similar en todas las regiones.

La escolaridad de los migrantes retornados ha aumentado en los últimos 20 años a nivel nacional (cuadro 2), pero es la región norte a donde arriban las personas con mejores niveles educativos.

Mercado laboral y condiciones de empleo de los trabajadores migrantes de retorno

Existen diversas posturas sobre la migración y el desarrollo. Se piensa que detrás de cada proyecto migratorio quedarán resultados positivos en términos de adquisición de capital y estabilidad, pero el aumento de los flujos de migrantes de retorno, como el que se presentó en 2010, nos lleva a reflexionar sobre las condiciones laborales y los logros que pueden alcanzar los retornados en México. Tal como señala Mendoza Cota (2013),

En el periodo 2000-2020, las condiciones laborales para los migrantes de retorno no han sido fáciles. Para conocer los diferentes escenarios, usaremos la condición de actividad como una variable que permite clasificar a la población entre económicamente activa y económicamente inactiva, según el tipo de actividad principal que desempeñaron al momento del censo. Como se observa en la gráfica 1, en el año 2000, 57.7 % de los migrantes retornados de Estados Unidos de 15 y más años trabajaron; 19.2 % no trabajaron y 17.7 % se dedicaron al hogar. En 2010, la cantidad de retornados que trabajaron se elevó, 66.8 % tenían un empleo, mientras que 15.4 % se dedicaron al hogar y 7.8 % no trabajaron. Cifras similares se presentaron en 2020, aunque hubo un leve incremento en la población jubilada o pensionada, que pasó de 1.8 % en 2000 a 4 % en 2020, porcentajes relacionados directamente con el aumento de población mayor de 65 años.

Gráfica 1. Condición de actividad de población migrante retornada en México, 2000-2020.

Weller (2012) advierte que los dos principales determinantes de la generación de empleos de calidad son el contexto económico-productivo y la institucionalidad laboral, esta última constituida por las normas laborales correspondientes, los mecanismos para su cumplimiento y la negociación colectiva. Pero pocos retornados pueden aspirar a ello, a su llegada a México, pues tendrán que competir con la población no migrante para acceder al empleo. la brecha en el acceso al empleo incrementó significativamente en la década 2000-2010, situación que también se ha corroborado en otros países de la región.

En el caso de la migración de retorno, es importante señalar la gran brecha que se ha presentado en la tasa de participación económica entre hombres y mujeres. Las regiones migratorias tradicional y sur-sureste presentan las tasas más bajas de participación de mujeres retornadas en el periodo mencionado.

Al calcular la tasa de participación económica de las mujeres retornadas a la región tradicional con menos de 6 años de escolaridad en 2000, se encontró que sólo alcanzaron 15.7 %, frente a 67.5 % de participación de los hombres. En contraste, en la región centro se registró la participación más alta de las mujeres con más de 12 años de estudio (45 %), mientras que los hombres con la misma escolaridad casi duplicaron su participación con una tasa de 88 % (gráfica 2).

Gráfica 2. Tasas de participación por sexo según nivel de educación en regiones migratorias de México, 2000-2020.

Los datos revelan que es casi generalizado el aumento de la participación económica femenina en el periodo 2000-2020, pero las desigualdades por género siguen siendo evidentes. Los estudios feministas críticos de los contextos laborales que han vivido las mujeres han evidenciado que la segregación laboral a partir de la oferta y la demanda ha dificultado el acceso de las mujeres a ciertos puestos a pesar de los alcances de sus niveles de educación y experiencia (Hernández et al., 2019; Pedrero et al., 1997; Szasz, 1994).

Las regiones norte y centro son las que más oportunidades laborales brindaron a las mujeres retornadas, sobre todo si tienen más de 12 años de estudio; con esta escolaridad, 60 % de las mujeres que llegaron a la región centro en 2020 consiguieron un empleo. Esto puede explicarse por los niveles de desarrollo económico que ofrecen estas regiones, aunado a una mayor organización de la vida social que facilita la inserción de las mujeres en la vida laboral.

Resalta en este análisis que el mercado de trabajo al que se enfrenta el migrante al regresar sigue presentando grandes desigualdades, tanto en las condiciones laborales y jornadas de trabajo como en los salarios. De modo que estar ocupado en México no significa tener una jornada laboral acorde a un ingreso digno. Además, como se observa en el cuadro 3, las tasas de desocupación aumentaron de manera generalizada en todo el país, tanto para hombres como para mujeres.

Cuadro 3. Indicadores laborales para la población mexicana retornada de Estados Unidos, 2000-2010.

Para los fines de este análisis, decidimos no usar el porcentaje de desocupación abierta como indicador del estado del mercado de trabajo en México; en su lugar, por ser más precisa, usamos la tasa de ocupación parcial y desocupación, considerando como desocupadas a aquellas personas que no tuvieron ninguna actividad, o si la tuvieron, no fue más de 15 horas durante la semana de referencia.

Al analizar las divergencias regionales en el periodo de estudio 2000-2020, constatamos que la ocupación parcial y desocupación de los migrantes retornados a la región tradicional pasó de 6.6 a 14.2 %. Frente a las otras regiones, vemos una desventaja para la población económicamente activa, aunque hubo una leve mejoría en este indicador, en particular, para los hombres.

En el caso de las mujeres no se presentaron variaciones significativas, pasaron de 13.3 % de ocupación en 2000 a 12.46 % en 2020. Esto indica que las condiciones laborales de la región tradicional no mostraron ninguna mejoría para las retornadas y que, en busca de oportunidades laborales más estables, los niveles de migración interna e internacional podrían aumentar (cuadro 3).

La región sur-sureste presentó las tasas más altas de condiciones críticas de ocupación para el conjunto de los migrantes retornados. En el caso de los hombres, la tasa alcanzó 62.4 % en 2000 y logró descender a 50.9 % en 2020; en el caso de las mujeres, pasó de 67.2 a 47.6 % en el mismo periodo. Como se puede ver, hubo leves mejorías en las condiciones de trabajo para los retornados en general, pero también presiones para aceptar empleos precarios, en particular para las mujeres que acostumbran y necesitan trabajar, por lo que se ven obligadas a aceptar condiciones laborales desfavorables, principalmente en la agricultura.

En contraste, la región norte registró las tasas más bajas de condiciones críticas de ocupación de mujeres retornadas: 40.3 % en 2000 y 43.3 % en 2010. Cabe señalar que persiste en la región una brecha importante entre hombres y mujeres en cuanto a las condiciones laborales. Si bien existe una oferta laboral para las mujeres, las condiciones de trabajo son precarias y no han mejorado en los últimos veinte años.

Un trabajo formal permite a las personas tener acceso a los servicios médicos, gozar del derecho a una pensión y prestaciones; no obstante, con la desregulación del mercado de trabajo, las oportunidades se han restringido y la exclusión laboral se ha agudizado en muchos países. En México, apunta Weller (2012), la introducción de contratos laborales inestables y la reducción de la sindicalización afectaron drásticamente el empleo en los últimos años. Los migrantes que retornan desde Estados Unidos se encuentran con un país que sigue teniendo grandes diferencias regionales en cuanto a condiciones de trabajo, calidad de vida y ofertas de empleo formal y productivo.

Veamos, a continuación, cómo ha evolucionado el empleo formal en el periodo 2000-2020 en las cuatro regiones migratorias, y su vínculo con la escolaridad. Trataremos de averiguar si tener más estudios realmente otorga mayor bienestar a la población retornada.

En la región norte destaca que, en el caso de los hombres retornados, la formalidad del empleo no parece estar relacionada con tener más años de estudio, mientras que para las mujeres la escolaridad parece guardar una relación directa con los empleos formales que logran ejercer. Podría tratarse de una de las estrategias que tienen las mujeres para emplearse sólo cuando el trabajo cumple con la expectativa de obtener mejores condiciones laborales, estabilidad y prestaciones sociales (gráfica 3).

Gráfica 3. Formalidad del empleo de la población migrante retornada de Estados Unidos por región de residencia según sexo y escolaridad, 2000-2020.

En cambio, en la región tradicional el empleo formal es directamente proporcional a los años de estudio, tanto para hombres como para mujeres. La brecha de género es muy amplia y parece ser mayor en la última década, en particular para la población retornada sin estudios superiores (más de 12 años de estudio). Las mujeres con 0 a 6 años de escolaridad que retornaron a las regiones tradicional y sur-sureste, tuvieron menor inserción a empleos formales. En contraste, las que contaban con más de 11 años de estudio superaron incluso a los hombres de la región en el acceso al empleo formal. Eso muestra que, si bien existen oportunidades para las profesionistas retornadas, muchas otras viven rezagadas después de su regreso, sin tener una oportunidad de educación, desarrollo y empoderamiento. Esta situación es especialmente visible en las zonas rurales del sur-sureste.

La región con menos desigualdad en el acceso a empleos formales fue la región norte. Más de 50 % de las mujeres retornadas entre 2000 y 2020 pudieron obtener un empleo formal, que se esperaría fuera de mejor calidad y con mejores oportunidades de desarrollo personal.

En un estudio sobre el mercado de trabajo en México, Masferrer (2020) encontró que los salarios reales entre 2000 y 2015 se estancaron e incluso disminuyeron tanto para los no migrantes como para los migrantes internos en todas las regiones. El deterioro de los salarios reales fue mayor para los migrantes retornados que tenían más años de experiencia en Estados Unidos.

Con cifras censales del periodo 2000-2020, se muestran en el cuadro 4 los salarios de los migrantes por región de residencia y tipo de empleo; esta información nos lleva a reflexionar sobre si la formalidad o informalidad en el empleo afecta o castiga el salario de los retornados. Los datos revelan comportamientos muy diferenciados por regiones; indican una disminución de los salarios de la población en el periodo 2000-2020, y más tratándose de empleos formales.

Cuadro 4. Salario de migrantes mexicanos retornados de Estados Unidos por región de residencia y tipo de empleo.

El norte es la región donde las y los migrantes de retorno han alcanzado los salarios más altos en los últimos 20 años; sin embargo, sus ingresos han disminuido de manera notable y la formalidad del empleo no ha sido sinónimo de mejores salarios. Encontramos que aquellos que han optado por desempeñar un empleo informal han percibido mejores ingresos (cuadro 4). Es claro que estos salarios no se comparan con los que una vez percibieron en Estados Unidos, pero sí son de los más competitivos a nivel nacional. El problema es que la informalidad no ofrece grandes beneficios a futuro, pues no abona al sistema de pensiones y resta estabilidad al migrante retornado en su vejez.

En la región tradicional, en el año 2000, 33 % de la población retornada percibía entre uno y dos salarios mínimos (SM), seguida de 28 % que obtuvo por su trabajo menos de un SM. La informalidad en esta zona sí penaliza los salarios; las cifras del cuadro 4 muestran que ese mismo año al desempeñar un empleo informal, 45.3 % de los retornados y retornadas percibieron tan sólo un SM; aunque se puede observar una leve mejoría para 2020, cuando 50 % de los retornados con empleos informales ganaron entre uno y tres salarios mínimos.

En la región centro se observa que los salarios de los retornados han disminuido en los últimos 20 años, y que han afectado principalmente a los empleos informales.

En la región sur-sureste, como ya se mencionó, se presentaron las mayores tasas de condición crítica de la ocupación, reflejada en bajos salarios y largas jornadas laborales. Tan sólo 22 % de la población retornada, captada en el censo de 2000, percibió más de tres SM, situación que empeoró en 2020, cuando sólo 11 % de los trabajadores retornados alcanzaron más de tres SM. Las condiciones de pobreza en el sur del país, aunadas a la falta de planeación del retorno de Estados Unidos a México, ha significado para esta población pocas oportunidades de desarrollo.

Conclusiones

El migrante que retorna a México voluntaria o involuntariamente se enfrenta a una situación económica y social desigual, que en retrospectiva puede ser la misma que un día decidió dejar para migrar a Estados Unidos y conseguir lo que en su país natal no lograba.

Las dificultades han sido mayores para ciertos grupos de población que, al paso del tiempo, no han logrado superar la pobreza. Y esto se refleja en la inserción laboral de la población retornada que, por su heterogeneidad a lo largo del territorio nacional, se ha analizado aquí desde una perspectiva regional. Esta división regional propuesta por Massey y Durand (2009) ha permitido encontrar diferencias importantes.

Destaca en el periodo de estudio que han aumentado los flujos de población retornada hacia las regiones norte y centro, y que estos cambios en la localización de los retornados al interior del país se asocian principalmente a la búsqueda de mejores oportunidades laborales.

Como se ha mencionado en este estudio, al elevarse las cifras de deportación de Estados Unidos a México, la planeación de un retorno y una inserción laboral exitosa es mucho más difícil, pues la emergencia de obtener un empleo ha significado para muchos migrantes malas condiciones laborales; en este sentido, coincidimos con los resultados de otros estudios (Masferrer y Robert, 2012; Mendoza Cota, 2013), pero agregamos que las condiciones económicas de las regiones tienen un papel clave en estos resultados.

Los datos recientes revelan que muchos migrantes carecen de una estrategia de retorno que les permita reintegrarse al país de manera satisfactoria; por lo general se emplean en ocupaciones mal pagadas o en la informalidad, con tal de obtener un ingreso mínimo de subsistencia para ellos y sus familias. En este sentido, se corrobora que las condiciones regionales y estructurales determinan la suerte de los migrantes de retorno y los ponen en desventaja dependiendo de su lugar de residencia, situación que podría incentivar de nuevo la migración internacional o propiciar la migración al interior del país.

Así, la región sur-sureste destaca porque la marginación y la pobreza siguen limitando las oportunidades de acceder a mejores empleos y condiciones de vida. La población migrante retornada que ahí reside presenta las mayores tasas de condiciones críticas de ocupación reflejadas en bajos salarios y largas jornadas laborales.

Vemos, así, que la inserción laboral de esta población retornada es diferenciada por contextos estructurales regionales y determinada por las distintas posibilidades de desarrollo que brinda cada región. Especial es el caso de las mujeres retornadas de Estados Unidos que llegan a regiones como la sur-sureste o la tradicional, sin una escolaridad que les permita aspirar a trabajos productivos mejor pagados. Inmersas en procesos de exclusión cultural y social, estas mujeres se ven obligadas a no participar en actividades económicas, y cuando lo hacen, tienen grandes desventajas en comparación con los hombres. Según los resultados de este estudio, esta situación no presentó mejoras a lo largo del periodo 2000-2020, por lo que requiere de atención y soluciones adecuadas.

Por otro lado, encontramos que, en las regiones norte y centro tener educación superior (más de 12 años de estudio) ha sido un medio para alcanzar mejores empleos, tanto mujeres como hombres retornados. En cuanto al empleo informal, especialmente en la región norte, los retornados llegan a percibir mejores salarios que si tuvieran un empleo formal. Como indica Weller (2012), el contexto económico productivo y la institucionalidad laboral son clave para generar empleos de calidad; en países como México, el sistema capitalista se nutre de la informalidad, se transforma y evoluciona a una forma más salvaje y de menor responsabilidad social (Gómez, 2007).

Por esta heterogeneidad, es necesario seguir profundizando en el tema de la inserción laboral. En este estudio hemos presentado un avance al realizar una aproximación descriptiva y diferencial de las regiones migratorias del país y visibilizar las distintas realidades y vulnerabilidades que han vivido las poblaciones de retorno en el periodo 2000-2020.

Debido a las vulnerabilidades persistentes, muchos países no logran minimizar esta problemática; la ONU propone, dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, reducir la desigualdad en y entre los países (objetivo 10), y posibilitar una migración y movilidad ordenada, segura, regular y responsable de las personas, por medio de la aplicación de políticas migratorias planificadas y bien gestionadas (meta 10.7). En ese sentido, las políticas migratorias nacionales deben enfocarse en la creación de estrategias regionales que permitan la inclusión y mejores oportunidades para las poblaciones de retorno, teniendo en cuenta las grandes diferencias regionales de México.

Por último, hay que recalcar que las desigualdades se han hecho más evidentes en el contexto de la pandemia. Los datos presentados en esta investigación podrán ser contrastados con las cifras obtenidas durante y después de la pandemia, para definir con mayor exactitud las líneas de acción de nuevas políticas públicas y programas sociales que ayuden a disminuir la migración de las poblaciones vulnerables, y detengan el aumento del desempleo y el recorte de los ingresos de los trabajadores.

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